José Tomás, Cayetano Rivera y el crítico de arte del New York Times

0
234

 

Hace unos días le comentaba a un amigo cómo me aburre el empeño de los taurinos cursis en justificar su afición por el lado artístico, ya saben… Goya, Picasso, Lorca, Alberti y la madre que los parió. Ante mi protesta, mi amigo me dijo que el crítico de arte del New York Times, Michael Kimmelman, había publicado apasionados elogios del toreo haciendo hincapié en sus aspectos artísticos, filosóficos y éticos. ¡Cielos! En principio no le di ninguna importancia porque es bien sabido que un crítico de arte es capaz de cualquier cosa. Luego decidí conocer sus argumentos, sobre todo considerando el predicamento que tienen en nuestro país las alabanzas que los guiris cultos hacen de nuestros vicios más tradicionales.

 

Que yo conozca, Kimmelman ha publicado en el NYT un par de artículos extensos sobre toros, uno, en junio de 2008, en la sección de deportes, y otro en septiembre de 2009, en la de arte. Los dos textos son muy similares: cuentan por encima lo que es el toreo y algo de su historia, hablan de la polémica existente en España sobre su abolición y, sobre todo, recurren a los mismos lugares comunes de siempre, a ese españolismo de enciclopedia tan útil para plumillas hemingwayanos. Pero de arte, filosofía y ética de las de verdad, más bien poco. El único hallazgo pseudoartístico que Kimmelman propone de su cosecha es una analogía entre el toreo y la improvisación jazzística, comparación vistosa pero torpe, en ella cabría el mundo entero. Donde el crítico se deshace realmente en elogios es al mostrarnos su adoración por José Tomás y Cayetano Rivera –con mención a Giorgio Armani–. No sé si esto tiene que ver mucho con los toros.

 

Para defender la tauromaquia no es necesario buscar este tipo de coartadas tan artificiosas. Conozco muchos taurinos lúcidos que, al mismo tiempo que reconocen que las corridas de toros son un espectáculo cruel e injustificable, admiten su pasión por ellas, una atracción incontrolable que no pueden evitar. Yo les respeto, les comprendo e incluso les admiro por su sinceridad. He sido fumador de tres paquetes diarios y sé lo que se siente con ese tipo de pulsiones. No pasa nada Todos tenemos nuestro lado oscuro, nuestros placeres secretos, nuestros adicciones, nuestras pequeñas o grandes perversiones. Y por eso, como proponíamos en un post reciente, esta gente tiene derecho a tener un sitio reservado en la clandestinidad oficial, que es muy digna y también mueve las economías.

 

Críticos, aficionados, estudiosos, taurinos cultos en general, por favor, no insistan más con lo del arte. No hace falta, de verdad. Admitimos y respetamos su adicción sin necesidad de invocar a Picasso o Welles, pero el arte y la realidad son dos cosas distintas. Es algo que se explica con claridad en dos magníficos y breves textos de Nicole Muchnik y Manuel Vicent que les recomiendo encarecidamente leer si aún no lo han hecho. Y estos sí que hablan de arte, no de palmitos.