Juan

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Hay asuntos en los cuales uno debería proponerse la siguiente fantasía: no olvidar. Pero olvidamos, a veces para bien, otras para confirmar que la memoria es más interesante cuando ésta se halla inundada de lagunas donde lo mismo flotan la imaginación que los datos duros, incontrovertibles.

 

Hay asuntos en los cuales uno debería proponerse la siguiente fantasía: no olvidar. Pero olvidamos, a veces para bien, otras para confirmar que la memoria es más interesante cuando ésta se halla inundada de lagunas donde lo mismo flotan la imaginación que los datos duros, incontrovertibles.

 

Me cuesta trabajo recordar con precisión qué fue lo primero que leí de Juan Villoro.

 

He ahí una laguna.

 

Recuerdo el efecto poderosísimo que tuvo en mí descubrir la ruidosa, esquiva e intrigante ciudad de México que Juan propone al lector en su primera novela (y la que me sigue gustando más entre las suyas), El disparo de argón; a la fecha sigo recordando, quizás porque a mí me la han aplicado en sucesivas ocasiones, aquella frase proveniente de Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán (en una edición extinta, pero ahora disponible gracias al valioso rescate de la editorial Almadía) cuyo tono es a la vez una reclamación y una tentativa cariñosa: “Un día antes de salir de la ciudad de México alguien que me conoce demasiado bien me dijo: —Para ti el viaje ideal es irte a aplastar a un café.” Imposible olvidar el desconcierto que, a los catorce o quince años, causaba entre mis estrictos contemporáneos mi gusto por Bruce Springsteen: fatalmente, para ellos me había equivocado de ídolo gringo, prefería una música que raras veces te ponía a bailar y siempre te hacía sentir que la imagen de la tierra prometida era una anticipación de las complejidades que nos depararía la vida adulta. Eran los años de Live Aid y Bob Geldof. Cuando la neblina cubre el recuerdo de esos años, sé a dónde ir para volver a enfocar las dichas y las aflicciones de ese tiempo, mi adolescencia; la memoria no pierde consistencia y toma velocidad, en las que Juan llamó crónicas imaginarias. Me refiero al párrafo que cierra Tiempo transcurrido: “A las pocas cuadras el coche avanzaba rápido, cada vez más rápido, bruñido y poderoso, perdiéndose en el vasto laberinto, y Ricky veía el cielo sucio y torturado por los cables con la desesperación de quien busca el desierto y sólo encuentra el polvo.”

 

He ahí hechos duros, hard-facts que llevo impresos en el desordenado pero siempre fidedigno disco duro de mi memoria.

 

 

Tampoco necesito rasgar demasiado la cortina de bruma que se interpone entre el presente y el pasado para recordar el día que conocí a Juan. Fue en la redacción de La Jornada Semanal, el suplemento literario cuya dirección asumió después de que Roger Bartra, el antropólogo y ensayista y quien mil años después sería director de mi tesis de doctorado, decidiera que era hora de regresar a la investigación y la escritura de tiempo completo. Recuerdo que llegué hacia mediodía a la redacción del suplemento, ubicado en un piso con vista a la realidad mexicana: unos cien puestos, cuando menos, emplazados en las aceras de la avenida Balderas donde lo mismo se cocían en baldes y recipientes de distintos tamaños, entrañas de animales que alguien consideraba comestibles, que se vendían relojes y despertadores de dudosa factura japonesa. En mi memoria, el ruido y los hedores callejeros se alzaban hasta los ventanales de la redacción del suplemento. Quizás es mi imaginación, pero lo que sí recuerdo perfecto es que Juan me recibió con una actitud más que afable, con la familiaridad de quien lleva toda la vida de conocerte.

 

No estoy seguro si toda aquella chinoiserie que ofrecían los vendedores ambulantes y los vapores irrespirables de cien puestos de tacos a los que ni siquiera Anthony Bourdain se expondría, siguen plagando las aceras de la avenida Balderas. Esto es la ciudad de México. Lo más probable es que sí.

 

Ese mismo mediodía me convertí en colaborador asiduo de La Jornada Semanal, pero sobre todo, comenzó mi amistad con Juan, la que a lo largo de la vida (seguir vivo a estas alturas me autoriza a recurrir a semejante imagen o lo que sea que es) hemos mantenido y alimentado, gracias a las conversaciones en persona y por correo electrónico, gracias a las distancias de vivir en ocasiones en lugares distantes, gracias a los amigos comunes que nuestra amistad nos ha ganado.

 

No está nada mal, especialmente si se piensa en que el medio literario es el medio idóneo, perfecto de hecho, para envenenar vínculos, para formar grupillos idiotas, para satisfacer vanidades enfermizas, para hacerte querer correr lo más rápido posible en dirección a Cabo Cañaveral y tomar el próximo cohete con destino a Marte.

 

Pero en eso reside el carácter excepcional de la vida, ¿no es así?, comparte la naturaleza y pulsiones del comercio informal que plaga en esta ciudad: lo mismo te encuentras de frente con el misterio de las amistades duraderas que con trúhanes a quienes preferirías jamás haber conocido.

 

Guillermo Fadanelli rememoró recientemente a ese loco genial que fue Juan José Gurrola. El breve y lúcido ensayo de Fadanelli me trajo del desván de la memoria el día en que Juan me preguntó si me interesaba entrevistar al mítico director de teatro, Gurrola, para un número especial del suplemento. Dije que sí. La experiencia estuvo a la altura: una mañana llegué al departamento de Gurrola en el barrio de Coyoacán. Entre el humo del cigarrillo y la oscuridad que imponían unas viejas cortinas que espesaban el ambiente, como pude hice la entrevista encargada y casi logré luxarme la cadera al estrellarme con la mesa de billar que servía de protección entre Gurrola y el mundo.

 

Una majadera y hasta pueril obviedad: al final solamente importan quienes en realidad te importan y te significan. El resto puede irse a volar.

 

Vale la pena hacer eco y adoptar como propias  las palabras de Guillermo Fadanelli en el ensayo referido:

 

He conocido hombres y mujeres que podrían cubrir las expectativas humanas más exigentes. Son importantes porque han estado cerca de mí y me han obsequiado su conversación, su tiempo y han trastornado mi vida —en general anodina y colmada de exabruptos y alteraciones— en gravedad: en algo que tiene cierto valor moral o artístico gracias a ellos. 

 

Una única certeza a partir de lo hasta aquí escrito (y reescrito): el espejo retrovisor no nada más no miente: advierte, además, acerca de la cercanía —también la lejanía, por qué no— de las cosas y de las presencias circundantes.

 

 

Espejo retrovisor no proviene de una detenida relectura, sino de algo que me parece más válido y honesto desde la perspectiva de del autor: el recuerdo de mis historias. No busqué los “mejores” textos sino los más próximos a mi memoria, los que, por razones insondables y acaso sólo válidas para estos días, regresan a mi mente con mayor intensidad.

 

Más o menos unos treinta años de escritura recoge Espejo retrovisor, señala Juan en el prólogo a la antología de textos que reunió en 2013. Su selección, como se lee arriba, sigue una personal lógica, los giros de la memoria, ahí donde pocas veces es dable encontrar una lógica, cualquier lógica. Juan, el autor, entrega así una forma de relectura de sus cuentos y crónicas.

 

No puedo hablar más que por mí mismo (afortunadamente: no estoy obligado a repetir las peroratas de mi jefe, del licenciado, del secretario, de nadie), pero encuentro en Espejo retrovisor la invitación de Juan, el autor y el amigo de hace más de veinte años, para repasar con otra mirada cuanto hay alrededor de nuestra amistad y de sus textos, otra manera de rendir testimonio acerca de cuanto ha resistido al viento y a la velocidad. El traductor de los aforismos de Georg Christoph Lichtenberg y autor de un ensayo esencial acerca del “padre de la patafísica”, según la célebre frase de Breton, recurre —una vez más— al filósofo experto en angustias y desesperación con el propósito de poner las cosas en su (in)debido lugar: “Søren Kirkegaard afirmó que la vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás. Es lo que procura un espejo retrovisor.”

 

Nada como las lecturas que ha hecho uno a lo largo del tiempo y asomarse al espejo retrovisor para echar un vistazo a los libros, a los textos que, pase lo que pase, siempre estarán —aquí el efecto visual es sustituido por una ráfaga de efectos emocionales— más cerca de lo que parecen.

 

A contraluz de su autor, puedo afirmar que en Espejo retrovisor busqué los textos que están más cerca, más próximos a la memoria de una amistad, la que me une a Juan Villoro, y al recuerdo de sus propias historias. El libro me impuso otra lectura: la relectura de textos que están incluidos en la antología, así como algunos de ellos que son, por mi gusto por ellos, por la cercanía, por la empatía que me generan, parte de mi propia antología de lector sin duda parcial, pero quiero pensar que igualmente honesto.

 

La primera vez que leí “Mi padre, el cartaginés”, lo hice momentos después de terminar una larga comida con Juan, al sur de la ciudad. Yo vivo hacia el centro-norte de la mega-urbe, así que ocupé la imposición de las horas de tráfico leyendo aquel texto insuperable acerca de la aventura vital e intelectual que fue la vida de don Luis, en el primerísimo número de la revista Orsai. A bordo del taxi en el que avanzaba a paso de tortuga, carente de retrovisores y casi hasta de asientos, no había manera de saber que me convertiría en el feliz poseedor del ejemplar de una revista que, para varias personas que conozco, ha adquirido el valor propio de un anhelado fetiche y el cual mantengo a buen resguardo de los amigos que se cuelan en tu biblioteca y te piden prestado un libro que, lo sabes de antemano, jamás volverás a ver en tu vida.

 

Resulta más que evidente que incluir en Espejo retrovisor el cuento “El mal fotógrafo”, proveniente del libro de relatos El apocalipsis (Todo incluido), habría sido una suerte de redundancia editorial. Sin embargo, en mi antología imaginaria, ese breve relato dice, a su manera, lo mismo o más acerca de la figura del padre que la extensa crónica-testimonio acerca del cartaginés de la selva Lacandona.

 

 

El muy personal Espejo retrovisor de mi mente incluye, además de la crónica referida acerca de don Luis Villoro y del relato que dibuja su sombra en las dislocadas fotografías que en ocasiones tomaba, “El libro negro”, un texto angular acerca del padre y la familia de Juan, las íntimas imprescindibles (para mí) crónicas “¡Hombre en la inicial!” y “Extraterrestres en amplitud modulada”; en el primer texto, un muy merecido homenaje a José Agustín, Juan indaga en las razones que llevan (que lo llevaron) a tomar un libro, comenzar a correr las bases y nunca abandonar el diamante, el juego (que comienza como eso, un juego, para luego mutarse en algo más serio, esencial) de la literatura y las artes: “Casi todas las expresiones artísticas circulan en la orilla de la memoria; sólo la literatura se hunde de lleno en el tiempo perdido: un libro nos puede gustar más o menos al cabo de los años sin necesidad de releerlo. La música trae recuerdos mientras la escuchamos pero los libros gravitan sin cesar en nosotros, trabajan por los días fugados, y acaso ésta sea la razón por la que, aun en la era de la imagen y sus ingenierías, no podamos prescindir de ellos.” En el caso de “Extraterrestres en amplitud modulada”, mi gusto y afecto surgen de la maestría con la que Juan inicia su relato con una imagen familiar que yo también viví (“A nivel emocional, mis viajes a la primaria equivalieron a diez mil misiones en un avión de combate. Fueron dos las causas del espanto: mi madre al volante y el radio histéricamente sintonizado en XEQK, La hora de México.”), hasta el desconcierto que todos hemos vivido, resultado de hallarnos en una carretera o un hotel en medio de la nada (por ejemplo los canales oficiales de los Emiratos Árabes Unidos en una habitación ubicada en algún lugar de Dubái), con una radio que sintoniza señales provenientes de otras galaxias, como para agudizar nuestra desorientación.  Ambos textos provienen de un clásico personal, el libro Los once de la tribu.

 

Con frecuencia los lectores recuerdan las entrevistas que Juan ha logrado con leyendas urbanas y miembros del stardom que parecen haber alcanzado la inmortalidad, o lo contrario, haber rozado la mortalidad por el tramo más delgado del inasible hilo: Mick Jagger, Bono, Martin Amis, entre los primeros; Salman Rushdie entre los segundos.  Yo quiero traer a cuento la magnífica entrevista que Juan le hizo a un gigante recién desparecido, cuya muerte volvió a levantar los polvos de la controversia que se respiraban mientras estuvo vivo. Me refiero a Günter Grass. Sé que la Revista de la Universidad ha recuperado la entrevista de Juan en su número más reciente —con lo cual se confirma la premisa vital-literaria subyacente a Espejo retrovisor y se explica por qué en mis sueños recientes ha aparecido Kirkegaard conduciendo la misma motoneta en la que me accidenté hace un par de meses y que vendí a precio de remate, a cinco minutos de pasado el espanto.

 

Dos relatos emblemáticos del genio literario que Juan logra desplegar en el endiablado género, “Campeón ligero” y “Corrección”, provenientes del libro La casa pierde, del cual intenté una recensión, el mismo con el que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, están más que merecidamente incluidos en la antología que su autor integró dieciséis años después. Sin embargo, el Espejo retrovisor de mi mente está incompleto si no integra, asimismo, dos novelas breves: la primera presentada como tal, Llamadas de Ámsterdam, y “Amigos mexicanos”, relato largo incluido en Los culpables, su libro de cuentos publicado en 2007 y que yo leí en un año no precisamente fácil ni carente de problemas. Prueba de ello quizás sea el hecho de que me leí el libro de una tirada, al amparo del tumultuoso carnaval nocturno que tenía lugar a diez metros de mi habitación en un hostal de Pontevedra, y en el cual se celebraba a no sé qué ruidosas deidades gallegas a golpe de tambores, gritos y danzas colectivas. Recuerdo que hacía un frío del carajo. Echado en mi cama, envuelto de los pies a la cabeza, la lectura de “Amigos mexicanos”, en especial la escena de un secuestro que ocurren en una tienda de conveniencia a la que yo solía ir, me provocó emprender ese viaje que dice Alberto Manguel en su muy recomendable ensayo El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora, que a su vez dicen un sinnúmero de  autores clásicos que puede ser la lectura, desde la costa gallega hasta una colonia en la ciudad de México en la que viví por espacio de diez años, antes de emprender el viaje —a la vista— interminable, incierto.

 

 

Mi amistad con Juan me ha permitido acercarme al asombro que en escasas ocasiones nos reserva la política y sus múltiples manifestaciones. Jamás me pasó por la cabeza unirme a las peregrinaciones para ir a ver al Subcomandante Marcos en un apartado monte en medio de la selva, pero pude atestiguar con Juan, durante la presentación de un libro que se tornó mitin y ritual colectivo, el dolor y las demasiadas desgarraduras que sufren quienes han perdido a sus seres queridos, a sus hermanos, hijos e hijas en la estúpida guerra que un día decidió emprender el más olvidable pero siniestro de nuestros ex presidentes. Rendir cuenta de ello aquí fue mi personal manera de no voltear la vista y repasar en carne propia el mapa de violencia en que se volvió México.

 

Recuerdo que, como si no hubiéramos tenido suficiente espanto y horror ante las historias escuchadas durante aquel acto, Juan y yo caminamos hasta el centro de Coyoacán, bajo una noche más bien lúgubre, e intercambiamos nuestras respectivas angustias en una larga conversación que se interrumpía cada vez que había que brincar un charco, rodear un puesto de comercio ambulante o simplemente caminar sobre estrechas aceras de veinte centímetros de ancho.

 

Hace unas semanas, le escribí un email para felicitarlo por su columna de los viernes en el diario Reforma, dedicada a las elecciones. En “La tragedia de elegir” (08 mayo, 2015), Juan evoca a la autoridad electoral de otros tiempos: “En sus primeros años, el IFE fue un insólito oasis de confianza en un país sin apego a la ley. La boleta electoral nos enfrentó ante la fabulosa posibilidad de elegir y la zozobra de no encontrar un destino para ese privilegio. El mecanismo superaba a los candidatos; a tal grado, que daban ganas de votar por el IFE.”

 

Se trata de un texto que no tiene desperdicio, que clarifica lo que acostumbran enredar para beneficio propio o de su respectiva camarilla, docenas de siniestros y patéticos miembros de eso que en México se ha dado en llamar “la comentocracia”, que no rinde otro servicio que el de compartir su personal desazón con el lector, antes que “orientar” una “opinión”.

 

El 6 de julio de 1997, domingo en que se celebraría la primera de las elecciones resultado de una importante reforma en materia de sufragio, Fabrizio Mejía Madrid y Juan publicaron en La Jornada Semanal una entrevista con José Woldenberg, a la sazón encargado del proceso electoral en su condición de presidente consejero del Instituto Federal Electoral, una institución entonces considerada como autónoma y, mejor aún, la transparente guarida de los intereses de la sociedad no política, llámese sociedad civil o lo que se quiera. Se trata de una entrevista que habría que rescatar, pues cifra en dos planas de periódico las luchas, pugnas, pactos, ilusiones y perspicacias que subyacen a la historia electoral de entonces, no sé si de ahora.

 

En el mismo número del suplemento, Juan, encargado de una columna titulada “Autopista”, la cual tomaba el pulso noticioso del mundo de la cultura local a la manera de, por ejemplo, “The Talk of the Town” de la revista The New Yorker, escribió uno de sus textos que consideró más personales, ¡sin que éste llevara su firma! A veces, aunque no haya elecciones, la “Autopista” de aquel domingo, que se titula “Tú”, me acompaña otros domingos, por ejemplo hoy mismo:

 

[…] tú, que viste demasiado tarde a los Rolling Stones; tú, que enfermaste de salmonelosis en Avándaro y de neumonía en Aguascalientes; tú, que leíste en Monsiváis el resumen de tu biografía: “o ya no entiendo lo que está pasando o ya no pasa lo que estaba entendiendo”; tú, que tuviste demasiados ídolos y luego disfrazaste tu desconfianza de escepticismo; tú, que no sabes si tus contradicciones son una forma secreta de la congruencia; tú, que hoy votarás por el primer gobierno democrático de la ciudad de México; tú, que no puedes medir el tamaño de tu esperanza; tú, que revisas los jirones de una vida tan rota como la de cualquiera; tú, que hoy decides que el pasado se convierta en una poderosa forma del futuro.

 

En efecto, aquel domingo fue histórico, ganó la gubernatura de una de las ciudades más pobladas del planeta una izquierda que hoy no se reconoce a sí misma cuando se ve al espejo. Tal y como yo mismo no hallo por ninguna parte a quien fui en 1997. La única diferencia es que yo no estoy metido de político en esta ciudad (in)gobernada por una izquierda deslucida, agreste y acomodaticia.

 

Las frases finales de  “La tragedia de elegir” me confirmaron que a diferencia de muchos columnistas, Juan escribe sin compromisos ni para sellar componendas. Me remitieron a un filósofo experto en las tribulaciones y penas que los griegos nos heredaron, y para quien la autonomía es algo más que la libertad respecto a cualquier forma de autoridad, la misma que le permite escribir a Juan su columna de los viernes sin las tintas cargadas y amañadas de la fauna comentócrata. Apunta Rafael Argullol: “Sin sometimiento, la exigencia de emprender un rumbo es más imperiosa que el miedo a que tal camino no exista.”

 

 

Dieciocho años después de aquel domingo en que los habitantes de la ciudad de México nos dimos gobierno mediante una elección y un resultado entonces inauditos, volveremos a las urnas el próximo 7 de junio para elegir, entre otros, a diputados locales y federales. El desprestigio del proceso electoral, de los políticos, de la política misma, augura una alta abstención. El pasado viernes 8 de mayo, Juan concluyó su columna con justificada razón y tino impecable: “Mientras no cambiemos de democracia, iremos a votar como los héroes griegos: con los ojos abiertos hacia el abismo”.

 

Si ello ocurre, como muy seguramente será el caso, no me esperen para cenar.

 

Quizás me emboscaré a la manera jüngeriana, pues ello me dará el mejor pretexto para volver al mundo una vez pasada la catástrofe y encontrarme con mis viejos amigos, Juan entre ellos. Revisaremos con humor los jirones que obligadamente deja el paso del tiempo, quizás incurramos en la audacia de checar cómo andan nuestras respectivas esperanzas: cada quien volteará la mirada a su espejo retrovisor en busca de las líneas de fuga que el pasado proyecta hacia el futuro esperando que, en efecto, exista camino.

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.