La alfombra mágica

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En la facultad de Políticas de la Complutense, la guarida, recuerdo que todo el mundo estaba sentado en el suelo. En el cielo estaban las pancartas, en el suelo los hombres (y las mujeres) y en el aire el humo de los cigarrillos y de los porros. Y sobre los bancos las litronas...

 

Deben de haberle venido bien a Pablo Iglesias esas alfombras tan acogedoras para la sentadilla en el Congreso o la performance de profe-colega, de profesor Keating que se sube a las mesas para que sus alumnos vean cómo es todo desde las alturas. Cualquiera diría que lo que pretende es llamar siempre la atención. O dar una lección. O ambas cosas. Uno se sienta a escuchar a Pablo sobre la alfombra y su mensaje tiene que ser diferente. Ya no es la calle, ni siquiera el Congreso, sino algo parecido a la tierra de Galilea o a las alfombras de Saladino donde se escucha el hebreo y el persa. Todos somos sus alumnos. Pablo no ve hombres (ni mujeres). Pablo ve un aforo enseñable y manejable. Yo recuerdo que era una cosa novedosa que un profesor nos llevara al parque del Retiro a dar clase. Lo de sentarse en el suelo no lo veía tan claro, ni siquiera sobre la yerba, o incluso peor sobre ella. Otra cosa es sobre una alfombra. El suelo (hoy la alfombra)  es una tendencia podemita. Es como si el podemita hubiera surgido del suelo, como las raíces, la naturaleza, entre las junturas del cemento. Un podemita enseguida se echa al suelo como el toro que llevara clavado el estoque de los poderosos. En la facultad de Políticas de la Complutense, la guarida, recuerdo que todo el mundo estaba sentado en el suelo. En el cielo estaban las pancartas, en el suelo los hombres (y las mujeres) y en el aire el humo de los cigarrillos y de los porros. Y sobre los bancos las litronas. Ese debe de ser el afán podemita: la inversión de la colocación o la subversión, diríase un mero concepto estético discutible que sin embargo no admite discusión. El 15M como principio, el frío suelo de la calle, y el escaño como destino o la calidez, el lujo, de las alfombras decimonónicas. Ya se escucha el bárbaro gañido (lo supuestamente hermoso también es suyo, como la Gente) por todos los rincones del Parlamento donde también se sientan en el piso, no sólo en el escaño, ahora sobre las cómodas alfombras de la casta como Cocodrilo Dundee (el héroe capaz de hipnotizar a los animales, protagonista de una comedia), que no podía dormir en la confortable cama del Plaza pero sí sobre la moqueta.