KurdistanLand: gentes de las montañas, nunca un Estado

0
314

A pesar de vivir en la región desde hace milenios, los kurdos nunca alcanzaron el estatus de Estado. Rechazados por los países donde residen, intentan superar la guerra en Siria, el pasado reciente de Irak o las acciones terroristas del PKK en sus valles

 

 

Existe un lugar en la tierra donde el libro del Génesis sitúa la montaña sobre la que se posó el Arca de Noé después del diluvio universal. Había transcurrido el decimoséptimo día del séptimo mes. Ararat –en hebreo-, no es hoy otra cosa que un volcán cuya cima siempre está cubierta por un manto de nieve y todo un símbolo de Armenia. Su espigada y robusta estampa, junto a la de su hermano el monte Sis, forma parte de la leyenda, tradición e inspiración artística del país. Por capricho de la escuadra y cartabón de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la cima quedó enclavada  dentro del territorio de la actual Turquía, a comienzos del siglo pasado.

 

Su aspecto imponente y visible desde varios estados limítrofes parece abrigar la identidad común de todo un pueblo, asentado a ambos lados de un sinfín de alambradas de espino que se cruzan y abrazan a lo largo de un territorio de miles de kilómetros cuadrados y de una geografía abrupta e indomable.

 

Los vientos fríos imprimen carácter, rocoso y guerrillero, a una comunidad milenaria de origen y lengua indoeuropea que habita estas tierras, fracturada por el capricho de las fronteras políticas.

 

Otra de las múltiples leyendas de la zona sitúa la tumba del patriarca del Arca en la fronteriza Cizre. El sepulcro destaca por sus inmensas dimensiones. En su interior más parece haber estado enterrada alguna de las jirafas salvadas del barco bíblico que el propio Noé.

 

La ciudad cambió el tráfico de turistas por el paso incontrolado e incansable de refugiados que huyen del interior de Siria, de sus poblaciones baqueteadas por la metralla y quemadas por el estruendo de unas bombas que rara vez diferencian la procedencia étnica de sus víctimas. Cizre, al igual que otras tantas urbes y aldeas próximas a la interminable frontera de la nación kurda, es espectadora de excepción de los combates en la vecina Siria, aunque el éxodo de civiles no es comparable al que viven otras poblaciones más cercanas a Alepo.

 

Entre tradiciones y lugares santos protagonistas de leyendas, treinta millones de kurdos sobreviven a las convulsas fronteras de Turquía, Irán, Irak y Siria. Otros pocos también lo hacen en Líbano, Georgia, Kazajstán o la ya mencionada Armenia. Son hijos de los hijos de Noé. Sem, Cam y Jafet (Génesis 9:18s) poblaron estas tierras y debieron dotar a sus gentes de ese aire rudo y pieles curtidas en climas extremos. Hombres y mujeres de caras cortadas por el viento y manos resecas por el frío y el permanente contacto con la tierra.

 

Sus comunidades se asientan sobre algunas de las mayores reservas de agua y petróleo de Oriente Medio. Sus orígenes se remontan a tribus montañesas de los antiguos imperios mesopotámicos. Convertidos al islam desde el siglo VII, intentan conservar sus tradiciones en pequeñas aldeas al abrigo de cordilleras hostiles, pobladas por milicias y ejércitos de diferentes Estados y etnias enfrentadas, a veces todos contra todos.

 

A pesar de vivir en la región desde hace milenios, los kurdos nunca alcanzaron el estatus de Estado. Rechazados por los países donde residen y dedicados a la cría de ovinos y cabras, intentan superar la situación bélica de la guerra en Siria, el pasado reciente de Irak o las acciones terroristas del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en sus valles. El grupo armado aspira a desgastar al gobierno de Ankara y combatir su política de represión contra quienes, despectivamente, la mayoría de la población turca llama “kurdos de las montañas”.

 

Los habitantes de los montes Taurus –al este de la Anatolia-, Zagros y Jorasán –en Irán-, y los enclaves del norte de Siria e Irak están acostumbrados al ruido de las balas y las bombas, pero no siempre conocen la identidad de aquellos que disparan. Las aldeas fronterizas son atacadas un día por las tropas de un régimen y al otro por milicias árabes o incluso kurdas instaladas al otro lado de las alambradas.

 

La comunidad kurda es la minoría étnica más numerosa del mundo sin Estado. Su historia está escrita tras superar capítulos de políticas de exterminio.

 

La actual guerra en Siria provocó la intervención kurda del Consejo Nacional contra las tropas de Bashar Al Assad, para proteger así a casi dos millones de personas. Este diez por ciento de la población del país tiene prohibido usar su lengua en público y tampoco puede disfrutar de los mismos derechos que los árabes. La alianza con el Ejército Libre Sirio apenas duró algunas semanas.

 

El conflicto sirio puede llevar a los kurdos a luchar por la autonomía de su región, tal y como sucedió en la vecina Irak y abrir así un nuevo frente. La región kurda de Siria estuvo al margen de la guerra durante meses, pero ahora los enfrentamientos con los milicianos del Ejército de Liberación y las tropas de Damasco se repiten con cierta frecuencia. El control del Kurdistán sirio y sus riquezas petrolíferas están en el horizonte.

 

Recientemente, miembros de Hizbulá se unieron a la lucha a favor del régimen de Damasco, complicando aún más la situación. Además, las bombas sirias sobrepasan la frontera turca en demasiadas ocasiones y colocan a Ankara al borde de la intervención militar. Rusia e Irán, aliados de Al Assad, temen la implicación de Turquía, acusada por Damasco de colaborar con los rebeldes y de permitirles la libre circulación por sus montañas.

 

Tradicionalmente, Siria siempre estuvo abierta al diálogo con su población kurda. La práctica totalidad de su petróleo se extrae de territorio mayoritariamente ocupado por esta etnia. De hecho, a finales del siglo XX, Al Assad cedió ante determinadas demandas históricas. Preocupada por sus consecuencias, Turquía firmó un importante acuerdo económico con Damasco y exigió a cambio que Siria dejara de colaborar con su eterno enemigo, el PKK.

 

Entretanto y fieles a su historia, los kurdos resisten a tiempos de violencia e inestabilidad aferrados a su estructura de clanes. Cientos de aldeas colgadas de montañas escarpadas y de paisajes áridos, cortados por vientos extremamente fríos, esperan la llegada de tiempos mejores confiando en su unidad tradicional basada en la comunidad tribal y en el poder del aga (en inglés agha) o jeque, una figura con gran influencia entre los suyos en cuestiones civiles y militares desde los tiempos del Imperio Otomano.

 

El matrimonio es endogámico, aunque existen excepciones. Muchos varones son desposados con apenas veinte años; las mujeres, sin haber alcanzado la adolescencia en muchos casos.

 

Esta forma de convivencia se mantiene en las zonas rurales. La tradición desaparece poco a poco en los núcleos urbanos, a los que buena parte de los kurdos tuvieron que huir en los últimos tiempos víctimas de las persecuciones de los diferentes gobiernos de la zona, unidos en su acoso y represión hacia este pueblo  y empeñados en provocar su emigración hacia diferentes países europeos. Esta realidad se repite desde el final de la Primera Guerra Mundial, cuando las grandes potencias decidieron repartirse las riquezas del Kurdistán sin consultar con los principales implicados.

 

La comunidad kurda ve negada su identidad, impedida en el uso de su lengua y costumbres y también en el desarrollo de su vida cultural e intelectual. Sus derechos son zarandeados por los intereses geoestratégicos de las potencias mundiales y los países de la zona.

 

Precisamente esa organización social en clanes rurales dificultó desde siempre la posibilidad de potenciar el nacionalismo kurdo y hacer así un frente común, más allá del país que habitaran.

 

Mientras las comunidades kurdas se asienten sobre grandes bancos acuíferos, extraordinarias reservas petrolíferas y de gas natural, y las más ricas tierras para el cultivo de cereales de Oriente Medio, sus gentes deberán asimilar su eterno papel de parias y de cabezas de turco. Cabezas de turco, de sirios, de iraníes e iraquíes…

 

 

 

Abel Ruiz de León es periodista y fotógrafo, autor de los libros Kosovo, venganza en la tierra de los cuervos y Escuchar a Iraq. Sus blogs: http://www.abelruizdeleon.com y http://www.abelruizdeleon.com/blog

 

 

Artículos relacionados:

 

Siria en llamas: ¿anticipo de una nueva guerra fría?, por Lino González Veiguela

¿Divide y provoca sectarismos la rebelión?, por Carla Fibla

Turquía, a la caza de sus periodistas, por Eduardo del Campo

¿Revolución islámica?, por Carla Fibla

Una historia, dos imágenes, por Joseba Louzao

Autor: Texto y fotos: Abel Ruiz de León