Junio vuelve

0
262

"No me interesa nadie que sea feliz. La felicidad nos hace insensibles, vulgares. Todas los seres radiantes que hemos amado se han vuelto mediocres cuando creyeron llegar a la cima y perdieron su toque de tristeza".

 

Exultante juventud, poco menos que insultante. ¿Vuelve con ella el afrodisiaco de la inocencia? Sí, la vida llena sus venas, sus dientes blancos, su risa de chica que empieza a ser mala. Su timidez impresionaba, con una voz ronca que salía de una dulzura cerval. Ahora no, ahora puede ya ser sutilmente descarada.

 

El juego de las palabras, las complicidades y alusiones de ayer. ¿Decaes? Puede, pero la charla te rejuvenece, casi te presta una frescura que rutila a su altura. Todo lo que queda de vida en ti bulle de pronto en el juego de las palabras, en una juventud que ya no te pertenece.

 

Clásica escena: Doncellas cortejadas por hombres maduros. Por el coraje de una presencia sensible en este mundo sin alma. Por el don de la palabra, del humor, tal vez del saber o del dinero. Ella es capaz de jugar hoy con todo eso.

 

Rubia palidez resaltada por un alma sombría. Desenvuelta, provocativamente ingenua. Conserva ese toque de atrevimiento prudente de la mujer que ha sido alumna. Respeta, pero juega con la igualdad, con una especie de confianza, de relación. La presencia física, el calor de junio, las miradas. El lenguaje riente nos mantiene en la misma mesa.

 

Cómo un encuentro cambia el coro que tienes en la cabeza. Cómo el lenguaje, las palabras que tengas disponibles, cambia un encuentro. Cuerpos y palabras son lo mismo: lo que nunca sabremos.

 

Mientas tanto, el gotero de su iris sigue reanimando tu convalecencia dubitativa, melancrónica. ¿Hablas castellano, en realidad, con ella? Hablas «en lenguas», labrando el desfiladero del sentido.

 

Y una nueva mutación de una vieja maldición: Tú posees un reino, por eso lo tienes todo y nada a la vez. Entonces sigues: «No me interesa nadie que sea feliz. La felicidad nos hace insensibles, vulgares. Todas los seres radiantes que hemos amado se han vuelto mediocres cuando creyeron llegar a la cima y perdieron su toque de tristeza». Ella mira atenta, entre divertida e incrédula. Puedes estar tranquilo, si el programa es la no-felicidad parece que estás en buen camino.

 

Si no estuvieras tan solo. O no lo estás, y ha sido ella, el torrente de su pelo lacio al caer, lo que ha vaciado tu limbo. Luisa. Dime qué sueñas. Prometo no usarlo para la vida corriente.

 

¿El beso sería la antesala de otra cosa o ya sería suficiente con un beso? Un último beso, lento, húmedo, desfalleciente. Casi es real con sólo soñarlo. ¿Basta con eso?

 

Never for ever. Por si acaso, un homenaje de otro hombre:

 

Saliste de la noche

y había flores en tus manos,

ahora saldrás de una confusa muchedumbre,

de un tumulto de charlas sobre ti.

 

Yo que te vi entre cosas primordiales

me enfadé cuando pronunciaron tu nombre

en sitios ordinarios.

Desearía que frías olas inundaran mi mente,

que el mundo se marchitase como una hoja muerta,

o como vaina de amargón fuese aventado,

para poder hallarte nuevamente,

sola.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.