Jesús Marchamalo: «Hay muchos aspectos de la biografía de José Hierro que dibujan un personaje inesperado y he tenido una sensación de hallazgo»

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(Fotografía: Daniel Heredia)

José Hierro necesitaba la poesía como el respirar. «Pero estoy aquí. Me muevo, / vivo. Me llamo José / Hierro. Alegría (Alegría/ que está caída a mis pies). / Nada en orden. Todo roto, / a punto de ya no ser. / Pero toco la alegría, / porque aunque todo esté muerto / yo aún estoy vivo y lo sé». Sirvan estos versos de Fe de vida para presentar a uno de los poetas más sobresalientes de las letras españolas que llegó hasta el final de sus días cubierto de premios y reconocimientos. En apenas medio centenar de páginas, Jesús Marchamalo, con las ilustraciones de Antonio Santos, acaba de publicar Hierro fumando, un breve recorrido esencial por la obra de José Hierro así como su itinerario vital. Es ya la octava entrega de la serie de biografías publicadas en Nórdica Libros que, en esta ocasión, dedican al autor de Cuaderno en Nueva York en el centenario de su nacimiento. Reconoce Marchamalo que se ha encontrado con una biografía totalmente inesperada. Para el lector será intensamente atractivo sumergirse en una semblanza plena de hallazgos. Además de la poesía, el amor, la familia… el lector descubrirá otros aspectos como el arte. A las dedicatorias que acompañaba siempre con trazos de su pluma, se suma que fue crítico de arte en el diario Alerta, de Santander, entre otros, y escribió decenas de textos para catálogos y exposiciones. Sin ir más lejos, Hierro fue quien diseño la cubierta del primer libro de Francisco Umbral, Tamouré.

Coincidí en muchas ocasiones con José Hierro en recitales y charlas y, entre otras citas, no olvido aquella de noviembre del 2000 en Cartagena donde nos dio un susto de muerte tras aquel infarto, «pero yo no sentí miedo, ni vi la muerte viniendo a por mí», aseguraba después. «Yo, cuando desperté en la UVI, y vi a través del cristal a mi familia, pensé: qué habrá pasado. Me extrañó mucho ver a mi nieta Paula, que estaba en Londres y vino rápidamente, y también me extrañó no llevar el anillo de casado; ahí sí que pensé: a ver si me han enterrado ya y estoy en el otro mundo», y ahí surgían las risas. Porque ese era otro de sus rasgos que le resumían, el humor y la risa. Entreveraba sus intervenciones con bromas de manera que lograba apartar cualquier envaramiento alrededor de la poesía. A la pregunta de si la poesía nos salva de algo respondía que sí, «salva a quien la hace y a la Humanidad que la recibe”, pero aclaraba rotundo, «no debe ir nunca con unos afanes didácticos, eso no. ¿Para qué sirve la poesía? Yo qué sé chico para qué coño sirve. Sirve para lo que tú quieras que sirva, para lo que tú necesites. Es como un plato en el que comes lo que te gusta. La poesía es un alimento necesario, pero no obligatorio. La poesía por cojones, no».

Por cierto, a propósito de Jesús Marchamalo os avanzo una noticia fantástica que espero siga adelante. Hace unos meses le pregunté por una posible vuelta a televisión y me decía, «Al Habla fue una maravilla, recuerdo aquella época, en La 2, ahora sí con nostalgia, y recuerdo con mucho cariño a Ignacio Salas, Guillermo Summers, Susana Hernández, Ángeles Macua, Clara Francia… Nos reíamos muchísimo». Pues me llegan noticias del posible regreso de Marchamalo a televisión. La pasión por la literatura y los escritores se desatará de nuevo en RTVE ¡ojalá! y con una pinta estupenda para seguir viendo a Marchamalo hablando de libros, literatura,  autores ¡de la vida! por los codos. Recuperar eso otra vez sería estupendo.

Enhorabuena por esta nueva biografía, la octava ya, que se lee de forma tan agradable. Cincuenta páginas que trazan un recorrido vital a base de pequeños grandes detalles. ¿Son, precisamente, los pequeños detalles los que de verdad construyen una biografía: obsesiones, manías, cosas que construyen un personaje diferente…?

Muchas gracias, antes de nada, siempre es un placer charlar contigo. Y sí, desde luego que las vidas ajenas se explican a través de los detalles, los ‘divinos detalles’ como decía Nabokov, que resultan siempre tan reveladores. Los hábitos, las manías, las rutinas son las que construyen una personalidad. De modo que sí, me fijo siempre mucho en lo que al menos en apariencia son detalles minúsculos, podrían parecer irrelevantes, pero que nos permiten descubrir aspectos significativos del personaje.

Cuenta que se ha encontrado con una biografía totalmente inesperada. Vamos, que el lector no espere la tradicional vida de un poeta, sino mucho más allá de aquel que elevó el nombre de la poesía para la eternidad…

Digo con frecuencia que Hierro ha sido una sorpresa. Yo le conocí en los primeros años ochenta en Radio Nacional. Era mi primer trabajo en la radio, en el año 82, y él se jubiló cuatro años más tarde. De modo que coincidimos en la redacción ese tiempo. Le recuerdo por los pasillos, con aquella presencia física tan impresionante; el bigote, la calva, una voz que podía sonar atronadora, una cierta premura, un cierto nervio… Y ha sido un verdadero hallazgo descubrir ciertos aspectos de su vida que desconocía por completo; la cárcel con diecisiete años, la cantidad de trabajos insólitos que tuvo que hacer en la vida; su silencio poético de más de veinte años en los que dejó de publicar. Hay muchos aspectos de su biografía que dibujan un personaje inesperado y he tenido, ya digo, una sensación de hallazgo.

Y, además, habla de un compañero de radio. No olvidemos que Poesía en Radio 3 era aquel programa que hacía Hierro…

Es algo que siempre menciono porque me encanta, puedes imaginar, haber sido compañero de Pepe Hierro. Aunque la verdad es que nunca fui muy consciente entonces de la fortuna que significaba trabajar a su lado. Yo era muy joven, y él ya un poeta muy conocido a quien mirábamos, sobre todo, con mucho respeto. Me llama la atención, por ejemplo, no haberle llevado un libro para que me lo firmara, no haberle pedido un dibujo, una dedicatoria… Luego, muchos años más tarde, hice un curso con él en la Menéndez Pelayo, un seminario sobre cuento español contemporáneo, y tengo el diploma por casa que me firmó él como director del curso, tengo que buscarlo. Y volviendo a la radio, creo que la contribución de Hierro a la difusión de la cultura, el arte, la música, la poesía, fue muy importante, y es algo que debemos reconocerle.

No sé si exagero si digo que José Hierro fue como un Miguel Hernández. No murió en la cárcel, pero sufrió ese deambular por cárceles españolas. “Llegó a la poesía por una senda atroz. Por la vía del daño”. Pisó cárcel de los 17 a los 22 años por pertenecer a una asociación de ayuda a los presos políticos, entre los que estaba su padre… 

Sí, es cierto, e impresiona. Tras la toma de Santander por el ejército nacional fue detenido, juzgado y condenado por pertenecer a una asociación clandestina de ayuda a los presos; su padre había sido detenido, y estaba en la cárcel, acusado de apoyo a la rebelión, y me conmovió leer que a él le obligaron a mentir sobre su edad -tenía 17 años sólo- para poder encarcelarlo. Es fácil imaginar el trauma que significó, para alguien tan joven, vivir la certeza de la muerte, las sacas, los fusilamientos, la represión, las privaciones… Cuentan quienes le conocieron que nunca le gustó hablar de esos años de su vida, y jamás presumió de haber sido perseguido, represaliado por sus ideas cuando, a la muerte del dictador, hubo quienes hicieron valer sus años de oposición y lucha política contra el franquismo.

Ya en la calle, la obligación era conseguir trabajo para poder vivir él y su familia. Llama la atención la cantidad de trabajos distintos que llevó a cabo y, por otro lado, esos años que estuvo sin publicar dedicado al campo. Ahora que muchos creen una injusticia ese «no trabajo en lo mío», Hierro decía que prefería trabajar en lo que no tuviera relación con la literatura: «Nunca había tenido eso que llaman dignidad laboral. Lo importante era ganarse la vida», afirmaba…

Siempre se planteó el trabajo como una actividad orientada a ganarse el sustento. De modo que le gustaban esos trabajos que le dejaban tiempo para hacer lo que realmente le interesaba; leer, escribir, cultivar la tierra, pasear, ir al mar… Trabajó, como antes te contaba, en decenas de trabajos manuales: fue listero en una obra, peón cilindrador en una fábrica, repartidor de leña a domicilio… Trabajó en una fundición, y después en el CSIC, en la revista Dunia, en la Editora Nacional donde, durante años, diseñó las cubiertas de los libros. Por ejemplo la del primer libro de Umbral, Tamouré, que lleva un collage de Hierro hecho con cartulinas recortadas. Trabajó en muchas cosas, sí, para ganarse la vida. Pero seguramente una de las que más le gustaba, era dar clase. Fue profesor, durante años, de los cursos de extranjeros de la Universidad Menéndez Pelayo, y cuentan que sus alumnos le adoraban.

Hierro cara a cara deslumbraba. Imponía con esa fachada imponente. Llegaba a leer sus poemas y veías a un tiaco con cara feroz, peleón, como con planta de forzudo de lucha libre americana… Precisamente, tras esa fachada ruda, había un denominador común: la ternura. Entre otros temas, habla de sus sueños, del amor, con esa manera que tenía de transmitir los sentimientos que sólo tienen los grandes poetas…

Es verdad que tenía una presencia física que imponía, muy de guerrero exótico, de forzudo de circo, como dices. Y es cierto que su poesía trata de todo eso que cuentas, los sueños, el amor, el mar también, los cielos grises…  No sé si es ternura la palabra, pero sí hay en su poesía una mirada iluminadora. Me gusta esa frase, no sé de quién es, que dice que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita., y así es la de Hierro, una poesía necesaria que descubre en ti mismo, en el mundo, viejas certezas que nunca habías sido capaz de reconocer, de explicar, de expresar, pero que secretamente conocías.

Más de uno lo hemos visto en alguna charla emocionarse hasta la lágrima tras leer alguno de sus poemas. Y no nos extrañaba, era un poeta que se comprometía con cada verso…

En la Fundación que lleva su nombre, en Getafe, se conservan los manuscritos de algunos de sus libros, y en ellos se ve ese compromiso del que hablas, esa obsesión por encontrar la palabra precisa, la necesaria, la imprescindible en cada caso. Hay poemas que tardó años en escribir. Alguno, incluso, que dejó inacabado porque no fue capaz de dar con la palabra que le faltaba, y que de algún modo daba significado al poema.

Y el humor. Reía constantemente y entreveraba sus intervenciones con bromas de manera que lograba apartar cualquier envaramiento alrededor de la poesía, de la lectura, acercándola al lector… 

Sí, es verdad, detrás de ese aspecto de hombre serio que tenía -no recuerdo una sola foto suya donde esté no ya riendo, sino con algo más que una media sonrisa- es cierto que le encantaba bromear. Y, por supuesto, no encontraremos en él ninguna solemnidad con el hecho poético, con su poesía, que vivía con una naturalidad que llamaba enormemente la atención.

El poeta que creaba su poesía con palabras con «sabor a pan y vino», como le dijo el rey Juan Carlos I en su discurso de entrega del Premio Cervantes en 1998, ¿a qué se refería con esa definición?

Creo que tiene que ver con esa falta de solemnidad a la que antes aludíamos. Hay desde luego un tipo de poeta de las grandes palabras, de las grandes invocaciones, de los gestos impostados, y Hierro, no era uno de ellos. De hecho, su mundo, su poesía, representa todo lo contrario: la falta de afectación, de impostura, de voluntad de trascendencia. Es un poeta muy cercano, muy próximo. No sé si aludir al pan y al vino es una buena manera de explicarlo, pero seguro que a Hiero, que cocinaba para sus amigos unas paellas estupendas, le pareció bien.

Y lo querido que era por el gran público. Lo recuerdo  rodeado de gente esperando a que les firmara. Cuaderno de Nueva York fue todo un superventas en un género donde reimprimir ya es toda una rareza…

Sí, he leído en alguna parte que Cuaderno de Nueva York, ha vendido cerca de cuarenta mil ejemplares, lo que convierte un libro, cualquier libro, en un auténtico superventas. Pero, efectivamente, para un poemario -hay veces que las tiradas no superan unos pocos cientos de ejemplares- es una cifra realmente insólita, milagrosa. Hierro era muy querido, muy admirado, y muy popular, tal vez por esa cercanía de la que hablábamos, una cercanía que también tiene que ver con su poesía.

Y dibujaba en cada firma. En rápidos trazos completaba una escena, un autorretrato. Poco se ha hablado de su relación con el arte, como crítico etc…

Era muy generoso, sí. Le recuerdo perfectamente en la Feria del Libro de Madrid con una caja de rotuladores con los que dibujaba en los libros: marinas, autorretratos, flores. Y somos cientos los lectores que tenemos un dibujo suyo hecho, muchas veces, con café, o con rotuladores que sombreaba con orujo o con agua. Hay una parte del mundo de Hierro que tiene que ver con el arte: fue crítico de arte en el diario Alerta, en Santander, hizo decenas de textos para catálogos de amigos artistas, él mismo dibujaba, hacía carteles, collages, y tenía una colección de arte impresionante.

La amistad, el respeto por los compañeros, es otro rasgo que lo caracterizaba…  Huía de la competitividad y eso se refleja en el reconocimiento de muchos poetas compañeros. «Lo que he procurado siempre es llevarme bien con los compañeros y no ir en plan vizduque ni trepando sobre las espaldas de los demás», decía…

Me encanta la palabra ‘vizduque’, creo que es la primera vez que la escucho. Era alguien especial, Hierro, alguien distinto y creo que todos éramos conscientes, a veces sin darnos cuenta. Era alguien que llamaba la atención por si singularidad, su manera de hablar, de mover las manos, de escucharte. Alguien que vivió su poesía, su obra, de una manera muy especial.

Y este título, Hierro fumando, no tiene discusión. Recuerdo aquel ingreso en el hospital, cuando se encontraba en Cartagena invitado a una mesa redonda sobre su obra y jurado del premio internacional de poesía Antonio Oliver Belmás, al sufrir un infarto… La relación con el tabaco fue muy intensa, a pesar de ese enfisema…

Soy una calamidad poniendo títulos. Hay quien tiene facilidad para condensar en unas pocas palabras, a veces en una o dos, el contenido de un libro, de un artículo, de un reportaje, yo no.  Siempre ando a vueltas con los títulos, y con frecuencia se los pido a amigos que me los regalan. Pero esta vez lo tuvimos claro desde el principio porque el tabaco siempre fue uno de los rasgos inconfundibles de Pepe Hierro. Contaban de él que, incluso cuando tenía que llevar la bombona de oxígeno, se quitaba a veces las ‘gafas’ -el tubito de plástico bajo la nariz- para dar un par de caladas a un cigarro. Me encanta la ilustración de la cubierta – en un bar, sujetando un cigarrillo- porque resulta un Hierro muy reconocible

Cada vez somos más los fieles a esta serie de biografías que publica tan maravillosamente la editorial Nórdica. ¿Están ya pensando en el próximo? ¿Se puede adelantar algo?

Agradecemos mucho esa fidelidad. Y sí, es un lujo siempre publicar con Nórdica, trabajar con Diego, el editor, y con Antonio Santos y su universo de imágenes, tan personal, tan sugerente. Creo que los tres somos muy conscientes -yo desde luego- de la fortuna de poder editar, cada año, uno de estos libritos, estas ‘ensoñaciones biográficas’, como dijo una vez Atxaga. Así que seguiremos publicándolos cada año una nueva entrega. No tenemos nunca claro quién va a ser el siguiente protagonista, pero nos encantará descubrir a Carmen Martín Gaite, por ejemplo, a Ana María Matute, a José Luis Sampedro… Hay muchos autores, autoras, de los que podríamos enamorarnos el año que viene. Perdidamente.

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