La casa de Unamuno en la calle Bordadores de Salamanca y el “misterio” de su muerte

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Unamuno asomado con su familia al balcón de su casa en la calle Bordadores a su regreso del exilio. Salamanca, 1930 (Fuente: https://gredos.usal.es/handle/10366/78818)

El 24 de noviembre de 2020 tuve la oportunidad de visitar la vivienda en la que Miguel de Unamuno falleció, la Casa del Regidor Ovalle Prieto en la calle Bordadores, de la ciudad de Salamanca[1]. Es un inmueble construido en el siglo XVIII con buena piedra de Villamayor, compuesto de planta baja dedicada al comercio o la industria, piso principal con dos viviendas que abren balcones a la calle, y un segundo piso de habitaciones para estudiantes y gente modesta.

Según el Catastro[2], la finca ocupa el número 6-8 de la calle, pero en el callejero muni­cipal es el número 4 desde siempre.

La vivienda en la que vivió la familia Unamuno ocupa la mitad longitudinal dere­cha de la finca. La anchura de la vivienda está señalada por el balcón corrido que abarca los dos ventanales de la única habitación que da a la calle. Esa parte de la fachada queda oculta, mirando desde la plazuela de las Úrsulas, por la iglesia de Santa María de los Caballeros. Al fondo cuenta con un patio ajardinado en el que crece una higuera.

En nuestros días la casa no tiene inquilinos, pero se conserva bastante bien gracias a que el inmueble siempre ha estado habitado. Los propietarios han tenido el cuidado de mantener íntegro el suelo de madera de la habitación en la que murió Unamuno, conservando la quemadura que se formó cuando don Miguel introdujo el pie en el brasero.

La planta de la vivienda es, pues, rectangular: 8 metros de fachada por 24 de fondo. Se accede a ella por una empinada escalera de madera que conduce a un rellano con dos puertas: a la izquierda, la vivienda que tiene los balcones a los lados del tím­pano de la puerta de la calle, y que en época de Unamuno estaba habitada por doña Pilar Cuadrado y su familia. A la derecha, la vivienda de la familia Unamuno.

La entrada al piso está situada hacia la mitad, como en algunos vagones de tren. Como era habitual en la época, una parte de la casa está destinada a la familia y otra al servicio. Si al entrar vamos hacia la derecha, nos adentramos en la zona familiar. Hay varias alcobas a la izquierda, a lo largo del pasillo, y al final llegamos al despacho de don Miguel, instalado en la habitación del balcón. Pero si al entrar vamos hacia la izquierda, llegamos a la zona de servicio, con la cocina, los aseos y una habitación amplia, con un gran ventanal, que da al patio ajardinado. Esta habitación tiene una alcoba sin puertas, que podría ser el comedor familiar. El suelo es de madera, mientras que el del resto de la casa es de baldosa con dibujos geométricos.

Es una casa no muy grande para la numerosa familia que eran los Unamuno, pero agradable y muy bien situada en relación con la Universidad y la Plaza Mayor. Pared con pared está la famosa Casa de las Muertes. A su alrededor está la plaza de Monterrey, con el palacio de la Casa de Alba, la plazuela y calle de las Úrsulas, entonces flan­queada por grandes olmos, con el convento franciscano femenino de la Anunciación, y el Campo de San Francisco, el único parque público que tenía Sala­manca en aquellos momentos. Un entorno, en suma, pleno de arte y silencio.

Cuenta Manuel García Blanco que[3]

“Ocupaba su vivienda la mitad de la planta noble del edificio –de poca fachada, pero de gran fondo–, y solo daba al exterior el doble hueco que desem­bocaba en un balcón de hierro, desde el que se veía el perfil único de la torre de Monterrey y el trazado de la llamada calle de la Compañía –la más imponente, sin duda, de la ciudad– y la crestería que corona y a la vez sostiene un tejaroz del ábside del convento de las Úrsulas. En esa habitación exterior se puso su despa­cho, con las modestas estanterías cuajadas de libros, la mesa-camilla cuadrada, con faldillas azul oscuro y brasero, en torno a la cual, frente a frente, estaban los dos sillones fraileros: el que ocupaba don Miguel y el que solía ofrecer a sus visi­tantes. En la parte interior de la vivienda, espaciosa y soleada, se acomodaron su mujer, su hermana y sus hijos”.

La revista Crónica nos ofrece un reportaje sobre Unamuno en el que dedica cierta atención a su cuarto de trabajo[4].

EL TALLER DE UNAMUNO

“Estamos en el despacho de D. Miguel. Una celda de prior; pero de prior antiguo, que trabajase febrilmente entre miles de libros. Ancha saleta con dos bal­cones frente á una calle solitaria. Resuenan en ella las campanas de las Adoratri­ces. Al fondo, el Campo de San Francisco. Amplios estantes abiertos, sólidos y prácticos, sin arrequives inútiles, amurallan las paredes, rebosantes de volúmenes. Libros, libros, libros… De todos los países, de todas las lenguas, de todos los tiempos. Dedicatorias en todos los idiomas á la personalidad más universalmente admirada de España; en fin de cuentas: á España, tan hija de Unamuno, como Unamuno el patriota –«patriota», sí; no «patriótico»– es hijo de ella. Aquí y allá, algunas fotografías grandes: ciudades españolas, gratas al poeta. Salamanca, Bilbao… Folletos, pliegos, dibujos enrollados. Y más libros en el suelo, sobre las sillas, en las mesas anejas á la principal, donde D. Miguel trabajaba á diario horas y horas, para nutrir de un pensamiento vivo á su patria; para restituirle el pulso de su soberanía”.

“Su mesa de trabajo: ancha, bien asentada, vieja; la cubre un hule negro, des­flecado. La preside un sillón de monje: asiento y respaldo, sendas bandas de cuero, reluciente en el trato diario, años y años, con el desterrado. Útiles de escri­tor que sirve –en servicio de su hacienda, y de su patria, y, en definitiva, de la Cultura– muchas colaboraciones; también de hombre que mantiene vivaz corres­pondencia con todo el que le busca –hostil ó amoroso– como amigo, como maestro ó como enemigo… Guías de trenes, tarifas postales, una caja con sellos de correo, un tarro de engrudo, pliegos, sobres, lacres, cabos de bramantes, varios frascos de tintas diferentes, una carpeta de piel rota, cestillos… Una pluma con mango de caña.

Dije hace algún tiempo[5], tras estudiar las entrevistas que le hicieron entre agosto y diciembre de 1936, que

“De los distintos testimonios de los periodistas se desprende que el cuarto de trabajo de Unamuno, en la calle Bordadores, número 4, primera planta, era estre­cho y largo, daba a la calle, tenía un escrito­rio cubierto con un paño negro, una mesa camilla grande cubierta con una falda verde, un viejo sillón frailero donde se sentaba Unamuno y varias sillas para las visitas arrimadas a la pared, unas toscas estanterías con libros y un par de cuadros de paisajes románticos. Las paredes estaban enteladas en un tono verde apagado. Unamuno solía recibir a las visitas a las cuatro de la tarde, entrando al gabinete desde la puerta del fondo cuando los visitantes ya estaban esperándole. Al fondo había también una ventana que daba a un patio interior con una higuera”.

Sin embargo, estaba equivocado en lo principal, porque Unamuno no recibió a sus visitantes en una sola habitación de la casa, sino en dos: su despacho de trabajo y la salita de servicio situada junto a la cocina. Tampoco la habitación del balcón es estrecha, aunque la disposición de las librerías y las mesas debía dar esa impresión. La primera entrevista la concedió al periodista portugués Artur Portela, el 5 de agosto de 1936[6].

“La casa de Unamuno era como su obra. Tenía la desnudez fría y severa de un claustro. Sentíase el silencio, casi se palpaba entre las sombras que recorrían las paredes de su cuarto de trabajo, donde todo era pobre, apagado y triste. Al fondo, una estantería tosca, donde ni siquiera todas las baldas tenían libros. Por encima el cuadro de un paisaje de desolación, de un azul cada­vérico, más allá de la tierra, más allá del mundo. Era una presencia de misterio, que el ambiente del salón, cerrado a la luz del sol, que hacía tremolar fuera su bandera de oro, tornaba más viva y dramática. La mesa, donde Unamuno escribía, estaba recubierta por un gran paño negro, como los de los antiguos tribunales de la Inquisición. Allí era donde él asentaba para la eternidad los juicios de la humanidad. El pensador apa­reció por una puerta al fondo de la sala, vestido de negro, casi una sombra, con paso lento y cansado. Se sentó en un sillón y se encogió como si el frío de la muerte ya le tocase las raíces del cabello blanco y ralo. La barba aguda y diabólica casaba bien con sus ojos malignos que interrogaban al periodista fríamente, sin una palabra. La figura era enorme, alta y llena de dignidad natural. Una torre de la vieja catedral de Salamanca no infundiría tanto respeto”.

Portela se refiere sin duda al cuadro Vista del lago de Sanabria (1934), del pin­tor zamorano Jesús Gallego Marquina, que se conserva en la Casa Museo Unamuno. Este cuadro, regalo del autor, inspiró a Unamuno el paisaje para San Manuel Bueno, mártir[7].

El 13 de agosto por la noche recibió a los periodistas Hubert R. Knickerbocker, norteamericano, y André Salmon, francés, que venían acompañados por el capitán Gonzalo de Aguilera, de la Oficina de Prensa y Propaganda de la Junta de Defensa Nacio­nal. En estas entrevistas no se menciona el lugar en el que transcurrieron, pero Salmon lo describe someramente en sus memorias[8]:

“Oficialmente, militarmente prevenido de la visita, Miguel de Unamuno nos esperaba. Una sirvienta nos abrió la puerta del gabinete de estudio. Una gran sala modernamente amueblada. Vestido de negro, acariciando con una fina mano la corta barba blanca, Unamuno se encontraba en el centro de su cuarto de trabajo. Una larga mesa escritorio, una biblioteca, retratos, carpetas. Para recibirnos, el maestro levantó de un viejo sillón su magra figura”.

El periodista francés Raymond Lacoste publicó en L’Écho de Paris, el 29 de agosto de 1936, una crónica de su viaje entre Castilla y Andalucía a mediados de agosto, mencionando a su paso por Salamanca algunas declaraciones de Unamuno, pero parece más bien un refrito de la prensa local.

A comienzos de septiembre, Unamuno concedió una entrevista al periodista fran­cés Merry Bromberger, quien se fijó en las paredes verdes porque le recordaban una cátedra o un aula[9].

“Sumido en la sombra, el cuarto de trabajo del gran universitario español tenía la apariencia de un aula con las paredes enteladas de verde, la única conce­sión a la pedagogía que él execraba, sin admitir más disciplina que la del arte y la historia.

La barba blanca y dura, el cabello liso, apenas ondulado y menos por la edad que por el estudio, don Miguel de Unamuno se colocaba de cuando en cuando las gafas ante su mirada aguda y prodigiosamente móvil. Se enojaba con una idea como lo haría con un hombre y su conversación se aferraba constante­mente a un hecho, una cita, una anécdota precisa”.

Poco después recibió al hispanista holandés Johan Brouwer, gran admirador suyo, que se fijó en los libros del despacho[10].

“Crucé la simpática plaza de Monterrey. Una sirvienta me había visto llegar y me dejó entrar. Me llevó a un cuarto exterior sobriamente amueblado y me rogó esperar un momento. Tuve así la ocasión de mirar alrededor. Dos grandes mesas con libros y papeles. Las paredes cubiertas de libros. Novelas, poesías, ensayos, filosofía. Traducciones de las obras de Unamuno, en seis o siete lenguas. Busqué los autores preferidos de Unamuno, Kierkegaard sobre todo, pero no los encontré.

Pasos arrastrándose por el pasillo. Pasos fatigosos y lentos de un hombre viejo en zapatillas. La puerta se abrió paulatinamente. Me costó reconocer a Una­muno[11]. Me parecía ahora pequeño, muy pequeño. Con la cabeza inclinada, los hombros caídos, su postura indicaba cansancio, debilidad, apatía. Se acercó con pasos pequeños y cautelosos. Era un hombre viejo”.

Hacia el 20 de septiembre, el falangista sevillano Pedro de León charló con Una­muno en la Plaza Mayor y al día siguiente en su casa, pero no describió el despacho. En los primeros días de octubre, recibió de nuevo al periodista Merry Bromberger, quien no describe el lugar de la entrevista, pero sí el aspecto de Unamuno[12]:

“El rostro marcado por los tormentos que le desgarraban el corazón y el espí­ritu, la barba blanca erizada, los cabellos revueltos, la mirada aguda tras las brillantes gafas, el verbo irritado, quebrado a veces por la emoción, pero pronto a recuperarse por una ocurrencia genial, don Miguel sufría, reflexionaba, criticaba y disecaba con un prodigiosa intensidad de emoción la guerra que le hería”.

Algo después, el 21 de octubre, le visitó el escritor griego Nikos Kazantzakis, que había ido a Salamanca expresamente para hablar con él sobre la situación de España[13].

“A las cuatro de la tarde llamé a la puerta y entré en un despacho estrecho y largo, desnudo, con poquísimos libros, con dos grandes mesas y dos paisajes romá­nticos en las paredes. Ventanas grandes, luz abundante, un libro inglés abierto sobre el escritorio.

Presté atención. A lo lejos, en el pasillo, podían oírse los pasos de Una­muno, que se acercaba. Era un andar cansino, arrastrado, de viejo. ¿Dónde estaba el paso ligero, la elasticidad juvenil que tanto había admirado en él, hacía sólo unos años, en Madrid[14]? Cuando se abrió la puerta ví a un Unamuno encorvado, que había envejecido de pronto, que se había marchitado. Pero su mirada brillaba, siempre atenta, rápida y violenta como la del torero”.

Es posible que Kazantzakis se refiera a la vista del lago de Sanabria de Gallego Marquina, antes mencionada, y a la marina de Pedro Larraza (1886) que pertenecía a Unamuno por herencia familiar[15].

Después de los sucesos del 12 de octubre en el paraninfo de la Universidad, Una­muno quedó recluido en casa, con un policía que vigilaba la puerta. Se dedicó a la lec­tura y a tomar notas para El resentimiento trágico de la vida. El 30 de octubre de 1936 apareció en The Times una brevísima entrevista con Unamuno, seguramente realizada por George L. Steer[16]. Un periodista que desconocemos, probablemente el belga Maurice Tock, le hizo el 29 de octubre una entrevista en la que no se describe ni el lugar ni el aspecto de Unamuno y fue publicada en enero de 1937[17].

Los periodistas portugue­ses Norberto Lopes y Artur Portela pudieron entrar a visitarle, aunque la entrevista no se publicó hasta enero de 1937[18].

“La casa de Unamuno se encontraba a la sombra acogedora de un viejo palacio. Una típica casa antigua de Salamanca, con su fachada de granito dorada por el sol y ventanas floridas de barroco. Fuimos introducidos casi sin ser anunciados, apenas ‘Periodistas portugueses’, y la sirvienta, vestida de negro, como toda la obra dramática de Unamuno, como él mismo, nos abrió la puerta del gabinete frío, severo, con un poco de polvo y de tristeza. La mesa célebre, cubierta con un paño negro, como la de los antiguos inquisidores. Al fondo, en la pared desolada, de un verde triste, la pintura de un paisaje de invierno, sombriamente dramático.

Y no reparamos en nada más, porque el maestro surgió, despacito, lige­ramente inclinado por el peso de los años, pero todavía robusto, como los robles que, batidos por todas las tempestades, no caen al suelo, tan profundas son sus raíces. Se sentó en un viejo sillón frailero y, después de mirarnos, habló como si estuviese todavía en su cátedra de Fray Luis de León”.

Es probable que los periodistas se refieran a la vista del lago de Sanabria de Gallego Marquina.

A finales de noviembre, concedió una entrevista al periodista polaco Roman Fajans, el cual no sabía que Unamuno ha­bía sido destituido del rectorado y se dirigió a la Universidad, donde le indicaron que Unamuno se encontraba en su casa. En esta entrevista aparece una versión de la destitución y, por otro lado, se aprecia claramente el profundo malestar e irritación que le producía el falangismo. [19]

“Delante de la entrada vi a un policía deambulando. Pero, ante la orgía de uniformes que se veían en Salamanca a cada paso, ¿quién habría prestado atención a uno de más o de menos? El policía me miró con atención, pero no dijo nada. Y, unos minutos más tarde, estaba delante de Miguel de Unamuno. Lo tenía ante mí con su barbita blanca hirsuta, sus cabellos en desorden, su mirada inquieta y penetrante.

—¿Cómo le han dejado entrar? ¿No sabe usted que estoy en arresto domici­liario y bajo vigilancia?

—¡Ah, no! No lo sabía.

Entonces Unamuno me contó la historia de sus últimas semanas. Apenas había sido nombrado por el régimen franquista «rector vitalicio», discutió con sus nuevos protectores. ¿Quién se sorprendería por ello? ¿Un espíritu tan ferozmente independiente e individualista podría estar mucho tiempo de acuerdo con un régimen totalitario modelado sobre el nazismo? Las relaciones de Unamuno con la Falange estaban ya muy tensas desde que, en el transcurso de un acto universita­rio, la bomba estalló. El general Millán Astray, el famoso comandante de la Legión extranjera española, que presidía el acto, pronunció un discurso en el que calificó a los catalanes y los vascos de ‘traidores a la causa nacional española’. Eso fue demasiado para Unamuno, él mismo un vasco de cuerpo y alma. Inte­rrumpió entonces el discurso del general Millán Astray protestando con vehemen­cia. Los estudiantes, la mayor parte de los cuales eran falangistas y que no comprendieron nunca muy bien los principios filosóficos de su rector, se lanzaron sobre él; después, dañaron seriamente su busto escultórico que adorna la principal sala de la Universidad. Resultó de ahí un grave conflicto, cuyo epílogo fue la des­titución, una más, del gran escritor español. Y como Unamuno no quería de ninguna manera plegarse a las exigencias del régimen, le pidieron que se quedara cierto tiempo en casa, bajo custodia. (…)

—Yo estaba de todo corazón con el general Franco. La bestialidad de los otros, su falta total de respeto a la libertad de espíritu, su vandalismo contra los tesoros culturales, todo esto me inspiraba una aversión profunda. Al comienzo, Franco fue bastante razonable para sostener la tesis de que la organización de la España futura no debía constituir un tema de discusión inmediata, y que habría tiempo suficiente para ello, más tarde. Pero pronto otras influencias comenzaron a tomar ventaja en el seno de la Junta, y Franco dejó hacer. Y no está lejos el mo­mento en que no se podrá decir aquí una sola palabra independiente y habrá incluso que respirar al ritmo de la Falange y de sus aliados exteriores. Y, créame, la Falange es sin duda el mayor peligro de los que amenazan a España. Son locos, fanáticos, que calcan ciegamente una idea extranjera y estrecha. Renuncian a su propia patria y a sus ideas seculares.

A medida que hablaba, la violencia de su filípica aumentaba constante­mente.

—La cruz gamada nazi –continuó–, lleva camino de convertirse en un nuevo símbolo de España. Pronto vamos a venerarla como a un dios pagano. El himno nacional alemán se ha convertido en el segundo himno de mi patria, y la Giovinezza el tercero. Sin embargo, no tenemos ninguna necesidad de tres himnos. España no debe ser bolchevista, ni hitleriana, ni fascista, sino únicamente española. Por eso fui destituido, una vez más, de mi puesto de rector. Lo hicieron porque yo criticaba abiertamente esta sumisión a influencias extranjeras y estas violencias hacia el individuo. Pero sigo afirmando que la conquista no constituye posesión y que la posesión no equivale necesariamente a la conservación, pues el espíritu humano es invencible. (…)

Le pregunté si podía publicar todo esto que acababa de decirme. A la vista de sus tensas relaciones con el régimen franquista, consideraba que una publica­ción semejante podría constituir para Unamuno un serio peligro. Se lo dije sin ambajes.

—Usted publicará todo o nada –fue su respuesta–. No hay más que una sola verdad –añadió en voz más baja después de un instante.

No era difícil percibir que debía estar seriamente enfermo. En ocasiones, respiraba con dificultad y se ponía la mano sobre el corazón. Se veía que la vio­lencia, la amargura, la desesperación de sus reflexiones contribuían a debilitar su salud, ya precaria. Hablaba como si estuviera dictando su testamento ideológico. Sus palabras fluían con tal rapidez que se tenía la impresión de verlo inquietarse por el tiempo que le quedaba para pronunciarlas todas”.

A comienzos de diciembre de 1936, el escritor francés Jérôme Tharaud, de gira por la zona rebelde, visitó a Unamuno,[20] pero en esta ocasión el rector no recibió al visi­tante en el despacho, sino en la habitación del fondo, en la zona de servicio, tal vez por­que al ser paredaña con la cocina estaba más caldeada que el resto de la casa.

Esta habitación tiene una puerta cerca de la de entrada a la casa, otra que comu­nica con la cocina y otra más, acristalada, que da a la galería y al patio ajardinado, junto a la que Unamuno colocaba la mesa camilla y el bra­sero. Debía ser la habitación de coser y planchar, de conversar las mujeres, de jugar los niños, de comer la familia en una alcoba sin puerta, enmarcada por cortinas, que se abre a un lado. Era la habitación de la intimidad familiar, no el despacho de los libros y las visitas oficiales.

“En el barrio más aristocrático y conventual de la ciudad, llegué ante una casa sencilla y de buen aspecto. Una joven me introdujo en una especie de sala monástica, perfectamente limpia, reluciente y fría, con sillas contra las paredes, un retrato del amo de la casa, inspirado en la vieja escuela española y, contra una ventana que daba a un patio –que estaría bien triste sin el cielo azul de aquel día– una mesa camilla cubierta con un faldón verde que caía hasta el suelo.

Tras unos minutos de espera, vi entrar a Unamuno, muy vivo todavía a pesar de sus setenta y dos años bien llevados, el cabello y la barba en desorden, el perfil anguloso y, tras las gafas de acero, una mirada cargada de preocupa­ción. Nos sentamos a la camilla. La joven que me había acompañado regresó con un brasero que puso bajo la mesa, después plegó con cuidado el faldón sobre nuestras rodillas y, en el aire glacial de la habitación, pero con las piernas calientes, Unamuno y yo comenzamos a charlar”.

Es probable que Tharaud se refiera al retrato pintado por el bilbaíno Manuel Losada, amigo de juventud de Unamuno, realizado en 1905, que representa a Unamuno con cuarenta años, cuando era todavía el rector más joven de España.[21]

Durante el transcurso de esa entrevista, Unamuno dio al visitante una copia manuscrita de un manifiesto que deseaba hacer llegar a la opinión pública extranjera con su análi­sis de la situación española:[22]

“Apenas iniciado el movimiento popular salvador que acaudilla el general Franco me adherí a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civi­lización occidental cristiana y con ella la independencia nacional, ya que se está aquí, en territorio nacional, ventilando una guerra internacional. El gobierno fantasma de Madrid me destituyó por ello de mi rectoría y luego el de Burgos me restituyó en ella con elogiosos conceptos. (…)

En un principio se dijo, con muy buen sentido, que ya que el movimiento no era una cuartelada o militarada sino algo profundamente popular todos los partidos nacionales anti-marxistas depondrían sus diferencias para unirse bajo la única dirección militar sin prefigurar el régimen que habría de seguir a la victoria definitiva. Pero siguen subsistiendo esos partidos: renovación española (monárquicos constitucionales), tradicionalistas (antiguos carlistas), acción popular (monárquicos que acataron la república) y no pocos republicanos que no entraron en el frente llamado popular. A lo que se añade la llamada falange –partido político aunque lo niegue– o sea el fascio italiano muy mal tradu­cido. Y este empieza a querer absorber a los otros y dictar el régimen futuro. Y por haber manifestado mis temores de que esto acreciente el terror, el miedo que España se tiene a sí misma y dificulte la verdadera paz; por haber dicho que vencer no es convencer ni conquistar es convertir el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó a mi rectoría… vitalicia! con elogios me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome expli­caciones. Y esto, como se comprende, me impone cierto sigilo para juzgar lo que está pasando.

Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente enca­beza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional ya que España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que está ensangrentando, desangrando, arruinándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello impedir que los reaccionarios se vayan en su reac­ción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos a los ni convencidos ni convertidos.[23] Triste cosa sería que al bárbaro, anti-civil e inhu­mano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro que en el fondo son lo mismo”.

El 23 de diciembre, Unamuno recibió la visita de un periodista portugués, Armando Boaventura,[24] quien menciona que “su aspecto físico era excelente”. Probable­mente la charla tuvo lugar en el despacho sin libros, porque el periodista dice que

“su aislamiento –no salía de casa y dentro de ella le faltaba la compañía de sus libros, el consuelo de su preciosa biblioteca que recientemente legara a la Univer­sidad de Salamanca–, le irritaba más, dado su temperamento intranquilo, insatis­fecho de la lucha entre el hombre de carne y hueso y el espíritu.

Casi toda su conversación fue una diatriba contra todo y contra todos, y un anatema violento contra el propio Dios, que arma ejércitos, desencadena batallas y pone, frente a frente, en esa encarnizada lucha de cuerpos y almas, a los hombres de la misma patria. (…)

—En esta guerra civil España está espantada de sí misma, de tanta barbari­dad, de tanta salvajada, de crímenes tan monstruosos…

—Pero ha de salvarse… –objeté.

—Al movimiento dirigido por el general Franco importa salvar la civiliza­ción cristiana (yo fui la primera persona que habló en defensa de la civilización cristiana) y la independencia nacional, amenazadas por la barbarie soviética, porque España no puede ni debe estar sujeta a la soberanía de Rusia, ni de cual­quier otra potencia extranjera.

‘Pero es deber también realizar la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que se está ensangrentando, arruinando, envenenando y enloque­ciendo.

‘Nada de partidos –prosiguió–, ni Renovación, ni Tradicionalistas, ni Falange. Franco es un buen hombre y un gran general. Le afirmé, desde la primera hora, mi adhesión, pero siempre le dije, y si quisiera oírme lo repetiría, que vencer no es convencer y conquistar no es convertir”.

Unamuno se encontraba desesperado por el encierro y la falta de comunicación. El periodista Luis Calvo, corresponsal de The Observer en la zona nacionalista, una noche consiguió colarse en casa de Unamuno, burlando al guardia de la puerta,[25]

“y allí me encontré a Unamuno dando puñetazos en la mesa camilla completamente fuera de sí, soltando animaladas contra los falangistas que le tenían secuestrado. Se pasó el rato gritando que cualquier día se iba a ir a pie hasta Portugal por una carretera de segunda y desde allí embarcaría hacia América para decir a todo el mundo que los nacionales eran aún peores que los otros”.

El 26 de diciembre, el sacerdote catalán Josep Maria Tarragó, en funciones de enviado especial, fue a visitar a Unamuno por encargo del diario católico fran­cés La Croix. La entrevista tuvo lugar en el despacho.[26]

“Don Miguel era el de siempre, el gran anciano de barba blanca, con los ojos jóve­nes y claros que se podían encontrar en el boulevard Saint Michel diez años antes, en los tiempos del exilio.

—No me sacarán de aquí más que muerto –comenzó diciendo–. No volveré a salir a las calles de Salamanca. Se lo he dicho al comisario encargado de mi vigilancia. A las veces vienen a verme periodistas extranjeros. El otro día he visto a un portugués que me ha dicho que el entusiasmo por Franco era grande. Eso no es verdad, le he respondido. Ya no hay entusiasmo, lo han perdido aquellos que pudieran haberlo tenido por este régimen. Solo queda el terror, un terror que es cien veces peor que el que nos dicen que existe entre los rojos. (…)

‘Yo creí que este movimiento era un movimiento que salvaría la civilización porque pensaba que operaría con métodos cristianos. Muy al contrario, he visto triunfar con él el militarismo al que estoy fundamentalmente, totalmente opuesto. (…)

—Esta gente va contra la inteligencia. Fusilan a los intelectuales. Si triunfan, España, este país enfermo, se va a convertir en un país de imbéciles.

‘¿Y qué me dice usted de esos alemanes en Feldgrau que se ven por todas partes en las calles de Salamanca, que cantan sin parar «Deutschland Über Alles»? ¿Es una gue­rra nacional o una guerra internacional?

Unamuno habló del gobierno de Madrid. Mientras que consideraba a Azaña un enemigo personal, no tuvo más que elogios para Indalecio Prieto, al que consideraba el hombre más inteligente de la época. Me mostró por la ventana a los policías en su puesto.

—Mire, no quieren que me vaya para gritar al mundo entero las razones por las que me han expulsado de la Universidad, que diga que fusilan en masa en retaguardia, a falta de triunfos en el frente. Pero he escrito al extranjero, a Francia, a Inglaterra, a Portugal, para decir lo inaudito, sádico, cruel, bestial, que es este movimiento. No dudo de que mis cartas no hayan llegado.

Añadió: ‘Estoy vigilado, no me dejan salir, pero todavía no me han fusilado’. (…)

Se despidió de mí con estas palabras:

—Le autorizo a decir por todas partes, en mi nombre, que vivo en un infierno, que estoy rodeado de una espantosa locura colectiva”.

El 31 de diciembre de 1936, a las cuatro y media de la tarde, recibió en la salita de estar, junto a la puerta acristalada por la que se veía la higuera, arrimado a la camilla de faldón verde, la visita de Bartolomé Aragón Gómez, joven falangista, cate­drático de la Escuela de Comercio y profesor auxiliar de la Facultad de Derecho, que quería mostrarle un ejemplar de un diario falangista que había dirigido en Huelva durante el verano, y el borrador de un libro sobre economía corporativa que pensaba publicar en breve. La criada puso bajo la mesa un brasero, después plegó con cuidado el faldón sobre las rodillas de los señores y se retiró a la cocina. Unamuno y Aragón charlaron y discutieron. Unamuno dio fuertes voces. La criada echó un vistazo por si pasaba algo. Sobre las cinco de la tarde, Ara­gón comenzó a dar voces de alarma. Unamuno estaba exánime y había metido un pie en el brasero. Entró la sirvienta, entraron María de Unamuno y la vecina, Pilar Cuadrado, y entre todos colocaron a Unamuno en el diván. María avisó por teléfono al doctor Adolfo Núñez, que se presentó a los pocos minutos, pero no pudo hacer nada para salvar su vida. En el suelo de la sala han quedado las huellas de las brasas, junto al ventanal, como la huella de una vida.

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Bibliografía

Delgado Cruz, Severiano (2019). Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Madrid: Sílex.

García Blanco, Manuel (1955). Viviendas salmantinas de D. Miguel de Unamuno. Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, 6 (1955), p. 65-75.

Inventario de cartas, manuscritos, papeles, fotografías, cuadros, libros especiales, objetos y recuerdos íntimos de Don Miguel de Unamuno, propiedad de sus familiares que se en­cuentran depositados actualmente en el Museo Unamuno de la Universidad de Sala­manca (1981). Salamanca: Universidad de Salamanca.

Nieto González, José Ramón; Azofra Agustín, Eduardo (2002). Inventario artístico de bienes muebles de la Universidad de Salamanca. Salamanca: Universidad de Salamanca.

‘Unamuno ha vuelto a Salamanca. La casa del desterrado. Una familia de liberales españoles’. Crónica (Madrid), año II, n. 14, 16 de febrero de 1930.

 

Epílogo: El brasero de don Miguel, por Carlos García Santa Cecilia

Miguel de Unamuno no rehuía la polémica y el destino ha querido que le acompañe hasta su muerte y que los rescoldos de su ya famoso brasero sigan humeando hasta nuestros días. Es probable que tras la promoción y exhibición de Palabras para un fin del mundo haya calado ya para siempre la sospecha de que Unamuno fue asesinado por un exaltado falangista. La “película documental”, según reza su cartel anunciador, recién estrenada y dirigida por Manuel Menchón, cuenta con la producción, entre otros, de la televisión pública española (TVE) y con la intervención de actores de la talla de José Sacristán –la voz de Unamuno– y de Antonio de la Torre. No conformarse con la versión establecida de los hechos es una exigencia para periodistas e historiadores, pero fundamentar las tesis en datos objetivos y veraces es una necesidad cada vez más acuciante en una sociedad vapuleada por las redes sociales y las fake news.

Impulsor y destacado dirigente de la Segunda República española, el apoyo a la sublevación militar del 18 de julio de 1936 por parte de Unamuno conmocionó a ambos bandos. Explicó sus razones en diferentes foros, firmó manifiestos, participó en la represión franquista de Salamanca y se comprometió a contribuir a la causa con una importante aportación de dinero (o al menos así se hizo público sin que lo desmintiera). Como afirma Jon Juaristi en su esencial biografía sobre el pensador, secundó el levantamiento sin fisuras hasta comienzos de octubre, cuando empezó a recibir cartas de amigos detenidos, como el pastor protestante Atilano Coco, y a ser consciente de la represión y de que se desencadenaba una “guerra incivil”. Su alejamiento crítico de los militares sublevados fue paulatino, con diferentes matices según la entrevista que concediera, el receptor de sus misivas o el tono de sus escritos.

Entonces estalla la gran escenificación: el episodio del paraninfo el 12 de octubre de 1936, día de la Raza, en el que don Miguel, rector de la Universidad de Salamanca, preside el acto en representación de Franco. Alejandro Amenábar declaró: “Unamuno es fascinante. Desde el punto de vista dramático, es oro”. Solo el rodaje de su película en Salamanca, Mientras dure la guerra, en el verano de 2018, desató las protestas de una asociación de veteranos legionarios que amenazó con interponer acciones legales si José Millán-Astray, fundador de la Legión y presente en el acto, pronunciaba las consabidas consignas de “Muera la inteligencia” y “Viva la muerte”, que consideraban contrarias a la memoria histórica. Faltaba más de un año para el estreno de la película.

Las versiones sobre lo que ocurrió en aquel acto son objeto de debate entre los historiadores más rigurosos –Emilio Salcedo, Jon Juaristi, Severiano Delgado y el matrimonio formado por Jean-Claude y Colette Rabaté–, pero hay un par de hechos incontrovertibles. A diferencia de las alocuciones de los oradores programados, la de Unamuno, que no estaba prevista, no se trasmitió y grabó en la radio, por lo que nunca sabremos a ciencia cierta lo que dijo, como tampoco la diatriba más o menos estentórea de Millán-Astray, ambas confirmadas por los testigos. Nos quedan unas notas, unas cuantas palabras que el filósofo apuntó en el reverso de una carta (en la que la mujer de Atilano Coco, detenido, le pedía que intercediera a su favor), y varios testimonios dispares y tamizados por la propaganda de guerra y por la historiografía militante.

Por otro lado, la encendida y valiente proclama que pronunció el rector y que ha trascendido hasta nuestros días, coinciden los historiadores, es un texto escrito en Londres en 1941 por Luis Portillo, catedrático y discípulo de Unamuno, que no estuvo presente en el paraninfo. Unamuno’s Last Lecture se publicó en la revista Horizon, editada por Cyril Connolly y centrada en la creación y la crítica literaria. El antiguo brigadista George Orwell puso en contacto con la revista a dos exiliados españoles que coincidieron en el servicio exterior de la BBC. Agrupados bajo el título ‘Two Brave Men’, el número de diciembre de 1941 incluía el relato de Portillo –que nunca tuvo una intención historiográfica sino literaria– y otro de Arturo Barea, ‘The Legion’, que en realidad era el capítulo VII (‘El Tercio’) del segundo volumen de La forja de un rebelde (La ruta), que entonces estaba escribiendo y que narra el enfrentamiento de Millán-Astray con un legionario al que propina una brutal paliza. Ambos textos fueron traducidos al inglés por Ilsa Barea.

El relato de Portillo –padre del político británico de la era Thatcher, Michael Portillo– pasó en 1953 a una antología de Horizon de mucha mayor difusión, en la que quedaba fuera de su contexto, y un joven investigador de treinta años, Hugh Thomas, que preparaba The Spanish Civil War, reprodujo de forma casi literal la recreación de Portillo; en una nota al pie de la primera edición de su libro (Londres, 1961), añadió erróneamente que era una “traducción del discurso de Unamuno”. La edición en español (Ruedo Ibérico, París, 1963) citaba el artículo de Portillo, “al que nos hemos remitido para la descripción de estos hechos”.

Sí contamos, sin embargo, con un testimonio gráfico del acto, una fotografía de la salida del mismo en la que se ve a Unamuno rodeado de vociferantes legionarios y soldados. Los historiadores ya habían apuntado que nada permitía deducir que la instantánea mostrara insultos o amenazas hacia el rector. La foto fue tomada por el corresponsal de la agencia EFE Ángel Laso.

La asociación de legionarios que denunció a Amenábar dio a conocer una nueva imagen desconocida hasta entonces (aunque se había publicado parcialmente en la prensa salmantina de la época, pero sin mostrar el conjunto de la toma) hallada en la Biblioteca Nacional y tomada por Eustaquio Almaraz, que se encontraba al lado de su compañero Laso.

La copia en papel de esta fotografía (no se conserva el negativo) deambuló por diversos organismos oficiales. En 1980 llegó a la Biblioteca Nacional. En una guía-inventario de fotografías publicada en 1989 aparece referenciada, aunque no reproducida, con el texto: “Salida de un acto público” y la identificación de los cuatro principales protagonistas. Se conserva en la caja nº 102 de la sección Guerra Civil, con el epígrafe “Salamanca”; en el reverso hay una anotación, “octubre de 1937”, luego corregida por 1936. Nadie la revisó, tampoco cuando se cargó en la Biblioteca Digital Hispánica, en julio de 2014, aunque su consulta estaba restringida a los equipos dentro de la BNE (como cualquier fondo con derechos). En mayo de 2018 se decidió abrirla al acceso público en la BDH; mide 13×18 cm y presenta visibles rayaduras.

Esta imagen, tomada instantes antes que la anterior, nos permite recrear la escena e identificar a algunos personajes. Millán-Astray se despide respetuoso del obispo Pla y Deniel ante la presencia de Unamuno. En primer plano se distingue a Carmen Polo entrando en el coche oficial. A continuación, el militar subió también al vehículo, lo que observan el obispo y el rector en la fotografía cronológicamente posterior. Puede reconstruirse la escena. En la primera fotografía (Almaraz), el teniente coronel Carlos Díaz Varela, ayudante de Franco (con camisa remangada), se abre paso detrás de Millán-Astray para acompañar a Carmen Polo, que sube al vehículo; en la segunda, parece que se dispone a cerrar la puerta.

Detrás de la cabeza de Millán-Astray asoma en la primera imagen un gorro y unas gafas; en la de Laso distinguimos claramente al falangista Felipe Ximénez de Sandoval (a dos cuerpos a la derecha de Unamuno, con gafas y brazo en alto), autor de uno de los relatos sobre los incidentes de aquel día. Hay personajes que apenas se mueven, como el joven vestido de civil detrás del obispo –tal vez su ayudante– o el legionario, a la derecha, brazo en alto. Otros entran o salen y los guardas urbanos de la derecha, abajo, intenta poner orden. Percibimos el latido de la historia.

Amenábar, que se defendió de los legionarios argumentando que una película es una ficción, se toma algunas licencias: Unamuno habla desde la tribuna, aunque en realidad lo hizo desde la mesa presidencial, y coloca en el coche oficial que sale del acto a Carmen Polo y al propio Unamuno, cuando queda claro por las fotografías que quien se subió con ella fue Millán-Astray.

En otra película, La isla del viento, de Manuel Menchón –estrenada en 2015 con José Luis Gómez en el papel de Unamuno–, se recrea la salida del paraninfo en un ambiente mucho más hostil que el que muestran las fotografías históricas:

En un reciente artículo, Antonio Muñoz Molina afirma que la ficción “busca su legitimidad unas veces reclamando su conexión con la realidad y otras negándola”. Es una ironía, argumenta, que un gobierno presidido por alguien tan mentiroso como Boris Johnson se escandalice por una ficción como The Crown y el ministro de Cultura británico abogue porque se advierta al comienzo de cada capítulo que la serie “no es la realidad”: “En un mundo en el que se imponen con igual fuerza la industria abrumadora de la mentira y el fanatismo de las creencias religiosas o ideológicas, la ficción es liberadora porque no se rinde ni a lo uno ni a lo otro”.

El poder liberador de la ficción que defiende Muñoz Molina se contrapone con la acuciante necesidad de que, del otro lado, exista un periodismo y una investigación histórica rigurosos y basados en las evidencias, que nuestro mundo tan convulso revuelve con frecuencia. Doménico Chiappe ha diseccionado con perspicacia en fronterad la autoficción y el periodismo de invención que practica Emmanuel Carrère. La obra del francés, de cualquier modo, está disponible en las librerías en las estanterías de novela. Lo que inquieta a Boris Johnson es caer en el territorio de la ficción y que sus falsedades pierdan el crédito de actuaciones o declaraciones del primer ministro real.

Unamuno ha despertado desde siempre un enorme interés, pues se coloca en la crujía de la Guerra Civil Española y encarna a la perfección su ferocidad. Interpretarle es legítimo y seguramente necesario. Pero no se pueden cruzar los límites. Manuel Menchón presenta su película Palabras para un fin del mundo como un documental –no una ficción– y afirma que se ha falsificado la realidad sobre los últimos meses y la muerte de Unamuno. “No lo digo yo”, afirma el director en la página de RTVE, uno de los productores de la serie, “lo dicen los documentos”. El análisis de las pruebas que aporta para sustentar sus tesis ha desatado un encendido debate en las redes, en artículos y comentarios. Vamos a detenernos solo en una de ellas y no desde una perspectiva historiográfica sino periodística, como requiere el formato del documental.

La causa de la muerte de Unamuno, sostiene Menchón, es una “hemorragia bulbar” que cuando produce muerte súbita es sospechosa de criminalidad y debería haber conducido a una autopsia judicial, pero no se hizo, lo que alimenta la teoría de una acción criminal por parte del falangista con el que se encontraba en ese momento, Bartolomé Aragón. “Es posible producir esa hemorragia con escasa o ninguna señal externa”. Unido a otras contradicciones en la hora del fallecimiento y la actuación posterior de Aragón, el documentalista plantea la sospecha de que el filósofo pudo ser asesinado. Sustenta la causa de la defunción [en la película de Amenábar, por ejemplo, se afirma en un rótulo final que Unamuno murió de un infarto] en el Acta de Defunción, que muestra en imágenes:

Detalle

Pero los hechos son obstinados y el Acta de Defunción de Miguel de Unamuno que suscribe el juez municipal de Salamanca, Joaquín Segovia de la Mata, a las 10:50 del 1 de enero de 1937, dice:

Imagen obtenida de: https://www.academia.edu/44582164/LA_MUERTE_DE_UNAMUNO

El fallecimiento, según consta en el acta que refleja la certificación facultativa y el reconocimiento practicado, se produjo a consecuencia de: “hemorragia bulbar; causa fundamental arterioesclerosis e hipertensión arterial”. La segunda parte de la anotación no aparece en el acta exhibida en el documental, que ha añadido burdamente un papel en el que dice solo “hemorragia bulbar”. La arterioesclerosis y la hipertensión arterial no son causa directa de la muerte, pero la explican. Son patologías que Unamuno sufría y que suelen agravarse con el tiempo. Pueden provocar dos tipos de lesiones cerebrales: un ictus, más lento, o una hemorragia, fulminante. No hay constancia de golpe alguno y “hemorragia bulbar” es sinónimo de “hemorragia cerebral”, en cualquier caso no hay obligación de practicar la autopsia, y más si el médico certifica que la muerte ha venido provocada por las dolencias que sufría un anciano de 72 años.

Concluyamos en el brasero de don Miguel, en este caso de la mano de Jon Juaristi: “Bartolomé Aragón descendió de sus sueños imperiales y vio una columnita que se alzaba desde debajo de la mesa. Levantó los faldones y vio con espanto que una zapatilla estaba ardiendo, nunca sabremos si la izquierda o la derecha. Aragón murió en 1999, llevándose el secreto a la tumba y es una pena porque habría dado pie –con perdón– a interpretaciones curiosas por parte de los unamunólogos”.

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Artículos relacionados:

Ramón Mercader en Salamanca, por Severiano Delgado Cruz

Unamuno, 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de Salamanca. El testimonio de Nikos Kazantzakis, por Carlos García Santa Cecilia

 

 

Notas:

[1] Agradezco la amabilidad de los propietarios, y en especial de Rosa, que nos hizo de guía

[2] https://www1.sedecatastro.gob.es/Cartografia/

[3] García Blanco (1955), p. 70.

[4] ‘Unamuno ha vuelto a Salamanca. La casa del desterrado. Una familia de liberales españoles’. Crónica (Madrid), año II, n. 14, 16 de febrero de 1930.

[5] Delgado (2019), p. 53.

[6] Delgado (2019), p. 50. Diário de Lisboa. 6 de agosto de 1936.

[7] Nieto, Azofra (2002), p. 146. Objeto 160. Óleo sobre lienzo, 99 × 109 cm.

[8] Delgado (2019), p. 72. La entrevista de Knickerboker fue publicada en muchos periódicos, entre ellos el Diario de Burgos, 15 de agosto de 1936. La de Salmon se publicó en Le Petit Parisien, 15 de agosto de 1936.

[9] Delgado (2019), p. 117. Le Matin, 9 de septiembre de 1936.

[10] Delgado (2019), p. 125. De Tijd (Amsterdam), 24 de septiembre de 1936.

[11] Brouwer había visitado a Unamuno en Salamanca en el verano de 1934.

[12] Delgado (2019), p. 184. Les Nouvelles Littéraires, 10 de octubre de 1936.

[13] Delgado (2019), p. 215. Kathimerini (Atenas), 14 de diciembre de 1936.

[14] Kazantzakis había tratado a Unamuno en Madrid durante su estancia en España en 1932-1933.

[15] Nieto, Azofra (2002), p. 141. Objeto 154. Óleo sobre lienzo, 34 × 70 cm.

[16] Delgado (2019), p. 227.

[17] Delgado (2019), p. 233. Esprit: revue internationale, n. 52, enero de 1937.

[18] Delgado (2019), p. 235. Diário de Lisboa, 3 de enero de 1937.

[19] Delgado (2019), p. 252-257. Kurier Warszawski, 6 de diciembre de 1936 y 3 de enero de 1937. Fajans recopiló sus crónicas de guerra en el libro Douze ans dans la tourmente (París: La Jeune Parque, 1947), haciendo una versión de la entrevista en el capítulo ‘La Guerre Civile d’Espagne’ (p. 44-48).

[20] Delgado (2019), p. 275-280. Candide (París), 10 de diciembre de 1936.

[21] Nieto, Azofra (2002), p. 122. Objeto 128. Óleo sobre lienzo, 95 × 72 cm.

[22] Delgado (2019), p. 281-283.

[23] Los falangistas estaban presionando a los trabajadores para que se afiliaran a los “sindicatos nacionales”, la Central Obrera Nacional Sindicalista. – El Adelanto, 29 de octubre y 15 de noviembre de 1936.

[24] Delgado (2019), p. 304-306. Diário de Notícias (Lisboa). 3 de enero de 1937.

[25] Delgado (2019), p. 309-310.

[26] Delgado (2019), p. 313-316.  L’Humanité, 7 de enero de 1937, y Cahiers d’Action Populaire, 10 de febrero de 1937.

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