La constitución que sí se rompe

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El vértigo es grande. La sensación de que ya no hay suelo común. Que hay una línea de la decencia que ‘los otros’ han cruzado. Su rostro de adversario se va convirtiendo en enemigo. Ya politizaron el derecho hace dos días. Y hoy la política se moraliza. Sí, se moraliza. ¿No me está pasando también a mí -me pregunto-?: has leído sobre ello, conoces los peligros, te has armado contra el voluntarismo schmittiano a conciencia, lo has criticado otras veces… ¿y estás cayendo? Quizás. Y no sabes si importa caer ni saber dónde estás cayendo porque sigues creyendo que estás en lo cierto. Uff. ¿No están la justicia y la razón de mi parte? Uff, ¿y lo crees firmemente? Bueno… Quiten las mayúsculas y relativicen lo que haga falta. Pero algo de eso.

 

¿No empiezas a perder confianza en el pacto político? ¿No empiezas a creer que aquellos a quienes no has votado (o a quienes no piensas votar más) se apropian de las instituciones de todos para proferir discursos que carecen de toda  legtiimidad democrática por más votos que atesoren? Algo profundo se está rompiendo. Cada cual creemos que lo rompe el otro. Aunque sospecho que esto es conceder mucho. Reprimo un juicio de intenciones. Porque, en realidad, no alcanzo a imaginar que ‘los otros’ no lo estén emponzoñando todo, a conciencia, por cuatro míseros votos. Y lo creo porque ayer no eran así. Ayer, a muchos de ellos los podía oír, leer y acompañar en una manifestación y compartía con ellos algo más que un suelo básico. No creo, en fin, que su movimiento sólo anide en mi impura percepción. Y no me esfuerzo en recordarme que en la suya yo también me estoy moviendo. ¡Es su imaginación! ¡Así reprime su disonancia! ¡Hay hemerotecas! Lo que no entiendo, aunque sé que lo veo escaparse, es cómo consigue moverse así de libre entre los suyos. ¿Alucinan todos? No comprendo por qué se lo permiten, con su silencio, tantos hombres buenos que están alrededor; seguro que no están menos perplejos que yo ante la ley de tierra quemada que promueve su costado. Quiero creer que no lo están. Sé que no lo están. Creo que hasta puedo entender por qué callan.

 

Pero da igual lo que crea entender. Lo cierto es que esta escisión brutal en nuestra arena política avanza. Como ha avanzado tantas veces antes, claro. Pero uno, ingenuo, creía que no lo vería aquí. ¿Tan ingenuo que, quizás, sólo es política? Ya… pero hay muchas formas -algunas muy descarnadas- de hacer política.

 

Releo a Weber. “El concepto de ‘constitución’ que aquí se usa (…) en modo alguno se identifica con el concepto de constitución ‘escrita’ o, en general, con el de constitución en sentido jurídico. El problema sociológico es únicamente determinar cuándo, para qué materias y dentro de qué límites y –eventualmente- bajo qué especiales condiciones (por ejemplo, consentimiento de dioses o sacerdotes o aprobación de cuerpos electorales) obedecen al dirigente los miembros de la asociación y puede aquél contar con el cuadro administrativo y con la acción de la asociación, para el caso de que ordene algo y, más especialmente, para el caso en que trate de imponer sus ordenamientos”.

 

Esto, esto se rompe.

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Mikel Arteta
Del 85 todavía, pero todo se andará. Valenciano de residencia y nacimiento. De cabezón, navarrico; y de vacaciones. Iba a decir que algo también de sangre, pero entonces no podría esquivar el merecido guantazo. Estado civil: catalán. Y de salud, alérgico al nacionalismo. Licencia para leguleyear y, según un papel, también para politologuear… De vocación, cosmopolita. Si me dejan. Y, de Filosofía práctica, doctor en las cosas del bueno de Jürgen Habermas.   Sería un placer y todo un reto sacar provecho a estas páginas para vomitar a cuentagotas, si es que eso se puede, algunas reflexiones morales o políticas. Esas que, sentado en la esquina de la mesa de la esquina de la habitación de un edificio que hace esquina, le golpean a uno al abrir el ordenador, ojear la prensa y el Facebú (donde encuentra siempre a don Tomás y a la parroquia del padre Félix) y descubrir que el mundo sigue igual de mal que de costumbre, cuando no peor. Lo de todas las mañanas, pero compartiendo el café con leche.

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