La Copa de Europa

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Cuando llegaban los partidos europeos del Madrid rodeaba la televisión con bufandas blancas, una de ellas calcetada por mí, y dos fotos de José María García y Gaspar Rosety firmadas por ellos, una a cada lado de la televisión, como la guardia de Buckingham Palace. Sobre mi cama bailaba una especie de cruz en cuya maderita yo había escrito ‘Chencho salvador’ en homenaje a la llegada de Inocencio Arias, y ya en el centro de la alfombra del salón me echaba encima la casulla blanca y el escapulario y empezaba a murmurar en latín frases ininteligibles. Un día mi madre se acercó trastornada pensando que estaba invocando al diablo, y en ese momento salió del túnel de vestuarios Hugo Sánchez agarrándose los cojones con una mano y escupiendo el gargajo más grande que yo he visto en mi vida; un gargajo que me pareció a mí que venía ya trabajándolo desde su época en los Pumas.

 

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y Paquito Llorente corriendo la banda del Bernabéu con el brazo en cabestrillo una noche europea. “¡Bastante está haciendo Paco con mantenerse en pie!”, gritaban en la radio mientras Llorente armaba el contragolpe dando tumbos sin saber si su siguiente paso sería el último y si a Paquito (“¡el sobrino de Gento, el yerno de Grosso!”) el brazo se lo iban a acabar devorando los ultrasur. Aquellas noches mágicas acababan siempre con el Madrid eliminado en semifinales ante el Milan o el PSV y José Miguel González del Campo montándole un pollo al árbitro. Juanito, cuando las cosas no iban todo lo bien que debieran, le pisaba la cara a Lottar Matthaus, Sanchís pasaba el coche escoba y Chendo caía fulminado de la impresión. Butragueño apareció en su boda con Sonia metido en un maletero. A Martín Vázquez nos lo devolvieron de Turín con bigote y el ratoncito Pardeza se tuvo que ir a Zaragoza señalado con saña como “intelectual” por haber intentado acabar de leer un libro. Las zancadas de Gordillo con las medias bajas y barro en los muslos para cabecear en el segundo palo. El caño de un lateral de Totana a Maradona a puerta cerrada en el Bernabéu. Y Hugo, por supuesto: 38 goles al primer toque en una temporada.

 

Yo me crié entre Ligas ganadas y frustraciones europeas, así que a lo primero le he dado históricamente muy poco valor y a lo segundo le concedí ya desde los siete años la categoría de obsesión, sólo a la altura de Marta Sánchez y aquel odio ciego hacia su novio, el batería de Olé Olé Juan Tarodo. El 5-0 del Nou Camp me dio a mí la risa comparado con el 5-0 de Van Basten, que me abrió en canal y me dejó aturdido veinte años. Aquel 5-0 era la Copa de Europa y yo tenía once años, y debieron ser los días siguientes los primeros en los que me eché al tocamiento procaz y angustioso: la columna vertebral de la Naranja Mecánica me dejó a los pies de los caballos. Así que en la última eliminación en octavos de final un amigo culé, sabiéndome alterado y en ebullición, me preguntó con cortesía tramposa: “¿Vas a llorar?”. Fijé la mirada perdida en la televisión, minuto ochenta y tantos, y sólo la aparté para ver si la jarra de cerveza estaba vacía y merecía la pena montar allí un pollo de tres pares de cojones estampándosela en la cara. Pude haberle dicho, pero no lo merecía, que lloré una vez en un clásico en el que jugaba Valdano y quién sabe si Zoco, y el Barcelona remontó un 0-2. Estaba en casa de mis abuelos y me encerré en la habitación a oscuras, boca abajo en la cama, y a los pocos minutos entró allí mi padre enfurecido y dijo una de las diez o doce frases suyas que me dejó marcado de por vida: “¿Estás llorando porque perdió el Madrid? ¡Pues ya me dirás tú qué vamos a hacer en esta casa cuando pierda el Sanxenxo!”.