Joao

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No dejo de pensar en Joao Silva y en que siguiera haciendo fotos de su evacuación, después de pisar una mina en Afganistán durante una patrulla con tropas norteamericanas. Me lo imagino sosteniendo la cámara a pulso con una mano y disparando al enjambre de soldados a su alrededor en mitad de una nada resplandeciente. Me lo imagino en un helicóptero gigantesco, surcando el cielo despejado y pensando que, después de todo, el encuadre de su joven tragedia pueda explicar algo al público. Haciendo click con los torniquetes y las piernas destrozadas y la sangre y la certeza alucinada de estar viviendo el punto y final de su camino de reportero por la línea más delgada. Le doy vueltas porque me parece terrible y porque acertar con la razón de que siguiera haciendo su trabajo me parece, de repente, decisivo para propia mi vida de bípedo intacto. Intuyo una verdad muy valiosa que no consigo descifrar.

 

Conocí a Joao gracias al libro que escribió con Greg Marinovich sobre el Club del Bang Bang, aquel grupo de jóvenes fotógrafos en la Sudáfrica del final del apartheid en el que también estaban Kevin Carter y Ken Oosterbroek. Kevin se suicidó y Ken había muerto un tanto antes en un combate a las afueras de Johanesburgo. En los áridos días de la facultad, su historia me alimentó de todos los falsos romanticismos que necesitaba. Fue mi culpa, ahora sé que no entendí nada. El Bang Bang era un guiño, una broma pesada de chavales que, con el tiempo, iban a morir y a perder las piernas y a seguir haciendo fotos para contarlo.

 

Voy ahora en el metro acompañado de sonámbulos. Deben ser las dos o las tres de la mañana. Recuerdo haber jugado al billar y, extrañamente, haber ganado. Vuelvo a casa y me hierve la sangre por no estar donde quiero estar, ese lugar lleno de hijos de puta donde gente honrada se deja algo más que los años.