Kleist

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“Al verla, August palideció; se levantó inmediatamente agarrándose a sus amigos con firmeza, como si temiera que las piernas fueran a fallarle, y antes de que los jóvenes pudieran imaginar lo que pretendía hacer tomó de sus manos una de las pistolas que le habían ofrecido y, haciendo rechinar los dientes de rabia, disparó sobre Toni. La bala le atravesó el pecho. Apenas pudo lanzar un quejido de dolor,…, dio unos pasos hacia August y cayó a sus pies.

 

La muchacha que sufría convulsiones y se apretaba la herida con la mano balbució señalando a quien le había disparado:

-¡Decidle….!¡Decidle…!- repetía entre estertores.

…Adalbert y Gottfried se levantaron , y sin dar crédito a la terrible crueldad de August, le preguntaron a gritos si sabía que quien le había salvado era la muchacha, que le amaba y lo había sacrificado todo, padres y bienes, para huir con él a Puerto Príncipe.

 

-¡Es verdad!- dijo August mientras los primos trataban de arrancarlo del cuerpo sin vida de ella.- No debería haber desconfiado de ti pues eras mi prometida y estábamos unidos por un juramento.

…Sus esfuerzos fueron en vano pues el plomo había atravesado el cuerpo de la muchacha de parte a parte y su alma ya había huido a las estrellas, donde sería más feliz Entretanto, August cogió la otra pistola que aún estaba cargada y se descerrajó un tiro en la boca. Aquella nueva atrocidad acabó de trastornarlos a todos. Fueron a ayudarle pero tenía el cráneo destrozado, y había partes de su cerebro pegadas a las paredes de alrededor.”

 

 

Heinrich von Kleist. “Los esponsales de Santo Domingo”. Enrique de Kleist, como lo traduce una vieja enciclopedia, se suicidó en Berlin frente a las bellas y apacibles aguas del Wannsee en compañía de su amada en 1811. Apasionado, vigoroso, a punto de exhalar su último aliento en cada línea, Kleist es el romántico por antonomasia. Me acordaba de él esta noche después de digerir a duras penas uno de esos bodrios sentimentaloides americanos. El político rubio y de ojos claros se enamora de la chacha peluda e hispana que sueña con convertirse en Cenicienta y calzarse un traje rosa que le realce las tetas. El colmo de la felicidad consiste en llevar al hijo prepubertoso de ella al colegio concertado del Bronx mientras ambos se atiborran a burritos y pasan el resto de sus días comprando cada dos años un nuevo iphone en el Mall, engordando como cerdos recebados, buscando donde está Irán en el mapa, y eligiendo las iniciales entrelazadas que decorarán sus toallas. Romanticismo de panolis…