Jacob Haugaard, el hombre que llegó al parlamento danés vestido con bolsas de café

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Jacob Haugaard. Fuente: syacf.co.uk

Casi al final del recorrido, en el museo Den Gamble By, en la ciudad danesa de Aarhus, hay un armario de curiosidades; un mueble con varias puertas y cajones que el visitante puede abrir a elección.

En una de las puertas, tras la vitrina de cristal, se asoma un traje de caballero confeccionado con lo que parece tela de saco. Un traje de chaqueta marrón claro, áspero, fabricado en hebras de esparto y con algún estampado rojo, o verde, que debe corresponder a trozos de logotipos. Seguramente, reensamblando las piezas podría leerse algo así como “Café do Brasil 70Kg NET”. Es un traje hecho con bolsas de café.

En la lámina de la puerta hay una fotografía del dueño; en blanco y negro, un hombre de unos 40 años (42, compruebo más tarde), ojos claros, mirada distraída –algo alucinada también– al frente y una dentadura francamente desastrosa, hace la V de victoria de espaldas a tres periodistas sonrientes. Parece la captura de uno de esos momentos entrañables en que la prensa se siente cómplice de lo que está pasando. De repente algo me hace pensar en Roberto Benigni; quizás sea la expresión inocentona que este desconocido tiene en el rostro. Esa de parecer que se sorprende a sí mismo con el truco de magia que está ejecutando. Y, sin embargo, este personaje me genera también una nota de desconfianza. Me pregunto si Benigni tendrá también un lado oscuro. Seguro que sí.

En la misma vitrina hay tres libros donde se lee su nombre: Jacob Haugaard y, de nuevo en la lámina de la puerta, una breve explicación: “En 1970 las tasas de desempleo eran altas y los slogans políticos muy numerosos. El periodista y estudiante de historia Paul Smith y unos cuantos amigos creían en su derecho a estar desempleados. En 1977 crearon la Sammenslutningen Af Bevidst Arbejdssky Elementer (SABAE: Unión de Elementos para Evitar Deliberadamente el Trabajo). Elaboraron un manifiesto bajo la filosofía de Si el trabajo es saludable, ¡que se lo den a los enfermos! SABAE se convirtió en un fenómeno de culto en Aarhus. El multiartista Jacob Haugaard ofreció un discurso tan disparatado que se convirtió en el representante de la Unión. Se presentó a las elecciones al parlamento en 1979. La de 1994 iba a ser la séptima y última ver que se presentara a las elecciones, pero, de pronto, la broma se convirtió en realidad. Jacob Haugaard fue elegido con la impresionante cantidad de 23.253 votos por el pueblo de Jutlandia del Este. Me pregunto qué promesas electorales llevan a un hombre enfundado en un traje de bolsas de café al parlamento danés.

Me respondo.

Haugaard prometió más pan para los patos en los parques, más ballenas en el fiordo de Randers y más muebles renacentistas en Ikea. Su programa establecía también que las personas sin sentido del humor tenían derecho a recibir una pensión de invalidez y que todos los propietarios de condominios con sótano debían recibir un prisionero cada uno. Además, abogaba firmemente por privatizar la asistencia social bajo el lema “Haga rentable regalar dinero”. El candidato también se propuso reducir el sexo en la sala de profesores; una medida que decidió retirar durante la campaña al entender que el sexo en la sala de personal era una tradición de notable antigüedad y que, como tal, no podía ser abolida. La lista incluía también hervidores de agua eléctricos para los mayores de 60 años, mejores regalos de Navidad, Nutella en las raciones de campo del ejército y la restauración del urinario público frente a la Casa de la Música. Llegó a cumplir más promesas que muchos adversarios o compañeros; algunas incluso antes o después de la legislatura.

Según medios locales el político gastó 10.000 coronas (más de 1.300 euros) del presupuesto de campaña en teteras eléctricas para los residentes de hogares de ancianos, y otro tanto en cervezas y salchichas para sus votantes. Navegando por los archivos de TV2 aparece Haugaard repartiendo las teteras, Haugaard revisando el reparto de Nutella entre las tropas o Haugaard con traje rojo y gorrito de Papa Noel, paseando por las tiendas de la ciudad y pagando regalos de Navidad con el presupuesto sobrante de la legislatura: desde calendarios de adviento hasta una dentadura postizas. “¿Dónde vive tu dentista? Vamos ahora mismo, tengo 20.000 coronas del Ministerio del Interior en mi bolsillo”, dice él, sacando un sobre.

Todo aquello fue “puro Monty Python”, diría mucho después. Como candidato electo, incluso llegaron a retratarle al óleo y acrílico, sentado en una silla de madera labrada, con los pies sobre la mesa y la mirada perdida. Allí estuvo hasta los 2000, cuando lo descolgaron por reformas. Al acabar, la obra de arte de Søren Hagen no volvió a su lugar y Jacob Haugaard se puso serio: “En 1994 introduje algo que vemos en un grado extremo hoy. Yo era pura forma y fui elegido; probé algo que realmente es un problema. Tenemos que cuidar nuestra democracia. Esa imagen debería estar allí como un recordatorio y una advertencia para todos”.

Me intriga este Jacob Haugaard. El payaso que llegó al parlamento para darnos una lección. El bufón que se rio del poder. El mayor chiste práctico de Dinamarca. Un pionero en muchos sentidos y predecesor de políticos inesperados como Beppe Grillo y, si me apuras, de Schwarzenegger o hasta de Trump. El cómico más querido de Jutlandia, el niño eterno, el filósofo irreverente, el hijo pródigo, el alcohólico que regresó, rehabilitado, a los brazos de la ciudad que lo idolatra. Jacob Haugaard, una figura entrañable e inestable. Cuanto más leo, más parece que su propia vida está escrita para entretener.

Para empezar, la infancia de Jacob transcurrió junto al Hospital Psiquiátrico de Risskov, en los suburbios de Aarhus. Si usamos todo lo que se ha escrito sobre él para dibujar la imagen de Jacob-niño, le veremos, seguramente, con las rodillas magulladas, vestido con uno de los jerséis de punto que sus tías le envían desde las islas Feroe y usando unas gafas sin cristales. Se las pone para parecer más listo, aunque suspende casi todas las materias. Cuando le preguntan, dice que vive en Aarhus. No quiere que se rían de él porque decir Risskov es sinónimo de decir Hospital Psiquiátrico. No sabe que gracias a la mala fama del barrio su padre ha podido comprar la casa a un precio muy asequible, ni que gracias al sanatorio su madre tiene trabajo. No sabe tampoco que, quizás, allí aprendió él mismo a romantizar la libertad que concede la locura.

En el vecindario, los límites entre la vida en el psiquiátrico y la vida en las calles se desdibujan; a veces desaparecen por completo. Jacob y sus hermanos juegan en las mismas calles que transitan, a veces libremente y otras no tanto, los enfermos del hospital.

Quizás, de camino a la escuela, Jacob se cruza con aquel hombre bajito, vestido siempre de traje y con un libro en la mano. El que caminaba leyendo –le imagino, en voz alta– y enarbolando su dentadura postiza sobre la cabeza, como un predicador. “No tenía ni un metro y medio de altura. Llevaba sus dientes postizos levantados y cuando leía algo gracioso sonreía con las encías denudas”, recuerda Jacob. Quizás, al salir de la escuela, se topa con el funcionario, un hombre que en el pasado habría ocupado un aburrido puesto de oficina y que, ahora, como un personaje de Lady Distopia, se entrega por completo a su pasatiempo favorito: el coleccionismo de bocinas de automóvil. Aunque eso implicase forzar las puertas de los coches del barrio para conseguir el ejemplar perfecto. También había tipos peligrosos, como pirómanos o pederastas. Las noches que escapaban, todo el barrio salía para ayudar a buscarlos o para montar guardia ante algún indicio de incendio. Todos los vecinos tenían perro para poder mantenerlos alejados de sus casas. Estoy segura de que Jacob disfrutaba el ajetreo de esas noches y los encuentros de camino a la escuela con El Funcionario, El Predicador y muchos otros nombres propios que parecen sacados de una obra de Alejandro Casona. Aunque, sin duda, la marca más profunda de aquellos días debió dejarla El Artista.

Cuando Jacob nació, el artista ya estaba allí. Louis Marcussen ingresó en el hospital psiquiátrico de Risskov a los 35 años (23 antes del nacimiento de Jacob), diagnosticado de esquizofrenia. Cuando Jacob le conoció se llamaba Ovartaci, vestía ropa de señora, llevaba el pelo largo y fumaba en una pipa con la forma de un cuerpo de mujer. Su cuarto en el sanatorio –hoy un museo en su honor– estaba repleto de figuras femeninas, altas, desnudas y esbeltas. Mitad hembra mitad reptil, pintadas con pequeños orificios nasales, apenas dos puntos; costillas visibles, labios prominentes, ojos rasgados y dientes diminutos, como los kappa del folclore japonés. Todos los días Ovartaci salía de paseo con sus niños de cartón en la cesta de la bicicleta. A menudo, la madre de Jacob llevaba a casa las obras del artista: muñecos, maniquíes y otras creaciones, para que los niños jugaran. Con el tiempo, Jacob debió conocer su historia.

Louis había trabajado como minero del carbón en Ebeltoft, había sido pintor y vagabundo en Buenos Aires y había vivido con los nativos americanos en las selvas de las provincias del norte donde, probablemente, se había familiarizado con las drogas que dieron pie a su psicosis. En el sanatorio, Ovartaci se sometió voluntariamente a castración química con la esperanza de liberarse de su deseo sexual hacia las mujeres. En 1954, cuando Jacob tenía 2 años, Ovartaci se amputa el pene con un martillo y un cincel en el taller de carpintería del hospital. Tres años después, completa la operación de cambio de sexo y es transferida al departamento de mujeres, donde vivió 15 años como mujer trans hasta que pidió ser tratado de nuevo como hombre. Murió como tal a los 91 años; para entonces, Jacob ya se había convertido en una celebridad de local del punk-rock underground.

 

Escaparse de casa a los 14 años con dos coronas en el bolsillo

Con 14 años y un par de coronas en el bolsillo, Jacob se escapa de casa. La aventura es breve; toma la línea 6 del autobús y baja hasta el centro de la ciudad, pero, teniendo en cuenta que apenas había salido de su barrio en Risskov y que no tenía edad para entrar en el club de jazz Tagskægget, aquello debió ser una gran hazaña. “Me colé entre las piernas de los universitarios que estaban haciendo cola en las escaleras y entré en el club”, cuenta en el capítulo que le dedica el libro Crónica de Aarhus: “el local estaba en la calle Paradis, donde ahora hay un cine y un café. Era el típico sitio al que los estudiantes llevaban a las chicas, pedían un par de cervezas y salían a bailar; mientras estaban ocupados yo me iba bebiendo sus cervezas. Y así comenzó mi carrera”.

Sofamania, el grupo de punk-rock paródico al que pertenecía Jacob, estuvo en activo desde finales de la década de los 70 hasta principios de los 80. Lograron grandes éxitos como ‘Mit hjem det har intet WC’ (Mi casa no tiene váter) y llegaron a lanzar tres discos, el primero de ellos en 1977. Jacob tenía entonces 25 años y vivía en un cobertizo de madera. “Vivía en el aparcamiento detrás de nuestro apartamento, en una especie de vagoneta gitana que él mismo se había fabricado”, recuerda en sus memorias Harley Flanagan, el cantante del grupo punk neoyorquino Cro-Mags que entonces tenía 10 años y vivía con su madre hippie en Dinamarca.

Cuando la banda se disolvió, Jacob Haugaard y Claus Carlsen siguieron actuando. Sobre el escenario, en el antiguo Club Tropicana de Aarhus, una sombrilla de rayas blancas y azules, una silla playera plegable y una nevera portátil. En el suelo, una tetera y, ¿por qué no?, también un hornillo de camping y una cazuela con agua hirviendo. Jacob, con camisa y pantalón blancos y una chaqueta marrón, pone los ojos en blanco mientras canta “ma per me lei è sempre un angelo, ma per me lei ha il viso d’angelo, oh sì, per me lei è sempre un angelo”, del grupo milanés I Camaleonti. A su izquierda, Carlsen da saltitos con un abrigo de pelo de teleñeco, azul eléctrico y amarillo pollo, maravillosamente combinado con unos pantalones lila de campana imposible. Lleva un sintetizador del tamaño de un radio cassette antiguo colgado al pecho.

Así comenzó su carrea. Y así comenzó también una adicción al alcohol, al hachís y a otras sustancias que lo acompañará gran parte de su vida y muy especialmente durante el matrimonio con Ilse Wilmot. La pareja se conoce en 1980; él tiene 28 años, ella 35. Ilse es terapeuta familiar, divorciada y madre soltera de una niña de 7 años, Mina, y de un chico de 10, Nicolai, que sufre distrofia muscular y va en silla de ruedas. Quizás, una tarde cualquiera, Ilse debió contar a sus amigas que nada más conocerle su amor había fluido de forma natural, que con él podía hablar de cualquier cosa, que se sentía bien. Quizás, sus amigas la advirtieron y trataron de disuadirla de empezar una relación con el artista. “No las escuché. Era encantador y divertido, y me hacía reír”.

Se casan en 1982. Jacob lleva 10 años recibiendo ayudas de la asistencia social. Debe dinero por todas partes y está prácticamente al borde de la bancarrota. Entonces, sucede. En 1983, el cantante más popular de Dinamarca, nada más y nada menos que el “bardo nacional” Kim Larsen, se enamora de ‘Haveje’. La canción que Jacob había escrito en solo cinco minutos se convierte en el tema principal de Midt om natten, la séptima película más vista en la historia del cine danés. “Gané mucho dinero con ella. El agradecimiento hacia Kim Larsen es casi a nivel religioso”, dijo el artista, que ese mismo año compró una casa en Mailling. La propiedad, tan particular como su dueño, tiene una torre en el jardín; un viejo depósito de agua que pronto se convirtió en la Jacob’s tower, sede del canal de televisión casero. Hoy, Jacob sigue cantando ‘Haveje’, aunque la estrofa “mi esposa tiene una clínica de belleza, en medio de un distrito negro”, se refiere ahora a un “barrio pobre”. Un cambio que Larsen no hubiese aprobado, cree Jacob.

Un año después, y ya con dinero en los bolsillos, se produce el que quizás sea el hito más destacado de la vida de Haugaard, después de su carrera política. Jacob conoce a Finn Nørbygaard. Finn tiene cara de buena persona. Puede parecer una descripción demasiado simple, pero es que, básicamente, Finn Nørbygaard tiene cara de buena persona. Sonrisa amable, flequillo, los ojos claros y la nariz levemente aguileña, pero solo en la punta. Cuando trabaja como humorista se quita las gafas pequeñas y usa otras de pasta y cristales de lupa. Toda su cara es contraria a la de Jacob. Puestas al lado, la de Finn parece pequeña y la de Jacob grande y tosca; con unos mofletes demasiado redondos y un labio demasiado caído. Lo mismo sucede con sus voces. La de Finn no es particularmente fina, pero lo parece frente al marcadísimo acento aarhusiano de Hauggard, un sonido ronco y gutural.

Se conocieron en 1984. Ambos habían acudido a los estudios de Østjylland Radio para rodar un sketch en el que interpretarían a dos controladores de autobús. No imaginaban que el éxito del primer sketch les haría rodar muchos más. Su “jadak jadak jadak” (Ja, tak – sí, gracias) al recoger los billetes de los pasajeros se hizo tan viral hace 35 años que, aún hoy, buscando en Google aparecen artículos de regalo con la frase impresa. Por solo 349 coronas puedes recibir en casa el póster de “Choose a life. Choose a job. Choose a carreer” de Trainspotting, el de “Wait for it!” de Bartney Stinson y el del autobús rojo con Jadak en letras grandes.

Durante los siguientes años, Jacob se dedica a perfeccionar el arte de vestir como un animador de hoteles de Benidorm. El dúo cómico Finn & Jacob se vuelve imprescindible en la televisión danesa e incluso en la gran pantalla, interpretando a un par de detectives disparatados en las comedias Jydekompagniet –maravillosa mezcla de La Pantera Rosa y Midsomar en el trailer– y Jydekompagniet 3. Nunca se llegó a rodar Jydekompagniet 2 porque todo el mundo sabe que las segundas partes siempre son un fracaso. Sin embargo, tuvo que ser un anuncio de Tuborg lo que realmente hizo a Finn y Jacob alcanzar la inmortalidad y entrar en el olimpo de la cultura pop danesa. En el spot en cuestión, Jacob es el tendero y Finn un cliente con serias dificultades para pronunciar Squash, el nombre del refresco que quiere comprar. No hace falta saber el idioma para entender por qué la década de los 90 en Dinamarca quedó marcada para siempre por miles de cuñados pidiendo “skvaaaasj” o “squeeech” en los bares, de la misma forma que el patrio “ahora vas y lo cascas” marcó los 2000 españoles. Éste fue el primero de 25 anuncios, con variantes como la de un Finn rompetechos al que Jacob le fabrica unas gafas con los culos de las botellas, un enamorado en busca de una bebida para su cita a quien Jacob presenta el Squash como haría un sumiller con un buen vino, etétcera, etcétera.

Durante todo este tiempo, durante los shows y los rodajes, durante las actuaciones, los anuncios de Squash y los conciertos en el Club Tropicana… Jacob ha estado bebiendo. Y todo el mundo a su alrededor parece haberlo aceptado. Las fiestas, las canciones, los chistes, los trajes estrafalarios, dos nuevos embarazos; todo conspira para ocultar lo evidente.  Al fin y al cabo, ¿qué músico no tiene una cerveza a mano, en alguna esquina del escenario?, ¿qué artista no accede a una copa de vino en una cena de negocios?, ¿acaso no es lo normal tomar unas copas con el equipo para celebrar el buen público de anoche? Ilse trata de ser comprensiva. Su marido no es alcohólico, se dice, no es pobre, no duerme en la calle, ni pide limosna. Ilse trata de ser comprensiva, pero procura no dejarle solo con los niños.

No quiere volver a encontrarle enseñando a beber cerveza a su hijo de cinco años. Ni recibir una llamada porque el coche en el que viajaba con Nicolai se ha salido de la carretera. No quiere volver a abrir la puerta y encontrarle inconsciente en el suelo. “Si hubiera estado absolutamente segura de que no hacía tanto frío como para que llegase a morir, lo habría dejado en la acera”. Años después, con motivo de la presentación de su libro Vivir con un alcohólico: mi vida con Jacob Hauggard, Ilse contó al periódico Ekstra Bladet cómo agarró a su marido y lo remolcó hasta la casa. Su cabeza se deslizó sobre el borde de acero de la puerta –como si fuera un badén en la carretera–. “Lo dejé en el suelo del pasillo y me fui a la cama”.

La noche del 31 de mayo de 1992 Jacob llegó a pensar en quitarse la vida. Ilse acababa de marcharse de casa con los niños. Un día, mientras le buscaba, ella había bajado a la ciudad; allí había conocido a un hombre bueno y dulce. “Ahora estoy con él”, le dijo. En ese momento, Jacob no sabía que aquello era una completa y desesperada mentira, pero fue suficiente. Tras romperse por completo, Jacob comenzó la reconstrucción. Primero, cinco semanas en un centro de rehabilitación; después, dos meses en su casa de vacaciones al norte de Jutlandia; por último, el resto de sus días en Alcohólicos Anónimos. Cuando volvió a casa, en verano, su familia le estaba esperando.

Desde entonces, Jacob ha estado sobrio. Hoy tiene 62 años, las redes sociales inundadas de selfies con su pug Fifi (y alguno de sus cinco predecesores) y una casa de vacaciones en la Costa del Sol. También sigue actuando, cada año, en los conciertos verdes contra la distrofia muscular, la misma enfermedad que padecía su hijo Nicolai, ahora fallecido. Jacob ha dejado las finanzas en manos de su esposa. Él no toca el dinero, es parte de su alcoholismo, dice, no soporta lidiar con el dinero. A veces, cuando pasea y se cruza, de lejos, con un hombre en el parque acompañado de algún perro sin collar, se pregunta si será un viejo amigo de los bares. A veces, como a todo el mundo, le resulta difícil vivir con los recuerdos, sobre todo cuando constantemente todo el mundo los hace presentes, aunque sea como un mero dato biográfico, o como una anécdota constructiva. No quieres recordarlo, diría Jacob, pero sonríes, dices “fue divertido” y continúas tu vida.

Este es el hombre que, con esta historia a sus espaldas, llegó al parlamento vestido con bolsas de café. Quizás porque, sin dejar de ser extravagante y excepcional, era cercano. Conocido. Porque antes de ser artista (si es que alguna vez no lo fue) trabajó como albañil, celador de hospital, instalador, reparador de electrodomésticos, marinero o hombre de la limpieza. A lo mejor porque es fácilmente identificable para muchos daneses como el padre, el hermano, ese amigo, o ese familiar que “bebe más de la cuenta” y porque seguramente a muchos también les gustaría mirar a sus padres, hermanos y amigos y ver al personaje descarriado, pero de buen corazón que acaba encontrando la fuerza para cambiar por su familia. El alcoholismo es un problema real en Dinamarca, y lo es de una forma sutil y solitaria. Quizás perdonar a Haugaard haya sido una catarsis colectiva. Una forma de absolver y de obtener la absolución.

Todo lo que sé de él lo he aprendido torpemente. Traduciendo del danés al inglés decenas de publicaciones en revistas y periódicos. Este no es un texto sacado de una autobiografía. Es la forma en que el público lo ve y lo ha visto durante años. No es, seguro, el Haugaard real, pero sí la figura. Jacob Haugaard: querido, recordado, honesto, humano. Pero esto, claro, son solo elucubraciones.

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