La cara factura de la alta tecnología: más paro, más pobreza y más desigualdad

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¿La tecnología condena a las sociedades a un elevado nivel de paro y, por tanto, a altas tasas de desigualdad y pobreza?

 

El último informe de la Organización Internacional del Trabajo lo dice muy claro: el crecimiento mundial se desacelera y lo explica atendiendo a tres razones. En primer lugar, por el descenso de la inversión de capital a largo plazo, debido a la aparición de nuevos modelos de negocio que demandan poco capital físico por ser intensivos en conocimiento y requerir poca inversión; en segundo lugar, por la ralentización del crecimiento de la población en edad laboral o, lo que es lo mismo, por el rápido envejecimiento de la población en los países desarrollados, junto al crecimiento más lento de la población en edad de trabajar en los países emergentes y en desarrollo; en tercer lugar, por la desigual distribución de los beneficios derivados del crecimiento. En resumen, la desaceleración económica tiene tres responsables: decisiones de inversión poco productivas, un insuficiente crecimiento demográfico y un desigual reparto de la riqueza. Son tres problemas, tres retos, que se podrían resolver con las decisiones políticas adecuadas. De lo contrario, habrá que asumir que habremos de pagar una cara factura en forma de empeoramiento de las perspectivas de empleo.

 

El paro, dice la OIT, crecerá en 2016 y en 2017 a nivel mundial, sobre todo por culpa de las economías emergentes, dado que las desarrolladas seguirán creando empleo, pero no lo suficiente para compensar. Este pesimista escenario tiene riesgos de ser aún peor. De acuerdo con la OIT, ante la caída del precio de las materias primas, muchos países productores, la mayoría emergentes o en desarrollo, deberán realizar recortes del gasto a gran escala para reducir su déficit fiscal. Y esas medidas de ajuste tendrán repercusiones en los países desarrollados, que verán reducida su demanda debido a la caída de las compras por parte de los productores de materias primas, que tendrán menos dinero para gastar. El mercado de trabajo de los países desarrollados no será inmune a estas dinámicas y sufrirá.

 

Podemos pensar que la crisis emergente y sus efectos en las economías desarrolladas no dejan de ser coyunturales o cíclicos. Tras un relativamente largo periodo de expansión económica, vienen las vacas flacas. Pero los tres factores que enumerábamos al principio como causas que señala la OIT de la desaceleración actual tienen más pinta de ser estructurales. Y puede preocupar mucho la demografía. Y mucho más la desigualdad, por supuesto. Pero puede que el origen de todo se encuentre en el primero de los factores: la concentración de la inversión en actividades que no crean los suficientes puestos de trabajo o que generan empleos muy polarizados en cuanto a las rentas que obtienen los empleados.

 

La revolución tecnológica crea paro y, por tanto, en sociedades en las que los ingresos y las prestaciones sociales están estrictamente ligadas al lugar que cada uno ocupa en el mundo laboral, también pobreza y desigualdad.

 

Hemos dicho demasiado deprisa que la revolución tecnológica crea paro. Quizás lo deberíamos haber expresado como se hace en algún debate de la OCDE: en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) Erik Brynjolfsson y Andrew McAffe afirman que el repentino cambio tecnológico ha estado destruyendo puestos de trabajo más rápido de lo que los ha estado creando. Y también creen que las recompensas del trabajo están crecientemente divididas entre los ganadores y perdedores del mercado laboral actual transformado por las altas tecnologías: «Alguien que crea un programa informático para automatizar la preparación del pago de impuestos podría ganar millones o miles de millones de dólares mientras elimina la necesidad de un sinnúmero de contables».

 

Este debate no es nuevo. De hecho, es tan viejo como los inicios de la Revolución Industrial, cuando el movimiento de los luditas protestaba contra la modernización destruyendo las máquinas que les quitaban el trabajo. Desde entonces ya hasta hace poco, cada nueva ola tecnológica ha creado nuevos tipos de empleo y las ganancias superaron con creces las pérdidas. Pero ahora hay serias y fundadas dudas al respecto.

 

Una carrera entre la tecnología y la educación

 

También respecto a cómo se distribuyen las rentas del trabajo. En los años setenta, el economista Jan Tinbergen explicó que el modo en que se reparten los ingresos en la sociedad refleja en parte una carrera entre la tecnología y la educación. En su opinión, cuando la tecnología va ganando, la mayor parte de las recompensas se concentra en muy pocas manos, mientras que cuando la educación gana, más gente es capaz de utilizar la tecnología en su trabajo y el reparto de las rentas es más equitativo. Ahora mismo, todo parece indicar que es la tecnología la que va ganando y por eso se escucha tanto la idea de que es necesario invertir más en educación. Aunque podemos ir un poco más allá, porque hemos pasado de fase: las tecnologías actuales equivalen a versiones digitales de la inteligencia humana, por lo que nos sustituyen por completo. La tecnología ha terminado ganando del todo y el reparto de los ingresos y la riqueza mundiales se irán concentrando en los dueños, no ya de los medios de producción tradicionales, sino de la tecnología más avanzada, de la propia inteligencia.

 

Un reciente informe publicado por la OCDE lo dice explícitamente: «La relación entre las capacidades y la tecnología se considera por muchos como un importante, quizás el más importante, factor detrás del crecimiento de la desigualdad de ingresos». E insiste en la idea de la carrera entre la tecnología y la educación: la tecnología ahora lidera y a la educación le cuesta seguirla. El resultado es que las personas con menores niveles de educación están en un creciente riesgo de ver sus puestos de trabajo sustituidos por la tecnología, mientras que las personas más preparadas están bien posicionadas para disfrutar de los crecientes retornos de su educación. Hace unas semanas contábamos cómo es la situación social de San Francisco, la gran ciudad más próxima a Silicon Valley.

 

«La revolución industrial creó pobreza y hoy la crea la digital», afirmaba en una entrevista en La Vanguardia el secretario general del Club de Roma, Graeme Maxton. Introducía en ella otra idea interesante: «La revolución digital ha acabado con miles de empresas y empleos que pagaban impuestos en sus países y los han transformado en beneficios billonarios que no los pagan en ningún sitio». De acuerdo con esta, digamos, hipótesis, las nuevas tecnologías no sólo crearían mucha más desigualdad de partida, es decir, en el propio mercado de trabajo, en función de las diferentes capacidades adquiridas por los empleados durante el proceso educativo, sino que también mermaría la capacidad del Estado, sus herramientas, para corregir esa desigualdad de mercado con políticas redistributivas.

 

Podríamos pensar que ésta es una fase, como lo fue la primera revolución industrial, que generó pobreza y duros costes sociales, como factura a pagar por un proceso de transformación profunda de la economía. Podríamos pensar que estos costes sociales son meramente coyunturales y que los avances tecnológicos, por sí mismos, llegarán a crear nuevas actividades, nuevos puestos de trabajo, en que ocuparnos todos. Pero nuestras sociedades no pueden arriesgar tanto. En primer lugar, no pueden poner en peligro a generaciones entera, que caerán víctimas del paro perpetuo y, por tanto, de la exclusión social. En segundo lugar, no hay que tener una fe ciega en la sapiencia del mercado. Los gobiernos más audaces han de diseñar políticas para asegurar una vida digna en sociedades altamente tecnificadas y con bajísimas tasas de empleo. Ese es el gran reto. 

 

 

Epílogo: días después de escribir estas líneas, una historia en MarketWatch recogía una investigación realizada por Citi y la Universidad de Oxford sobre el número de puestos de trabajo en peligro por la automatización. De acuerdo con el estudio, en algunas ciudades de Estados Unidos, el porcentaje de empleos que pueden ser suplantados por robots supera el 50%, como en Fresno. En otras, se acerca a ese porcentaje, como en Las Vegas o Los Ángeles. En San Francisco, Nueva York o Washington ronda el 40%. De media, el 47% de trabajadores del país están en riesgo por los avances tecnológicos. De acuerdo con el informe, los puestos de gestión y relacionados con las finanzas que son intensivos en el uso del factor trabajo con habilidades sociales tienen menos riesgo de ser reemplazados por robots, al igual que los puestos relacionados con las artes y los medios de comunicación. Los que están en verdadero peligro son los puestos de trabajo para los que se necesitan menos cualificación. 

 

 

 

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