La Casa de Alba y las extracciones

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Leí un reportaje gracioso en El País Semanal sobre la duquesa de Alba a raíz de la exposición de sus tesoros de arte en Madrid (a lo mejor habría que decir “exclaustración”). El personaje, indescriptible y fuera del tiempo y su entorno, quedaban muy bien retratados, sin pomposidad y con la dosis justa de distancia y fino humor. Lástima que el periodista, más que experimentado, dejara allí para la posteridad algunas perlillas que no pude privarme de guardar:

 

“…la [exposición] más completa sobre el legado de una dinastía que data del siglo XIV, cuando la instauró en la familia de los Álvarez de Toledo, originaria de Alba de Tormes, el rey Enrique II de Castilla…”. O sea, ¿que ese rey instaura la dinastía (¿?) en esa familia? Suena feo. Será que crea el título, lo concede a esa familia, inicia lo que sea; pero bueno, peccata minuta.

 

Luego un bonito caso de oídocampanas. Cuenta la reconstrucción del palacio de Liria, arrasado durante la Guerra Civil: “Todo quedó en pasto de las llamas”. Pues no, lo que pasó es que quedó destrozado; “fue pasto de las llamas”, que es lo que a ti te sonaba: oídocampanas.

 

“…Cayetana y su actual esposo, Alfonso Díez, un hombre muy atento y correcto que se ocupa de no dejar defraudar a su esposa en el posado”. Será que se ocupa de que su esposa no defraude en el posado.

 

Y este parrafillo: “Anda un poco revirada por un titular que la extrajeron sobre Cataluña”. Pues primera noticia de que los titulares se le extraen a la gente, y muy feo el laísmo.

 

Pero yo comprendo que este reportaje apareció en aquéllos días de duras movilizaciones de la redacción de El País contra el ERE que, ahora que lo pienso, también podría ser otro caso clarísimo de extracción (aunque de otras cosas), y seguramente mi redactor se descuidó en la edición; así que… pelillos a la mar.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.