‘La casa de Lúculo’ —Julio Camba

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Soy un tipo ordenado, que no de orden, y por eso leo los libros de uno en uno. Sin acumular tochos a medias en la mesa, uno encima de otro. Primero uno, y después otro. Pero cuando leo algo denso, como los últimos ensayos de Orwell, me gusta llevar en la cartera otro más ligero, para coger en los ratos muertos del metro o en las esperas del psicoanalista. Así he leído La casa de Lúculo o el arte de comer (Austral, 1961), de Julio Camba.

 

 

Soy un tipo ordenado, que no de orden, y por eso leo los libros de uno en uno. Sin acumular tochos a medias en la mesa, uno encima de otro. Primero uno, y después otro. Pero cuando ando con algo denso, como los últimos ensayos de Orwell, me gusta llevar en la cartera otro más ligero, para coger en los ratos muertos del metro o en las esperas del psicoanalista. Así he leído La casa de Lúculo o el arte de comer (Austral, 1961), de Julio Camba. Es un escritor muy citado por el columnismo patrio porque es el maestro del regate en corto. Estas son algunas de las líneas que he subrayado mientras me he merendado La casa de Lúculo:

 

* El primer francés que se comió un caracol no era, ciertamente, un epicúreo, sino un hambriento. Sólo el hambre, en efecto, pudo hacerle llevarse a la boca ese gasterópodo de aspecto inmundo, y hoy los caracoles de Borgoña tienen en la cocina francesa el tratamiento de excelencia. Y quien habla del gasterópodo, habla del batracio. Las ranas no le ofrecían al hombre una apariencia mucho más apetitosa que los caracoles, pero algún músculo debían de tener cuando daban unos saltos tan largos.

—¿No podríamos probar sus ancas? —pensaron, sin duda, los franceses en una época de necesidad, asolados, quizá, por una de sus frecuentes guerras.

Y así fue como empezó la historia del tragarranas francés.

 

Los americanos no han tenido nunca una cocina propia, y tampoco llegarán jamás a tenerla. Hasta ahora, su mayor placer gastronómico se lo ha procurado siempre la goma de mascar, y en lo por venir… En lo por venir se alimentarán con nitrógeno puro y carbono purísimo, que dos trusts formidables enviarán a todos los domicilios por medio de tuberías.

 

Los vegetarianos constituyen una secta entre científica y religiosa formada por hombres de poco humor y de menos jugo gástrico. Esta clase de hombres ha sido siempre muy aficionada a fundar sectas, pero hasta ahora no había formado ninguna que se relacionase tan directamente con los motivos de su descontento. Celebremos, pues, como se debe la sinceridad de los vegetarianos, y a otra cosa. El hígado debe segregar bilis, y cuando en vez de bilis empieza a segregar virtud, es que funciona mal.

 

La cocina vegetariana tiene sus excelencias, no cabe duda, pero todas ellas son creación de la cocina general, a la que siguen perteneciendo. El poco apetito de los vegetarianos se revela en su falta absoluta de inventiva culinaria. Hasta ahora, en efecto, no han inventado un solo plato y toda su aportación a la gastronomía consiste en haber suprimido muchos o en haber intentado suprimirlos.

 

El que sea capaz de quedarse con ganas ante un buen plato por temor a engordar, se quedará también con ganas —por temor a engordar o a enflaquecer— ante todas las otras cosas agradables que hay en la vida.

 

Todos los buenos modistos saben que vestir a una mujer equivale, en realidad, a desnudarla, a poner en valor y dar realce a su desnudo, el cual, por sí solo, sería algo así como un manjar sin condimento.