La ausencia de dolor y el dolor de la ausencia

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Hace dos semanas aproximadamente, al ir a bajar la puerta plegable del garaje, se me quedó el dedo pulgar enganchado y me lo pillé en uno de los pliegues. Al principio no sentí nada, pese a tener el dedo todo magullado y sanguinolento. Mientras me lo curaba en el baño, con la sangre saliendo a borbotones, el dedo parecía estar como anestesiado. Puse el dedo debajo del grifo, lo lavé con agua fría y saqué luego el agua oxigenada. Al terminar, parte de la uña estaba ennegrecida y la carne, en uno de los lados, presentaba un corte profundo. Apliqué un algodón sobre la herida y después fui vendando el dedo pulgar con una gasa, a modo de torniquete. A medida que remitía la hemorragia, empezó a aparecerme por fin el dolor, un sordo dolor que recibí con cierto alivio, como si el dolor significara el inicio de la curación. Aquella noche apenas pude dormir y en las siguientes noches el dedo tumefacto y dolorido me dio la tabarra como un niño llorón que no me dejara en paz en ningún momento. Todavía ahora lo siento sensible al tacto.

 

El accidente del dedo me recuerda lo que sentí –o, más bien no sentí- nada más enterarme de la noticia. Un balazo tampoco se siente, dicen, especialmente si penetra por una zona blanda del cuerpo o si entra al descuido, cuando menos se lo espera uno. No lo sé. La muerte del maestro y amigo era esperada, prevista, previsible, aunque yo, tonto de mí, me había hecho a la idea de que esa muerte nunca llegaría y que, de llegar, mi amigo volvería a darle esquinazo, tal como ya había hecho muchos años atrás. Hablé con él a finales de año, la víspera de Navidad, creo. Me contaba que había decidido jubilarse finalmente, a sus ochenta años, como si tras la jubilación le esperaran el campo de golf y un apacible crucero por el Caribe. Mi querido amigo murió con las botas puestas y al pie del cañón: o, por mejor decir, al pie de la tarima. Nunca conocí un docente tan vocacional ni tan dedicado. Amaba los libros, a los alumnos, a los colegas de profesión, en fin, amaba y disfrutaba con todo lo que rodeaba a la enseñanza. ¡Si es que hasta su propio apellido denotaba eso: libros y aprendizaje!

 

El dedo me duele ya mucho menos, pero el dolor de su ausencia está ahí, más presente que nunca, por más que mi amigo fuera absolutamente incapaz de entremeterse en la vida de nadie o de reclamar atención. (Claro que los muertos, aun los más discretos, siempre nos vienen con reclamaciones y, si pueden, nos recuerdan, con su dedo censor, todas las veces que por pereza, por dejadez o simple olvido incumplimos una promesa o les dejamos plantados, en medio de la vasta eternidad.)

 

Abro el álbum de fotos. El maestro sale en muy pocas, pero esas pocas bastan para comprobar que toda foto no hace sino subrayar nuestra cotidiana muerte. Nacemos ya muertos, decía Séneca: nascendo quotidie morimur. En una lo encuentro con la boca a medio abrir, como esbozando una media sonrisa, pero esa sonrisa es –parece- una mueca: mueca, ay, de muerte. Lo mismo me pasa con otra foto oficial que me bajé ayer de la red, aunque en ésta el maestro y amigo posa casi de perfil y aparece guapo, con una amplia sonrisa esta vez, sonrisa franca, perfecta, peliculera, que, sin embargo, me resulta, al fijarme con más atención, congelada, disecada… Muerta, en definitiva. Será, supongo, que estoy deprimido y que lo veo todo negro, como quien dice. El tiempo, que casi todo lo cura, me aliviará el ánimo, como ya me alivió la tumefacción del dedo. Entretanto, tendré que ir acostumbrándome a que todo lo que me va a quedar del amigo de aquí en adelante es recuerdo, vestigio y ausencia.

           Emblema Quotidie morimur

 

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.