Jet lag

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De regreso uno tiene la tentación de escribir directamente sobre Nueva York, pero se va a contener porque Nueva York va a acabar escribiéndole a uno sola.

 

De regreso uno tiene la tentación de escribir sobre Nueva York, pero se contiene porque Nueva York va a acabar escribiéndose por sí misma, en los próximos días y semanas, puede que meses, volcándose todas esas puntas de rascacielos como si fueran plumas. Allí se han visto, con sorpresa, sucederse los Santanderes casi en cada esquina, y cuando ha vuelto se le han caído todos igual que si se le hubiese resbalado el mundo al Atlas del Rockefeller, todo un planeta que ya ha recogido la hija, Ana Patricia (que es un nombre de noble romana), quien parece haberlo hecho con un dedo e incluso haberlo puesto a girar sobre él de la misma manera con la que parece que han estado entrenándose los baloncestistas patrios, creyéndose quizá los Globetrotters. Si Emilio Botín creó un imperio bancario desde una provincia, el perfil y la sangre, incluso el género como novedad y ese rictus implacable de jugadora de póquer profesional (una suerte de Gordo de Minnesota de las finanzas en lugar del billar), apuntan al rojo para ponérselo de corbata hasta a Pablo Iglesias. Pero ya se verá. El rojo se ha echado de menos en las hojas de Nueva York, aún estivales (en cuya Park Avenue Ana Patricia queda tan propia como Jacqueline), por las que dicen que hasta la gente se detiene en la calle, aunque uno lo duda. Para parar a alguien en Nueva York habría que placarle, pero primero habría que alcanzarle y eso un español a pie no puede lograrlo. Lo único que se puede hacer es tratar de seguirles (y de esquivarles) convirtiéndose uno mismo en autómata o neoyorquino, que es una nacionalidad de paso. Esto mismo es lo que le debe de estar pasando a Mas (quién ya es una de esas pequeñas idiosincrasias de la vida), que aparenta querer apearse del ritmo constante del independentismo (esa cinta andadora de la que no podía bajarse Mr. Bean), y no sabe cómo mientras Junqueras, el gerente del gimnasio, le señala a cada atisbo de renuncia que continúe sobre ella con esa mirada suya tan característica del Cockeye de ‘Érase una vez en América’. Allí, por cierto, Obama va zapaterizándose con una cadencia que a Artur sobre su cinta le hubiera hecho reventar hace meses, por no decir años, de tal forma que hasta se ha procurado un Rubalcaba en la figura de Kerry, que ejerce de principal mientras el otro juega al golf igual que Zapatero se puso a correr. Casi literalmente corriendo es como se ha regresado a España, donde la gente se toma el café sentado y no mientras camina como si llevaran el testigo de una carrera de relevos. Uno está ya más relajado a pesar de la Diada, que le ha dado la bienvenida y que debiera ser una cosa lúdica como las celebraciones de la gran batalla de Concord, cuando sus paisanos se disfrazan de Minute Men y sacan sus viejas banderas sólo para que las vean sus hijos, sin el deseo íntimo de querer liarse a cañonazos con su enemigo ficticio.