La Córdoba abandonada

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Los carteles mienten. Dicen que se vende o se alquila, pero ni se vende ni se alquila. Todos los locales están condenados al vacío. A cada negocio que se clausura le acompaña la certeza de que no vendrá otro a ocupar su lugar. En Córdoba, se perdió la esperanza de empezar de nuevo antes de que se pusiera de moda: ya no se esperan sorpresas, sino milagros. Algunos inmuebles, de hecho, tienen más posibilidades de convertirse en ruinas de interés turístico que en nuevos proyectos empresariales.

Hace poco escuché una entrevista en la que el periodista Pedro García Cuartango aludía al interés que le suscitan los lugares abandonados; concretamente, se refería a una industria que en su día había proporcionado cientos de puestos de trabajo. Lo que fue todo y ya no es nada. Lo que era vida y ahora es ruina. Los vestigios del pasado evidencian los estragos causados por el paso del tiempo y nos interpelan. Y su imagen es tan poderosa que se convierten en reclamo de todo tipo de curiosos, con ínfulas y sin ínfulas.

Hasta en Instagram se ha creado un perfil dedicado a la decadencia de Córdoba, Ciudad Moribunda. Cines, cervecerías, papelerías, mercerías… Ningún gremio se salva del mal que lleva años asolando la ciudad. En 2017, algunos políticos sonrieron ante las cámaras cuando se instaló una placa conmemorativa en la fachada del inmueble en el que vivió Juan Valera, sin importarles que el edificio estuviera al borde del desplome. Recordar a los que ya no están en lugares sin futuro: este es el panorama.

Es tan imparable el declive que debería empezar a plantearse la posibilidad de sacarle partido. ¿Por qué esperar siglos, como en el caso de Medina Azahara, para cobrar entrada a los que quieran visitar la ciudad? Que se acepte el ocaso y se aproveche su encanto. La nostalgia se lleva mucho: seguro que hay gente dispuesta a pagar para regodearse en el abandono. Córdoba es la capital de provincia con mayor tasa de paro de España. ¿Será la primera ciudad moderna que vive de su ruina?

Los cines abandonados son los que más me duelen. Cuando paso frente a uno, agacho la cabeza; siento que me chistan, que me piden explicaciones. Es terrible pensar que las salas en las que un día titubeamos, rozándonos los meñiques antes de besarnos, ahora están cubiertas de polvo y repletas de ratas. ¿Nos despertaremos alguna vez de esta pesadilla?

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