Kampala-Nueva York

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La última vez que vi a Walter Astrada también era de noche. Él se alejaba por la pendiente del jardín de una casa anclada a una de las siete colinas de Kampala. Roma a nuestros pies. Yo me iba a Congo en unos días y estaba eufórico o, para no faltar a la verdad -y ya sabemos lo importante que es en este tipo de historias-, estaba realmente acojonado. Walter se fue caminando por el jardín adornado con antorchas hasta que la oscuridad borró su silueta y las tinieblas, un tanto diferentes a las de sus fotografías, sólo devolvieron su voz o sus pasos o su risa entrecortada hasta el centro luminoso de aquella fiesta maravillosa.

 

Digamos que fue así.

 

Recuerdo que estuvimos hablando un rato, apenas un paréntesis en el ambiente cada vez más electrizante de una fiesta llena de promesas de todo tipo. Recuerdo también que me dio algunos trucos para mi viaje a Congo y el que ahora lo esté contando, prueba que todos funcionaron. Pero Walter se fue a la mitad, me deseó suerte y se lanzó cuesta abajo hacia la oscuridad de la noche de Kampala y luego, como ya he dicho, sólo me llegaron sus pasos o lo que yo quise creer que era Walter largándose del paraíso. La noche estaba llena de promesas.

 

Dormí sobre un colchón en el suelo y en mi sueño se colaron todos los animales, las mujeres y los hijos de puta con AK-47 del continente africano.

 

Mis encuentros con Walter -un bonito título para el futuro- han sido escuetos. Juntos no suman ni medio día, ni media tarde. En un restaurante italiano de Nairobi, le entregué un paquete. En mi primera noche en la capital de Uganda, Walter vino a buscarme en moto y me dejó en un hotel con una habitación reservada para tres días y un fajo de billetes para que saliera del paso. Lo hice bebiendo unas cuantas cervezas Nile, viendo resúmenes de fútbol y hablando, entre mesa y mesa, con una camarera muy simpática que había venido desde Nairobi a la Makerere University para estudiar Bellas Artes. No recuerdo su nombre ahora, pero era muy guapa.

 

Mis encuentros con Walter siempre terminan de la misma forma: él se va (a hacer fotos).

 

El caso es que ayer por la tarde recibí una llamada de Walter. Está en Nueva York, sólo por unos días, metido en nuevos proyectos que, como sólo consiguen los grandes, reajustarán un poquito el universo en el que nos movemos y pondrán muchas cosas en su verdadero sitio.

 

Nos fuimos a cenar al Soho y luego en el Sweet and Vicious, uno de mis bares preferidos, me dijo que le encantaría escribir. Le dije que no se podía tener todo y creo que estuvo de acuerdo. De vuelta a su hotel, por las calles desiertas y adoquinadas de Tribeca, hablamos de periodismo. Hizo mucho calor anoche y en el metro vi los nuevos planos que han diseñado. El Central Park es ahora de color amarillo.