José Rodrigo Pelayo, Pepe, con 99 años seguía con ganas de vivir

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Pepe, junto a su sobrina-nieta Henar, el día de su primera comunión en Vallelado. Detrás, sus sobrinos Juan y Luis. Foto: Corina Arranz.

 

(Íscar, Valladolid. Empleado de Maggi, murió a los 99 años el 4 de mayo). Aunque se llamaba José Rodrigo Pelayo y siempre que lo vi iba atildado, hecho un pincel, todos le conocían como Pepe. Su padre, Cándido, hermano de doña Romana, tenía una empresa de construcción que en los años 50 se fue al garete. Fue su primer empleo. Su madre, Juana, ama de casa, era hija de panadero. Y entre los primeros recuerdos que Pepe atesoraba están precisamente los olores de la masa y el horno, el pan recién cocido, y a veces metía las manos en la masa. Sabía cómo hacer pan. Nacido en Valladolid el 21 de marzo de 1921, estudió solo la escuela primaria, pero se esforzó siempre en aprender: desde cursos por correspondencia y el gusto por la lectura, que le acompañó toda su vida. Hizo la mili en Medina del Campo, y se salvó por los pelos de participar en la Guerra Civil. Tras el tiempo que ayudó a su padre en la empresa constructora, donde hizo de todo, se desempeñó como representante de vinos, con su maletín, viajando en autobús por tierras de Castilla y algunas incursiones en Madrid. Pero donde encontró su lugar fue en la empresa Maggi de su ciudad natal, donde empezó como vigilante y acabó como encargado y donde se jubiló. Se casó con su novia de toda la vida (“nos conocíamos casi desde que echamos los dientes”, decía), Carmen Nogues Domínguez, cuando él tenía 27 años y la novia uno más. Les gustaba comer, bailar, beber, pasear. Vivir. Siempre con el traje impecable, la corbata impoluta y en su sitio, con el nudo bien trabado y el rostro afeitado a la perfección, el gusto por la buena comida y el buen vino le acompañaron hasta que cayó presa del malhadado virus, aunque no se lo puso fácil. No tenía ninguna prisa por irse de este mundo. Los años sesenta fueron dulces para Pepe y Carmen en Valladolid. La Pérgola era uno de sus espacios favoritos de esparcimiento. Pero ella acabó haciéndose amiga de la tristeza y él dedicó sus últimos años a cuidarla. Para no quedarse solo, Pepe se casó con la hermana, Teresa, que, como él, también había enviudado. Hace 18 años perdió a su segunda esposa. No tuvo hijos con ninguna. De genio vivo (algunos dirían que “gruñón”), leía El Norte de Castilla religiosamente, todos los días. Coqueto, hablaba lo justo. Una broma recurrente que le gastaba a Henar (su sobrina nieta. Pocas cosas le gustaban más que escuchar a la niña tocar la guitarra) era hacer cábalas con la edad. A la pregunta de cuántos años tenía, Pepe siempre respondía, zumbón: “Catorce más seis”. Pasó sus últimos años en la residencia de Íscar. Aunque evitaba el litigio dándose la vuelta ante los cortos de mollera, cuando alguien se ponía insufrible, sentenciaba: “Yo no he venido aquí a aguantar tontos, sino a que me atiendan, porque no puedo vivir solo. Los tontos, al psicólogo”. Con 99 años, las ganas de vivir no le habían abandonado. Se dejaba llevar y traer. Siempre atento, disfrutaba de las comidas familiares en casa de su sobrino Juan en Vallelado, provincia de Segovia, sobre todo en Navidad, cuando presidía uno de los extremos de la larga mesa. Sin perder comba, comía y disfrutaba de lo lindo. Se fue tan discreta y elegantemente como vivió. A. Armada.

 

 

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