La cara infinita

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El sábado 16 de octubre me desperté a las siete de la mañana paseando rácanamente la lengua por los labios, que no sentía, y frotándome los ojos, inflados como pelotas de rugby. Permanecí en cama con la luz apagada durante media hora porque aquello prometía. Llevaba un mes y medio encerrado en casa sin probar el alcohol ni relacionarme con nadie más allá de diez palabras. Para ese sábado en concreto yo tenía una agenda más apretada que el alcalde, y palpándome en la oscuridad intuí de repente que me había convertido en una cucaracha, como el otro. Ante tamaña inquietud tomé aire y en tres pasos rápidos me planté en el espejo del pasillo. Lo que vi fue tan irreal que ni siquiera me molesté en desmayarme. Volví a la habitación, me dejé caer en la cama y cerré los ojos pensando secamente: “ctrl+z”.

 

Cuando regresé al espejo, yo seguía allí.

 

Tenía el labio inferior hinchado grotescamente hasta multiplicar por diez el otro, dos bolsas gigantes bajo los ojos y en los párpados, y aquel movimiento sísmico de músculos faciales me había convertido en una Carmen de Mairena pasada de rosca, como si se hubiese comido dos ácidos y al salir de la discoteca el portero le hubiese crujido la cara con dos platillos de orquesta. La cara era tan irreproducible que los primeros veinte minutos los pasé sacándome fotos con el Iphone y mandándoselas a mis amigos, como si me hubiese encontrado por la calle al Yeti. Luego, compungido, rompí a llorar. Me embocé con dos fulares, me puse una gorra y cogí el coche para ir a abrazarme a mamá, que ya estaba sobreaviso. “Por favor, ayúdame”, le dije al teléfono. Pero no se me entendía, porque mi cara era un inframundo de tal magnitud que al acercar el terminal se perdía la cobertura, y mi labio colgaba como un muñeco gigante por encima de la barbilla, así que sólo podía balbucear tal que un monstruo idiota lleno de babas. Lo único bueno que me podía pasar era que me parase Tráfico.

 

Al verme, mi madre se rió, que pensé yo que cómo podía reírse una señora de algo que salió de sus entrañas, pero callé porque sentía que mi cerebro se hinchaba si le daba vueltas a la cabeza y aquello podía acabar como el rosario de la aurora. Me preguntó si estaba seguro de que había echado el seguro de casa, suponiendo implícitamente que algún vecino pudo haber entrado y darme una mano tan salvaje de hostias que no se me despertó un pelo. Yo creo que cada vez que ella decía algo se me inflamaba un músculo diferente de la cara, así que le pedí por favor que me llevase a un profesional, porque como siguiese una hora más siendo feo iba a acabar teniendo una embolia.

 

El doctor me vio llegar con mi traje de hombre invisible. Tras una pausa teatral, yo me desenrollé dramáticamente los fulares de mi cara dejando visible el espanto. En ese momento tenía ya los morros tan hinchados que si me hubiese visto el alcalde de Valladolid se sube corriendo a un árbol a frotarse como un bonobo. “¿Y esto qué es?”, me preguntó. “Pues de entrada, así a primera vista, un artículo de FronteraD que se va a mear la perra”. Al médico, que se había puesto un poco amarillo, le expliqué que los días anteriores había tenido bultos y rojeces por todo el cuerpo, y me diagnosticó alergia. “Algo que comiste”, y puso una cara tan rara que por un momento pensé que se refería a una polla contaminada. Me clavó en una nalga un jeringuillazo de cortisona tan grande que podía haber subido y bajado el Galibier haciendo el pino, y me mandó de una cachetada para casa.

 

Después de un par de horas pasó lo impredecible. A medida que la cortisona iba haciendo efecto mi cara se transformaba en otra. De hecho, cuando vi que el proceso era irreversible y todavía tenía los labios ridículamente grandes y los ojos estúpidamente chicos, hice el petate y me fui a Ribeira, donde ibamos de maletillas Manel Loureiro y yo del gran Rodrigo Cota. Ya dije alguna vez en casa que la familia a mí me quiere mucho y me tiene bien considerado, pero el día que muera las cenizas las quiero encima de la cabina del DJ del Bar Plaza, junto a Tucho y sus camareras. 

 

En eso iba pensando sin despegar la mirada del espejo retrovisor, que llevaba enfocado hacia mí, cuando una nueva rebaja de la inflamación me convirtió en Benicio del Toro. Casi tengo que parar el coche para coger aire. Me miré de arriba abajo, y efectivamente: tenía la mirada de Del Toro, pero los labios de Maradona, así que pisé el acelerador hasta el infinito. En la cabina del peaje debí de tener otro cambio brusco, porque cuando la chica me devolvió la tarjeta pegó un respingo. Yo creo que nada más marcharme llamó a la de la cabina siguiente, porque no había parado aún el coche allí y ya me estaba recibiendo con una sonrisa de estúpida que echaba para atrás. Pero algo de razón llevaban todas. Cuando pasé por Catoira, por ejemplo, era igualito que Vicente del Bosque, y dos kilómetros más allá me daba un aire a Marujita Díaz en plan femme fatale. Yo iba pensando que aquello era como una ruleta de la fortuna muy cruel de Dios.

 

Llegué a Ribeira con casi toda mi belleza recuperada. La boca la tenía ya en su proporción habitual, pero todavía no me podía reír mucho, porque llevaba los ojos ligeramente hinchados, como si me hubieran inyectado algo de botox, que tuve que explicarle a Tucho que yo le daba mucha importancia a mis visitas a su pueblo, pero no tanta. Pasé la presentación como una folclórica recién operada. Cenamos almejas de Campelo, zamburiñas, navajas y merluza mientras me preguntaban los muy cabrones: “¿Pero tú sabes ya de qué es la alergia?”. De madrugada el bar se llenó de muchachas en flor a las que creí conveniente pincharles Al vent y luego, ya en plan picante, A galopar, pero Loureiro me agarró y me dijo: “Mira, lo de tu cara puede ser como lo de la Cenicienta: a ver si vas a meter en el hotel a una guapita y cuando abra los ojos por la mañana se encuentra un circo de siete pistas”.