Jornada de reflexión

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Qué gracia la de afirmar que la tarde de este sábado fue mi jornada de reflexión como si fuera excepcional, una pausa larga en mi cotidianeidad y rutina. Pienso cuando duermo, cuando como, cuando hago gimnasia, cuando leo o escucho música o cuando me machaco escrutando la prensa, la radio y la tele. Y hasta cuando me sube la tensión al oír los aplausos de las ocho de la noche, muy justos pero muy cínicos. No son ni ángeles ni soldados nuestra clase sanitaria. Son kamikazes con bata, como confesó una médica al New York Times. Démosles recursos para no caer. Me falla la memoria, pero creo recordar que el 14% de las defunciones por la epidemia en España son de sanitarios. Y subiendo.

Pienso también cuando desde alguna terraza de mi edificio ponen la Marcha Real o sacan cacerolas para protestar contra éste o aquél. Qué más me da. Unos lo aprovechan para ponerse dramáticos y manifestar que es el momento más difícil de nuestra vida y que se necesita para ello conseguir moral de victoria. Otros para buscar el asalto del cielo y armarse de un llamado escudo social. Y, finalmente, otros cuantos para gritar que hay ineptitud, caos y falta de transparencia.

Nada de nombres, por favor. Pero llegado a ese punto es cuando aún me siento más desconcertado, más extraviado, más solo y me meto de nuevo en la cueva. Ni siquiera allí consigo acallar el bombardeo de que saldremos de ésta y que es una obligación colectiva sacar lo mejor de cada uno. Naturalmente, hay muchos que lo están sacando pero hay también otros muchos que emergen desde lo más sucio de la especie humana, el aprovechamiento y la explotación. Yo no sé si estoy limpio o sucio.

Todo el día he estado un poco taciturno, melancólico por no recibir a esos extraños visitantes de madrugada: tres el primer día; cuatro, el segundo. No dormí ni un minuto la noche pasada. Leía, me cansaba, apagaba la luz y volvía a encender la lamparilla de la mesilla. Qué me pasa, me preguntaba, nervioso, en el silencio. Los vecinos de arriba habían dejado de hacer ruido con sus conversaciones malditas. Hasta las echaba de menos.

Estuve tentado en levantarme y dejar la puerta del piso entreabierta o colocar sobre la mesa del salón unas cervezas y aperitivos salados junto con una breve nota, algo más corta que la que me escribió la última vez el que parecía tener maneras de líder. Algo así: “Me agradó conocerles. Espero que no sea la última. Gracias por el pañal. Me ha servido para hacerme una mascarilla”.

Es un decir lo de la mascarilla. La verdad es que, dado que no soy muy mañoso, me dio un poco de susto al verme en el espejo con el complemento en cuestión. Parecía uno de esos muertos vivientes con el rostro casi completamente cubierto. Si me movía un poco hasta desaparecía mi imagen. Era un ciego con mascarilla. Qué torpeza la mía, me flagelé. Ya lo decían mis padres: Hijo, Dios no te ha llamado para las manualidades. Sí, porque los dos eran muy religiosos, más ella, y a cada momento, viniera a cuento o no, ponían su nombre en su boca. Pobre gente. Ojalá estén teniendo ahora la paz y la felicidad que no hallaron en la vida terrenal. Si resucitaran a buen seguro que dirían, sobre todo mi madre, que esto se veía venir y que era un castigo divino. Vaya, algo así como las plagas de Egipto. La mayoría no lo vimos venir y aún menos nuestros gobernantes. Hubiesen sido buenos consejeros aúlicos mis progenitores.

Si salgo a la calle con esa mega mascarilla me detienen seguro, concluí muy enfadado esta mañana cuando me la volví a probar. Pretendí afianzarla mejor. Rasgué parte de la tela para fabricar con unas grapas una especie de tiras y sujetarlas a las orejas. El invento no duró ni dos minutos. Se soltaron y con eso desapareció ese rostro de beduino que me había construido.

Qué desastre, maldije. Con razón el de la coleta me insultó diciéndome que era una rata cobarde y meona.

Y sin embargo, en el silencio de la madrugada añoraba su presencia. A todos por igual, incluso a ése que creo llamaban Bailarín y sus grititos jubilosos al descubrir en uno de los estantes de la librería la colección de cómics de Tintín. Me prometió traerme a cambio algo de Josep Plá. Estupendo.

¿Estaré enloqueciendo? ¿Seré un masoquista disfrutando del trato grosero que tenía conmigo el de la coleta? Sinceramente no lo sé, pero quiero que vuelvan. Y pronto. No sé cómo localizarlos. Por no saber ignoro si existen. Claro, vivo una realidad irreal. O al menos eso creo. Por tanto, es natural mi duda. No soy el único.Tendré que consultar a mi psicoanalista.

Lo que sí que es real es haberme enterado este mediodía que ha muerto Luis Eduardo Aute. Algo más de mi juventud que desaparece. Qué año más malvado éste que nos ocupa. ¡Y yo que me prometía que iba a ser mi año más viajero!

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado tres novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012) y "Retorno a Zumaia" (2014), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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