La Barceloneta y el problema de las descripciones

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Creo que fue Borges quien dijo algo así como que no hay peor pesadilla para un escritor que vivir en la realidad.

Yo estaba cansado de escribir crónicas, ese género periodístico anclado en la realidad, y en cambio pretendía escribir un ensayo sobre técnicas narrativas, un ensayo que pudiera servirme en los talleres de escritura creativa de la biblioteca para ilustrar algunos asuntos técnicos, pero hacerlo de una manera que me traía ilusionado, es decir, evitar hacer un listado o recetario, y en vez de ello aplicando el mecanismo y luego explicándolo, casi como contando un cuento y luego comentándolo.

Entonces no era un ensayo, era más bien una ficción lo que quería contar, una ficción comentada. Salir de la crónica, del ensayo y entrar en la ficción, pero no solo escribirla, ni leerla, quería vivirla y editarla, quería vivir lejos del mundo del periodismo, lejos del mundo de la realidad, de ese mundo que se comparte con la gente y sus convenciones, y en cambio quería vivir un mundo hecho a mi medida, un mundo editado por mi capricho, nombrado y jugado con mis reglas, mis convenciones y mis palabras, dejar de vivir en la realidad para vivir en una mitología propia.

Caminando por el Paseo de Gracia, en dirección al mar, me sentía atrapado por la belleza de la arquitectura modernista. Avanzaba por la acera estirando el cuello como un pato, pretendiendo agudizar mis pensamientos como si tuviera algo interesante en las tripas de mi cerebro.

Una regla periodística dice que a nadie le importa tu ombligo, a nadie le importa lo que te pasa a ti, y por eso la diferencia ideológica con ese género que pretendía suprimirme.

Y entonces me venían cosas al estilo de “tan lindas las vitrinas, tan lindas las fachadas de los edificios, tan lindos los balcones”. Un flujo de miel comenzó a salir por axilas y panza. Pretendía encontrar las palabras y dar una imagen de un refinamiento expresivo, un sentimiento que me inspiraba el Paseo de Gracia. “Tan lindas las avenidas y los cruces de las calles, la cultura de la gente tan linda, la gente detenida en las esquinas esperando el semáforo”. Dios mío, y yo tratando de pensar algo inteligente y alejarme del periodismo.

Ahora sentado en mi estudio, luego del paseo, recordando las portentosas casas Batlló y La Pedrera, en el Paseo de Gracia, vuelvo a las notas de mi libreta, una libreta que tiene nombre: El vértigo del viaje, y leo lo siguiente: “Las sillas diseñadas por Gaudí se pensaron en su tiempo como productos modernos, con una chimenea al interior para calentar el asiento y espaldar, y en los inviernos sentarse y coger calor. Gaudí se preguntaba qué significaba ser moderno. Y contestó esa pregunta en la arquitectura. Acá en Barcelona me pregunto lo mismo. ¿Qué significa ser un lector moderno? ¿Qué significa ser un escritor en estos días?”. Hasta aquí la nota de la libreta.¹

-Ahora que veo ese pie de página en una novela me da por pensar en Macedonio Fernández. Porque esto es una novela, ¿no? Una novela con disfraz de crónica.

-No, creo que es un ensayo, uno con disfraz de novela.

 

Para salvar esta ficción en la que quiero vivir, una ficción que me servirá también de ensayo para las clases de escritura creativa, vamos a dar giro por otro lado y jalaremos de otro hilo.

Avisaremos el giro en la siguiente calle, para tomar otra dirección, y recomendarle al autor de esta bitácora que debería repasar la definición de lo que significa un recorrido desprogramado.

Y menos mal nos obedece cuando dice que un recorrido desprogramado consiste en una ruta seguida de manera espontánea, sin horizonte fijo, un trayecto caótico y libre como el vuelo de una mosca, un zumbido sin orden ni lógica.²

Y de nuevo el problema de la incapacidad descriptiva: esa malformación mental que impide volcar paisajes. Pilar Reyes señalaba que la descripción es un elemento de la narrativa que tiende a cambiar o, mejor, a desaparecer, decía que hoy en día no tiene demasiado sentido describir un aeropuerto.

Es verdad. No tiene mucho sentido la descripción porque todo el mundo hoy en día sabe cómo es. Para qué desgastarse en descripciones de parques infantiles en zonas verdes o bibliotecas públicas de tres pisos. Sin embargo, hay dos cosas que deben anotarse al respecto.

Lo primero es que sin las descripciones, la prosa de Zafón quedaría reducida a la mitad. Ya hemos visto ejemplos de lo poderosa que resulta la herramienta narrativa en manos del escritor barcelonés. Así mismo sucede con docenas de buenos escritores que nos hechizan gracias a las atmosferas que nos describen.

A lo mejor Pilar Reyes lo señalaba porque ella misma no es buena haciendo descripciones. Al respecto Alan Pauls decía: “Cuando un escritor escribe sobre otros escritores está escribiendo sobre sí mismo, cuando los escritores hacen crítica están haciendo es autobiografía.”

Por eso cuando Fernando Vallejo dice que en la literatura de hoy por hoy solo se debe escribir en primera persona, pues la tercera suena como si fuera un dios-sábelo-todo, según Alan Pauls, lo que dice Vallejo no es crítica, es incapacidad personal, biografía.

Lo mismo podríamos aplicar a Pilar Reyes al respecto de las descripciones.

Lo segundo es que las imágenes, para los que carecemos de la capacidad para escribirlas con soltura, podrían resolverse de otra manera. En vez de pintar con palabras el exterior podríamos intentar contar nuestro interior, lo que producen los espacios en el ánimo y la sensibilidad. Alejarnos del periodismo los datos verificables y por el contrario aumentar nuestra arbitrariedad sostenida en los espacios que nos habitan. Escribir más lo que sentimos en lugar de lo que vemos. Y así aumentar el absurdo y el capricho.

El director de cine Martin Scorsese decía que “lo más personal es lo más creativo”. Una descripción se puede contradecir, lo que sentimos no. Alguien podría decir: “así no es Barcelona, eso es falso”. Pero nadie podría decir: “eso que sentiste es mentira”.

Luego de bajar por el Paseo de Gracia y seguir bajando por La Rambla había llegado a La Barceloneta. Caminando por la playa cerré los ojos a causa del viento que sacudía desde el Mediterráneo. Por fin estaba a dos metros del mar.

Me encantaba su olor mítico, clásico, su olor europeo y africano. Estuve a punto de alzar un pie y tocar las costas de Cerdeña y el Mar Tirreno. Sentí un vigor y una fuerza que me llegaron desde la época de Cristóbal Colón, tanto que me creí capacitado para ganarme la vida escribiendo desde un apartamento alquilado en la casbah de Tánger, donde terminaría de escribir Una novelita africana, un proyecto literario que traía entre manos desde años atrás y no había podido concluir.

Lo mejor era volver al hotel, caminar como se muestra en la foto de abajo y tomar un bus. Lo que sucede con las fotos es que me están estropeando la tentativa de escapar del periodismo y la objetividad, me dejan en evidencia los datos verificables, dando a entender que todo esto que cuento fue verdad. Tendría que borrar las fotos y las evidencias para ser coherente con mi pretensión, un poco escapada del cajón de los lugares comunes, de vivir en los espacios de la ficción.

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¹ Para contestar la pregunta por la modernidad Musil decía: “la diarística sería la única forma narrativa del futuro, pues contiene en sí todas las formas posibles del discurso”.

Repasando la cita anterior, el escritor de El vértigo del viaje, escritor de este diario se siente muy orgulloso, pues a todas luces es un sujeto bien moderno escribiendo un diario. Es decir, no solo es moderno, sino, “bien moderno”.

Entonces Borges rescata a este pobre hombre de su procacidad cuando le recuerda que: “Somos modernos por el simple hecho de que vivimos en el presente”.

² Un recorrido desprogramado es como un diario de viajero desviándose de un tema a otro sin un hilo conductor. El recorrido desprogramado va de la primera persona a la tercera y, de esta, al plural. Vuelo confuso y circunstancial, mosca curiosa y repulsiva, trazando círculos y óvalos en su vuelo, el bicho antojadizo, guiado por un aroma que lo seduce, por un instinto que lo empuja. Avanzar en un diario es seguir a un insecto afanado, sin saber con certeza para dónde va. Eso en apariencia, porque la bendita mosca tiene muy claro qué quiere de la vida.

De manera que el poeta de tres pesos, autor de El vértigo del viaje nos hace caso y hala de este hilo para decir que un recorrido turístico comprado en oficina es como una novela clásica que sigue un recorrido trazado con premeditación. Por otro lado, una aventura es ver a Cortázar escribiendo. El argentino comenzaba un cuento sin tener ni forro de idea sobre su final, sin saber el porvenir.

Leyendo a Cortázar, tan espontáneo y surreal, por puro azar estaba también leyendo a Truman Capote, autor antitético del argentino por lo cerebral y realista. Capote sabía perfectamente cómo comenzaba su historia y cómo la terminaba. De nuevo la direccional del carro imaginario para dar giro a otra cuadra y decir que además Capote es un efectivo creador de ambientes, un experto pintor de imágenes, un estilista y maestro de las atmósferas.

Por el contrario, algunos escritores no logran nunca meternos en un paisaje, tampoco lo necesitan, pues nos seducen con otros hechizos, tal es el caso  de Fernando Vallejo, Enrique Vila-Matas o Bukowski.

LA HISTORIA CONTINÚA EN: El hastío de la inteligencia y los siete pecados capitales

 

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