José Jiménez Lozano y Simone Weil

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“Pero la primera dificultad está en las palabras. La verdad está en el fondo del corazón de cada hombre, mas, tan hondamente escondida, que es difícil traducirla a lenguaje. Los hombres tienen tanta necesidad de palabras que un pensamiento que no se expresa con palabras puede, por eso mismo, resultar estéril a la hora de ser llevado a la acción. Cuando el hombre quiere algo que no sabe nombrar, se le puede hacer creer que lo que quiere es otra cosa, y desviar así el tesoro de su energía hacia algo indiferente o malo”.

Simone Weil[1]

 

Contexto en que José Jiménez Lozano conoce a Simone Weil

Casi con toda seguridad, fue Eugenio d’Ors quien habló de Simone Weil en España por vez primera. En 1949, una glosa publicada en el diario Arriba el 31 de mayo llevaba por título ‘Simone Weil’, y en ella se refería D’Ors al primer libro de Simone Weil que se había publicado en Francia en 1947: La pesanteur et la grâce (La gravedad y la gracia). Meses atrás, en agosto de 1948, habían tenido lugar los Coloquios filosóficos de Santander en la Universidad Internacional de Santander, futura Universidad Internacional Menéndez Pelayo; en estos cursos “de vacaciones”, como los denomina D’Ors en una glosa que publicó en Arriba el 14 de agosto de 1948 –“Los franceses”–, intervinieron cuatro profesores franceses entre los que se encontraba el escritor Gustave Thibon[2]. Thibon conoció a Simone Weil en 1941 y llegó a trabar una buena amistad con ella, y es casi seguro que la nombraría en más de una ocasión durante aquellos días de agosto en Santander, pues la muerte de la pensadora había tenido lugar tan sólo cinco años antes, y también en el mes de agosto, el día 24, concretamente. Simone Weil murió en Londres meses después de dejar Estados Unidos, adonde había llegado con sus padres huyendo del nazismo; quiso regresar a Europa porque tenía la impresión de que en América estaba traicionando a Francia y a Europa, sumidas en la guerra, y viajó a Londres auspiciada por la organización resistente Francia Libre.

Gustave Thibon acogió a Simone Weil entre agosto y septiembre de 1941 en Saint Marcel d’Ardèche, en la finca familiar donde vivía con su mujer y su suegro. La pensadora llegó allí instada por el deseo de conocer las principales tareas del campo y para enrolarse como vendimiadora al empezar la temporada. Las leyes antijudías del régimen de Vichy le impedían seguir enseñando en los liceos estatales y, como hizo años atrás con la fábrica, ahora se proponía conocer los quehaceres del trabajo agrícola. En Marsella expuso este deseo al dominico Joseph Marie Perrin, con quien venía conversando desde principios de junio sobre las posibilidades que tenía de recibir el bautismo, y fue el dominico, amigo de Thibon, quien pidió a este que la alojase en su casa durante un tiempo para que pudiera familiarizarse con el trabajo agrícola.

Aunque la relación con Simone Weil fue difícil al principio, Thibon quedó admirado ante esta mujer increíble, de quien escribe que jamás “había hallado semejante familiaridad con los misterios religiosos en un ser humano, ni se me había presentado la palabra ‘sobrenatural’ tan llena de realidad, como en contacto con ella”[3].

El tiempo que Simone Weil pasó con los Thibon bastó para que ella confiase en el escritor y dejara a su cuidado buena parte de sus cuadernos cuando partió hacia América con sus padres. Gustave Thibon, ateniéndose a la palabra de Simone Weil, que le daba permiso para hacer lo que creyese oportuno con aquellos textos, hizo una selección de los pensamientos que contenían y los agrupó por temas; surgiría así uno de los libros más conocidos de Simone Weil: La pesanteur et la grâce. Sobre esta obra conviene indicar que para los estudiosos de Simone Weil no se trata tanto de un libro de la autora como de una obra de Gustave Thibon, debido precisamente a la selección que él hizo de los textos[4]. Pero La gravedad y la gracia no deja de ser un libro emblemático que despertó gran interés en un ambiente en que el existencialismo estaba muy en boga y sobre todo entre muchos católicos. Era, además, el primer libro publicado de Simone Weil, de quien se habían editado artículos en medios sindicales y de reflexión política, o en revistas culturales como Cahiers du Sud en la etapa de Marsella.

Estas palabras de Gustave Thibon, que figuran en la Introducción a La pesanteur et la grâce, indican el tono del contenido de la obra:

“Toda la obra de Simone Weil está impulsada por un inmenso deseo de purificación interior e impregnada de él, y tal deseo rebrota en su metafísica y en su teología. Con toda el alma en tensión hacia un bien puro y absoluto cuya existencia nada podía probarle aquí abajo, y que, sin embargo, sentía más real que cuanto existía en ella y en torno a ella, quiere Simone Weil asentar la fe en este ser perfecto sobre una base que no pudiera perturbar ningún golpe de suerte o de desgracia, ni ninguna conmoción de la materia o del espíritu. Para ello, importa sobre todo eliminar de la vida interior cualquier forma de ilusión o de compensación (la piedad imaginativa, los ‘consuelos’ religiosos, la fe no aclarada en la inmortalidad del yo, etcétera) que usurpan con tanta frecuencia el nombre de Dios, y que en realidad no son sino refugios para nuestra debilidad y nuestro orgullo: ‘Hay que velar por el ámbito en el que se pone lo infinito. Si lo ponemos en el nivel que sólo a lo finito conviene, da igual qué nombre le podamos dar’”.[5]

Se comprende que un libro así avivara expectativas en círculos católicos, aunque no parece que fuera este el caso de Eugenio d’Ors, según puede leerse en su glosa de 1949. Sí lo sería, en cambio, en su discípulo José Luis López Aranguren, como consta en ‘Lejanía y cercanía de nuestro tiempo a Dios’, artículo publicado en 1951 en Cuadernos Hispanoamericanos, y que recogería un año después en Catolicismo y protestantismo como formas de existencia. Eugenio d’Ors no captó gran cosa del fondo de La pesanteur et la grâce… Aquello le sonaba a “confusión” y le producía “dolor de cabeza”[6], pues d’Ors era amigo del orden y de la sistematicidad, y no de las contradicciones, mientras que para Simone Weil la contradicción era esencial, y la considera una suerte de “palanca de la trascendencia”[7], algo capaz de elevar y favorecer en la vida auténticos cambios de nivel…

Probablemente fue por esta vía como llegó a Simone Weil José Jiménez Lozano. Seguramente más desde José Luis Aranguren que por medio de las glosas y comentarios orsianos, y casi con toda seguridad merced a la lectura de Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, un libro que Aranguren publica en 1952 y que a Jiménez Lozano le parecía especialmente significativo, sobre todo en aquel momento tan particular de España, como expresa en 1988 en ‘Aranguren o un novum en las cuestiones religiosas’[8].

También la obra del canónigo belga Charles Moeller dejaría su huella en nuestro autor; sin duda leyó el primer tomo de Literatura del siglo XX y cristianismo, dedicado al ‘Silencio de Dios’, y se detuvo especialmente en el segundo capítulo de la segunda parte: ‘Simone Weil y la incredulidad de los creyentes’, aunque desconocemos si leería la edición francesa, de 1953, o la española de dos años más tarde[9]. Es posible que fuese este libro el que le llevara a la lectura de Simone Weil, pero probablemente se trataría de dos lecturas –esta y la de Aranguren– hechas por la misma época.

Pero lo que importa destacar es que Simone Weil no tardaría en hacerse “imprescindible”[10] para José Jiménez Lozano, quien nada más leerla se preguntaba inquieto por aquella mujer tan especial y “ajena” al mundo en que vivía, y tan preocupada por las personas sufrientes y por los seres de desgracia… Nuestro autor leía el francés con fluidez y leyó La pesanteur et la grâce y los Écrits de Londres, de donde extrae lo que más le impresiona del pensamiento de Simone Weil[11]. Él mismo indica que lee a la filósofa ya “por los últimos años cincuenta del pasado siglo”[12], en la década en que se publican en Francia sus primeros libros.

José Jiménez Lozano quedó, pues, “herido” de inmediato por la escritura y por la persona de esta mujer fuera de lo común, “una figura que se aparta, disiente, extraña”[13], de la que enseguida le asombró su clarividencia para comprender con realismo las cuestiones políticas de su tiempo y su manera de captar el panorama de la época convulsa en la que vivió, en aquel contexto de las dos guerras mundiales. Pero no le asombrarían menos su búsqueda casi afanosa de la verdad, la aproximación al tema de Dios, y hasta las vivencias místicas de sus últimos años, que no dejaron de ser fruto de esa misma querencia por la verdad. Simone Weil decía que hay que amar la verdad “más que la vida”, y por la verdad quedó ciertamente marcada desde la adolescencia.[14]

Estos tres son los aspectos que se van a tratar en esta exposición, comenzando por la querencia y la compasión por los desgraciados, punto en el que tan de fondo se encuentran Simone Weil y José Jiménez Lozano.

Y hay que decir que, si Simone Weil fue una mujer excepcional, no menos excepcional ha sido José Jiménez Lozano, también en su comprensión de la vida y el pensamiento de la filósofa francesa.

Los seres de desgracia

Una de las primeras alusiones de José Jiménez Lozano a Simone Weil figura en este texto de su primer diario, Los tres cuadernos rojos:

“De nuevo esos rostros de mi infancia, seres de vida tan atroz, pero que con su pobreza y su sufrimiento siguen iluminando la mía. Obdulia, que se volvió loca, al ser requerida y presionada, día tras día, a entregarse sexualmente, si quería evitar que asesinaran a su tío con quien vivía. Y no hubo asesinato, y ni siquiera intención de llevarlo a cabo, pero los nervios de Obdulia se rompieron y tuvo que ser internada. La he visto llorar, y sólo he podido comprender mucho más tarde la razón de ese llanto.

Edita, la muchachita pobre, sin madre, con su jerseycillo rojo, las manos hinchadas, lavando, sentada al sol, raquítica, sin amor. Vivía en una cuadra que a mí me parecía un palacio encantado, pero donde ella pasaba frío. Muerta en seguida. Al volver de vacaciones un año pregunté: ¿Y Edita? Murió, me respondieron.

Luis, con su gran cabezota, que se convirtió para él en mal mote, sin madre, siempre hambriento, con las manos llenas de grietas, enfermo del corazón. Y también muerto, en seguida.

Son como tres ángeles terribles que me rodean y cuyo rostro veo con perfecta nitidez. Pero ¿por qué su sufrimiento? Cuando leí, luego, a Dostoievski, a Faulkner, a Gorki o a Bernanos –y, desde luego, a Juan de la Cruz–, ellos estuvieron en cada página. Por Simone Weil supe muy pronto que seres así sostienen el mundo, la historia y el pensamiento”.[15]

“Seres así”, es decir, seres de desgracia a los que constantemente se refiere Simone Weil y que pueblan la obra de José Jiménez Lozano; por su propia entraña de misericordia, pero también animado por la “herida” que abrió en él el pensamiento de la filósofa francesa, especialmente los escritos indicados de la última etapa de su vida: Écrits de Londres, y, en ellos, un texto que muchos estudiosos consideran una suerte de testamento y un compendio de su visión más honda de la realidad y de la vida: “La personne et le sacré”[16].

José Jiménez Lozano no necesitaba leer a Simone Weil para comprender el fondo de verdad que albergan las vidas anónimas y arrinconadas de los seres de desgracia, ni para saber que en la existencia misma de estas vidas ya se da un gran motivo para escribir – “al menos se contarán sus pobres vidas”, escribe nuestro autor en muchas ocasiones–. Con todo, algo le hizo ver la pensadora francesa en estos seres a los que suele denominar “inocentes”, y cuyas vidas tanto le herirían desde bien niño.

“Quizás son los únicos seres humanos a los que no puede robarse la memoria, ni el yo. Ellos sostendrán a los demás hombres. Creo que, pese a todo, siempre habrá un viejo Lear hablando a un joven –como Lear a su bufón– sobre el mundo o su furia y su esplendor, sobre las cosas ocurridas y que siguen pasando”[17].

En Écrits de Londres –“La personne et le sacré”– es donde aparece la figura del tonto de pueblo (l’idiot de village), la más citada por José Jiménez Lozano de las imágenes que aparecen en la obra de Simone Weil. Simone Weil describe así a estos seres:

“… mal o mediocremente dotados por la naturaleza, parecen infinitamente inferiores no solo a Homero, a Esquilo, a Sófocles, a Shakespeare o a Racine, sino también a Virgilio, a Corneille o a Hugo; y que, sin embargo, viven en el reino de los bienes impersonales en el que estos últimos no han penetrado”[18].

Y, como se puede leer a continuación –y esto será lo que repita nuestro autor a lo largo de su obra–, estos seres, estos idiotas, estos fools, están mucho más cerca de Platón de lo que jamás estuvo Aristóteles:

“Un tonto de pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ame realmente la verdad, aun cuando sólo emitiese balbuceos, es por el pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más cerca de Platón de lo que nunca estuvo Aristóteles. Pues posee genio, mientras que a Aristóteles sólo le conviene la palabra ‘talento’. Y si viniera un hada a proponerle cambiar su suerte por un destino similar al de Aristóteles, lo sabio para él sería rechazar tal cosa sin titubeos. Solo que él no sabe nada de eso. Nadie se lo dice. Todos le dicen lo contrario. Pero hay que decírselo. Hay que alentar a los idiotas, a la gente sin talento, a la gente de talento mediocre o apenas superior al de la media, pero que tiene genio. No hay que temer que eso les vuelva orgullosos. El amor a la verdad siempre se acompaña de humildad. El genio real no es sino la virtud sobrenatural de la humildad en el terreno del pensamiento”.[19]

Simone Weil escribe mucho sobre la desgracia, pero hay que destacar un texto de Marsella: ‘L’amour de Dieu et le malheur’, y concretamente estas palabras traducidas por José Jiménez Lozano, que constan en la presentación que hace de Simone Weil en la Introducción a Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social:

“El gran enigma de la vida humana no es el sufrimiento, es la desgracia. No tiene nada de extraño que los inocentes sean asesinados, torturados, expulsados de sus países, reducidos a la miseria o a la esclavitud, encerrados en campos o en cárceles, puesto que hay criminales para llevar a cabo esas acciones. Y no es extraño tampoco que la enfermedad imponga grandes sufrimientos que paralizan la vida y hacen de ella una imagen de la muerte, puesto que la naturaleza está sometida a un ciego juego de las necesidades mecánicas. Lo que es asombroso es que Dios haya otorgado a la desgracia el poder de apoderarse del alma misma de los inocentes y dominarla como un dueño absoluto. En el mejor de los casos, aquel a quien marca la desgracia no conservará la mitad de su alma”.[20]

Jiménez Lozano añade que para Simone Weil la desgracia es un “hecho umbilical, fundante y enigmático, absolutamente singular y en relación con el cual hace incluso una apelación teológica que subraya la inexplicabilidad y la tremenda densidad del mismo”[21]. Y así es. Porque lo que puebla esa densidad es precisamente la relación entre la desgracia y la verdad, que es la que revela esta certeza que tanto laceró los adentros de Jiménez Lozano: que esos seres desgraciados son los únicos que dicen la verdad. Pocas personas han captado el misterio de la desgracia como Simone Weil, y pocos han comprendido este enigma de nuestro mundo como José Jiménez Lozano, quien ve en la obra de la filósofa francesa una fenomenología del desgraciado y la incluye dentro de la “tradición humillada”; esta tradición la presenta como “discurso u obra de arte que balbuce sobre el misterio de la desgracia del humillado y el idiota, el loco, el niño, el aplastado, el cuerpo público o de irrisión del que ha hablado Michel de Certeau, que no emite signos significativos, y está ahí disponible para el juego de la humillación, y del disfrute o beneficio ajenos”[22].

Los mensajes de Simone Weil y de José Jiménez Lozano no dejan de ser molestos y desconcertantes para las mentalidades pragmáticas o para quienes buscan explicaciones.

La verdad y la clarividencia sobre los acontecimientos de su tiempo y sobre la civilización en general.

En estos autores hay que ver la verdad como misterio escondido en el querer decir de los desgraciados, y la verdad como algo que puede ser dicho con palabras y que hay que proclamar. Así lo expresa Simone Weil:

“Cada vez que un fragmento de verdad inexpresable pasa a las palabras que, sin poder contener la verdad que las ha inspirado, tienen en ella una tan perfecta correspondencia por su adaptación, que suministran un soporte a todo espíritu deseoso de encontrarla, todas las veces que sucede eso, un relámpago de belleza se extiende sobre las palabras”.[23]

Como escribe Jiménez Lozano, estas líneas vienen a resumir la “teoría literaria” de Simone Weil, tan similar en cierto modo a la suya, que consiste, como ha escrito tantas veces, en “levantar vida con las palabras”. Aunque también deja claro que lo de la Weil no es realmente literatura; lo hace, por ejemplo, contando una anécdota curiosa: cuando la prestigiosa colección La Pléiade de la editorial Gallimard se planteó publicar la obra de Simone Weil, un miembro del consejo editor, que a don José le divertía pensar que fue Julien Green, exclamó algo así: “Si ella está aquí, ¿qué hacemos ahí nosotros?”[24]. Los escritos de Simone Weil no son, desde luego, literatura, pero las palabras de la filósofa francesa “levantan”, como las de Jiménez Lozano, verdad.

Nuestro autor destaca en el pensamiento de Simone Weil “aspectos de una soberana lucidez política, como que ella, una pequeña profesora de un liceo provinciano, describió la naturaleza criminal del nazismo como la repetición industrial y tecnológica de la Roma vorax hominum, y que sabía perfectamente el matadero que era la URSS con sólo leer L’Humanité, sin tener que esperar a la caída del régimen ni a los papeles del Kremlin; es decir, algo que parece que ha estado al alcance de muy pocos, y desde luego no de la alta intelligentsia ni de la ‘sovietología científica’ occidentales”[25].

A Simone Weil no le gustaba que le contasen las cosas, prefería verlas ella misma. Y esto hizo en el verano de 1932 cuando pasó las vacaciones en Alemania para ver lo que allí estaba sucediendo, o lo que haría cuatro años después viniendo a la Guerra Civil en España. Fruto de la estancia en Alemania fueron varios artículos publicados en revistas como La Révolution proletarienne, que constan en sus Escritos históricos y políticos[26]. José Jiménez Lozano se fija sobre todo en el titulado ‘Perspectives. Allons-nous vers la révolution prolétarienne?’, que molestó bastante en ambientes de izquierda por su claridad y por cuestionar algunos de los grandes dogmas revolucionarios; e incomodó al mismo Trotsky, a quien, el último día del año 1933, los padres de Simone Weil alojaron en el apartamento que tenían en el séptimo piso del inmueble en el que habitaban. Trotsky no se entendió con Simone Weil, a quien llamó “petite bourgeoise réactionnaire”, como relata Simone Pétrement en La vie de Simone Weil.

Sobre ‘Perspectives. Allons-nous vers la révolution prolétarienne?’ dirá nuestro autor que se trata de “una reflexión sobre el fracaso de la Revolución soviética –que no había liberado al proletariado–, el movimiento obrero alemán y los movimientos obreros franceses mismos. En el artículo se dice que la última forma de opresión no es, como creía Marx, la opresión capitalista, sino la opresión en nombre de ‘la función’ y ‘la organización’, y el artículo causó escándalo en la izquierda”[27].

Simone Weil También escribió sobre la realidad de comunistas y anarquistas en España en 1937, en ‘Réflexions pour déplaire’[28] y otros textos cortos de los años 36 y 37.

Pero un escrito del que se hace eco especial Jiménez Lozano es la carta que Simone Weil escribe a Georges Bernanos tras haber leído Les grands cimetières sous la lune, que el novelista francés publicaba en 1938; Simone Weil escribió a Bernanos aquel mismo año y parece ser que él llevó siempre aquella carta consigo; los dos autores franceses estuvieron en España durante la Guerra Civil, cada uno en un bando, Simone Weil en el frente de Aragón y Bernanos en Mallorca. La carta es un magnífico testimonio sobre nuestra guerra, y Jiménez Lozano se queja de su desconocimiento en España porque su lectura: “nos sería tan necesaria para ver lo que no queremos ver en su terrible desnudez, y debería levantarnos sarpullidos en el alma a ‘los hunos y a los hotros’ de entre los españoles, según la muy exacta expresión unamuniana”.[29]

La intensa búsqueda de la verdad que tanto marcó la vida de la filósofa francesa queda plasmada en su “lectura” del mundo, acometida desde su mirada profunda a lo real, desde un ejercicio del pensamiento llevado a cabo con gran probidad intelectual. Esencial para ella fue servirse de la inteligencia con rigor en su propia exploración del mundo, y su lucidez asombra. Jiménez Lozano toma pronto nota de ello y recuerda estas palabras de Simone Weil dirigidas al director de una fábrica, que había fundado una revista Entre nous para los obreros; las leyó en La condition ouvrière: “ce qui abaisse l’intelligence dégrade tout l’homme”, y las trae a colación en La luz de una candela.[30]

Jiménez Lozano, en definitiva, admira la densidad del pensamiento de Simone Weil y su mirada clara sobre el ser humano, “que nada tiene que ver con la platitude, o la ideologización, o la simpleza” con que podían entender aquello sus lectores y quienes conversaban con ella. Y destaca la crítica que la autora hace a Lenin o a Trotsky cuando dice que han jugado un papel similar al de los grandes capitalistas, pero con el precio de muchísimas vidas humanas.

Por todo esto, pero teniendo en cuenta también las vivencias místicas de Simone Weil, un terreno tan “impenetrable”, tan libre, y tan poco proclive a ser manipulado, y sin dejar de considerar su visión amplia y certera sobre la civilización occidental, escribe nuestro autor estas palabras:

“Y Simone Weil ya nunca podrá ser entendida por quienes desde cualquier ámbito: político, social o religioso, pongamos por caso, tienen de la realidad y del hombre mismo una concepción que no posee ese grosor y enraizamiento que en ella tiene; esa resonancia mística, que quiere decir que está por encima o en otro plano de cosas que el instrumental y el de las categorías de manejo y construcción cultural de cualquier tipo en las que el hombre es objetivado”.[31]

Su acercamiento al Misterio

Jiménez Lozano afirma que Simone Weil es una “mística post mortem Dei[32]. Y, contrariamente a ciertas tendencias actuales que pregonan que hasta se pueden recibir clases de mística, nuestro autor define la mística como “negación del mundo, de su consistencia”, “el pasmo ante su no-nada, su sustancial vacuidad”[33]. No soporta, por otra parte, las injerencias del mundo académico en el terreno de la mística, salvo para referirse a aspectos de la vida de los místicos, pues las ve como un verdadero asalto y las equipara con el desastre que provoca el “asno que entra en una cacharrería”; al tiempo que se pregunta: “la psicología, la sociología, la filosofía, la teología misma, ¿qué hacen en esa ‘cacharrería’?”. Él mismo da la respuesta: “nada, destrozos, van allí a valorar y a sentenciar, y ‘teología mística’ sólo significa esto: tribunal de ortodoxia’, hasta lingüística, frente a experiencia y escritura místicas”[34]. Y es que, en este terreno como en todos, nuestro autor apunta a la seriedad –categoría kierkegaardiana–, a la radicalidad del tema, tan alejada de juicios que no son sino “burla de salón intelectual y mundo”, como dice también sobre las figuras de Teresa de Ávila o Juan de la Cruz. Para José Jiménez Lozano, un místico “no es una personalidad”, que sería cosa de mundo, sino un imbécil, un loco, un idiota, un don nadie. “Le pillan de medio a medio todos los traumas, complejos, y demás desgracias y patologías, médicas y psíquicas; es un marginal o déclassé social, o, de todos modos, manifiesta los signos de ser ‘otro’ incomprensible o ‘pintoresco’ e incluso repele”[35].

No es sorprendente, pues, que la misma Simone Weil se percibiese como un ser idiota, como un “loco” (fool), como un ser trastornado, que, sin embargo, tiene mucho que comunicar; y así escribía a sus padres el 4 de agosto de 1943, veinte días antes de morir:

“Pero esos fools[36] [locos] no son como los de Shakespeare. Mienten, haciéndonos creer que son fruta, mientras que en Sh[akespeare] los locos son los únicos personajes que dicen la verdad. Cuando vi aquí Lear, me preguntaba cómo el carácter intolerablemente trágico de esos locos no había saltado mucho antes a la vista de la gente (y a la mía). Lo trágico no son las cosas sentimentales que a veces se dicen sobre ellos, sino que, en este mundo, sólo los seres que han caído en el último grado de humillación, lejos, por debajo, de la mendicidad, los que no tienen ninguna consideración social y a quien todo el mundo ve como desprovisto de la más básica dignidad humana que es la razón, sólo ellos tienen la posibilidad de decir la verdad. Todos los demás mienten […] Y lo extremo de lo trágico es que, al no tener ni título de profesor ni mitra de obispo, y al no caer nadie en la cuenta de que hay que prestar alguna atención a sus palabras –todos están más bien seguros de lo contrario, porque se trata de locos–, su expresión de la verdad ni siquiera se escucha. Nadie sabe que dicen la verdad, incluidos los lectores y espectadores de Sh. [Shakespeare] desde hace cuatro siglos. Y no verdades satíricas o humorísticas, sino la verdad tout court. Verdades puras, sin mezcla, luminosas, profundas, esenciales.

¿Es este también el secreto de los locos de Velázquez?[37] ¿Es la tristeza en sus ojos la amargura de poseer verdad, de tener la posibilidad de decirla, y que, al precio de una degradación sin nombre, nadie los escuche? (salvo Velázquez) Valdría la pena volverlos a ver con esta pregunta.

Querida M[ime], ¿Percibes la afinidad, la analogía esencial entre esos locos y yo –a pesar de la Escuela, la agregación y los elogios a mi “inteligencia”?–. Esto sigue siendo una respuesta sobre lo que ‘tengo para dar’. Escuela, etc., son ironías de más, en mi caso. Pues bien sabemos que una gran inteligencia es a menudo algo paradójico, y a veces desvaría un poco … Los elogios a la mía tienen por objeto evitar la pregunta: ‘¿Dice la verdad o no?’. Mi reputación de ‘inteligencia’ es el equivalente práctico de la etiqueta de locos que tienen esos locos. ¡Cómo preferiría la etiqueta de ellos!”[38].

Simone Weil resultaba extraña y molesta en todas partes: ella y su hermano André eran como niños “repipis”, repelentes, por sus ironías y sus conversaciones. Molestó a las familias burguesas de sus alumnas de Le Puy cuando conversaba con los picapedreros o encabezaba manifestaciones de obreros, de quienes era portavoz ante las autoridades municipales; molestó, como indica Jiménez Lozano, entre sus compañeros anarquistas durante la Guerra Civil, no tanto por su torpeza como por el interés que sentía por los habitantes de Pina de Ebro, frente a la total indiferencia que mostraban sus camaradas del POUM; molestó a Gustave Thibon al reprocharle que se comía muy bien en su casa en tiempo de guerra, o cuando se negó a ocupar la habitación que le habían preparado; molestó en Nueva York insistiendo una y otra vez en que se considerase su proyecto de ‘Enfermeras en primera línea de fuego’; incordió también al general Charles de Gaulle, quien la trató de loca cuando insistía en que la lanzasen en paracaídas sobre la zona ocupada de Francia; o a los médicos del hospital londinense y después a los del sanatorio de Ashford, al negarse a comer más de lo que ella suponía que comían los soldados en el frente de guerra… Despertó la repugnancia de Bataille en Le bleu du ciel.

Como ve Jiménez Lozano, la regla o “norma mística” es precisamente la “otreidad”, algo que “extraña, asombra, o incluso repele”[39], y lleva a los místicos a abrazar a su prójimo aplastado y “a desposar este aplastamiento” porque son los únicos seres humanos que pueden “con el sufrimiento del mundo y asumen con amor su escoria”. Pero nuestro autor se fija también en el contrapunto que en la vivencia mística y en toda vivencia humana representa la alegría, una de las “necesidades del alma” para Simone Weil[40].

Además de “mística tras la muerte de Dios”, Simone Weil es para Jiménez Lozano una mística “de Viernes Santo especulativo”, como decía Hegel, pero con la particularidad de que el Viernes Santo se ha convertido en día no festivo, y por eso podríamos poner a Simone Weil entre los personajes desconcertantes y conmovedores de los Viernes Santos de Jiménez Lozano.

Volviendo a Simone Weil y a su considerarse a sí misma como “idiota”, es interesante apuntar que al mismo tiempo era consciente de que albergaba en sus adentros una suerte de “dépot d’or pur”, como escribe a su madre en julio de 1943 desde el hospital Middlesex de Londres. Sabe que le ha sido confiada una pequeña porción de sabiduría que tiene que ver con la “genialidad” del idiota, en la que se reconoce ella misma:

“Darling M[ime], crees que tengo algo para dar. Eso está mal formulado. Yo también albergo una especie de certeza interior, que va creciendo, la de que hay en mí un depósito de oro puro que he de transmitir. Sólo que la experiencia y la observación de mis contemporáneos me persuaden cada vez más de que no hay nadie para recibirlo.

Es un bloque macizo. Lo que se añade forma un bloque compacto con el resto, y, a medida que crece, se hace más compacto. No puedo entregarlo a trocitos”[41].

Parte de esta “reserva de oro puro” tiene que ver con su concepción de Dios, con su vivencia de la ausencia de Dios o su concebir el ateísmo como vía purificadora de la fe. Simone Weil habla en medio del descreimiento actual y vuelve a interpelarnos en lo más profundo de nosotros mismos. La pensadora se acoge a un “ateísmo purificador” que significa un estado de ignorancia en la fe, y no es de extrañar que se maravillase ante los escritos de san Juan de la Cruz, a quien leyó en casa de Gustave Thibon[42]. “Dios no puede estar presente en la creación más que como ausencia”[43], escribe en sus Cuadernos, y siempre en lo secreto, en lo pequeño, en lo escondido. Para ella y para Jiménez Lozano, sólo los desgraciados son capaces de “comprender” tal realidad. En La pesanteur et la grâce leyó nuestro autor estas palabras que le impresionaron: “La ausencia de Dios es el más maravilloso testimonio del amor perfecto”[44]. Y ante textos de este tenor, expresa: “estamos en la profundidad de una existencia mística, que hace de la negación de Dios su experiencia más alta, y del sufrimiento la manifestación de la presencia divina”[45]. Jiménez Lozano comprende que Simone Weil “se entrega a lo Real Último, no ya ‘ut si Deus non daretur’ sino ‘etsi Deus non datur’”, y podríamos decir –añade– que el mismo Dios “estaba siendo ‘expelido’ como humo en los crematorios de Auschwitz, y como materia orgánica en el Gulag”[46].

Simone Weil escribe con mayúsculas estas palabras, que son un mensaje claro para el mundo de hoy, en uno de sus Cuadernos:

“PUESTO QUE ESTAMOS EN TIEMPOS DE INCREDULIDAD, ¿POR QUÉ DESCUIDAR EL USO PURIFICADOR DE LA INCREDULIDAD? LO CONOZCO POR EXPERIENCIA”[47].

José Jiménez Lozano quedó, pues, marcado por la Weil (como le gustaba llamarla), sobre todo ante la transformación que se operó en la vida de esta mujer agnóstica y anarquista: descubrir en lo real la presencia de lo sobrenatural a través del sufrimiento de los desgraciados. Eso mismo fue lo que la llevó a comprender el escándalo y la seriedad de la Cruz y a callar significativamente ante ello, a quedar en hupomonè, como le gustaba decir sirviéndose de esta palabra griega que define como “inmovilidad atenta y fiel que dura indefinidamente y que ningún impacto puede hacer remover”[48].

En consecuencia, Simone Weil termina rezando así al final de su vida, una oración que se puede relacionar con los “Viernes Santos” de Jiménez Lozano; es la Prière décréatrice (oración descreadora) que consta en las páginas de La connaissance surnaturelle:

“Padre, en nombre de Cristo, concédeme esto.

Que quede imposibilitada para que ningún movimiento del cuerpo, ni siquiera un esbozo, responda a mi voluntad, como un completo paralítico. Que sea incapaz de recibir sensación alguna, como alguien que estuviese completamente ciego, sordo, y privado de los otros tres sentidos. Que sea incapaz de encadenar con el vínculo más pequeño dos pensamientos, incluso los más sencillos, igual que esos completos idiotas que no sólo no saben ni contar ni leer, sino que ni siquiera pudieron aprender a hablar. Que quede insensible a cualquier clase de dolor o de alegría, e incapaz de amor por ningún ser, por ninguna cosa, ni siquiera hacia mí misma, como esos viejos que quedan echados del todo a perder.

Padre, concédeme realmente todo eso, en nombre de Cristo.

Que este cuerpo se mueva o quede inmovilizado con flexibilidad o rigidez perfectas, en interrumpida conformidad con tu voluntad. Que mi sentido del oído, esta vista, este gusto, este olfato, este tacto, reciban la impronta perfectamente exacta de tu creación. Que esta inteligencia, en su plena lucidez, encadene todas las ideas en perfecto acuerdo con tu verdad. Que esta sensibilidad experimente, con la mayor intensidad posible y en toda su pureza, todos los matices del dolor y de la alegría. Que este amor sea una llama absolutamente devoradora de amor de Dios por Dios. Que todo esto me sea arrancado, devorado por Dios, transformado en sustancia de Cristo y dado a comer a los desdichados cuyo cuerpo y alma carecen de cualquier clase de alimento. Y que yo sea un ser paralítico, ciego, sordo, idiota y lelo.

Padre, obra ahora esta transformación, en nombre de Cristo; y aunque la pido con una fe imperfecta, escucha esta petición como si estuviera pronunciada con una fe perfecta.

Padre, puesto que eres el Bien y yo lo mediocre, arranca de mí este cuerpo y esta alma para hacer de ellos algo tuyo, y que de mí no quede, por toda la eternidad, más que esta extirpación o la nada”.[49]

¿No es la Simone Weil que así reza como la vieja Sirgulina de El grano de maíz rojo? Al leer el cuento, si se conoce esta oración, todo lleva a establecer un paralelismo. Y viene también a la memoria esa terrible afirmación de Simone Weil, que parece una burla si no se va más allá: “la desgracia es ridícula”[50]. En este sentido, Jiménez Lozano nos muestra la ridiculez de algunos personajes, como el cura del cuento ‘El santo de mayo’, pero sobre todo el de cristos como el que llamaban “el Polica” –o “el espatarrao” – del segundo cuento de El grano de maíz rojo, y tantos otros personajes objeto de irrisión…

No cabe otra oración en quien ha sido capaz de amar a Dios a través de la desgracia, habiendo entendido que la desgracia se apropia del alma y le confiere “la marca de la esclavitud”[51], que es lo que experimenta Simone Weil trabajando como obrera o escuchando las conversaciones de los milicianos de la Columna Durruti en el frente de Aragón.

A propósito de estas reflexiones, escribe nuestro autor: “se terminan todas las teodiceas, se responde a Job y a Auschwitz”; se acaban todas las especulaciones y las ideas bonitas. Y queda lleno de asombro: “con la boca abierta”, simplemente, porque en Simone Weil ya no hay ni castillo interior ni Amado, y las “cosas de mucho secreto” de las que hablaba Teresa de Ávila no son aquí sino “el horror y la espesura del mal, que hay que desposar para ofrecer el amor y recibirlo del Ausente y Muerto para siempre que así revela su Rostro”[52].

Entre los Collages de don José, encontramos el titulado La idiota’, cuya protagonista es Simone Weil. Pertenece a los Collages del cuaderno azul:

 

Y hallamos también esta composición con una foto de Simone Weil de la que escribirá que es “el único icono de la historia en que un místico lleva un arma”[53]… (en el Libro de las recordaciones).

 

Lo ‘infiniment petit’. Querencia por lo pequeño y por la belleza ausente

José Jiménez Lozano cultiva admirablemente lo pequeño. Simone Weil se refiere a lo infinitamente pequeño sobre todo al final de su vida. Los dos autores tienen bien presente la grandeza de lo pequeño, que para Simone Weil viene a ser una suerte de semilla divina en la entraña del corazón humano, semejante a la semilla de la mostaza del Evangelio o al grano de granada que traga Perséfone en la mitología griega[54].

Tal realidad de lo humilde, de lo que no tiene brillos ni ornatos y queda exento de cualquier rasgo que atraiga la atención de los sentidos, la observamos continuamente en la obra de Jiménez Lozano: la blancura de una tapia enjalbegada, el plato blanco de loza con una raya azul como sola decoración, el cántaro de barro, el pañizuelo, la flor silvestre (el aciano, las magarzas…), la niebla cubriendo el paisaje, los gorriones, los vencejos, el cuco… Sencillez de lo despojado, de lo que se muestra en su simple verdad porque nada en ello reluce, y que lleva a nuestro autor a recordar aquellas “criaturas mudas” –como llamaba Juan de la Cruz a los garbanzos– que tanto le gustaba a Juan de la Cruz “manosear”, como escribía a Ana de Peñalosa y rememora don José: materialidad sencilla, sin adornos, que también destaca Simone Weil al fijarse en la belleza que fulgura en la pequeñez y la insignificancia.

Jiménez Lozano se refiere a los trampantojos que dan cuenta del engaño que es el mundo, pero también al despojamiento de las estéticas cisterciense o jansenista, a la desnudez de la celda carmelitana, lugares donde la belleza es precisamente Belleza ausente… O a esa virgencita gótica que se halla en algún lugar de un presidio, y a la que echaban un paño por encima para que “no pudiera ver” el estado de los presos tras las torturas infligidas por los verdugos o la desolación de aquellos hombres cuando eran llevados a la muerte.

En 1983, José Jiménez Lozano escribe así refiriéndose a esas voces que nunca serán escuchadas y al empobrecimiento que supone su pérdida, en un mundo que no quiere saber, al que no le importa el pasado, y menos aún quienes nunca tuvieron un ápice de poder de mundo en sus vidas:

“¿Cómo recuperar todo eso? Sólo veo un modo de hacerlo: narrar, contar la vida de los aplastados, porque en todas y cada una de esas vidas está la historia del sufrimiento y también la pasión y muerte de todos los seres sufrientes y de todo lo hermoso, grande e importante en el plano del espíritu, que por razones de la brutalidad del montaje social y cultural, y de la ‘délicatesse’ de tantas de sus víctimas, quedó ahogado antes de nacer o se expresó torpemente: precisamente por ser hermoso, grande e importante y tener una tan íntima relación con la verdad y la belleza”[55].

La belleza es otro tema capital que vincula a los dos autores, sobre todo desde la relación entre la desdicha y la belleza. “Tan horrible es la desgracia –escribe Simone Weil– como soberanamente hermosa su verdadera expresión”[56].

En las poesías de don José hay muchas huellas de la belleza ausente, o de su presencia en lo más insignificante. Un ejemplo es este poema de ‘Un fulgor tan breve’, que merecería ser leído en paralelo con la prière décréatrice de Simone Weil

LA PODA

Escribe, escribe, que tu espíritu se abra
como una joven y salvaje palmera,
pero no olvides que no es un bosque
el que has de preservar, sino un arbusto
y que más tarde, con el cierzo,
tendrás que podar tu propia carne,
cortar tus manos, extraer tus ojos
y dejar únicamente dos poemas
o tres por toda herencia;
no se escandalicen los pequeños.                 

No nos la quitaremos de encima

José Jiménez Lozano, en una Tercera del diario ABC del 18 de septiembre de 1993, conmemorando los cincuenta años de la muerte de Simone Weil, y cuando aún no se había publicado la obra de la filósofa en España, afirmaba: “… cuando ella se ha inclinado sobre cualquier parcela de la realidad o del pensamiento, ha devastado la convención con que era vista o abordada, y todo ha sido iluminado con una luz nueva y radical, y como desestabilizado por su mirada”[57]. Nuestro autor presenta en el artículo a Simone Weil: plasma los rasgos de su persona y da unas pinceladas sobre su vida, destacando las experiencias religiosas que vivió en Asís o en la abadía benedictina de Solesmes; no consigna, en cambio, su primer encuentro con el cristianismo en un pueblecito de la costa portuguesa en septiembre de 1935.

Para Jiménez Lozano, Simone Weil es de esos autores que, como tantas veces dirá él de Miguel de Cervantes, nos recuerdan que tenemos un ánima, aunque lo hace de modo más radical y profundo. Y expresa que “no hay que pensar en ningún platonismo cuando se habla de Simone Weil” porque la pensadora se confronta permanentemente con lo real, por más que conociera en hondura y admirase tanto al filósofo griego. Destaca igualmente las dificultades que presenta una filosofía no sistematizada, ya que Simone Weil no pretendió elaborar filosofía alguna, sólo tomaba notas para su propia reflexión. Y no deja de destacar la cuestión los seres de desgracia.

Jiménez Lozano concluye el artículo aludiendo al misticismo de Simone Weil y a su capacidad de penetrar con la mirada cualquier entresijo de lo real: “Tenía unos profundos ojos negros, y ahí siguen sobre nosotros. No nos la quitaremos de encima”[58]. Palabras que dan título al artículo y lo cierran, y muestran el referente que fue para José Jiménez Lozano esta mujer que no encajaba en ninguna parte y de la que no pueden apropiarse ni el catolicismo ni la izquierda, pues sólo lo Real último[59] y el rostro de los desgraciados contaban para ella. Y nuestro autor queda ante ella, sencillamente, “con la boca abierta”[60].

 

Tercera entrega de la serie dedicada al autor de la Guía espiritual de Castilla, con la publicación de algunas de las más valiosas ponencias presentadas en el encuentro José Jiménez Lozano o la libertad de la escritura, que bajo los auspicios del Centro Internacional Antonio Machado y la Fundación Duques de Soria, entre otras entidades, y bajo la dirección de Guadalupe Arbona, Antonio Martínez Illán y J. Á. González Sainz, se celebró en el Convento de la Merced de Soria el 19, 20 y 21 de julio de 2021.

La presencia de lo bíblico en la obra de José Jiménez Lozano, por Stuart Park.

El Dios de Jiménez Lozano: entre el Barroco y el Císter, por Rocío Solís Cobo.

 

_____________

[1] Simone Weil, Œuvres, complètes, V, 1, Gallimard, París, 2019, p. 596.

[2] Los otros profesores fueron Henri Massis, Évariste Lévy-Provençal y François Perroux.

[3] Simone Weil, La pesanteur et la grâce, Plon, París, 1948. Introducción de Gustave Thibon, p. III. “Nuestros primeros contactos fueron cordiales, pero penosos”, escribe Thibon (p. II de la Introducción). Los Thibon querían acoger a Simone Weil lo mejor posible, pero ella pidió alojarse en una casucha medio derruida que había en la finca, algo alejada de la casa familiar. No tuvieron más remedio que someterse a la demanda de Simone Weil, y les resultó difícil. Pero no tardaría en tejerse una buena amistad entre el escritor y la filósofa: leían en griego a Platón y los Evangelios, y juntos aprendieron el Padrenuestro en ese idioma. Y fue en casa de Thibon donde Simone Weil conoció las obras de san Juan de la Cruz, ante las que quedaría maravillada

[4] Las ediciones francesas suelen contener –algunas sólo en parte– el texto introductorio de Gustave Thibon donde el autor reproduce la carta que Simone Weil le envió desde Orán cuando viajaba a América; la filósofa le escribe lo siguiente: “si en tres o cuatro años no oye hablar de mí, puede considerarse el propietario”; se refiere a los cuadernos que dejó en sus manos en mayo de 1942. La edición en español de Trotta (1993) no contiene esta introducción, importante para entender el trabajo que Gustave Thibon llevó a cabo con los escritos que le confió Simone Weil.

[5] Simone Weil, La pesanteur et la grâce, op. cit., p. XIV.

[6] Eugenio d’Ors, Último glosario IV. El designio y la ensalada, Comares, Granada, 2002, p. 141. Edición a cargo de Alicia García Navarro y Ángel d’Ors.

[7] Simone Weil, ‘Cahiers’, O C VI, 4, p. 177.

[8] En este artículo, publicado en el nº 80 de la revista Anthropos, Jiménez Lozano destaca de Aranguren lo siguiente: “Exactamente como radical, en el sentido de mostrar las raíces y por lo mismo el entendimiento no sólo religioso sino cultural de nosotros mismos los españoles, de cultura católico-barroca, y ‘los otros’: los europeos en último término, fue Catolicismo y protestantismo como formas de existencia. Un libro que, incluso si está escrito desde el catolicismo y con las categorías católicas que valoran la ‘diferencia’, muestra una tal honestidad intelectual y teológica y un tono tan nuevo en la confrontación católico-protestante en cientos de años, que naturalmente lleva consigo la muerte de los clichés históricos y de ciertos amaneramientos o manierismos del pensamiento católico sobre la cuestión, y significaba por eso mismo para nosotros los españoles, la posibilidad de comprender la antropología  y la cultura de los que se habían venido llamando ‘pensares extranjeros’ o ‘modos de vida extraños a nuestro modo de ser’ pero estaban nada menos que en la base misma de todo el pensamiento moderno y de las actitudes existenciales de la modernidad”. [José Jiménez Lozano, ‘Aranguren o un novum en las cuestiones religiosas’, Anthropos, 80 (1988), p. 53].

[9] Charles Moeller, Littérature du XXième siècle et christianisme, 4 vols., Editions Casterman, París et Tournai, 1953. El primer tomo, ‘Le silence de Dieu’, está dedicado a Albert Camus, André Gide, Aldoux Huxley, Simone Weil, Graham Greene, Julien Green y Georges Bernanos. Este primer tomo fue editado en español por Gredos en 1955, traducido por Valentín García Yebra.

[10] En más de una ocasión se refiere Jiménez Lozano a la “imprescindibilidad” de Simone Weil; por ejemplo, en la Tercera de ABC que escribe el 18 de septiembre de 1993: “No nos la quitaremos de encima”.

[11] La pesanteur et la grâce apareció, como se ha indicado, en 1947; Los Écrits de Londres, en 1957 en la colección Espoir de la editorial Gallimard. Entre medio verían la luz L’Enracinement, en 1949, la obra que dejó inacabada; Attente de Dieu y La connaissance surnaturelle salieron en 1950, y en 1951 se publicaron Intuitions pré-chrétiennes y La condition ouvrière, traducido este último como Ensayos sobre la condición obrera (Nova Terra, Barcelona, 1962); Opression et liberté apareció en 1955. Este último libro contiene la que Simone Weil consideraba su “gran obra”: Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, a cuya traducción en Paidós, en 1995, puso prólogo Jiménez Lozano.

La primera edición de La gravedad y la gracia en lengua española vio la luz en Argentina en 1953, en la Editorial Sudamericana. En España, la editorial Trotta, de Madrid, que ha asumido la edición de las obras completas de Simone Weil, publicó A la espera de Dios en 1993 y La gravedad y la gracia en 1994.

[12] José Jiménez Lozano, ‘Un mismo desconcierto’, en Anthropos, nº 211, abril-junio de 2006, p. 63.

[13] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, Archipiélago nº 43, 2000, p. 13.

[14] Simone Weil, ‘Écrits de Marseille’, Œuvres complètes, IV, 1, p. 334. A los catorce años, Simone Weil cae en una de esas “desesperaciones sin fondo de la adolescencia” –es expresión suya– de la que resurgiría con esta convicción en el alma: “tuve de repente y para siempre la certeza de que cualquier ser humano, aun cuando sus facultades naturales fuesen casi nulas, podía entrar en ese reino de verdad reservado al genio, a condición tan sólo de desear la verdad y hacer un continuo esfuerzo de atención por alcanzarla” (Simone Weil, Attente de Dieu, Fayard, París, 1966, p. 39).

[15] José Jiménez Lozano, Los tres cuadernos rojos, Ámbito, Valladolid, 1986, pp. 122-123.

[16] El titulo no es de Simone Weil, quien lo llamó ‘Collectivité – Personne – Impersonnel – Droit – Justice’ [Persona – Impersonal – Derecho – Justicia]; o también: “Faut-il conserver le vocabulaire ‘personnaliste’?’ [¿Hay que conservar el vocabulario personalista?]. En otro borrador figura este otro título: ‘La personne humaine, est-elle sacrée?’ (La persona humana, ¿es sagrada?). Véase el estudio introductorio a Collectivité —Personne—Impersonnel —Droit —Justice en : Simone Weil, Écrits de New York et de Londres, Œuvres complètes, vol. V, tomo 1, Gallimard, París, 2019.

[17] José Jiménez Lozano y Gurutze Galparsoro, Una estancia holandesa. Conversación, Anthropos, Barcelona, 1998, p. 140.

[18] Simone Weil, Écrits de New York et de Londres. 1942 – 1943, Œuvres complètes, V, 1, op. cit., p. 227.

[19] Ibid.

[20] Introducción a Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, Paidós, Barcelona, 1995, p. 21. La traducción es de Carmen Revilla. El texto de Simone Weil pertenece a ‘L’amour de Dieu et le malheur’, Œuvres complètes IV, 1, Gallimard, París, 2008, pp. 348-349.

[21] Ibid.

[22] José Jiménez Lozano, ‘Un mismo desconcierto’, Anthropos 211, p. 65.

[23] Simone Weil, Collectivité —Personne—Impersonnel —Droit —Justice, en Œuvres complètes, V, 1, op. cit., p. 232. He tomado la traducción de José Jiménez Lozano.

[24] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 13.

[25] Ibid., p. 14

[26] ‘Impressions d’Alemagne’, de agosto de 1932, y otros como: ‘La situation en Allemagne’, ‘Les événements d’Allemagne. La grève des transports de Berlin. Les élections’, ‘La patrie international des travailleurs’, o ‘Perspectives. Allons-nous vers la révolution prolétarienne ?’. Simone Weil, ‘Écrits historiques et politiques’ en Œuvres complètes II, 1 y 2, Gallimard, París, 1988 y 1991, respectivamente. Hay traducción en español: Simone Weil, Escritos históricos y políticos en Trotta (Madrid, 2007).

[27] Introducción a Reflexiones sobre las causas de la libertad…, p. 15.

[28] Simone Weil, ‘Écrits historiques et politiques’, OC II, 2 (Gallimard, París, 1991), pp. 388-389.

[29] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 14. La carta a Bernanos se publicó en la selección de las obras de Simone Weil editadas en la colección Quarto de la editorial Gallimard en 1999.

[30] José Jiménez Lozano, La luz de una candela, Anthropos, Barcelona, 1996, p. 79.

[31] José Jiménez Lozano, Introducción a Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, p. 32.

[32] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 18.

[33] Ibid., p. 14.

[34] Ibid., p. 15.

[35] Ibid.

[36] Explicaba a su madre en qué consistía el “fruit fool”, un postre inglés que describe como una compota de manzana elaborada a modo de gelatina. Es conmovedor cómo Simone Weil escribía a sus padres ocultándoles su verdadero estado de salud, para no inquietarlos. Este es el tono de la mayor parte de las cartas que les envía desde Londres, especialmente el de la citada aquí, que escribió estando ya muy débil.

[37] Simone Weil vio la colección del Museo del Prado expuesta en la embajada española en Ginebra en 1939.

[38] Simone Weil, ‘Correspondance familiale’, carta del 4 de agosto, Œuvres complètes, VII, 1, Gallimard, París, 2012, p. 302. La inicial ‘M’ referida a su madre significa Mime; André Weil y Simone Weil llamaban a sus padres Biri (al doctor Weil) y Mime (a madame Weil).

[39] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 16

[40] Simone Weil, Écrits de Londres et dernières lettres, p. 168.

[41] Ibid., Carta del 18 de julio, p. 296.

[42] A finales de 1941, Simone Weil escribe a su hermano André: “As-tu lu saint Jean de la Croix ? C’est en ce moment ma principale occupation. On m’a donné aussi un texte sanscrit de la Gita, transcrit en lettres latines. Ce sont deux pensées extraordinairement semblables” (Œuvres complètes, VII, 1, pp. 502-503).

[43] Simone Weil, Œuvres complètes VI, 3, p. 105.

[44] Simone Weil, La pesanteur et la grâce, p. 123. También en Œuvres complètes VI. 3, p. 88.

[45] José Jiménez Lozano, Introducción a Reflexiones sobre las causas de la opresión social y la libertad, 17.

[46] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 19.

[47] Simone Weil, Œuvres complètes VI, 2., p. 339.

[48] Simone Weil, Attente de Dieu, p. 193, También en Œuvres complètes IV, 1, p. 324.

[49] Simone Weil, Cahiers, Œuvres complètes VI, 4, Gallimard, París, 2006, pp. 279-280.

[50] Simone Weil, ‘L’amour de Dieu et le malheur’ [1942], Œuvres complètes IV, 1, p, 352.

[51] Ibid., 347.

[52] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 20.

[53] José Jiménez Lozano, Introducción a Reflexiones sobre las causas de la opresión y la libertad… p. 16

[54] Por ejemplo, escribe Simone Weil; “Este infinitamente pequeño es el grano de mostaza, la perla escondida en el campo, la levadura en la masa, la sal en la comida. Este infinitamente pequeño es Dios, es decir, más que todo” (OC, V, 1, p. 254). “En la vida de un pueblo como en la vida de un alma, se trata solamente de poner en el centro este infinitamente pequeño. […] Este infinitamente pequeño es real” (OC V, 1, 254 y 255).

[55] José Jiménez Lozano, Los tres cuadernos rojos, p. 227.

[56] Ibid., p. 231.

[57] José Jiménez Lozano, ‘No nos la quitaremos de encima’, en Ni venta ni alquilaje, Huerga y Fierro, Madrid, 2002, p. 125.

[58] Ibid., p. 126.

[59] José Jiménez Lozano, ‘Queridísima e irritante Simone’, p. 20.

[60] Ibid.

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Carmen Herrando Cugota (Zaragoza, España, 1963) es doctora y licenciada en Filosofía. Miembro de la Association pour l’Étude de la Pensée de Simone Weil desde 2002 (asociación internacional con sede en Francia). Miembro del Instituto Emmanuel Mounier desde 2006. Profesora de Ética y de Antropología filosófica en la Universidad San Jorge (Villanueva de Gállego, Zaragoza), es también profesora de Antropología filosófica en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA), asociado a la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha publicado varios artículos sobre Simone Weil, casi todos ellos en Cahiers Simone Weil. Y cuatro libros: sobre santa Teresa de Jesús (El camino espiritual de Teresa de Jesús, Editorial San Pablo), José Luis López Aranguren, Blaise Pascal y san Juan de la Cruz, estos últimos son pequeñas biografías que están editadas por la Fundación Emmanuel Mounier, en la Colección Sinergia verde.

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