Keith Haring: Arte para el pueblo

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Keith Haring, el prolífico y talentoso artista que murió de SIDA en 1990, contribuyó al florecimiento del movimiento gay y logró llegar hasta la gente a través de sus pinturas en las paredes y en el metro. Haring representa un momento culminante del triunfo de la cultura popular. Su sensibilidad encajaba con el espíritu de la época, encarnaba el espíritu de la época

En la década de los 70 y los 80, el mundo del arte neoyorquino era muy distinto de como es hoy. El ayuntamiento estaba a punto de declararse en suspensión de pagos, los vagones del metro estaban acribillados de grafitis por dentro y por fuera. Por lo que respectaba al arte la ciudad era mucho más caótica, abierta y experimental, y favorecía a los creadores efímeros. El feminismo y la revolución gay formaban parte de una mezcla de valores que favorecían las actitudes críticas y combativas. Todos estaban a favor de que el arte y la cultura americanas e internacionales fueran accesibles, democráticos, rupturistas. Independientemente de lo que nos parezca el arte de aquellos tiempos (cabría defender que los logros fueron mayores en el ámbito social que en el estético), es indudable que fue un período histórico circunscrito a los valores del momento, que abogaban por la fusión de la revuelta y la imaginación. Keith Haring, el prolífico y talentoso artista gay que murió de SIDA en 1990, perteneció a aquel período. Contribuyó al florecimiento del movimiento gay y, lo que no es menos importante, logró llegar hasta la gente a través de sus pinturas en las paredes y en el metro. Haring representa un momento culminante del triunfo de la cultura popular. Su sensibilidad encajaba perfectamente con el espíritu de la época; se podría incluso sostener que él encarnaba el espíritu de la época.

 

Puede que a aquellos que estén leyendo este artículo desde fuera de los Estados Unidos les resulte difícil comprender los cambios revolucionarios que se produjeron a finales de 1970 y a lo largo de los ochenta, el período de mayor actividad de Haring. La cultura popular, probablemente el concepto que Estados Unidos supo exportar con mayor éxito, resultaba inmensamente atractiva en aquellos momentos en que justamente se consolidaba el legado de los grandes nombres de la pintura pop de los sesenta, cuyo énfasis se centraba en la publicidad y los cómics. Pero estos artistas parecían pertenecer a una forma de cultura elitista, muy alejada de la estética burda y callejera característica de las pinturas que Haring realizaba en Nueva York. Aunque no era neoyorkino de nacimiento (nació en Reading, Pensilvania, en 1958, y se trasladó a Nueva York veinte años más tarde), los carteles de Haring pronto se convirtieron en el símbolo de una mirada despreocupada, aunque también política, hacia la cultura dominante de la ciudad. El arte tenía que llegar al pueblo, proclama de cuño aparentemente marxista, pero que en Estados Unidos servía para enarbolar la idea de que la cultura ha de ser democrática. Las primeras obras de la exposición que realizó en el Museo de Brooklyn muestran a un dibujante con talento, algunas de cuyas creaciones podrían situarse en la órbita del expresionismo abstracto. Pero desde un comienzo, con sus pequeños dibujos y sus anotaciones, Haring condujo su arte a las calles, donde fascinaba por una espontaneidad y una independencia de la jerarquía que acabarían convirtiéndose en su signo distintivo.

 

Al pensar en la obra de Haring nos topamos con una pregunta: ¿Producir obras extremadamente accesibles conduce necesariamente a la banalización de la cultura? A veces sí, pero existen también notables excepciones.  Actualmente, tal vez la música sea el medio con mayor capacidad para satisfacer las más altas exigencias críticas y a la vez llegar a la gente que carece de formación especializada. Algo parecido ha ocurrido con el arte, aunque quizás en menor grado: los artistas se dedican a realizar obras que no exigen del espectador demasiados conocimientos de historia del arte, aprovechando logros de la cultura popular como las botellas de Coca-Cola o los botes de sopa de Andy Warhol. En la práctica, podría decirse que Haring es hijo de Warhol: los dos pretendían deshacerse de los obstáculos que separaban el arte del público de a pie, y los dos aunaron esfuerzos, logrando un prestigio reservado a los artistas de culto, con el apoyo del mundo del arte de Nueva York. En mi opinión, el impulso de Warhol y Haring es esencialmente distinto del de otros artistas pop, como James Rosenquist o Roy Lichtenstein. Los dos primeros estaban probablemente mucho más vinculados al ambiente anárquico de la época, aunque a la vez aspirasen claramente a convertirse en apóstoles chic del buen gusto del momento. En cambio, estos últimos estaban sobre todo interesados en ir remontando los eslabones de una carrera en el sentido tradicional.

 

Con el paso del tiempo, la delgada línea que separa las formas más elevadas de cultura de su versión más popular se ha ido desdibujando cada vez más, hasta alcanzar un punto en que las vidas de los artistas son tan importantes para sus carreras como las obras que realizan. Seguramente Haring desempeñó un papel clave en los comienzos de ese movimiento en pro de una cultura al alcance de todos, en que el entretenimiento y la diversión han sido cruciales para el éxito de muchos artistas. No me corresponde a mí juzgar si las consecuencias de ello son positivas o negativas, aunque creo que es saludable mantener un cierto escepticismo ante los méritos de obras artísticas que se mantienen en niveles mínimos con tal de complacer al espectador, lo que supone asumir la polémica opinión según la cual el público es incapaz de apreciar una estética compleja. Pero Haring y otros artistas como él desarrollaron un estilo popular propio, a pesar de que la sofisticación de sus obras es innegable. La fusión entre un arte consciente del legado histórico del período modernista anterior y los valores de la cultura popular resultó un éxito, pues alcanzó el objetivo de acercar el arte a la gente, en lo que supone un verdadero esfuerzo de importancia histórica. Pero cabe decir, además, que fue un gesto cargado de integridad, y en este sentido es posible que Haring no haya sido suficientemente reconocido como alguien que vivió conforme a sus creencias. Proveniente de los bajos fondos, antes de que su mundo recibiera la atención que probablemente merecía, Haring había tomado la decisión de llevar el arte a la gente, en una apuesta por la comunidad. Su arte, que nace de la estética del cómic, y se caracteriza por gruesos trazos de contorno negro, proporcionaba y sigue proporcionando una especie de satisfacción inmediata. A la vez, el artista conoce la Escuela de Nueva York; la integridad de sus dibujos y sus trazos curvilíneos encajan bien en la tradición del expresionismo abstracto.

 

Se presenta aquí una cuestión de mayor alcance, que explora las relaciones entre el movimiento del arte pop y sus herederos, y la posición  que ocupan los pintores abstractos, representativos de una visión elitista de la cultura. Cuando Haring realiza su obra a finales de los setenta, la Escuela de Nueva York había perdido gran parte de su cohesión como movimiento. Las políticas culturales pronto colmaron este vacío y movimientos como el minimalismo, el arte performativo y el conceptualismo resultaron clave en el distanciamiento del mundo del arte respecto de la sociedad americana. El movimiento gay estaba en plena eclosión y Haring jugó un papel importante en la manifestación del imaginario homosexual, junto con el otro conocido artista y activista gay David Wojnarowicz. Sin embargo, este último era deliberadamente crudo y altamente polémico, mientras que Haring, con igual ambición, abordaba el contexto social del artista gay de manera menos agresiva. Por otra parte, Haring nunca abandonó del todo la abstracción; de hecho, muchos de sus trabajos que retoman el estilo del cómic contienen imágenes no figurativas. Una de las mejores obras de la exposición era una serie de veinticinco pinturas al gouache, de un color marrón rojizo sobre papel, donde las pequeñas formas, una mezcla de dibujos geométricos y modelos orgánicos abstractos, mantenían un diálogo mucho más sofisticado de lo que podría parecer a primera vista. Las imágenes están íntimamente relacionadas entre sí, pero son lo bastante diferentes como para conservar su autonomía.

 

Por otra parte, Haring tenía la capacidad de mostrarse enérgicamente gay. Una de las más antiguas obras que figuraban en la exposición clausurada a comienzos de julio en el Museo de Brooklyn [aunque ahora mismo hay exposiciones dedicadas al Haring en museos de todo el mundo –New York Historical Society, la villa italiana de Caserta y (a partir del 19 de agosto) en el Museo de Arte Moderno de la Villa de París y (desde el 20 de agosto) en la Pontificia Universidad Católica en Santiago de Chile- lo que demuestra que el interés por el artista no mengua], representa un conjunto de dibujos realizados en grafito sobre papel titulados Manhattan Penis Drawings for Ken Hicks (Dibujos de penes de Manhattan para Ken Hicks) (1978). La secuencia, a pesar de sus reducidas dimensiones (cada pieza mide 21,5 por 13,97 centímetros), contiene implicaciones monumentalmente fálicas; se ven penes en forma de altos edificios de varios pisos de altura. Una de las obras reproduce una y otra vez la imagen de unos testículos y un falo erecto hasta hacer que el dibujo parezca prácticamente abstracto. En otra imagen aparecen representados glandes que se transforman en estrellas fugaces, y la última del grupo consiste en una divertida imagen en que el World Trade Center está representado como dos penes gemelos. Como parodia resulta cómica y cautivadora, y no carece de interés artístico, pero cabría suponer que el verdadero objetivo de estos dibujos era familiarizar al mundo (heterosexual) con un imaginario tan explícito  que con toda seguridad resultaría incómodo para algunos. La cultura gay había penetrado por fin el ámbito público y, gracias a esfuerzos como el de Haring, también había llegado a los círculos del arte dominante. La respuesta de Haring consistió en cultivar una imagen de artista callejero, aunque nunca se alejó excesivamente del epicentro de cuanto acontecía en Nueva York, sobre todo porque la ciudad había hecho suya la causa de la cultura popular.

 

Haring a menudo utilizaba cuadernos para trabajar, y una de las agradables sorpresas de la exposición es una muestra de dibujos apretados, complejos y a menudo intrincados, en blanco y negro. Uno de los conjuntos, proveniente de una serie de cuadernos sin título de 1978-1979, presenta unos cuantos diseños estampados de tal complejidad y acabado que difícilmente podemos considerarlos bocetos. Algunos recuerdan los jeroglíficos mayas, otros el arte naïf y marginal, y aún otros dan prueba de una abstracción altamente sofisticada, pero todos estos dibujos revelan una amplitud de registros que muchos espectadores probablemente no sospechaban existiese en el arte de Haring y que, en mi opinión, forma parte de su proceso pop: la ligereza de sus trazos le permitía abordar prácticamente cualquier tema y lograr un resultado gráficamente atractivo. La apertura y amplitud de miras con que Haring se enfrentaba a su trabajo dio como resultado una obra cuyos ecos se dejan sentir en el perenne romanticismo de los jóvenes artistas neoyorkinos, quienes, como cualquier generación, buscan héroes a quienes admirar y contra quienes rebelarse. Ahora que el arte y la cultura pop son una constante en el mundo del arte contemporáneo, figuras fundamentales como Warhol y, posteriormente, Haring han adquirido una importancia casi mítica. Pero conviene recordar que este tipo de obra, y de vida, no son para todo el mundo, pues parecen indicar que las únicas cosas que valen la pena son la cultura del ocio, la fama y la búsqueda del placer, a menudo de orden sexual.

 

La intención de tal crítica no es marginar a Haring quien, para empezar, se enfrentó a sus contradicciones y fue un trabajador infatigable (tan sólo la obra correspondiente a cuatro de sus primeros años de trabajo ocupaba el amplio espacio principal del Museo de Brooklyn). La cuestión es que Haring se negó a separar su vida de su arte en un momento en que la clave de la cultura era la fama. Se convirtió en un célebre personaje de la noche, alguien a quienes los periodistas podían recurrir si buscaban la opinión de un artista abiertamente gay. Haring respondía asumiendo las necesidades del pequeño y marginal mundo cultural al que pertenecía, mediante la realización de obras que recababan un éxito inmediato, incluso las de estilo abstracto, gracias a la simplicidad de sus formas y composiciones. Una de las obras de mayor tamaño (170,2 x 238,8 centímetros) e interés de la exposición es un trabajo en tinta y acrílico de 1979 consistente en un dibujo mitad abstracto, mitad figurativo sobre una base totalmente abstracta, amarilla y naranja. El dibujo que ocupa la parte superior, de trazo negro, es una compilación de imágenes fálicas, estructuras con forma de escalera y formas abstractas sencillas. El conjunto resultante es divertido y de gran valor artístico, aunque cabría decir que las imágenes imponen una distancia con respecto al público que le confiere cierto carácter impersonal. Pero, en otro nivel, esta obra constituye todo un alarde de dominio técnico de la iconografía posmoderna, lo que da cuenta de las considerables capacidades de Haring como artista conceptual.

 

Cabe decir que algunos de los cuadernos y dibujos contienen obras primerizas, trabajos de un interés estético e intelectual menor. En efecto, hay un toque de ironía en el hecho de que una gran institución como el Museo de Brooklyn le dedicara una exposición tan académica a alguien como Haring, un hombre que vivía el día a día, y que produjo tantos ejemplos de arte efímero como obras acabadas. ¿Concedía Haring la misma importancia a sus obras temporales y a las permanentes? Es difícil decirlo, pero parece claro que Haring no percibía conflicto alguno en el hecho de producir arte a la vez curioso e intrascendente, cuya finalidad era el momento concreto. Haring no buscaba la aprobación de nadie; era genuinamente independiente y estaba dispuesto a pagar el precio de su lenguaje deliberadamente llano (de hecho, su época de artista en el metro le costó diversas detenciones). Tampoco era un completo hedonista. En realidad, su arte estaba ligado a su estilo de vida. Así, del mismo modo en que Warhol se convirtió en una leyenda tanto por su vida como por su arte, no se puede entender a Haring sin conocer su forma de vivir la ciudad, así como su participación sin complejos, casi extática, en la escena gay.

 

La verdad es que es bastante probable que un artista como Haring acabe siendo más conocido por su actitud agresiva ante los problemas sociales de la época, un período en que era necesario reivindicar la identidad para demostrar que ciertos grupos, incluidas las minorías en razón de su orientación sexual, estaban vivos y gozaban de buena salud. En este sentido, el deseo gay ya no se vería marginado como un tabú, como algo que ni siquiera puede mencionarse públicamente. Haring desempeñó un papel decisivo en la contextualización de la identidad queer como correspondía, sin retroceder ante las consecuencias. Desgraciadamente, moriría en 1990 víctima del SIDA, la enfermedad gay por antonomasia. En un diario de 1977, dos páginas del cuaderno se hallan completamente cubiertas de pequeños dibujos color naranja, círculos dentro de otros círculos, cuadrados dentro de otros cuadrados, estructuras que recuerdan dientes. Pero en la parte inferior de la segunda página vemos un solitario punto negro dibujado. Parece como si un virus se hubiera infiltrado en medio de la alegre composición abstracta de la viñeta, como una especie de premonición del SIDA. La memoria cultural americana es de corto alcance, y se podría decir que la enfermedad ha sido olvidada, ahora que se considera una afección crónica, y no un síndrome agudo. Pero para gente como Haring, la enfermedad no fue salvaje sólo porque acabó prematuramente con su vida; fue una realidad devastadora para el conjunto de la comunidad gay de Nueva York.

 

Sin embargo, Haring era demasiado perspicaz como para caer en el victimismo; su legado nos habla de una persona que vivió conforme a sus creencias. Y, por otra parte, su cuota de popularidad encaja perfectamente con la idea de Warhol, tantas veces mentada, de que todo el mundo tiene derecho a quince minutos de fama, en parte porque Haring compartía la visión de que sólo lo efímero (fotos de pequeño tamaño, recortes de prensa, folletos) permanece. En esta exposición, la presencia de la palabra es mayor de lo habitual, debido a que a Haring no le importaba únicamente la percepción gay, sino que estaba interesado en participar en un debate serio sobre arte. Se puede discutir hasta qué punto los textos y las obras gráficas de Haring se corresponden con un imaginario más ambicioso, pero debemos recordar que, a la vez que ensalzaba un modo de entender la vida, cultivaba un tipo de arte deliberadamente hecho en el momento y para el momento. La crudeza de sus diseños y sus líneas burdas ponen de relieve la relación de Haring con un universo improvisado dedicado al entretenimiento, algo que sigue existiendo hoy día en barrios como el Lower East Side. Su amor por lo improvisado contribuyó a crear su leyenda y, en torno a 1980, empezó a dibujar sus características figuras de trazos sencillos, rodeadas de pinceladas cortas que intensifican la acción, o ayudan a poner de manifiesto presencias nebulosas, dependiendo del caso.

 

El cómic es un elemento de la obra de Haring cuya importancia no se puede exagerar. Las figuras se reducen a contornos negros con práctica ausencia de todo detalle, mientras que las imágenes individuales a menudo parecen ser las ilustraciones de una historia cuyo desenlace por otra parte desconocemos. Este tipo de imágenes puede hacer que a veces la obra resulte vulgar, como sucede con el hocico de cerdo puesto boca arriba, pero esto es consecuencia de la voluntad de ser accesible. Para el arte contemporáneo, el público lo es todo, hasta el punto de que sus creaciones se dirigen a personas completamente ignorantes de lo que significan la abstracción y el intelectualismo característicos del modernismo. Así, cabe sostener que la obra de Haring reclamaba deliberadamente una audiencia que, en su mayor parte, no se interesaba por artistas más sofisticados. Una pregunta surge inevitablemente tras este razonamiento: ¿fracasó Haring en su misión al simplificar en exceso sus imágenes o, por el contrario, triunfó al encaminar directamente su discurso a la gente normal? Existe un momento en que el arte deja de ser divertido y comienza a exigir parámetros más elevados, a pesar de que en el estadio actual, la democratización de la cultura en América está en crisis, en favor de obras de arte más crípticas. El arte de Haring participa de este movimiento; de hecho, puede considerársele uno de sus agentes principales. El espectador formado artísticamente puede sentirse alejado de obras que colman sus expectativas de manera tan sencilla. La simple imagen de un perro, de una persona en cuclillas o arrastrándose puede contener un atractivo para las masas, pero difícilmente conducen al espectador por el camino de la educación ilustrada.

 

Puede que, de hecho, sea injusto criticar a Haring por volcarse en un lenguaje al alcance de todos, pues a fin de cuentas hizo lo que se había propuesto hacer. Spaces with Ray (Nave espacial con Ray) (1980) consiste en unas naves espaciales circulares que lanzan un rayo mortal al más alto de una serie de edificios. El halo, ubicuo en la obra de Haring, rodea al rascacielos, que no resulta visualmente atractivo, puesto que es una simple silueta con un tejado en ángulo. Sin embargo, es una imagen sugerente, a pesar de que su perdurabilidad es claramente limitada. Otra obra, Gloryhole (Sexo a ciegas) (1980), nos muestra a un hombre desnudo, sin cabeza, que penetra un muro con el pene erecto, el cual sobresale en un espacio abierto donde vemos a una multitud de hombres con las manos alzadas, en un gesto claro de homenaje a la sexualidad de la imagen. Ambas obras están presididas por la estética del cómic, tanto que parecería que Haring se ha arrinconado a sí mismo, a fuerza de explorar este territorio. En la primera obra, el edificio se encuentra rodeado por el aura característico de Haring que consiste en breves trazos negros sobre una neblina rojiza, lo cual se repite en torno al pene de la segunda obra. En mi opinión, a veces el resultado es más burdo que acertado, pero debemos tener presente el espíritu del momento, en que las minorías étnicas, raciales y sexuales llevaban a cabo una dura lucha por los derechos humanos de sus grupos.

 

En las obras posteriores comienza a imponerse una mentalidad publicitaria. En su afán de conservar la coherencia de sus imágenes, Haring mantuvo la morfología global de sus composiciones simple y accesible. Manifiesta un cierto interés por alienígenas y naves espaciales, las cuales capturan unas figuras huecas mediante unos rayos que parecen abducir a los personajes representados debajo. Los perros, una de sus imágenes favoritas, pasaron a ser objetos sexuales, junto con otras figuras realizando multitud de actividades, algunas de ellas también de carácter sexual. Haring utilizó tinta sumi y acrílico sobre papel para realizar en 1881 un llamativo dibujo de grandes dimensiones (2,4 x 3 metros) que representa las siluetas de dos animales erguidos, posiblemente perros humanoides, que parecen hablar y bailar juntos. Diseñadas en rojo, estas criaturas contrastan con las figuras verdes distribuidas desordenadamente por todo el cuadro. Al igual que el poeta gay Allen Ginsberg, Haring resulta a veces simple y reduccionista, pero nunca deja de despertar interés, en parte porque sus personajes desempeñan actividades que resultan familiares al público. Tampoco Haring carece de sentido del humor y de capacidad para reírse de sí mismo; en una obra sin título de 1982 Haring muestra una sencilla figura perfilada en negro que se tapa los ojos mientras huye de un cartel que representa a un grupo de gente que baila frenéticamente, en una composición completamente realizada a base de trazos negros. Por lo que parece, a veces incluso el propio Haring llegaba a cansarse de la simplicidad de su estética, y era una persona lo suficientemente lúcida como para burlarse de su propio arte.

 

En otra obra sobre papel, realizada en junio de 1982, Haring nos muestra a dos ángeles con alas desproporcionadamente grandes que copulan con perros. Sobre ellos vemos a otros tres ángeles con unas cruces rojas en el lugar de sus ojos, revoloteando arrastrados por corrientes de aire. Esta escena resulta caóticamente cómica, pero también da la impresión de que Haring pretende equiparar la amplitud de registros del deseo sexual tal como él lo entendía, con una especie de desorden social y espiritual, según la cual las acciones que nos hacen sentir bien deben ser aceptadas tal como son. Otra imagen sexual nos muestra a tres hombres con enormes penes erectos; un gran corazón separa una de las figuras de las otras dos. Las considerables dimensiones del cuadro (182,8 x 285,7 centímetros) contribuyen a que percibamos la imagen como lo que es, sin tapujos. La pintura, realizada con tinta sumi y pintura fluorescente sobre papel, está plagada de los frenéticos trazos negros que caracterizan a Haring. El corazón, del que caen unas cuantas gotas de pintura, no remite a ningún sentimiento, sino que celebra la libertad sexual de que los gays disfrutaban en aquella época. La simplicidad de las pinceladas ayuda a realzar las imágenes más reconocibles, con la intención de que las figuras pierdan su anonimato inicial y se conviertan en chicos-anuncio que irrumpen en un mundo dominado por el erotismo.

 

Por desgracia, aquel momento tan marcado por la sexualidad se vería maculado por la presencia del SIDA, que diezmó las filas homosexuales de Nueva York y de otros lugares. Súbitamente, el movimiento de Haring a favor de un arte para todo el mundo se transformó en un campo de la muerte provocado por la intimidad sexual. Como el fotógrafo Robert Mapplethorpe, Haring representó un momento de libertad en la historia gay, reivindicando sus derechos mediante imágenes que reflejan un erotismo anárquico. Haring fue observador y protagonista de este movimiento, al que aportó un humor lleno alegría sin importarle las consecuencias, que se revelaron a la vez lúgubres y brillantes. Su éxito fue auténtico, en tanto que artista determinado a llevar el arte a personas alejadas de ese mundo remoto y encerrado en sí mismo al que él pertenecía. De hecho, practicó una fusión perfecta de arte y política, en la que la pura diversión desempeñaba un papel esencial. Los tiempos son más serios actualmente, y la ligereza de ciertos movimientos ha desaparecido. En el futuro sólo podremos esperar que aparezcan nuevos artistas como Haring, que no concibió límites entre la vida que vivió y el arte que realizó. Su actitud visionaria es como la democracia radical, que sirve como un recordatorio de que la protesta y la política pueden ser parte de un gran escenario artístico. En este sentido, Haring no sólo tenía mucho que decir, sino que realmente marcó el camino.

 

 

 

Jonathan Goodman es poeta y crítico de arte. Ha escrito artículos sobre el mundo del arte para publicaciones como Art in America, Sculpture y Art Asia Pacific entre otras. Enseña crítica del arte en el Pratt Institute de Nueva York. En FronteraD ha publicado, entre otros, Eugène Atget: el lírico olvido, John Chamberlain: el ‘encaje’ de la escultura, Willem de Kooning: el primero entre iguales, Rong Rong: chino romántico, Los dibujos escultóricos de Serra, Pistoletto. Teatro para todos, Liu Fei: una sonrisa perfecta,  Mark Lombardi, la conspiración como arte, El impulso gráfico del expresionismo alemán, Gerhard Richter en el Drawing Center y Gema Álava, un mundo atrevido.

 

 

Traducción: Susana Lago Ballesteros

 

 

English version

Autor: Jonathan Goodman