La Copa del Mundo

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A aquellos niños del 86 nos despertaron nuestros padres a primera hora para contarnos que Butragueño, en la ardiente tarde de Querétaro, había reventado la defensa de Dinamarca con cuatro goles. Nos recordamos sacándonos las legañas con una ilusión violenta y yendo a correr a las televisiones a ver aquel sueño con nuestros propios ojos. Tres días después miles de papeletas eran anuladas en las Generales porque decían: “Oa, oa, oa / El Buitre a la Moncloa”. Querétaro ya era nuestro Macondo, nuestra Arcadia interminable, aquella hora mexicana en la que Butragueño desplegó las alas silenciosas y ejecutó a la dinamita roja. Y sin embargo la dimensión histórica de México fue del pelotero que portaba el 10 de Argentina. El primer recuerdo que tiene de la infancia Pablo Aimar es el de su padre rompiendo a chillar de forma histérica en el salón, dando saltos por el pasillo aporreando las paredes y tumbarse en cama boca abajo para romper a llorar en medio de una crisis nerviosa: Maradona había cogido la pelota con un quiebro fenomenal en el centro del campo zafándose de dos rivales y empezó a derribar jugadores ingleses en la mejor jugada de todos los tiempos. La carrera fue de una plasticidad paralizante, y Peter Shilton cayó sin remedio en la portería porque la Historia había sido escrita diez segundos antes. Lo que siguió después fue inenarrable: se elevó Maradona a la altura de un Rembrandt, de un Mahler, y hoy es Iglesia en Argentina; estalló el país presa de un estado de nervios cuatro años después del orgullo perdido en las Malvinas y salieron millones a la calle mientras aún resonaba en los derribados muros de la patria mía el glorioso eco de Víctor Hugo Morales empapado en llanto: “¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?”.

 

Fue la primera Copa del Mundo de nuestras vidas. El penalti que le sujetó Jean Marie Pfaff a Eloy Olalla en México 86 lo viví tirado en una cama de la casa familiar de Sanxenxo. Salté lo que no saltó Me lo Merezco en la falta de Dragan Stojkovic de Italia 90 en un bar que mi abuelo tuvo durante años. Cuando Tassotti  soltó el codo en Estados Unidos 94 estaba yo solo en casa con la televisión sin volumen y en la radio los ayes de García que se me metían en el corazón y me hacían temblar de rabia. La cantada de Zubizarreta en Francia 98 en la pantalla gigante del viejo Dulcinea. La fiesta de Al Ghandour en Corea 2002 en un piso de Pontevedra después de una jarana veraniega y con un bajón terrible a las diez de la mañana porque de prontro nos dimos cuenta de que se nos había acabado el vino, la droga y el Mundial. La paliza de Zidane en Alemania 2006 en mi ático de Sagasta, en el mismo lugar y con la misma gente con la que cuatro años antes había llorado abrazado de rodillas tras una volea del propio Zidane en Glasgow. El milagro de Sudáfrica 2010 en una finca de Lourido echados en sofás y pareos, como romanos gordos a los que les faltan las uvas, los efebos y la decadencia. Puedo desgranar mi vida como cuentas del rosario cada cuatro años desde 1986. Ha habido quien nació y murió y quien no había nacido todavía, y quien entonces tenía 50 años y el único calor que le ha rasgado durante más de medio siglo el corazón fue un gol de Telmo Zarra diez años después de que se acabase la Guerra Civil.