Kerouac y el jazz contra el vuelo de Superman

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El que haya dicho que “las comparaciones son odiosas” es un pendejo. Porque ¿Cómo saber si somos inteligentes, medio inteligentes o inteligenticos, si no es midiéndonos con respecto a los otros? Y lo mismo funciona con la belleza, la lejanía, la lentitud. Las comparaciones son kilos en los hombros para que sepamos donde estamos parados. No es gratuito que Descartes haya inventado el plano X-Y para facilitar la comprensión de la naturaleza. Y si a simple vista las películas Superman y On the road, parecen completamente disímiles, el vínculo más obvio entre ellas es su origen.

 

“La penetración cultural yanqui” a veces me corroe los huesos hasta el fastidio y otras veces quedo atrapado por su calidad y eficacia. (¿En cuestiones de arte también hay una diferencia entre eficiencia y eficacia?)

 

Resulta pasmosa la arrolladora influencia que tienen los gringos sobre la cultura: el cine, la música, la literatura y el periodismo narrativo: las cosas que me gustan más ellos. El periodismo de Capote, Mailer y Thompson, por nombrar nada más tres de la pléyade. Kurt Vonnegut. J. D. Salinger, William Burroughs, Navokov, Foster Wallace, Palahniuk y Bukowski, saltándome un resto de literatos. El rock and roll es definitivo. Y el cine y Superman.

 

 

 

Cuando tenía seis años, mi super héroe favorito era Superman. Mi más profundo anhelo era volar. Incluso hoy en día, es recurrente que me despierte recordando el sueño de la noche cruzando el aire por encima de bosques y lagos. No exagero si digo que conozco perfectamente la sensación de volar.  A los seis años, yo era Superman y Supergirl mi novia. Supergirl: una mamacita a la que dedicaba esa canción de Camilo Sesto: Fresa salvaje. Últimamente mi superhéroe preferido es Hellboy, porque me recuerda la imagen ruda y a la vez tierna de Bukowski.

 

Y entonces gracias a ese recuerdo de infancia uno paga la boleta para El hombre de Acero, la nueva versión de Superman, para comprobar a los veinte minutos que perdí dinero y tiempo. El guión es muy malo y el truco consiste en pretender camuflar la flojera de la historia con un despliegue monumental de efectos especiales. La primera parte, en la que se narra la historia de los padres del superhéroe está bien: hay un conflicto interesante, los obstáculos progresan y uno incluso se llega a emocionar. Pero en adelante sigue los bostezos. Y lo peor, las peleas a puño limpio parecen que nunca van a acabar. Algún crítico dijo: “Si cada generación recibe el Superman que se merece, El Hombre de Acero sugiere que nos hemos ganado uno totalmente sin ingenio y encanto”.

 

-Lo que pasa es que sos un amargado –me dice alguien-, menos mal no sos crítico de cine.

 

Y no es que me haya parecido la gran bomba pero viendo On the road no bostecé, como en Superman. En el camino es la adaptación de la novela homónima de Jack Kerouac, que describe un viaje desenfrenado de un grupo de jóvenes en busca de la inspiración a finales de los años cuarenta.

 

Vamos a buscar un buen resumen de la peli porque, si bien no soy crítico de cine, la manía de los periodistas de copiar, pegar y no citar es fácil de aprender. Acá va: Tras la muerte de su padre, Sal Paradise un neoyorquino que aspira a ser escritor, conoce a Dean Moriarty, un expresidiario entretenido y carismático casado con la liberada y seductora joven Marylou.

 

La peli es un relato sobre unas gentes que fundamentalmente viajan mucho por Estados Unidos con desplazamientos rápidos, viviendo esa experiencia como fin en sí misma y en medio del alcohol, el sexo, las drogas y el jazz. Todo mochilero o tratamundo que salga a una carretera a hacer auto-stop tiene una deuda con Jack Kerouac.

 

El libro fue considerado una auténtica obra de culto y dio inicio a la llamada Generación Beat: escritores estadounidenses de la década de 1950 caracterizados por el anticonvencionalismo de su obra y su estilo de vida. Escribían su profundo desencanto ante la sociedad contemporánea y el deseo de escapar de los opresivos valores de la clase media. Su estilo estaba marcado por la improvisación y la revelación visionaria, que en su opinión se alcanzaba a través de las religiones orientales (como el budismo), las drogas, el sexo y el alcohol.

 

Su literatura es enormemente personal y subversiva. La poesía y la prosa de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William S. Burroughs y Lawrence Ferlinghetti hallaron eco en el mundo del arte y de la música, e inspiraron también un activo movimiento de protesta social que marcó los inicios de la contracultura, cuyo impacto en años posteriores fue sin duda notable.

 

 

 

 

Pero la película no es tan buena como el libro. No transmite esa vitalidad, como tampoco la paulatina liberación sexual de la mujer, la reivindicación del colectivo homosexual o la ruptura de los esquemas raciales predominantes. Y en palabras textuales de una amiga: “no puede desconocerse que en comparación con el libro falta mucha fuerza y profundidad en los personajes que tiene una búsqueda compleja, sobre todo los escritores”.

 

Ahora, lo mejor de la peli son las referencias que hacen a los poemas de Ginsberg, la novela de Proust «Por el camino de Swann» y, definitivamente, la música con altas dosis de jazz.