La Carioca

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Este texto pertenece a la novela por entregas La Privada Moderna
Capítulo 17 B

La Carioca

En casa de Nisardita todo se hacía por la ventana. También en casa de los Trullos cuando sus tías estaban peinándose. Y, por supuesto, en casa de Paca la Cario­ca que vivía en el cinco, bajo derecha.

Era esta Paca una mujer morena, lucida, recia de voz, pelo negro, recogido en coca, generosa de pecho y con un diente de oro. Era hermana de Serapia la mujer de Recaredo, los padres de Enma y de Lurdes, pero la Carioca nunca iba a la finca de los abuelos de sus so­brinas. Era otra galaxia. De ello nunca se hablaba. Bas­tante tenían ya.

La Carioca estaba casada con Belisario Antúnez, que era alto y buen mozo, pelo negro peinado hacia atrás y que vestía siempre con traje porque trabajaba en una Compañía naviera. No tenían hijos y esto pro­vocaba disgustos en el matrimonio porque Belisario era bastante mujeriego y con los años, a veces, llegaba tarde y algo alegre. Y su mujer le armaba la consabida trifulca, es decir, la «carioca» y de ahí le quedó el so­brenombre. A veces, amanecía con un ojo morado y siempre decía, de muy mal talante, cuando le pregun­taban por ello, que había sido contra una puerta. Los niños llegamos a pensar que, en la casa de Belisario, el judío Lutenberg, por alguna misteriosa razón, había colocado las puertas al revés. Es decir, no estaban ado­sadas a la pared, ni colocadas en los goznes. No. Abrían de arriba abajo. Estaban, imprevistamente, ho­rizontales. Salían del suelo. Colgaban del techo.

En una palabra: Era una casa llena de puertas, tantas como días tenía el año y por ello no era de extrañar que Paca se golpease con tanta frecuencia. Nos imaginábamos su azarosa vida cuando se decidía a dejar el alféizar de la ventana, en el que, por lo demás, se pasaba unas diez horas al día, y se aventuraba a acercarse a la coci­na o al cuarto de baño o al patio de atrás. Comprendí­amos que le costase tanto y que se resistiese hasta el punto de llegar a comer en la ventana, coser, dormir la siesta, etcétera. Su vida era una continua gymkana.

Los niños pensábamos que esto de las puertas em­brujadas, era cosa de Belisario para dominarla ya que ella era muy corpulenta y de armas tomar. No se expli­caba de otro modo que él nunca tuviera moretones en la cara ni los ojos hinchados.

En cambio, la madre de Paca, la señora Hipocon­dría, sí que lucía su trofeo de guerra. Le faltaba un ojo y se había colocado una especie de parche como la Princesa de Éboli que, bastante más tarde, copió Dayán con gran disgusto de la Carioca que, aunque no era antisemita, tenía sus ideas sociopolíticas. Porque, económicas nun­ca las tuvo por lo que se verá.

Como la Carioca se pasaba tantas horas asomada a aquella ventana, un día decidió industrializarse. Se acercó «así como estaba, total son dos pasos», al ase­rradero cercano. Sí, el que estaba al lado de la fábrica de gomas de Alan. Encargó unas rudimentarias estanterías y las colocó en medio de la habitación.

Compró en el mercado del Calvario unos cestos de frutas y algunas hortalizas y se estableció como verdu­lera. Se sentía realizada. Si antes pasaba en aquella ventana diez horas al día, ahora sólo se separaba de aquel alféizar para pegarse contra las puertas cuando llegaba Belisario por las noches. Llegó a estar tan obse­sionada con su tienda que allí instaló una cama turca, colocó algunos cacharros y montó un infernillo en el que hacía café. Había dejado de pelear contra las puer­tas aquellas que se le abrían bajo los pies y que, a veces, se movían como las hojas de un libro apoyado sobre el lomo.

Estaba harta de sortear obstáculos. Todo era ma­niobra de Belisario que quería desgraciarla para que ella no lo controlase. Y, como es natural, la Carioca so­ñaba con puertas normales. Y llegó a hablar con el del Óbito para informarse acerca de la tapadera de su caja fúnebre ya que estaba convencida de que la suya se abriría para el lado contrario, esto es, para adentro, y aún muerta, le habría de desgraciar un ojo o partir otro diente. Aunque la Chon le decía, “Mujer, ya, después, total, ya», «Sí, Chon, sí, pero este Belisario es capaz de todo con tal de perderme y te juro que no lo he de de­jar tranquilo, aunque me muera».

Lo que más rabia le daba, le contó un día a la se­ñora Escolástica, la Rara, era tener que ir al excusado, como ella decía. Se aguantaba cuanto podía y, al final, se decidía a sortear todas las perrerías de las puertas que daban al pasillo y que, según ella, Belisario dejaba programadas antes de marcharse al trabajo sólo para fastidiarla. Llegaba molida al cuarto de baño, vencía la última y terrible puerta de cristal esmerilado y, ya sin aliento y apurada al máximo, se agarraba a la bañera con ambas manos. Y con los ojos fijos en el wáter, espe­raba anhelante, el momento de dar el salto. Esto es, quería coger desprevenidas a las tapaderas para no verse pillada entre ambas y la taza de porcelana. Más de una vez tuvieron que acudirle para desencajarla con sus partes trastabilladas. Una vez, entre treinta y siete mujeres no lograron desatrancarla y hubo que llamar a los bomberos.

Fue aquel un día inolvidable para nosotros, tan sólo comparable a aquella ocasión en que habían veni­do por causa de las gallinas alborotadas por el gallo en­caprichado con el Capullo.

Los bomberos llegaron con los caballos casi des­bocados y haciendo sonar treinta y cuatro campanas que atronaban. Y cuanto más corrían los caballos, co­mo el firme de la carretera que pasaba por detrás de los Gazules estaba muy mal empedrado, el coche no hacía más que dar botes y saltos moviendo todavía más las campanas con lo que los caballos se excitaban más. Los bomberos iban atados por la cintura y agarrándose a las chimeneas y a los tejados de las casas para no per­derse entre las nubes. Era un día algo nublado y, como andaban entre la niebla, los bomberos comenzaron a hablar en inglés. Pero como ninguno lo sabía, allí nadie se entendía.

Fue famoso aquello. Lo malo es que, con esto de subir y bajar, agarrarse a los balcones y cornisas, acerta­ron a mirar por la ventana del cuarto de Apolonia que, al parecer, se encontraba en posición comprometida.
(Seguirá)

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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