La cortina roja

0
229

Se está asistiendo al efímero germinar de los partidos espuma que creyeron rebosar para siempre la copa. Iglesias no parece aún poder darse cuenta de que la mayor parte de ella se le ha quedado impregnada en su bigote ralo como a los niños la leche...

 

Llega un bello verano como el de Pavese en el que uno imagina a Pablo Iglesias observándose desnudo en el espejo sin reconocerse. Alberto Garzón, en cambio, está harto de ver y de verse pese a lo que parecía. En su reflejo está toda la izquierda: cordones sanitarios, Ibex 35, Frente Popular, ciudadano Felipe de Borbón. Garzón es un nuevo Pasionario y tiene pinta de longevo sin pitillo. Un Carrillo sin apéndice. Garzón ha crecido a base de “mecanismos democráticos” como los que dice haber en Venezuela. Uno lo imagina en el colegio organizando los equipos del recreo en asamblea, y cuando no le salían favorables mediante purga. Pablo le quitó sus votantes pero ahora aquel podría recuperarlos una vez advertidos de que éste en realidad era Ginia, la joven heroína del escritor piamontés que coqueteaba con el comunismo a la busca de mitos. La ausencia de pudor le otorga la coherencia necesaria al joven Alberto, igual que a sus ancestros. Pero Pablo, como Ginia, no se atreve a que la pinte al natural Guido, el artista que trabaja en su buhardilla donde luce como un estandarte la cortina roja. Alberto es Amelia, la modelo de poca monta que posa sin reparos; la última vez para Esther Esteban. Monedero sabe todo esto y por eso se aleja de los niños, como Hitchcock, y, mientras, Pablo sigue creyendo en los Reyes Magos y en que Juan Carlos, su amigo, es un intelectual que vuela. Se está asistiendo al efímero germinar de los partidos espuma que creyeron rebosar para siempre la copa. Iglesias no parece aún poder darse cuenta de que la mayor parte de ella se le ha quedado impregnada en su bigote ralo como a los niños la leche. Pablo tiene el mostacho blanco y la espuma es casi ya un residuo en la superficie del líquido. Pablemos, Pablete, que es nombre de galopín, creía poder derribar edificios históricos sin tener en cuenta que PP, PSOE e IU estaban clavados a la tierra con las estacas que sostienen los palacetes de Venecia. Tenía la fachada de colores y balcones y obvió los maderos que contienen las arenas movedizas. Lo que ha quedado es un coloso en llamas por no atender a las especificaciones técnicas. Se acerca el bello verano de las ilusiones (donde aún rechaza el debate con Rivera y pide que le traigan a Sánchez y a Rajoy) tras el que vendrá el invierno de la desesperanza, el horror a lo adulto o el paso de la adolescencia a la madurez. La fábula del politólogo que se vio de presidente de gobierno viniendo de un atelier de modas.