Kapuscinski y el pacto sagrado con el lector

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Es de noche. Cerrada. Desde aquí no se ve nada más que la calle vacía, en realidad dos calles: la del bulevar y la que se pierde en el horizonte. La luz de mi mesa ofrece un blanco interesante para un francotirador apostado en el abanico de edificios que atisbo desde aquí. Pero no hay nada que temer. Madrid no está en guerra.

 

Es de noche. Se han callado todas las voces. En el matadero, en los museos, en los teatros, los cines, en buena parte de los restaurantes y los bares. En la ciudad sin nombre y en la que recordamos. A veces a duras penas.

 

Es de noche. El resplandor de mi flexo parece calentar la cabeza, pero la inteligencia es otra cosa.

 

 

La foto la tomó Ryszard Kapuscinski en Moscú. Forma parte de la exposición El ocaso del imperio, que ahora mismo se exhibe en la Casa del Lector. Las imágenes fueron encontradas hace unos años en el archivo personal del famoso reportero. Datan de los años 1989-1991, cuando el autor de El Emperador emprendió un viaje por una Unión Soviética que estaba a punto de desgarrarse. 

 

Acompañado de mis amigos Gervasio Sánchez y Ramón Lobo, con quiénes he compartido buena parte de mi carrera periodística, acudí a un debate en el hangar de la Casa del Lector para debatir con Fernando Sánchez Dragó acerca de la figura de Kapuscinski y el corresponsal de guerra. Me agradó compartir mesa con ellos, y sobre todo escuchar sus razones de por qué el periodismo español se ha degradado tanto en los últimos años y cómo puede seguir siendo valioso. Alejarse del poder, contar buenas historias, ir a los sitios. Viejas verdades simples que hemos dejado de aplicar.

 

Cuando se empezó a hablar de la controversia que había desatado en Polonia la biografía que había escrito Artur Domoslawski, su discípulo, amigo y compañero de fatigas en el diario Gazeta Wyborcza, hice una encuesta entre compañeros de oficio. El resultado fue Sombras sobre Kapuscinski. La intervención más osada y al mismo tiempo mejor argumentada fue la de Diego Salazar, periodista peruano de la estirpe de la admirable revista Etiqueta negra. Hizo hincapié en el «pacto sagrado» entre el periodista y el lector. Transcribo dos párrafos del texto que me envió Diego, entonces profesor del Máster de ABC, ahora retornado a Lima y a la redacción de Etiqueta negra:

 

“El pacto con el lector es radicalmente distinto según lo que se escriba sea ficción o no ficción. Esto puede parecer una obviedad, es más, yo creo que es una obviedad. Pero parece necesario recordarlo dada la multitud de voces –algunas de ellas ilustres— que han salido a defender a Kapuscinski (voces que, a menos que el polaco se haya convertido de pronto en uno de los idiomas más hablados del globo por delante del español y el inglés, hablan y se agitan sin siquiera haber leído el libro en cuestión) con los consabidos argumentos de que no existe diferencia entre la realidad y la ficción o que todos los periodistas sazonan o sacan punta a los hechos cuando escriben un libro».

 

“Esos argumentos, por supuesto, son una soberana estupidez, ya que, sólo para empezar, suponen la negación total de la labor principal del periodismo: narrar hechos. El principal deber de un periodista pasa por no mentir, ni exagerar, ni sazonar, ni sacar punta a esos hechos. Y que haya quién lo haga, no significa que esté bien hecho. Porque esta última parece ser la lectura que algunos intelectuales han sacado de este asunto, algo así como ‘Ah, pero si hasta Kapuscinski mentía, cómo no vamos a mentir nosotros'».

 

Cuando finalmente apareció el libro de Domoslawski en España, lo devoré. Me confirmó de forma muy persuasiva muchas de las sospechas sobre el rigor de Kapuscinski como reportero. Lo repetí ayer en la Casa del Lector. No se trata de hacer leña de los muertos, de derribar las estatuas de los maestros. Pero sí de ponerlos en su debido lugar. De nuevo fue Diego Salazar quien hizo una de las reseñas más certeras de Kapuscinski non-fiction, la biografía íntima y periodística del viajero incansable, que hizo del ponerse en el lugar del otro en uno de los ejes de su filosofía, de su manera de desempeñar el oficio.

 

En las páginas de El Imperio, el libro que Kapuscinski escribió tras su largo viaje por la URSS, encuentro no consuelo, sino páginas memorables, que ayudan a entender esta época y sus fracasos, especialmente el horror en que desembocó el gran sueño comunista. Escribe Ricardo (como le gustaba que le llamaran en España) cuando se dispone a abandonar Kolymá, esencia del universo concentracionario levantado en la Unión Soviética: «Pensé en la terrible inutilidad del sufrimiento. El amor sí deja su obra: las generaciones que vienen al mundo y garantizan la pervivencia de la humanidad. En cambio, ¿el sufrimiento? Una parte tan inmensa, tan dolorosa y la más difícil de la vida humana pasa sin dejar huella. Si se pudiera reunir la energía del sufrimiento que habían dejado aquí millones de personas y convertirla en fuerza creadora, se podría hacer de nuestro planeta un jardín frondoso.

 

«¿Y qué queda?

 

«Oxidados cascos de barcos, torres de control pudriéndose, profundos hoyos de los cuales en su tiempo se extraían minerales de metales. Un vacío lúgubre e inerte. No se ve a nadie en ninguna parte, pues las exhaustas columnas ya pasaron y desaparecieron en la fría y eterna niebla».