Juego de tronos

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Nunca hay días de tranquilidad en Desembarco del Rey, por mucho que Tywin Lannister, la Mano del Rey, crea que tiene la solución bajo control. Porque no puede dirigir ni gobernar todo lo que sucede a su alredor. Y menos cuando hay quienes, como Stannis Baratheon o Theon Greyjoy, reclaman reinos y liderazgos en territorios convulsos, sin primarias ni congresos, rodeados de consejeros ancianos e interesados.

 

Tyrion Lannister es un hombre impedido físicamente, o no tan pedido como otros. Aficionado al vino en copa dorada y a las mujeres con poca ropa y más jóvenes. A los placeres, así, en general, esos que le permiten a uno evadirse de quién es y que se pagan con las monedas de la corte. Y ahora está pasando un mal momento, despojado de sus mujeres, en una encrucijada de su vida y sin ganas de beber para celebrar nada. Tyrion es más cáustico que campechano. Más astuto que instintivo. Y más bajito que ancho. Pero al pobre no lo quieren en su familia. Ni su padre, que le juzga estrictamente. Ni su hermana, que le ataca sin piedad. Ni su mujer, forzada a casarse con él, que se fugó a otro país en cuanto pudo, como quien se escapa a Londres con un vuelo de Ryanair. Como tampoco querían a su cuñado, Robert Baratheon, que fue rey, que supo ganarse el trono y que acabó muriendo por un accidente de caza. Porque ese es un deporte muy traicionero, sí.

 

Tyrion sueña con escaparse de Desembarco del Rey, la capital de los siete reinos en un continente, Poniente, que no existe, que es ficticio, como no existen algunos países en la realidad por mucho que digan algunas estadísticas oficiales. Tyrion aspira a huir de una corte que le asfixia y de la que puede salir vivo de milagro o muerto sin milagros. Otros lo hicieron antes de otras cortes. Como Jon Snow, antiguo hijo querido, hoy un bastardo enviado al Muro, que es como que te envíen a Washington o a Catar, pero con más frío. E incapaz prácticamente de defender lo que queda del mundo de las bestias del otro lado del Muro.

 

En Juego de Tronos también hay una reina, Daenerys Targaryen, que reclama su corona, que aspira a reinar en un reino perdido, en un terreno que soñaron sus antepasados con un trono de hierro que no sabe si encontrará ardiendo al rojo vivo. Y una reina implacable, Cersei Lannister, que odia a algunos de los suyos y quiere para sí el poder absoluto para que la corte sea, por fin, su corte. Pero también hay esposas de reyes, como Cathelyn Stark, que se han quedado viudas, porque para quedarse una viuda vale lo mismo una espada que una almohada, dispuestas a hacer lo-que-sea, a sacrificarse, por ver a un hijo convertido en rey. Una reina, Cathelyn, que deja de serlo y que no habla español. Curioso.

 

Siempre existe también la certeza de ese invierno que llega. De la oscuridad que se cierne sobre las ventanas de los palacios. Y de unas amenazas que vienen siempre del Norte, al otro lado del Muro. Allí hay un rey de los Salvajes, Mance Rayder, que está reuniendo a su pueblo para conquistar un poder misterioso con el que cruzar después el Muro. Un hombre que envía emisarios y señales y a quien muchos querrían ver ardiendo en la hoguera.

 

Y, por supuesto, nunca hay días de tranquilidad en Desembarco del Rey, por mucho que Tywin Lannister, la Mano del Rey, crea que tiene la solución bajo control. Porque no puede dirigir ni gobernar todo lo que sucede a su alredor. Y menos cuando hay quienes, como Stannis Baratheon o Theon Greyjoy, reclaman reinos y liderazgos en territorios convulsos, sin primarias ni congresos, rodeados de consejeros ancianos e interesados. Ni cuando surgen duelos inesperados en el camino, de caballeros sin armadura ni escudos pero capaces de reunir nuevos ejércitos y de dar espadazos televisivos, que es como hoy se ganan las batallas. Menos sangrientos, probablemente, pero igual de crueles. Ni sabiendo que por mucho que lo intente la Guardia de la Noche, los vigilantes del estatus quo, que cada vez es menos una guardia real, su capacidad defensiva mengua a diario mientras las grietas del Muro que intentan custodiar se ensanchan.  En fin, ¿qué por qué cuento todo esto? Pues porque andaba el otro día leyendo eso de que los de la HBO dicen que van a rodar Juego de Tronos en España, pero me preguntaba yo si no habrían pasado ya por aquí antes. Que no sé, que me he enganchado a esta serie como una tonta y que me está empezando a fastidiar el atasco que se formará en Madrid el día 19 cuando tengamos nuevo rey. Y a mí mezclar las cosas es algo que me sienta muy mal. Ustedes perdonen. Sigan a lo que estuvieran. Suerte si era a nada.