La Calle del Arenal toma la palabra (parte I)

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Permítanme que me presente, soy la calle del Arenal, madrileña, castiza y noble. Dicen de mí que nací allá por el año 1656, cuando no era más que un camino de arena. Si soy sincera, no lo recuerdo, he vivido tanta historia que he perdido la memoria. Creo recordar unos riachuelos, un Manzanares caudaloso, un barranco al que llamaban la Zarza y algo de arena, pero lo confieso, desde que me hicieron peatonal, me he hecho a los adoquines, a la buena argamasa y a los tacones de las chicas urbanitas de la capital.

 

Permítanme que les hable de mi madre, la Puerta del Sol, que siempre me ha narrado los hechos tal y como acontecieron, que nada se parece a las portadas de periódicos que dejan caer al suelo algunos señores muy trajeados que se asemejan a los hombres de gris de Momo. Curioso es que todos hablen por el móvil y no presten casi atención a los escaparetes… La Puerta del Sol, mi mamá, y mi hermana Mayor, la Calle Mayor, desde la que asoma la Plaza Mayor, siempre fueron mi envidia y objeto de mi devoción. Protagonizaron manifestaciones y encuentros, mientras yo sólo he sido afluente de paso a una o a otra. Mis otras perpendiculares, Bordadores, Hileras, Maestro Victoria y Costanilla de los Ángeles, pueden comprenderme bien pero no gozan de los mimos, de los músicos y, como canta Ana Belén, de esos «peces de ciudad» asentados en mis costales, que tanto bien me hacen los fines de semana.

 

Permítanme que les confiese mi refugio: la Plaza de Ópera, presidida por la Reina Isabel II, custodiada por las traseras del Teatro Real y por la cartelera del Real Cinema. Si no fueran por el Burguer King, el McDonald y el Foster Hollywood, cuando amanece bien pudiera asemejarse a un cuadro del Thyssen, de esos impresionistas, o uno de esos que exponen a unos pasos de aquí, los de la Fundación Caja Madrid en la Plaza de las Descalzas. El sonido del arpa de Víctor Santal ha colmado de música la Plaza de Ópera muchas noches de verano y jóvenes en patines amenizan las tardes de invierno. Cuando la pasada primavera aparecieron asambleas de jóvenes revolucionarios, esos de la «spanish revolution», perpleja escuchaba las argumentaciones, las palmas y los discursos. ¡Era bonito escuchar cómo deseaban solucionar el mundo! Pero, sibarita de mí, obsevarba atenta desde el Café del Real, buen asidero para bohemios, intelectuales y artistas, es el café que tiene a Plácido Domingo por espejo, un camarero argentino y un carrot cake que quita el hipo.

 

Permítanme que les cuente que fui habitada por cristianos, abarrotada por comercios, pisoteada por siglos de histerismo. Avisté batallas, cambios de gobiernos y paseos de notables, y hasta sucesos que cortan la respiración. Presencié el atentado contra Luis Amadeo de Saboya en 1872 y no pude contárselo a nadie. Digerí en silencio el fallecimiento del torero Frascuelo un 7 de marzo de 1898, y por sentir, siento hasta los besos de película de algunos jóvenes y lloro en Nochevieja porque todos abrazan a mi madre pero nadie es capaz de nombrar «la calle del Arenal». En fin que siempre termino perdida entre huellas, huellas que me dejan y pasos que se llevan…

 

(Falta por publicar una segunda parte)

Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.