La demonización de la pobreza

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Chavs, como chaval y chavó, es de origen inmediato gitano, pero remotamente viene del sánscrito yayan, “joven”. Ropa de colores chillones, bisutería barata, cirugía estética malograda, glotonería, ropa chabacana de marca. Fijémonos que según la definición media de chav (en español de la calle diríamos choni, macarra, poligonera, palurdo, etc.) buena parte de nuestra clase política, y no sólo la local, caería en el paquete de esta demonización. Pero no es el caso, según Owen Jones, pues en Inglaterra se trata de marcar a aquellos blancos que, con su desorden y pobreza, ofenden a las nuevas pretensiones de despegue en la nación (*).

 

Chavs: La demonización de la clase obrera (Owen Jones, Capitán Swing, 2012) manifiesta un insólito compromiso moral con la pobreza de la Inglaterra actual, lo que debió de costarle algún que otro disgusto al autor en la nación de la radiante Victoria Beckham. Desde un plano de percepción elemental, con una aparente inmunidad a los rituales del poder, Jones aporta una visión desgarrada de la cultura media inglesa actual, vertiendo además un caudal de información escandaloso sobre cualquier democracia europea.

 

Owen Jones se ocupa de la democracia real, del poder y su impiedad generalizada, de una corrupción estructural que afecta por igual a políticos y periodistas, a conservadores y neolaboristas. “Tanto el thatcherismo como el nuevo laborismo han promovido este áspero individualismo con celo casi religioso” (p. 299). Cuando le preguntaron cuál era su mayor logro político, Margaret Thatcher respondió sin vacilar: “Tony Blair y el nuevo laborismo. Hemos obligado a nuestros adversarios a cambiar de opinión” (p. 301). En su desesperación por ganar las elecciones, el nuevo laborismo se adaptó al thatcherismo igual que décadas atrás había ocurrido lo contrario. Nada es alternativa si no se parece escandalosamente a su oponente en el dictado, más o menos escénico, de lo que se llama agenda política.

 

Así pues, en nombre de una población martirizada por su clase opulenta, Chavs no deja títere con cabeza. Militante en la Inglaterra sumergida, este libro arroja mil datos asombrosos de una Europa postmoderna que se pretendía libre de taras clasistas o racistas. De alguna manera, con la disculpa del escarnio aceptado en torno al vocablo chav, Jones trata del retorno de lo reprimido, desmenuza la vuelta actual de un viejo odio de clase y también la “venganza” freudiana de la pobreza rechazada. Dentro de un sorprendente compromiso, tal vez moral antes que político, Jones busca el resto excluido, la escoria social que resulta del tsunami thatcherista. Tras el proceso de reconversión industrial y anímica en “clase media”, Chavs localiza a los últimos “judíos” a los que podemos maltratar impunemente. Este maltrato es impune: aparte de todo, “nadie en la sociedad admitiría ser un chav; no era un grupo al que la gente quisiera pertenecer”.

 

Jones busca entonces una pequeña contradicción, el resto de los restos, un síntoma que señala la inmensa desigualdad que oculta la Inglaterra oficial, torie y neolaborista. Localiza en realidad una demonización de la pobreza que tiene un origen más o menos calvinista: la miseria y el desorden en la tierra es señal de que Dios (ahora “la clase media”) no les ha elegido. Esta sociedad no puede vivir sin judíos, no puede ser conocida más que por sus supuestos enemigos. ”Este libro analizará cómo el odio a los chavs no es ni mucho menos un fenómeno aislado. En parte es producto de una sociedad con profundas desigualdades”. Uno de sus efectos clave es avivar “sentimientos de superioridad e inferioridad en la sociedad” (p. 18): Jones se remite al pionero Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva (Turner, 2009).

 

Chavs es también implacable con el papel perverso de una prensa plegada a la elite política thatcheriana y blairista, y a una clase obscenamente pudiente, en la tarea policial de limpiar todo el material humano que sobra para la tarea de laminar un país. De ahí proviene la caza del hombre que sirve de entretenimiento a una población mucho menos media de lo que se pretende, hoy al borde de la angustia económica y social. Toda esta infamia es retratada sin piedad, desde el inicio, con la comparación entre el secuestro de dos niñas, Madelein McCann y Shannon Mathews. Como cien personajes más que se hacen inolvidables por su honestidad, el párroco de Dewsbury habla de “pornografía mediática”: comunidades norteñas deprimidas son retratadas en bloque como infrahumanas, un atajo de monstruos desestructurados y antisociales.

 

El libro de Jones es un catálogo imprescindible de todas las humillaciones que pueden sufrir los pobres en el Occidente democrático. Los de abajo “procrean sin control”. Están formados por “desaliñadas madres solteras que exprimen el sistema de prestaciones” teniendo muchos hijos, por descerebrados que se pasan el día en sofás de cuero sintético frente a televisores de plasma. Pero “Procrear en masa no es un derecho divino”, de ahí que el torie Ward defienda la esterilización obligatoria de todo aquel que tenga un segundo o tercer hijo mientras cobra prestaciones sociales.

 

Los chicos de la calle que adoraban el Free cinema y Pasolini, ahora son macarras vestidos de Burberry: “Subclase salvaje. Suelen vivir en Inglaterra pero probablemente pronuncian Inlaterra. Les cuesta expresarse y tienen poca capacidad para escribir sin faltas. Adoran sus pitbulls y sus navajas… Suelen procrear a la edad de quince años y se pasan todo el día tratando de conseguir maría. No suelen trabajar, sino vivir del Estado de bienestar”. Es pues un detritus irredimible. Algún periodista importante responde que, ante esta campaña justa de limpieza social, los únicos enfadados eran lectores del Guardian que mostraban una falsa indignación porque “no viven cerca de ellos”. Tatuados, ruidosos, malhablados proletas, seguidos de mugrientos mocosos, “no conciben estar equivocados en nada”.

 

Los blancos de clase trabajadora se habían visto reducidos de un plumazo a unos simiescos macarras sin aspiraciones legítimas. Según Jones, y emplea poderosas razones para mostrar este argumento, los chavs concentran así todo el odio de clase del cual no puede prescindir Inglaterra ni el capitalismo, sobre todo desde que éste se ha empeñado, tras el tándem Thatcher-Blair, en mantener el mantra generalizado “Ahora somos de clase media”.

 

Curiosamente, a pesar de la insistencia del autor en el carácter social de la pobreza (insistencia que a veces se expresa con mucha sabiduría: “no pueden cuidar de sus hijos porque nadie les cuidó a ellos”), lo personal recorre en carne y hueso todo el libro, una percepción política cercana a la ética de cada caso. Lo “general” está precisamente del lado de los poderes mediáticos que Jones denuncia, aliados con un poder político medio que usa casi indistintamente las enseñas tories o neolaboristas. Como foco instintivo de resistencia, la vida real es lo que aparece en este libro, martirizada por los grandes mecanismos conductistas. Alcoholismo, drogadicción, auto-odio y falta de curiosidad, todo ello aprendido en el espectáculo televisivo.

 

El “tribalismo” del que se acusaba antes a la clase trabajadora se ha trasmutado en el gremialismo acéfalo de las tribus urbanas. Y la primera de ellas, con su lealtad primitiva e irreflexiva, es la de los políticos y mediócratas, que deciden qué importa y qué no, cuáles son los temas y cómo hay que enfocarlos. Todo el libro de Jones aborda los mantras que nos dirigen, esas mentiras superestructurales que dicen casi a la vez Blair y Thatcher, Rajoy o Zapatero.

 

Ciertamente, la estupidez ideológica “Todos somos clase media” se parece mucho a la que Solana empleó en España hace no tantos años para engañarnos y defender los privilegios obscenos de su elite: “Todos somos europeos”. Pues no, argumenta Jones a lo largo de 350 páginas incansables. Se trata de consignas dictadas por una elite político-mediática que literalmente no pisa jamás la calle. Por debajo, corre la alcantarilla de la verdad: la renta media en U.K. no es de 80.000 libras, sino 21.000. Como en el Antiguo Egipto, los altos funcionarios estatales, los directivos periodísticos y los políticos, casi nunca salen de la Zona 1, viven retirados de la vida cotidiana: jamás llevarán a sus hijos a un colegio público, etc. Es tal el jet-de-vida del que gozan, que nuestros líderes debían tener al menos asesores en vida real que tuviesen prohibida la información y estuviesen obligados a fingir una vida común. Pero no es así. Días antes de la entrevista estelar los asesores les informan a sus amos del precio del café, del billete de metro, y punto.

 

Lacrimosos llamamientos de madres devastadas. “Has de ser cruel para ser amable” (Shakespeare): Jones sigue como un sabueso la diferencia de tratamiento dado a ambos casos: la vida de Madeleine parecía cinco veces más valiosa que la de Shannon. Los periodistas tuvieron que ser algo más que “cruelmente selectivos” para despojar de humanidad a esa gente “del Norte” y crear la caricatura de la telecomedia Shameless, esa gentuza que viven del estado, entrando en las tiendas en pijama hasta el mediodía, incluso bajo la lluvia. El mecanismo es similar al papel de la información antes y durante nuestras famosas guerras justas. Es necesario despojar de humanidad al enemigo para poder machacarlo sin piedad. Nadie se quejará de que le recorten prestaciones a gente que vive al borde de la aberración. Una vez que el balón se ha echado a rodar, los medios se aferran entusiasmados a otros casos que parecen confirmar esa imagen distorsionada propia del B/N de la información. Crear alarma social, corrientes de opinión, vetas de negocio barato: conductismo lineal, criaturas patéticas servidas como entretenimiento, tal como han denunciado cien veces Chomsky, Moore o Baudrillard. Pero Jones no necesita soporte teórico ni citas, le basta con una observación empírica brutal.

 

Para nuestra sorpresa, el Reino Unido resulta ser una nación casi tan “terciaria” como España. Un país donde, según Jones, “trabaja más gente en la música pop que en las minas” (donde hay más presos que campesinos, decía Tiqqun de EEUU). Cuando en agosto del 2011 estalla lo que alguien llamó la “primavera chav”, se comenta que no ha habido tantos incendios a la vez en Londres desde el bombardeo de la Segunda Guerra Mundial. El Daily Mail habla de animales semienloquecidos, una “jauría de salvajes vagabundos y callejeros de zonas marginales” que debían ser apaleados “como crías de foca” (p. 336). Imperturbable, Jones recuerda que algunos políticos habían malversado fondos públicos para pagarse el mismo tipo de televisores de pantalla ancha que se estaba robando en las calles.

 

Chavs se extiende sobre la “tormenta perfecta” que había dejado a millones de jóvenes sin becas de estudio, sin presente laboral, sin futuro social y sin ilusiones. Los saqueos de tiendas de consumo y zapatillas de deporte indican la combinación letal de desigualdad y consumismo que caracteriza a la Inglaterra actual. El 10% más pudiente acumula 273 más riqueza que el 10% menos pudiente. Y, a diferencia de otros países, ricos y pobres puede casi vivir unos encima de otros en U. K., con lo que allí ves todos los días aquello que no puedes tener. Las protestas no cortaron de raíz la infamia, pero arrancaron concesiones parciales y demostraron que era posible resistir.

 

Owen Jones reconoce que la clase trabajadora ya no está formada por gente que sale de casa a la vez para ir a más o menos a los mismos centros fabriles y por la tarde socializarse del mismo modo (p. 175). La propiedad de la vivienda ha promovido el individualismo medio. Las deudas impagables promueven ahora el socialismo. Si clase trabajadora es aquella que tiene sus medios de subsistencia trabajando para otros, estado o empresa privada, eso incluye hoy un amplio sector. No sólo los que venden su trabajo, como un profesor, sino sobre todo los que carecen de autonomía o control sobre ese trabajo. El sector servicios (cajeras, teleoperadores) ofrece trabajos más limpios y menos duros físicamente, pero a menudo de un estatus inferior, más precarios y peor pagados.

 

Sólo una pequeña objeción, o una duda al pie de este magnífico libro. Frente a las insistencias en ideales de clase hoy difícilmente localizables, para mantener el referente de la pobreza tal vez sería suficiente volcarlo en una política popular, incluso populista, ideológicamente híbrida, que consiguiera infiltrarse en este elitismo bicéfalo que nos gobierna y desactivarlo por dentro. Al fin y al cabo, no sólo los chavs son ninguneados por la cultura media. De manera más sutil, a una amplia capa de la población le ocurre los mismo. Es posible que sí sea cierto en el caso de Cameron y la elite que nos comanda, pero no ocurre necesariamente que el “a dónde vas” tenga muchísimo que ver con el “de dónde vienes” (p. 44). Al menos, no es así en el autor de este libro, que ha conseguido una buena difusión media con un origen medio también. De hecho, los sectores que en Inglaterra y en España se ha movilizado han sido muy heterogéneos: obreros de empresas clásicas en crisis y también nuevos profesionales; estudiantes, jóvenes en paro, profesores y médicos (que desconfían de cualquier sindicalismo); enfermeras, pensionistas, víctimas de las hipotecas abusivas y las estafas bancarias; inmigrantes, funcionarios, trabajadores sociales, actores.

 

Es cierto que la política identitaria, para proteger la imagen progresista de una nación (el matrimonio gay en España) ha sido la coartada cultural que facilita políticas neoliberales. Listas sólo de mujeres, recuerda Jones, promocionan la clase media urbana en detrimento de representantes obreros. De hecho, Chavs comienza desconfiando de la elite progresista que jamás emplearía la palabra maricón o paki, ni siquiera para hacer un chiste ocasional. Jones cree ver en la palabra chav el síntoma de lo excluido, aquello que se puede impunemente machacar, una subclase blanca que ha conseguido representar sin cobertura (ni étnica, ni sexual) la pobreza. Por eso todos se ceban con ellos.

 

 

* Chav es una palabra que tradicionalmente se ha usado para referirse a los gitanos. El término se ha popularizado recientemente y tiene una función cultural específica: se aplica sólo a gente blanca, aquellos que en Estados Unidos se llaman “white trash”, basura blanca. Si se acepta que su origen es el racismo, su uso generalizado representa un nuevo modo del racismo: el racismo sublimado, políticamente correcto. Ya que no es socialmente aceptable reírse de los negros, los pakis, los maricones o los gitanos, uno puede reírse de blancos que actúan como si fueran negros o gitanos. Es posible que cuando fallan los mecanismos de clase tradicionales, debido a la “integración” de los antiguos sectores sociales en un cuerpo difuso gobernado por los servicios y la información, el racismo se constituya en la guía conductora. En este nuevo mecanismo de control, el papel ideológico de los medios es clave.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.