José Antonio Montano: “Escribir es reflexionar, pero cuando se publica un diario se tiene que transformar en literatura”

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José Antonio Montano, 2023. Foto del autor

Desde sus inicios en el mundo periodístico como el simpático Atleta Sexual, José Antonio Montano (Málaga, España, 1966) es un diletante capaz de mezclar humor ligero, muy malagueño, con cierta sensibilidad. Todo esto impregna cada hoja de estos diarios con gran capacidad literaria, Oficio Pasajero (Sr. Scott Libros, 2023). Entre Werther y Juan Valera, Montano consigue una excelente aproximación a ese extraño lugar de dudas y quimeras cuyo nombre común es juventud.

 

Este diario comienza con su vuelta de Madrid, de estudiar. ¿Fue un final o un principio en su vida?

—Bueno, fue las dos cosas. En realidad, no empieza con mi vuelta de Madrid. Yo volví de allí en el 87, estuve en Madrid del 85 al 87. Cuando empiezo el diario es cuando termino la carrera en Málaga, que fue ese curso 89.

¿Era filosofía, filología? 

—Mi carrera universitaria es un poco caótica. Yo empecé a hacer filosofía, lo que se llamaba entonces filosofía pura, en Málaga. Llegué a esta contagiado por los profesores de filosofía del instituto, que eran nietzscheanos o mínimo vitalistas. Y, bueno, y alguno que otro marcadamente anticlerical. Un tipo de filosofar muy en la onda de Savater, por ejemplo, que era compatible con la movida, con las vanguardias, con el pop. En un momento dado lo que quería ser es escritor, pero lo que no tenía muy claro es qué carrera hacer. Entonces, opté por filosofía porque realmente tuve muy buenos profesores, me contagiaron, y me parecía que era como una base intelectual interesante. Pero, claro, voy a la universidad de Málaga y allí filosofía estaba tomada por el Opus (risas).

¿Cómo era la España de finales de los 80? Muchos lectores más jóvenes no recuerdan ese ambiente, todavía esperanzado con el futuro del país…

—En realidad, la movida siempre fue un poco escurridiza para los que estábamos en Málaga. Nosotros la descubrimos como una especie de ideal gracias a programas como La edad de oro en televisión, Diario Pop en Radio 3, etcétera. Pero yo realmente nunca llegué a integrarme en grupos ni nada. Yo era un cultureta aficionado sobre todo a los libros y la movida suponía una especie de estímulo vital, también nietzscheano de algún modo…

¿Conoció a algún profesor de la complutense, en este tiempo de final de la ‘movida’, que le marcara?

—Tuve a uno que era Bernardino Martínez Hernández, el cual murió hace un par de años. Creo que fue jefe de prensa en Madrid. Resulta que era un cura, un excura, y aunque era muy buena persona, yo de joven era muy anticlerical. Curiosamente, el primer texto que yo publiqué y por el que me pagaron fue encargado por él, para una revista que tenía. Era una revista que hizo un número especializado en pacifismo y le mandé un artículo en favor de la guerra (risas). Se hizo a partir de un texto de Heráclito: un gran plan para debutar, ¿no? Quería ser un poco así malditista y mandar un artículo a la contra. Pues el tío no me dijo nada: lo publicó y tal. Y dos o tres semanas después, yo estaba en el colegio mayor, en el Johnny (el San Juan Evangelista) y me encuentro en el casillero de correspondencia un sobrecito y era un cheque. Creo que eran mil pesetas por el artículo: me hizo ilusión. El tío se portó con grandeza, realmente.

¿No cree que sorprenderá a sus lectores ahora su voto a Izquierda Unida de joven? Se excusa en sus diarios, pero no parece excepcional en ese mundo de la Complutense…

—Bueno, yo era abstencionista. Y en la anotación del diario digo que voto a Izquierda Unida, pero digo sin convicción.

¿Quién estaba de candidato?

—Yo voté a Anguita. Yo voté Izquierda Unida entre otras cosas porque sabía que no iba a ganar. Si yo tuviera en la cabeza la posibilidad de que iban a entrar en el poder, no los hubiera votado.

¿Cómo un joven de izquierdas es a la vez adorador de Jünger? ¿Cómo descubre a ese autor?

—Bueno, por una razón muy sencilla: para mí la política siempre ha estado en un segundo plano. Me han interesado mucho otras cosas culturales y literarias. Y bueno, también, aquellos elementos reaccionarios de determinados autores hay que ponerlos entre paréntesis. Esta idea que hay ahora de que te contagias; aquello de que si lees algo indebido te contagias y estás condenado nunca la he tenido.

Sí, es una idea muy cristiana y muy religiosa

—Una idea cristiana y religiosa, aunque más bien eclesiástica.

Precisamente, ¿le salvó Savater de la izquierda dogmática? Es una referencia constante en los diarios…

—Yo nunca he tenido la tentación de la izquierda dogmática: nunca he sido marxista. De hecho, todo viene cuando tomo conciencia política a raíz del golpe del 23F. Entonces, me caí en la marmita –en plan Obélix– en lo que ahora se conoce como el patriotismo constitucional. Empecé a leer periódicos por mi cuenta después del 23-F y todos defendían la Constitución, la transición y el sistema democrático.

Es verdad: después del 23-F hubo un ‘boom’ de periódicos.

—Sí, claro: hubo mucha reflexión del mismo modo que con ETA existieron muchos artículos sobre nacionalismo. Cada problema promueve artículos sobre el asunto. Llegué al artículo de manera inconsciente, el sustrato siempre ha sido eso. Jamás he sido castrista, por ejemplo, siempre he detestado la Unión Soviética: está en mis raíces la democracia y el estado de derecho. Y luego, claro, con un empuje de ideas progresistas. Un liberalismo de costumbres y una especie de sustrato estatal que promueva el desarrollo de los individuos.

Quiero salir de la política y entrar en el intimismo de sus diarios: es contenida y memorable la descripción del fallecimiento de su abuelo, de escritor en ciernes, ¿No le dio fuerzas para empezar la novela?

—Bueno, los aspectos novelísticos que pueda haber en los diarios ahí se quedan. Quiero decir, para mí en cierto modo tienen su valor ahí. Ese hecho está bien en el diario; tratar de hacer una novela solo era una opción más.

¿Cómo lleva develar su intimidad? ¿No se siente vulnerable?

—Sí, sí, desde luego. Por otra parte, siempre se vela un poquito. Simplemente por el mismo hecho de transcribirlo en palabras, hay una veladura. Hay juegos con elipsis, cosas que no se cuentan, que se insinúan para lectores inteligentes. Y ahí es un juego, en cierto modo, de mostrar y de escamotear. Oscilo entre, por un lado, la idea de vulnerabilidad ya que –como decía Jünger–: “Estoy generando documentos que serán usados en mi contra” (risas). Por otro lado, también está la frase de Nietzsche que dice que “hablar mucho de uno mismo es un modo de ocultarse”.

Sí, eso es cierto. El escritor Jaime Bayly, en su bitácora en vídeo, decía que para él la escritura es terapéutica. ¿Lo es para usted?

—Sí, claro. Digamos que las anotaciones tienen varias funciones: una de ellas es la terapéutica. El propio hecho de escribir, en fin, en momentos particulares es un desahogo: pretende salir de cierta confusión e intentar reflexionar. Pero a partir de ahí, cuando se publica un diario, hay que dar un salto: se tiene que transformar en literatura.

¿No son los diarios el gran género de la escritura posmoderna? Evitan el armazón narrativo.

—Bueno, depende de qué posmodernidad: también se ha dado una especie de reivindicación de la narrativa en alguna escuela.

De hecho, en muchos libros de gente joven se nota que falla la estructura narrativa. Ya ni se enseña…

—Yo trabajé, como sabes, de guionista televisivo y ahora, como dices, muchos de los escritores españoles tienen poco adiestramiento en hacer tramas. Cuando trabajaba en la televisión siempre tenía que haber una especie de coherencia, aunque sea una coherencia barata. Los resultados tampoco eran muy brillantes. Había un montón de personas opinando de tus guiones, el productor, el director o los actores, y como tuvieras una pequeña incoherencia te lo van a decir. El guionista, así, está acostumbrado a hacer tramas coherentes con pies y cabeza. Eso no siempre ocurre en los novelistas, cuyas tramas están más sueltas y son menos cerradas. Es común ver novelas que pretenden ser narrativas y que contienen unas chapuzas y unos deus ex machina que en un guion común no se permitiría.

Quiero volver a su fallida novela. ¿Iba a ser autobiográfica? Es evidente que todo lo que hace pasa por su yo…

—Lo reconozco como una debilidad. En un momento pensé que la novela hay que merecerla; creo que no me la merezco todavía. Es esa frase de los Pensamientos de Pascal que citas mucho, “el yo es odioso”. Soy consciente de que recurrir al yo en cierto modo es fácil, pero por otra parte no me puedo despegar. El día que pueda hacerlo digamos que eso habría supuesto un avance espiritual por mi parte. Me interesa el resultado, más que realidad o no: en literatura soy radicalmente resultadista. Entonces yo no digo autoficción, sí; autoficción, no.

Hábleme de Jurdao y el mundo de guionistas malagueños en Madrid que se cuenta en los diarios. Su etapa de escritor televisivo me parece fascinante.

—Bueno, mi amigo Javier Jurdao, él fue el que nos abrió la veta guionista. Éramos un grupo de amigos pseudo intelectuales que nos interesaba la filosofía, la literatura y la poesía. Y la televisión la despreciábamos, evidentemente. En cambio, nuestro amigo Jurdao, desde los 18 años, cuando nos conocimos, solo quería tres cosas: follar, ganar dinero y hacer reír. Esas tres cosas las consiguió convirtiéndose en guionista de humor. Estuvo, así, escribiendo para Cruz y Raya o Martes y 13 además de realizar monólogos. Y, entonces, cuando empezaron las televisiones privadas se abrió un montón de puestos de trabajo de guionista. Y él se presentó con sus currículos y lo pillaron desde el primer momento. Entonces, claro, nosotros habíamos acabado nuestra carrera, seguíamos en el paro: él ya vivía con 20 años en la Torre de Madrid y nosotros seguíamos allí con nuestros padres, sin un duro. No sin resistencias, al final nos colocó en la televisión.

Creo que Pepe Navarro y sus programas son el nodo de todos estos guionistas, ¿verdad?

—Sí, sí, yo no lo menciono en el diario, pero bueno te doy la exclusiva (risas). Es el presentador del que hablo en estos diarios. Precisamente, ahora que se ha muerto María Teresa Campos, yo trabajaba con Navarro en su programa de la mañana y competíamos con ella. Le dábamos chistes, bromitas de presentador…

Lo que se llamaba ‘one-liner’. Orson Welles decía que Johnny Carson, el mítico presentador norteamericano, tenía decenas de guionistas pergeñándolos.

—…entonces cuando María Teresa llevó al programa como copresentadora a su hija Terelu, pues Pepe Navarro nos encargó que hiciéramos una parodia…

¿Eres uno de los creadores del legendario ‘Pepelu’? Terelu lo llamó, consciente de la sátira, “un digno hijo de su padre”.

—Bueno, el actor Carlos Iglesias era muy bueno. Nosotros le dábamos los guiones, pero él creó al personaje realmente.

¿Algún trabajo de aquel tiempo que se sienta orgulloso? 

—No, de la televisión no me siento orgulloso. Trabajé en varios programas, pero sobre todo en el de Pepe Navarro y luego haciendo guiones para La casa de los líos, una serie de Arturo Fernández.

Bueno, quiero salir de estas memorias cómicas y volver a sus diarios citando la parte intimista: las mujeres son aquí fantasmas y realidades con cierto carácter esquivo. ¿Es la chica colombiana el gran amor de estos diarios?

—Bueno, ahí he jugado un poco más con las elipsis. También un poco por respeto hacia las chicas, digamos. Ahí hay como dos fases. La fase inicial, en la que yo estoy un poco más adolescente, y es en la que no tengo relaciones con chicas: casi célibe o incel, como se dice ahora….

Hay poco de ‘incel’: este diario está totalmente atravesado por la hipersensibilidad.

—Yo, como sabes, no le hago asco a cierta expansividad sexual. Ahora en el tono del diario no y, sobre todo, hablando de personas completas.

Eso es empatía. 

—Sí, claro. Sigo siendo un sentimental (risas). Pero hay una primera fase en la que las mujeres que veo, que persigo, a las que sigo, no se concretan en nada. Y, luego, ya tengo encuentros, incluido el de la chica colombiana.

¿Qué fue de esta chica colombiana? 

—Murió. Viene en el diario de manera muy elíptica: hay una anotación al final del año 97. Falleció del cáncer aquel que tuvo. Era una criatura muy dulce y con un uso precioso de algunas palabras. Por ejemplo: la manta no era la manta, era la cobija. Una vez pasó un avión ultraligero y le llamaban el ultraliviano.

Al final del diario, está el horizonte de Madrid…

—Al final del 98 estoy dudando si irme a Madrid o a otro país, pero en la última anotación del año 99 ya estoy en la capital. Lo que pasa es que luego, la ultimísima anotación, estoy en Málaga porque es navidad.

¿Visita Brasil al acabar estos diarios? Pensaba en anotaciones allí. Solo vi menciones musicales, y no las encontré…

—No, bueno, Brasil se traspasa en cada página de estos diarios: me aficioné a su música a finales de los 80. Las visitas a Brasil, efectivamente, son de los siguientes diarios: si los publico ahí sí contaré mis viajes por el país americano.