“La comedia de la cestita”, un recipiente desordenado

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Tito Maccio Plauto (254 a. C. – 184 a. C.) explotó con denuedo la despensa helenística de la comedia nueva (fundamentalmente piezas de Menandro, Filemón y Dífilo) en busca de munición argumental para sus propias obras. Un tipo curioso el gran comediógrafo latino de cuya vida no se conocen demasiados detalles, aunque parece que cuando se trasladó a Roma desde su Sarsina natal ejerció muy diversas labores (soldado, actor, comerciante, molinero…) y estuvo al borde de la ruina antes de empezar a escribir comedias inspirándose con gran libertad en modelos griegos, a los que añadió comicidad a costar de limar sutilezas. Los estudiosos reconocen la diversidad y riqueza de sus polimetrías latinas, el poderío de sus metáforas y la fuerza cómica de su fecundo léxico, pescado al oído del lenguaje popular y la jerga de los oficios, amén de valorar su habilidad para actualizar los referentes helenos añadiendo nuevas complicaciones a las tramas y personajes clásicos, amén de bailes y canciones. Todo ello contribuyó a que, sobre todo en sus últimos años, alcanzara éxitos apoteósicos entre el público romano. Cuando la Parca lo fue a buscar, tenía más de setenta años y era muy rico.

Un momento de la función con la compañía al completo (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Con respecto a la apreciación y recepción actuales de los textos de Plauto y otros comediógrafos clásicos, me parece muy interesante discrepar de mi colega y sin embargo amigo Raúl Losánez, quien escribía hace unos días en La razón –a propósito del montaje de Anfitrión, un Plauto pasado por el ingenio cáustico de Molière, estrenado hace una semana en el Festival de Mérida– que “cuanto más tiempo pasa, más evidente parece la agonía de las comedias grecolatinas con respecto a las tragedias. No es que estas últimas conserven su vigencia intacta en todos los casos, claro (…). Sin embargo, las tragedias dejan siempre un resquicio para ver el desarrollo psicológico de los caracteres o el combate de algunas ideas bien fundamentadas; y esa vista nos resulta en ocasiones deslumbrante, aun hoy, por la meridiana luz que ilumina tantísimos matices en el terreno anímico, intelectual y moral. Y esto, nos pongamos como nos pongamos, no ocurre en las comedias”.

En alguna ocasión he subrayado que la comedia tiene menos prestigio cultural que la tragedia y en ese desprecio aparente incurre mi querido Raúl. Tal vez todo tenga que ver con el modo de presentar a los espectadores de hoy los textos de anteayer. Creo que el público de nuestros días se emociona y ríe casi con las mismas cosas con las que lo hacía el de otras épocas, pero las formas y modos de atención, ocio, referentes y costumbres son diferentes. No sé si ahora apreciaríamos una representación, ya fuera de una obra de contenido trágico o de una de carácter cómico, al estilo de las que se realizaban Atenas o Roma hace más de veinte siglos, con sus circunloquios mitológicos, imágenes retóricas y demás parafernalia teatral al uso de entonces. Por eso es muy importante la labor del adaptador, que debe mirar a las butacas de hoy sin perder la esencia y el sentido del original. Un ejemplo estupendo es el primoroso y divertidísimo musical Golfus de Roma (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum), de Stephen Sondheim con libreto de Burt Shevelove y Larry Gelbar, cuyo argumento es una espléndida macedonia plautina que bebe de Pseudolus, Miles Gloriosus y Mostellaria igual que Plauto mezclaba a veces en una misma obra elementos de diversos originales helenísticos.

María Esteve es una encantadora Selenia (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Pienso que el alcance de la grandeza del autor latino se manifiesta también en las semillas que han fecundado las obras de escritores posteriores (Ariosto, Boccaccio, Shakespeare, Molière, Lessing y Giraudoux son algunos de ellos) y perfilado tipos que se han asomado a otras dramaturgias, por ejemplo: sus esclavos trapisondistas gesticulan tras el Arlequín de la Commedia dell’Arte, los graciosos de nuestro Siglo de Oro o el Scapin molieresco. 

Dicho todo lo cual, pasemos a la forma en que se ha presentado en Mérida La comedia de la cestita o Cistellaria, una obra cuya fuente original es El banquete de las mujeres (Synaristosai) del griego Menandro, de la que únicamente se conserva algún fragmento. La comedia de la cestita es un texto del que se han perdido varios pasajes, aunque lo preservado permite apreciar su calidad, pese a ser, según se cree, una de las primeras obras de Plauto. Se encuadra en las definidas como comedias de reconocimiento, en las que al final se descubre el verdadero origen y condición del personaje principal. En este caso es la joven Selenia, abandonada al nacer en una cestita por su madre soltera y adoptada por la cortesana Melénide, que la educa en los valores de la honestidad y el decoro. Alcesimarco, joven de buena familia, ama a Selenia y esta le corresponde, pero el padre del galán determina que se case con la hija de su rico vecino Demifón. Tras no pocas peripecias, la cestita del título es la prueba que demuestra que Selenia es la hija buscada durante mucho por Demifón y su esposa, que no es otra que la mujer que abandonó a la niña antes de casarse. Este desenlace propicia un final feliz para los enamorados.

Pilar G. Almansa, interesantísima dramaturga, directora, productora y muy activa en experiencias teatrales interactivas y performativas, ha urdido un ingenioso artefacto metateatral en el que una compañía realiza el ensayo general de la Cistellaria de Plauto, elegida para inaugurar nada menos que el Teatro Romano de Mérida en el año 15 a. C. El propio comediógrafo, en un desajuste cronológico que luego se explica, dirige su obra en la que también actúa. De esta forma conviven, se mezclan y solapan el argumento plautino y los problemas de la compañía. Un totum revolutum cuya comicidad exigiría una gran precisión en el manejo de tiempos, ritmos, gags y juegos de palabras, lo que no ocurre aquí. La buena idea inicial se malbarata en una sucesión de escenas salpicadas por momentos de pretendida gracia con frecuencia reiterativos (por ejemplo, la repetición de equívocos entre moño y coño, y no les cuento más).

Juanfra Juárez, Mariola Fuentes e Itziar Castro (derecha)en una escena de “La comedia de la cestita” (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

El encanto de María Esteve como Selenia, la eficaz presencia cómica de Itziar Castro en el papel de Gimnasia, su mejor amiga (cuyo nombre la obliga a agitar continuamente una cinta de competición, tarea en la que ha sido asesorada por la campeona Almudena Cid), la desbordante comicidad de Juanfra Suárez como el esclavo Lampadión, el buen hacer de Mariola Fuentes en el doble cometido de madre pija y beoda tía adoptiva de la protagonista y otros detalles como el bonito vestuario de Virginia Serna no son suficientes para salvar una propuesta a mi juicio desordenada y mal dirigida. Me temo que tras ver este montaje mi amigo Losánez no va a variar su opinión sobre la comedia grecolatina.       

Título: La comedia de la cestita (Cistellaria). Autor: Plauto. Dramaturgia: Pilar G. Almansa. Dirección: Pepe Quero. Dirección artística: Josu Eguskiza. Escenografía: Juan Ruesga. Vestuario: Virginia Serna. Iluminación: Juanjo Llorens. Coreografía: Carmen Martínez. Música y espacio sonoro: Santiago Martínez. Productores: Julio Erostarbe, Nuria Hernando, Patricia Garzón y Rocío Sánchez. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida y GNP Producciones / Clásicos Contemporáneos. Intérpretes: Mariola Fuentes, Alex O’Dogherty, María Esteve, Jimmy Barnatán, Itziar Castro, Falín Galán, Rosa Merás y Juanfra Suárez. 66 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 5 de agosto de 2020.

 

 

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Juan Ignacio García Garzón
Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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