La atracción del bosque

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Ramón Trigo, del que no sé casi nada, se empeña en compartir con los que se atreven a asomarse a sus viñetas, esa febril pasión suya, la extraña aventura de internarse en el bosque a buscarse a sí mismo y a la infancia de cada uno de los que seguimos leyendo para encontrarle un sentido a la existencia.

 

Cuadro de Ramón Trigo

 

No es fácil saber algo de alguien. Ni siquiera de uno mismo. Quiero decir algo de verdad. Algo concluyente. Algo que nos diga quién es ese que nos mira, ese yo que se burla o que se cierra en banda, que ironiza, que se queja, que se esconde.

 

Yo no sé mucho de Ramón Trigo. Iba a escribir que ahora mismo está a merced de la curiosidad de los demás en una sala en el centro de Santiago de Compostela que en realidad parece un sótano clandestino. Aunque el vigilante (el único que estuvo allí mientras nosotros, mi amiga de los maniquís y yo, nos asomamos a sus cuadros y a sus dibujos, visitamos Os sinais deixados) nos dijo que entraba mucha gente. ¿Por qué nos iba a mentir? Era viernes por la tarde y había sombras por la calle y en los bares y en los supermercados y en las tiendas y ante los televisores y en los estudios donde se fabrica la realidad. Y cuando entramos le dio a un interruptor y empezó a sonar, muy quedamente, Erik Satie. Y seguramente fue porque Ramón Trigo le dio instrucciones para que lo hiciera en cuanto entrara alguien. Aunque no se lo pregunté. Ni al vigilante ni a Ramón Trigo.

 

Yo no sé mucho de Ramón Trigo. Pero ahora mismo está a merced de la curiosidad de quien quiera asomarse a La Casa de la Parra antes de que sea demasiado tarde. Antes de que regrese Ramón de Vigo y se lleve sus cuadros y sus dibujos de vuelta a su casa, a su estudio, a su íntimo astillero.

 

La atracción del bosque. Acaso sea la de la noche. La de los cuentos, que tanto nos atraen, y tanto nos hacen soñar. ¿Por qué nos atrae lo que nos da miedo? Yo, que no sé mucho de Ramón Trigo, me quedo quieto a la entrada de sus bosques dibujados. Y me siento en sus tocones con la imaginación. O me pongo de pie como Hans. 

 

Pero no solo los bosques. Están también los ríos, las humaredas, las naves industriales, y el mar que entra como un río a llevarnos a la muerte. O tal vez simplemente a llevarnos a otra parte. Ríos azul cobalto. Un azul que es caudaloso, un azul de pigmento vegetal que se acerca al sabor salobre de algunos sueños que Ramón Trigo, del que no sé casi nada, se empeña en compartir con los que se atreven a asomarse a sus viñetas, esa febril pasión suya, la extraña aventura de internarse en el bosque a buscarse a sí mismo y a la infancia de cada uno de los que seguimos leyendo para encontrarle un sentido a la existencia.

 

Ramón Trigo se interna en el bosque, fotografiado por Eduardo Armada

 

 

Fotos: Eduardo Armada