Knockin’ on Dylan’s door

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Suena False prophet, de Bob Dylan

Hoy, domingo 24 de mayo, es el aniversario de Robert Allen Zimmerman, pero nadie se acuerda de él, porque, claro está, hace ya muchos años que él mismo decidió que iba a ser Bob Dylan para, así, regalarnos algunas de las mejores canciones de la Historia de la música contemporánea. El controvertido y esquivo cantautor, polémico Premio Nobel de Literatura en 2016, cumple 79 años y lo hace anunciando Rough and rowdy, un nuevo álbum de estudio –el trigésimo noveno-, con adelantos como False prophet en el que deja constancia que todavía le queda cuerda para rato, un largo camino por recorrer a través del cual, quién sabe, seguir reinventándose para, como él mismo afirmaba, demostrar que “la vida no es buscarse a uno mismo, sino que se trata de crearse a uno mismo”.

Y junto a ese esperado nuevo álbum, el anuncio, también, de una nueva película en la que el músico nacido en Duluth será encarnado por Timothè Chamalet bajo la dirección de James Mangold con quien, parece ser, colabora estrechamente el propio Dylan, y que no es precisamente un novato a la hora de llevar a la pantalla las complejas y, por momentos, contrariadas personalidades de músicos famosos, como en el caso de En la cuerda floja (Walk the line, 2000), basada en la vida de Johnny Cash. Un film en el que, por cierto, Joaquin Phoenix, interpretando al conocido como “hombre de negro”, versionaba It Ain’t me, Babe, de Bob Dylan.

Habrá que ver si este es un producto surgido a rebufo de la exitosa tendencia implantada sobre biopics musicales, con propuestas como la convencional y “soft” Bohemian Rhapsody (2018), de Bryan Singer, centrada en la figura de Freddie Mercury, la impetuosa y deslumbrante Rocketman (2019), de Dexter Fletcher, sobre Elton John, o la más reciente Judy (2019), el trágico e intenso relato dirigido por Rupert Goold sobre la malograda vida de Judy Garland. A la espera estamos por comprobar si esta nueva propuesta es capaz de poner en imágenes la zigzagueante y discutida trayectoria del primer Dylan quien, una vez alcanzada la fama y convertido en nuevo referente de la canción folk, decidió reinventarse, escapar de esa tradición de discípulo de la música tradicional norteamericana, para alcanzar un nuevo status como estrella del rock a golpe de guitarrazos eléctricos. Puede resultar demasiado alargada la sombra de esa biografía apócrifa y cubista que es I’m no there (2007), de Tod Haynes, una de las mejores películas del S.XXI, y la mejor forma de acercarse a la naturaleza del mito que automáticamente se desmitifica, de la personalidad opaca que huye de su leyenda a través de máscaras porque “cuando alguien lleva una máscara es más probable que te diga la verdad” (Bob Dylan).

La relación de Dylan con el cine ha sido irregular, por momentos decepcionante, pero también fructífera, sobre todo de la mano de Scorsese, y a través del cine (aparentemente) documental. Lo demuestran No direction home: Bob Dylan –A Martin Scorsese Picture (2005) y la más reciente y fascinante, Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese (2019), que poco tiene de documental –más allá del origen de la mayoría de las imágenes que la componen- y sí de mascarada perpetrada por la complicidad surgida entre músico y cineasta, dispuestos ambos a demostrar la cita que ilustraba el inicio de otro maravilloso “fake” cinematográfico como My mexican bretzel: “La mentira es otra forma de contar la verdad” (Paravadin Kanvar Kharjapali).

En la ficción, la relación de Bob Dylan con el cine se inició cuando decidió componer la banda sonora de Pat Garrett and Billy The Kid (1973), de Sam Peckinpah, tras el entusiasmo que le provocó la lectura del guion que su amigo, el novelista Rudy Wurtlitzer, había escrito. El polémico y maldito Peckinpah, que por aquel entonces gozaba de cierta reputación a raíz del éxito obtenido por Grupo salvaje (Wild bunch, 1969), no tenía ni idea de quién era Dylan, de lo que implicaba su figura en la cultura norteamericana, ni conocía su música, más allá de alguna canción que hubieran escuchado a través de sus hijos. Pero Dylan no solo acabaría componiendo su banda sonora, sino que acabaría interpretando en la película el papel de Alias, uno de los miembros de la banda de Billy The Kid, personaje parco en palabras además de ser el único que no lleva una pistola.

Dentro de la banda sonora se incluiría una de las canciones más reconocidas y versionadas de toda su amplia discografía: Knockin’ on heaven’s door, que ilustra la que posiblemente sea la más hermosa muerte que se haya visto en el cine. La secuencia es la siguiente:

Pat Garrett, convertido ya en agente de la ley para proteger los intereses de los terratenientes, llega al rancho de Black Harris, antiguo compañero de tropelías de Billy The Kid. Lo hace acompañado del inicialmente reticente sheriff Baker y su esposa. Lo que acontece es el virulento y sanguinario tiroteo característico de Peckinpah en el que los balazos parecen traspasar la pantalla y que acaba con Baker herido de muerte. Entonces, este se encamina moribundo hacia el ocaso y, junto a un riachuelo, encara la muerte agónica; su mirada es una despedida muda a su amada esposa que le observa y se la devuelve con ternura y lágrimas en los ojos.

Confesaba Dylan que había escrito esa canción para Slim Pickens y Kati Jurado porque sentía que debía de hacerlo tras ver las imágenes filmadas por Peckinpah. De ahí, surgió esa letra y esos acordes que funcionan como elegía, pero tras los que se esconde un alegato en contra de la heroicidad que implica participar en la guerra –el fracaso de la guerra de Vietnam subyace en su letra- y que acaba por llevarnos a alcanzar un cierto misticismo con esa llamada a las puertas del cielo. En el momento de registrar el tema para la banda sonora, mientras se proyectaban las imágenes del film, el baterista Jim Keltner confesaba que nohabía podido evitar llorar durante su interpretación.

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