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Mientras tantoJuego de espejos

Juego de espejos

La soledad del creyente   el blog de Stuart Park

La obra de Jacques Derrida requiere una mirada más profunda, sin duda, y espero no haber simplificado en exceso, incluso trivializado su propuesta de desmantelar el imperio del logos, una tarea hercúlea donde las haya cuya importancia reconocemos ya que pone el foco de atención en la base misma de nuestra fe.

Derrida propone «considerar todo proceso de significación como un juego formal de diferencias … Se trata de producir un nuevo concepto de escritura … El juego de las diferencias supone, en efecto, síntesis y remisiones que prohíben que en ningún momento, en ningún sentido, un elemento simple esté presente en sí mismo y no se remita más que a sí mismo. Ya sea en el orden del discurso hablado o del discurso escrito, ningún elemento puede funcionar como signo sin remitir a otro elemento que tampoco está simplemente presente».

Ancla

La hermenéutica del logos, ancla del discurso racional, ha sido masivamente desestabilizada por una teoría que afirma que ni el poema, ni el sistema metafísico están hechos de «ideas», es decir, de datos externos, de conceptos verbalizados, sino únicamente de palabras, y que el poema se significa solo a sí mismo. Esta disociación entre la estructura verbal y la realidad circundante anula, por supuesto, todo concepto de autoría, convirtiendo la intencionalidad del autor en una ficción lógica y psicológica, subvirtiendo a la vez el proceso de recepción al poner en entredicho la atribución de significación. El lenguaje se convierte finalmente en un infinito juego de espejos.

Para Derrida, la escritura descubre una radical ausencia «detrás de» todo intento de conceptualización humana. Ya lo había planteado Octavio Paz tocante a la poesía: «ostenta todos los rostros, pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana» (El arco y la lira).

Ahora bien, para poder articularse, el escepticismo radical asume inevitablemente la racionalidad de la semántica: sus propias formulaciones son también actos de lenguaje, elaboraciones verbales, que dan plenamente por supuesto la inteligibilidad de los instrumentos léxicos, gramaticales y semánticos por medio de los cuales expresan sus dudas y negaciones. La tensa e ingeniosa dialéctica intelectual de Derrida pertenece a la más depurada tradición de rigurosa argumentación filosófica: pretende convencer, y aunque solo sea con el objetivo de sacudir cualquier pretensión de verdad objetiva, Derrida está vitalmente comprometido con sus propias posiciones.

Dejamos la última palabra para George Steiner: «El discurso deconstructivo es retórico, referencial y está completamente gobernado por modos normales de causalidad, lógica y secuencia. La negación deconstructiva del “logocentrismo” está expuesta en términos logocéntricos».

No se requiere un doctorado en filosofía o teología para apreciar con meridiana claridad la relevancia del Evangelio de Juan, el de los grandes discursos de Cristo en su conversación con un mundo escéptico, y que afirma sin ambages que «aquel Logos fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14).

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