La columna de Dorian Gray

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La primera vez que escribí una columna con una foto de ésas que ilustra al columnista, y que suele ser una foto en la que aparece uno torturado y mirando de lado, a veces con el mentón apoyado en el puño, como si el cerebro le pesase un huevo, se la dediqué a la foto. Lo hice porque aunque yo tenía pensado escribir del Partido Popular, finalmente me vi sobre la maqueta y me dediqué la columna como un torero que de repente, mirando al tendido, decide dedicarse a sí mismo la faena. Yo aún tenía veinte años y era fácilmente impresionable, incluso por una foto propia, y desde entonces me ocupo menos de España y más de mí, ya que intereso a bastante más gente de lo que pueda interesar el Estatut o la banda terrorista ETA, que últimamente, por cierto, está mandando más notas de prensa que la asociación de vecinos de mi pueblo. En el esplendor de la primera foto no necesita uno cuidar las construcciones sintácticas ni echar diez minutos buscando el adjetivo, porque eso es lo de menos. Sin embargo, a medida que uno crece y la foto se renueva, el lector empieza a querer saber qué hay debajo y que lleva contando uno todos estos años, por si le han estado tomando el pelo. Yo siempre digo que si uno es atractivo debe exigir foto sobre la columna, y si no, columna bajo la foto, salvo que uno sea Fraga, que en los carteles de las elecciones gallegas iba saliendo más joven que cuatro años antes: ahí lo que se debe exigir bajo la foto es la dirección del jefe de prensa. Yo diez años después lo que he hecho es leer lo que llevo escrito, y le he encontrado cierta gracia, pues son columnas de relleno. Ahora compruebo mi evolución y facilito el trabajo a los biógrafos sacándome una foto de carné cada día y poniéndola en el corcho que tengo frente al ordenador. Pretendo así saber a qué arruga o a qué clareo en la cabeza achacar una figura literaria o una idea genial, pues lo que uno empeora en la vida lo suele compensar en la obra. Sin embargo, veo que no envejezco, y que mi aspecto sigue teniendo la belleza impune de los veinte años mientras mi escritura me devuelve a un ser aún más inútil con las metáforas, a alguien ya incapaz siquiera de escribir nada que haga pensar al menos un minuto a nadie, y que se recrea en una vida exagerada en la que abunda el descontrol tontiloco de los muchachos yonquis y los años tibios, y así ya puede uno desprender charm y acostarse con quien quiera, que no verá un premio o una subvención, no digamos ya una conferencia en la Casa del Pueblo.