José María Arguedas, un escritor de culto

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El escritor José María Arguedas, nacido hace cien años, se suicidó en el cuarto de hora en que el Perú pudo ser distinto, tal vez incluso, mejor, “en ese ángulo que abrió espacio a la extinción de los latifundios, que sentó a los obreros en los directorios de las empresas”

18 de enero de 2011

 

Hay momentos en la historia en que el presente está preñado de muchos futuros posibles. José María Arguedas se suicidó en uno de esos presentes, en el cuarto de hora en que el Perú pudo ser distinto, tal vez incluso, mejor, “en ese ángulo que abrió espacio a la extinción de los latifundios, que sentó a los obreros en los directorios de las empresas”, “en el pico histórico de los ingresos personales y el auge máximo de la clase media profesional formada en los colegios fiscales y las grandes unidades escolares”.

       Hoy, que en el Perú se celebra el centenario de su nacimiento, el recuerdo de Arguedas ha sido transformado en el espíritu de un viejo antepasado, el dios de una antigua religión caída en desgracia, ahora transformado en demonio, cuya furia es necesario aplacar. El fantasma, la reliquia o, para utilizar un término culturalmente más apropiado, la huaca de Arguedas, reclama la adoración de un país ensoberbecido por su nueva prosperidad, un país que olvida en formas rituales como ésta, las enormes contradicciones que lo aquejan. El andahuaylino es el personaje en quién se proyectan las decepciones, la impotencia de una comunidad académica, de una facción política y de una generación; un doble a quién se achaca haber realizado aquellas empresas para las que, éstas, fracasaron rotundamente. Arguedas, sin embargo, difícilmente es leído. Es recordado, evocado, invocado, y su muerte puesta en escena una y otra vez a través de la escritura de libros y artículos hagiográficos y otras ceremonias académicas y populares.

       Por eso, porque las ideologías totalitarias siempre encuentran formas para hacernos creer u olvidar que fuera de los mundos que ellas crearon no hay si no –como dijo alguna vez Riva Agüero– “apostasía y muerte”, conviene regresar a aquellos instantes en que nuestro presente pudo ser cualquier otra cosa; desarrollar las posibilidades que el triunfo de esta ideología descartó; rendir homenaje –perdonen la huachafería– a los muertos de nuestra felicidad.

 

 

27 de noviembre de 1969

 

Esa tarde Andrés Solari y Julio Ernesto Cárdenas, antiguos alumnos de la Universidad Nacional Agraria “La Molina”, redactaban un comunicado de protesta, posiblemente contra la Ley Gorila, la intervención de las universidades decretada por el general Juan Velazco Alvarado, por entonces dictador del Perú. Minutos antes José María Arguedas había entrado a telefonear al despacho donde ambos alumnos trabajaban. Cuando terminó de usar el teléfono el escritor dijo a Solari: “Quiero hablar contigo, acércate a mi oficina.” El chico contestó que iría enseguida, ni bien se pusieran de acuerdo y terminaran de redactar el documento. Instantes después sonaron dos estruendos. Ninguno de los dos prestó atención, puesto que unos obreros trabajaban en la ampliación del local de la facultad contigua, y los fogonazos sonaron como cuando caen dos calaminas al suelo. Al poco rato, apareció un empleado de la limpieza, asustadísimo.

       Había encontrado el cuerpo inmóvil de Arguedas en uno de los baños, con dos balazos en la cabeza. El escritor tenía una mano apoyada sobre su pecho, boqueaba, gemía, aún estaba vivo. Avisaron al rector, a la policía. Levantaron al herido y lo colocaron en una camioneta de la universidad. Seguramente por aquella época La Molina seguía siendo un distrito rural de Lima, sin hospitales en los alrededores, puesto que el chófer de la universidad condujo hasta el policlínico de emergencias del Hospital del Obrero, cerca al centro; Cárdenas acompañándolo en el asiento del copiloto y Solari sosteniendo la cabeza perforada del escritor entre sus manos. Llegados al hospital, telefonearon a la librería El Sótano, donde trabajaba Sybila Arredondo, su esposa. “José María ha sufrido un accidente”, dijo Solari. Luego el estudiante se perdería por las populosas calles del centro de Lima, es de suponer con las manos y la camisa ensangrentadas, preguntándose (todavía se lo pregunta) qué habría querido decirle Arguedas, la respuesta de Sybila resonándole en la cabeza: “Ya lo sabía,”

       En los cinco días siguientes a los balazos los titulares de los periódicos se plagaron de fórmulas como: “Sólo un milagro puede devolver la vida al poeta y escritor. Arguedas agoniza. José María intentó matarse. Se disparó un balazo en la sien derecha.” “Arguedas en carta al rector explica razones de su suicidio.” “Arguedas en su última carta: ya no tengo energías para vivir”. “Dejó un testamento espiritual a estudiantes.” “Ya no hay esperanzas. Se nos muere el gran novelista Arguedas.” “Arguedas se nos fue. Ayer a las 7am dejó de palpitar su generoso corazón.” “Impresionante multitud en el sepelio. Adiós al maestro, al escritor Arguedas.”

       Precisamente por los periódicos la cantante Alicia Maguiña se enteró que velaban a Arguedas en la Universidad Agraria. Vio que los estudiantes habían encendido fogatas a las afueras del improvisado tanatorio, una india se abrazaba al ataúd y lloraba sin consuelo; dos imágenes inextricablemente unidas a Wiñaytam Kausanki, José María (Eternamente vivirás, José María), la canción que luego le compuso. La letra dice:

 

Quisiera hundirme en la tierra

para encontrarme contigo…

y cargarte a mis espaldas, huérfano, niño dormido.

Camino de la quebrada

perfumarán las retamas

arrullarán las torcazas tu sueño, José María.

Ya no estará la madrastra, ya no temblarás de frío.

Ya las penas se acabaron… todas te las has sufrido…

 

La tarde siguiente la feminista Maruja Martínez, por entonces militando en el Partido Comunista, alcanzó a una multitudinaria comparsa fúnebre en los Barrios Altos, cerca del cementerio Presbítero Maestro. Al entierro habían asistido estudiantes, campesinos, obreros; todos escuchaban las notas del cortejo mortal del danzak (el danzante de tijeras) en el violín de Máximo Damián. La directiva del partido había ordenado que todos los militantes acudiesen también. Ninguno de ellos vistió de luto. Al pasar por el cuartel Barbones, un trotskista alzaría el puño izquierdo y entonaría:

 

No más salvadores

ni Cristo, ni burgués ni dios

que nosotros mismos haremos

nuestra propia redención

 

Cantó sólo, a capella; y los demás lo acompañaron con el coro porque nadie se sabía la letra entera del himno. Las notas de La Internacional y las del violín indígena se escuchaban al mismo tiempo, superponiéndose en un amasijo confuso, desafinado y amorfo:

 

Agrupémonos todos

en la lucha final

y se alcen los pueblos

por La Internacional

 

Al llegar al cementerio y situarse la procesión frente al nicho, Alberto González, el estudiante molinero, tomó la palabra. A su alrededor otros alumnos de la Agraria portaban banderolas de la FEUA (Federación de Estudiantes de la Universidad Agraria). Todos lloraban. Allí estaban los compañeros: Chepo, Ojos, Cabezón, los agitadores, derramando sus lágrimas revolucionarias. “Las lágrimas más hermosas del mundo”, recordaría Maruja. Muchas manos sostenían el féretro; un indio vestido de fiesta apareció gritando en quechua cuando introdujeron el ataúd en la fosa.

       Acabado el funeral los estudiantes salieron a protestar a las calles. Fueron unos quinientos los que marcharon por la Av. Abancay aquella tarde, nuevamente cantando agrupémonos todos en la lucha final…, gritando contra la Ley Gorila. Correrían la policía antimotines, los estudiantes, los perros y los vagabundos. Lloverían gases lacrimógenos, piedras y bombas molotov.

 

 

 

La disolución de una personalidad en una conciencia nacional


Una de las características más significativas de la tradición ensayística, etnográfica y literaria de la lengua española es la identificación entre la conciencia de los escritores y el proyecto de nación que encarnaron. Fue una tendencia mística que, en el caso peruano, alcanzó ribetes universales en el heroísmo marxista de José Carlos Mariátegui, en el exilio poético de César Vallejo, y que encontró en José María Arguedas a su exponente más trágico.

       Arguedas atravesó un proceso de disolución extrema de su personalidad en la conciencia nacional peruana durante los últimos años de su vida. Fue una inercia de la que ya no podría librarse. La puesta en escena de su muerte fue un intento final de rearticulación que encontraría eco en un generación entera de socialistas y académicos. No podemos detenernos en muchos detalles por lo que diremos que la fragmentación del espíritu de Arguedas comenzó con la lengua. Nacido el 18 de enero de 1911 en la pequeña ciudad de Andahuaylas, Arguedas creció y comenzó su carrera literaria con la intención de escribir en quechua. Pero para cuando terminó de escribir Los ríos profundos, sin duda su mejor novela, ya se había decantado definitivamente hacia el castellano, su idioma de adopción y profesión. Se trata, no obstante, de un castellano alterado, adecuado y ajustado para transmitir el sentir de las comunidades indígenas quechua hablantes, un castellano en sí mismo ficticio, una creación estética, como refiere en La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú. Al momento de morir, Arguedas había reproducido en su conciencia la relación jerárquica que existe entre éstas dos lenguas en la sociedad peruana.

       La vida amorosa y sexual de Arguedas estuvo también fragmentada y fue la fuente de un hondo dolor. Se inició con la muerte de su madre, cuando él tenía poco más de dos años, con los maltratos de su madrastra, que lo confinó a vivir a la cocina, y las violaciones sexuales a campesinas que su hermanastro, varios años mayor que él, le obligó a presenciar. Luego, con la adolescencia y juventud vendría una serie de amores platónicos no correspondidos o no realizados. Estando en la cárcel, Arguedas conocería a Celia Bustamante, su primera mujer, con quien acabaría estabilizándose temporalmente. Ésta es una relación de pareja más bien burguesa. Segura, basada en el cariño, en la protección maternal que ofrecía ella y que a cambio exigió una estricta exclusividad, con la consiguiente sensación de encierro que el andahuaylino experimentó durante años. Cuando Arguedas comienza a psicoanalizarse con Lola Hoffman en Chile su relación con Sybila Arredondo ha comenzado o está por comenzar. Pero Celia y Sybila son mujeres muy distintas. Sybila tiene dos hijos con Jorge Teiller, el poeta chileno; en ese entonces tenía también una intensa actividad política (luego caería presa por su filiación a Sendero Luminoso) que sin duda jugó un papel en la radicalización de Arguedas hacia la izquierda y, sobre todo, está liberada sexualmente. Es probable que poco antes de morir el matrimonio entre Arguedas y Arredondo estuviese roto, y que ella hubiese comenzado otra relación con un militante del Partido Comunista, con quién tuvo un hijo.

       El caso es que el segundo matrimonio desintegró en Arguedas al pilar que lo sostenía en una sola pieza: su ideal de amor romántico y caballeresco, en el que la mujer es un objeto pasivo y maternal, pero nunca un sujeto activo ni sexual. Aunque intrigado, la apertura de un mundo nuevo de posibilidades amatorias le resultó aterrador.

      Podría seguir listando fragmentaciones y conflictos en el espíritu de Arguedas, pues de hecho hay varios más, pero basta con decir que el 11 de abril de 1966, al mando de la dirección del Museo de Cultura, tuvo que despedir a varios empleados y colaboradores por un recorte presupuestal. Agobiado por la culpa, escribió cartas de despedida a su hermano Arístides, a Celia Bustamante, a Sybila y a José Ortiz, su amigo, y se embutió un frasco de pastillas de Seconal. Había pasado un año de la Mesa Redonda en el IEP. En La utopía arcaica Vargas Llosa cuenta que el intento de suicidio no lo desanimó y que, sorprendentemente, cuando fue a visitarlo al hospital, lo encontró hablando “con entusiasmo de sus proyectos literarios.” Esos proyectos eran en realidad uno solo, el último. El zorro de arriba y el zorro de abajo es el preludio de una muerte que a Arguedas le tomó dieciocho meses poner en escena: escribir la novela, comprar la pistola, redactar, nuevamente cartas de despedida y dejar explicadas las instrucciones para su entierro.

 

 

La puesta en escena de la muerte

 

No cabe duda que la muerte de Arguedas escapa a las categorías sociológicas que Durkheim asignó al suicidio: egoísta, altruista, anómico y fatalista. Todas pueden resultar verdaderas y falsas a su manera. El sacrificio de Arguedas las trasciende; es su obra final. El suicidio es una creación estética que dota a la muerte de belleza y la convierte en un símbolo altamente elocuente cuyo rasero de verdad se encuentra, más que en lo que significa, en su eficacia para comunicar: en la puesta en escena. Por eso El zorro de arriba y el zorro de abajo debe entenderse no como una novela sino como un guión que teatraliza a la muerte y a la sociedad peruana, una suerte de mapa que orienta al Perú hacia el futuro y al andahuaylino hacia el más allá.

      Esta novela póstuma es el relato de la desintegración social ocurrida en Chimbote durante la fiebre de la pesca de la anchoveta a finales de los sesenta, y también la angustiosa bitácora de alguien que va meticulosamente preparando su propia muerte, desintegrándose psicológicamente. Así Arguedas, casi al finalizar la novela, escribe: “yo no voy a sobrevivir al libro […] PD. Dedicaré no sé cuantos días o semanas a encontrar una forma de irme bien de entre los vivos. PD. (A mi vuelta a Lima). Obtuve en Chile un revólver calibre 22. Lo he probado. Funciona. Está bien. No será fácil elegir el día, hacerlo.”

      ¿Por qué Arguedas se preocuparía y prepararía su suicidio con tanta dedicación? ¿Por qué no simplemente meterse un balazo y ¡paf!, a la mierda? Incluso modifica brevemente las instrucciones para su entierro, días u horas antes de matarse: “Si a pesar de la forma en que muero ha de haber ceremonia […] les ruego no tomar en cuenta el pedido que hago […] con respecto a los músicos […] También, si, confirmo mi deseo de que, si han de haber discursos, que sea un estudiante de La Molina”. Lo hace porque, al preparar las ceremonias fúnebres que sucedieron a su muerte, Arguedas quiere causar un efecto ético y estético: morir como individuo pero sobrevivir a través del espectro social de su persona. La posibilidad de quedar convertido en un fantasma, una reliquia o un santo, estuvo contenida, latente, en la propia decisión de matarse. Arguedas era conciente que la forma de encontrarse con la parca –la autodestrucción–, vista desde la moral popular cristiana, podía provocar que su alma se condenase a vagar por la tierra como un fantasma solitario y maligno,  que su cuerpo se tratase ritualmente con los arreglos funerarios propios de un suicidio. Sería imposible afirmar que Arguedas hubiera querido pasar a la posteridad como un espíritu del mal (su personalidad además estaba muy lejos de la pose del poeta maldito), entre otras razones porque intenta superar ese destino mediante la rearticulación de una personalidad que había venido disolviéndose durante años. La estética –la verdadera obra de arte– se encuentra en la imagen que el andahuaylino dejó de sí mismo, una ficción que la muerte purificó, sacralizó y eternizó: un Arguedas radicalizado hacia la izquierda, fatalista, dramático y, aunque falto de fuerzas, comprometido hasta el final con lo que el neoliberalismo (el conservadurismo católico) de hoy demoniza: un imperativo (el indígena), un destino (el socialismo) y una nación (el Perú).

       Si el libro no debe entenderse como una novela (ese fue el error de Vargas Llosa) sino como una obra de teatro es porque la experiencia estética –la catarsis– está íntimamente vinculada a la posibilidad de escenificar esa muerte una y otra vez, así como a la calidad con que la mise en scéne se realiza.

       El “boom” latinoamericano estuvo muy lejos de comprender (y hasta falseó) esta realidad artística. Escritores como Cortázar o Cabrera Infante dirigieron durísimas críticas hacia Arguedas, identificándolo con un indigenismo trasnochado y provinciano que no soporta una lectura honesta de su obra. Con La utopía arcaica Vargas Llosa se unió a estas críticas y retrató a la novela póstuma de Arguedas como un proyecto fallido. Propuso que los restos mortales de Arguedas chantajeaban emocionalmente al lector, jugando un papel documental que engrasaría los vacíos literarios y las imprecisiones artísticas que aparecen en el texto. Por eso que Vargas Llosa inventa que el manuscrito de El zorro de arriba y el zorro de abajo fue encontrado al lado del cuerpo agonizante del andahuaylino; que su cadáver funciona como un testamento, a la vez macabro y palpitante, de la verdad que la novela no es capaz de sostener por sí misma. Vargas Llosa no aporta ninguna prueba de éste hecho. La pequeña historia añade dramatismo al argumento de su ensayo, transforma su razonamiento en una fantasía que oculta esta falta de pruebas y cuya verdad quiere que se busque en sí misma. Como metonimia, ésta prestidigitación guía todo el ensayo, pues tampoco puede demostrar históricamente que la ficción que Arguedas construyó era, valga la redundancia, una utopía arcaica, una idealización del pasado andino.

       Si consideramos que el suicidio es parte de la obra de Arguedas, que la imagen que un escritor se atribuye o se crea, su leyenda, puede ser tan meticulosamente trabajada, tan artística y ficticia como cualquier novela, la crítica de Vargas Llosa queda simplemente pulverizada. Como dijo alguna vez Picasso (que se robó la frase de T. S. Elliot): “Los malos artistas copian, los buenos artistas roban”. Así, las mejores interpretaciones de la muerte de Arguedas no serán las que reproduzcan fielmente el guión (o las que, como Vargas Llosa, intenten desentrañar su significado) sino aquellas que acrecienten la impostura del suicidio con los elementos del presente, el futuro hacia el que el andahuaylino se lanzó; tal como los miembros del Club Andahuaylas vendrían a demostrar.

       Si lo consideramos con atención, esto es lo que hace cualquier clásico de la literatura: una obra que, lejos de caducar, está viva, enriqueciéndose con el correr del tiempo.

 

 

Algún momento indeterminado entre el 25 y el 28 de junio de 2004

 

Por esos días un hecho grotesco remeció al país. Así lo pusieron los medios, exagerado como cualquier cosa que nace de la prensa en el Perú. Decir que remeció a algunos sectores ilustrados de Lima, tal vez a algunos otros en provincias, y ciertamente a la pequeña ciudad de Andahuaylas, es más exacto. Se trató de la fresita puesta sobre el pastel de una biografía marcada a fuego por el infortunio.

       La pantalla del televisor mostraba flores de retama y tallos de ruda, muñequitos de pan y cintitas de colores, lloviendo sobre un ataúd. Un puñado de violinistas y danzantes de tijeras animaban una multitudinaria comparsa fúnebre. De pronto sonó Flor de retama, y las guitarras y los charangos acompañaron a la extraordinaria voz de Martina Portocarrero. Una multitud enterraba el cuerpo de José María Arguedas… de nuevo, esta vez en Andahuaylas.

 

La sangre del pueblo

tiene rico perfume.

Huele a jazmines, violetas

geranios y margaritas

A pólvora y dinamita

 

Los restos del escritor habían sido exhumados ilegalmente en algún momento entre el 25 y el 28 de junio de 2004 por integrantes del Club Andahuaylas, una asociación de migrantes de aquella provincia afincados en Lima, sirviéndose de una autorización firmada por Nelly, la hermana menor de Arguedas. El robo del cadáver desató una acalorado cruce de justificaciones y acusaciones entre los intelectuales de izquierdas y los andahuaylinos, tanto en Lima como en Apurímac, que fue dando a entender lo que había sucedido. 

       “Arguedas ha regresado a su pueblo, como era su deseo”, manifestó una pobladora que presenció la llegada de los restos del literato desde la tolva de una camioneta. Más tarde, Luisa Alanda, allegada a la Municipalidad Provincial, diría, en algo parecido a un discurso: “Tú estás con nosotros, y lucharemos tras tus huellas, como dijiste. Acá en Andahuaylas te queremos.” Las justificaciones dejaban entrever una interpretación libre de las instrucciones dejadas por Arguedas (que nunca manifestó expresamente el deseo de ser enterrado en su ciudad natal) para su entierro.

       El 7 de julio cargó la antigua izquierda. En un artículo publicado en La República, Rodrigo Montoya, antropólogo y lingüista de la Universidad de San Marcos, condenó dramáticamente lo sucedido: “¿Respeto a la memoria del maestro? Ninguno. Sólo un uso y un manoseo lamentables. ¿Respeto a la ley? Por ninguna parte. ¿Merecía Arguedas un trato como éste? No”. La importancia de José María Arguedas como el último personaje icónico del socialismo en el Perú quedó revelada cuando los miembros del Club Andahuaylas profanaron la tumba. Montoya continuó su artículo resaltando el código civil, que establece a la viuda del finado como primera persona a consultar en caso de exhumación. Estaba claro que los miembros y directivos del Club Andahuaylas habían omitido olímpicamente la opinión de Sybila Arredondo. Con un respeto fujimorista de la institucionalidad, clamó la izquierda, los del Club Andahuaylas habían conspirado con la Beneficencia Pública de Lima, encargada del cementerio, que sólo les pidió una autorización firmada por cualquier familiar. Otro artículo, éste titulado Arguedas y el suplemento de la ley vino a apostillar las opiniones de Montoya. La exhumación había sido el acto típico del cínico y el pendejo peruanos, un suceso impulsado por las ansias de escándalo y figuración de ciertos leguleyos, de los antiguos gamonales de provincia acostumbrados a acomodar las más elementales normas en función de su propio beneficio. Finalmente el artículo incluía una cita de Slavoj Zízek.

       Lo cierto fue que el cadáver de Arguedas pasó escondido tres días por supuestas razones de seguridad, ininteligibles para Montoya. Tres días en que Arguedas pasó de icono político a ser un NN, es decir, un cadáver desconocido. Tres días en que Arguedas (aunque ya convenga llamarle la huaca de José María Arguedas, la reliquia de José María Arguedas) fue trasladado clandestinamente a Andahuaylas por la ruta Huancayo-Ayacucho. “No hubo homenaje alguno, ni una flor, ni un verso, ni una visita a San Marcos o a la Universidad Agraria”, reclamó Montoya. Fue como si el Club Andahuaylas hubiese arrebatado a la izquierda su muerto.

       La telenovela acabó cuando la Octava Fiscalía Provincial de Lima abre una investigación de oficio por la exhumación irregular de los restos del escritor, cita al despacho del fiscal a la médico que autorizó el desentierro y adjunta una denuncia penal contra Darío Flavio Rodríguez, responsable de la Beneficencia, presentada por la señora Matilde Carolina Teiller Arredondo, a saber, apoderada e hija de Sybila Arredondo viuda de Arguedas. Al final, todo quedó allí, Arguedas sigue enterrado en Andahuaylas, donde una grandiosa escultura guarda su tumba.


 

La problemática relación entre la antropología y la literatura 


Rodrigo Montoya afirmó alguna vez que la relación entre literatura y antropología en José María Arguedas fue amistosa. Ésta debe ser de las cosas más absurdas e imposibles que se han dicho sobre él. Si hubiese sido pacífica nunca habría escrito nada que valiese la pena. Pocos antropólogos lo saben, porque son pocos los que lo han intentado –y muchos menos los que han tenido éxito– pero aquellos que han escrito literatura y etnografía al mismo tiempo comprenden que esta doble actividad es sumamente problemática. Profesar ideologías libertarias de izquierda y una cierta corrección política es indispensable para participar del archivo etnográfico universal. Por el contrario, “los buenos sentimientos no suelen generar buena literatura”. Los escritores pueden sentirse más o menos inclinados hacia una posición ética o política, pero tienen que ensuciarse las manos y recorrer todos los tortuosos caminos de la conciencia para que sus personajes sean convincentes. De lo contrario no tendríamos torturadores ni asesinos que, como personajes literarios, son entrañables. Si la etnografía representa y defiende una cierta moral, la literatura es todo lo contrario, es una exploración ética.

     El conflicto ético que la realización simultánea de ambas actividades plantea explica por qué José María Arguedas nació como etnógrafo a mediados de los cuarenta, en una época en la que se sintió incapacitado para la literatura, poco después de acabar Agua y Yawar Fiesta, sus primeros relatos. Matriculado en el Instituto de Etnología de San Marcos recientemente abierto (Arguedas perteneció a la primera generación de etnógrafos profesionales del Perú), como hacen los héroes de las sagas épicas, Arguedas recorrería como observador, conocedor y partícipe privilegiado de la realidad peruana cada una de las prácticas que la etnografía adoptó en el Perú: los estudios de comunidad, la ingeniería social, la teoría de la dependencia y los estudios regionales, el marxismo y La Reforma Agraria.

     La misma problemática relación explica por qué, habiendo trepado hasta la cima de su prestigio, el escritor andahuaylino se inmolara intelectualmente en una mesa redonda celebrada en el Instituto de Estudios Peruanos en 1965; y que sus críticos, sus colegas en ciencias sociales, no desaprovecharan la oportunidad para llevar la eutanasia hasta el final. En aquella oportunidad varios científicos sociales reprocharon a Todas las sangres (¡una novela!) no ser fiel a la realidad. El impacto de las críticas en el andahuaylino –que además consideraba que su obra tenía un valor documental– fue mortal. Pocas horas después escribió: “No tengo nada que hacer ya en este mundo. Mis fuerzas han declinado creo que irremediablemente”.

 

 

Buscando un inca

 

La partida de nacimiento del culto académico a José María Arguedas es al mismo tiempo el certificado de defunción de la autoridad moral de la izquierda. Se trató de una carta que el historiador Alberto Flores Galindo dirigió a sus amigos en 1989, pocos días antes de morir. En ella se repasa el panorama político del país, debatiéndose en aquel instante entre la acción criminal de Sendero Luminoso y la ineptitud del gobierno aprista de Alan García; así como la situación de una izquierda democrática alejada del movimiento popular, “étnica y culturalmente distante de las mayorías”, que incluso hasta había perdido la indignación frente a las clamorosas violaciones de los derechos humanos que acumulaban impunemente día tras día por aquellos años. La izquierda acababa convertida en una intelectualidad numerosa y poco creativa, que “frecuentaba más las recepciones que las polémicas” y que, previó Flores Galindo, acabaría incorporándose al orden establecido, es decir, que acabaría siendo lo que es hoy: un nicho más en el mercado.

       A pesar de todo, pensaba Flores Galindo, seguían vigentes “la degradación y la destrucción a que nos condena el capitalismo”, “los ideales que originaron al socialismo: la justicia, la libertad, los hombres”. Era cuestión de reencontrar la “dimensión utópica” en el pensamiento socialista. Así, interpretó que Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo había planteado ese cambio de vida. No se trataba de reformar. Aquella nueva sociedad “renovada”, “desenvilecida”, “intocada por la vanidad y el lucro” podía aun encontrarse “en algunas fiestas de los pueblos andinos del Perú”. El culto literario a José María Arguedas venía pues a suplir la derrota moral y la falta de respuestas que caracterizó a la izquierda democrática a finales de los 80.

       Desde entonces la academia que lapidó a Arguedas en 1965 es la misma que hoy organiza festivales, publica hagiografías y se deshace en elogios hacia el talento etnográfico y literario de un oriundo de Andahuaylas que, supuestamente, se había adelantado varias décadas a la crítica y a la escritura postmoderna en la antropología. En este esfuerzo se encuentra casi siempre a Arguedas vinculado a la hermenéutica, como un “revolucionario epistemológico” o un “precursor de la interculturalidad”, asociado a los nombres de Zízek, Deleuze, Dilthey, Foucault, Heidegger y Castoriadis. Y todo en menos de una página. No quiero sugerir que estas interpretaciones elegíacas sean ilógicas o falsas, si que el culto culto, a diferencia del culto popular, esconde prácticas mucho más prosaicas. El uso, por ejemplo, de un Spanglish culterano incomprensible para cualquier lector no especializado: “colonialidad”, “disciplinación”, “subalternizadas”, “opturan” “borramiento”, “posicionalidad”, indica que los artículos hagiográficos se escriben para un reducidísimo mundo académico, para revistas, universidades y agencias de cooperación; es decir, que sirven para colarse en la burocracia de las universidades de Estados Unidos y Europa, o para cerrar sobre sí misma a una argolla elitista en Lima. 

       Los rituales académicos organizados en torno a la figura de José María Arguedas (conferencias, presentaciones de libros, seminarios, encuentros, etcétera) hacen recordar a los ritos de circuncisión que Maurice Bloch encontró entre los merina de Madagascar. Allí Bloch se da cuenta que, a diferencia de las fiestas y carnavales, donde el caos y la creatividad aparecen, hay otros que mantienen inalteradas canciones y raíces onomatopéyicas, ya sin significado alguno, a lo largo de siglos de historia. En ellos, como en la constante reiteración de fórmulas culturalistas, marxistas, feministas o postmodernas, la creatividad se ha eliminado del todo. Los merina, como los científicos sociales, repiten el mensaje autoritario de los antepasados, de los ancestros intelectuales del norte, mientras circuncidan a los niños  o amputan cualquier impureza literaria del quehacer etnográfico.

       Tal como sucedió en la mesa redonda del IEP en 1965, los homenajes despedazan (incluso más, si cabe) analíticamente la fragmentada personalidad del andahuaylino, prescindiendo de una visión del conjunto de la obra y la persona. En ellos, Arguedas es vuelto a sacrificar, no porque lo critiquen, sino porque lo ensalzan despiadadamente. “¿Qué es un alegato que no atormente”, decía Cioran, “un panegírico que no mate? Toda apología debería ser un asesinato por entusiasmo”.

 

 

18 de enero de 2011

 

Sé que al escribir sobre José María Arguedas no puedo escapar de la órbita de su obra. Para ello probablemente tendría que resolver la tarea que él, y la generación que le sucedió, dejaron pendientes en nuestro proyecto de nación, algo que, sinceramente, a mí me la trae floja. Me quedo con esta última convicción: Que la mejor manera de rendir homenaje a José María Arguedas es leerlo, es escribir poniendo en ello toda la perseverancia, el humor, la pasión, la inteligencia y todos los huevos de los que seamos capaces. Por eso, al imaginar aquella lejana tarde de la primavera de 1969, situarme en la escena y ver al hombre que yace agonizando, es como si estos versos de Hölderlin retumbasen en las frías baldosas, recitados por una voz ausente:

 

Si tu alma alza nostálgica el vuelo

por encima de tu propia época,

tú en cambio permaneces triste,

en la fría ribera, junto a los tuyos

y jamás los conoces.

 

 


 

Barcelona, febrero 2011

 

Gabriel Arriarán es escritor. Administra el blog: www.lasaficionesdelvaron.blogspot.com

 


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Autor: Gabriel Arriarán