La banalidad del mal

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El término tuvo más fortuna que el libro de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Informe sobre la banalidad del mal. Publicado primero en forma de crónicas para la revista The New Yorker, forma parte casi de un culto lugar común que a menudo encubre penosos malentendidos. Como relataba el pasado viernes Enric González en El País, ahora ha dado pie a una exposición en Jerusalén en la que se muestran objetos personales del propio Adolf Eichmann, a quien Adolf Hitler y el jefe de las SS, Reinhard Heydrich, encargaron de la logística de la llamada «Solución final a la cuestión judía», los informes que permitieron su identificación y secuestro en Buenos Aires, la cabina blindada que ocupó cuando fue sometido a juicio y hasta la jeringuilla con la que se le inyectaba una sustancia para mantenerlo sedado. Como titula González, “los fetiches de la banalidad del mal”. Un bucle tortuoso. Eichmann fue condenado a muerte, ahorcado, incinerado y sus cenizas esparcidas en mar abierto.

Cuándo: Hasta final de año

Dónde:

Museo del Holocausto, Jerusalén