La derrota de Annual y la leyenda de los prisioneros

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La tarde del 22 de julio de 1921, después de dos días de intensos rumores, España tuvo la certidumbre de que en Marruecos se estaba consumando el desastre. Con la toma de Annual, los rifeños, al mando de Abd-El-Krim, habían provocado la desbandada del ejército español y marchaban sobre Melilla. Mientras el rey y buena parte del Gobierno veraneaban en San Sebastián, en Madrid la multitud recorría la calle de Alcalá, de la Telefónica al palacio de Buenavista, sede del Ministerio de la Guerra, en busca de noticias. El día 23 el ministro de la Guerra compareció ante los periodistas para anunciar que las pérdidas aún no habían sido determinadas, pero que eran cuantiosas. Al día siguiente se comunicó la desaparición del general que mandaba las tropas, Manuel Fernández Silvestre, y poco a poco fue conociéndose que la cifra de bajas podía llegar a los 10.000 hombres. Los rifeños no tomaron Melilla porque, al parecer, no fueron conscientes de la debilidad defensiva de la plaza.

Terminaba así la galopada del general Fernández Silvestre, un corpulento e intrépido veterano de la guerra de Cuba que gustaba mesarse los bigotes mientras impartía las órdenes. Había llegado a África en febrero de 1920 y en solo unos meses había logrado avanzar tanto como sus predecesores en doce años, llegando a dominar una extensión de 6.500 kilómetros cuadrados. La última de sus bigotadas, como denominaban sus hombres a las arriesgadas misiones, había sido internarse en territorio enemigo hasta Annual, a 135 kilómetros de Melilla. Quería llegar a toda costa a la bahía de Alhucemas, con lo que conseguiría controlar la zona oriental de Marruecos.

El general Fernández Silvestre

Poco amigo de estrategias y planes establecidos, el general desoyó los consejos de quienes le advertían que su retaguardia era un rosario de posiciones mal fortificadas y peor guarnecidas. Muchas de ellas carecían de pozos o aljibes, y en ocasiones había que recorrer decenas de kilómetros en camello para hacer la aguada. Silvestre seguía su loca carrera hacia el mar, alentado, cuando menos, por el rey Alfonso XIII, que le mandó un telegrama al tener noticia de la toma de Annual cuyo texto, en la versión más edulcorada, rezaba: “¡Olé los hombres!”.

Es probable que nada hubiera ocurrido si el general Silvestre se hubiese encontrado enfrente con un jefe más de las cabilas, que guerreaban, comerciaban o servían a los españoles según sus intereses, y no con un auténtico líder que pretendía fundar una nación independiente y unir a su pueblo en la lucha contra el invasor. Licenciado en derecho musulmán y periodista, Abd-El-Krim había trabajado para el Estado español durante varios años en Melilla. Era consciente de que había llegado la hora y su grito de rebelión se extendió como el fuego. A mediados de junio de 1921 los rifeños atacaron Igueriben, la posición más avanzada del ejército español, a solo cinco kilómetros de Annual. Silvestre encabezó un convoy para abastecer a una guarnición que, desesperada, había tenido que beber “sus propios orines con azúcar”, como se puso de manifiesto en los informes posteriores. Hostigado por los rifeños, el general no pudo llegar, y autorizó la evacuación. Antes de que la orden fuera transmitida, un centenar de hombres abandonaron desordenadamente los blocaos. Desde Annual se vio cómo iban siendo degollados. Solo llegaron un sargento y diez soldados.

Abd-El-Krim

Silvestre no pudo contener la estampida. Las posiciones españolas cayeron como las fichas del dominó y los rifeños se emplearon con crueldad persiguiendo a machetazos a los despavoridos soldados. Algunas plazas, como Monte Arruit, resistieron un tiempo, pero finalmente fueron asaltadas. El comandante Francisco Franco, que llegó a toda prisa con el Tercio para reforzar Melilla, habló de “hombres en los que el terror ha dilatado sus pupilas, y que nos hablan con espanto de carreras, de moros que les persiguen, de moras que rematan a los heridos (…) Llegan desnudos, en camisa, inconscientes, como pobres locos”.

El reguero de sangre de Annual llegó a España y la sociedad despertó de una pesadilla colonial que había dejado en manos de unos mandos a menudo incapaces y corruptos la defensa y administración del último resto del imperio. Enseguida se pidieron responsabilidades, cayó el Gobierno y las fuerzas de izquierda señalaron al rey como instigador de la aventura. El general Picasso, encargado de determinar las causas del desmoronamiento de las tropas españolas, concluyó que Silvestre había actuado de forma autónoma e imprudente, sin advertir a su superior jerárquico, el general Berenguer, de su precaria situación, y confiando solo en su buena estrella.

El general Picasso

Picasso, un hombre de extrema rectitud y de religión protestante, puso el dedo en la llaga denunciando la desorganización militar española en África, a pesar de las cortapisas que rodearon su investigación. Los coroneles de los regimientos, escribió en su informe, se enteraron de lo que pasaba cuando se había iniciado la retirada, ya que estaban siempre en Melilla y solo los tenientes coroneles y los comandantes se turnaban cada quince días en el mando de las tropas. Picasso quiso llegar hasta las últimas consecuencias, pero la participación de Alfonso XIII nunca fue probada. El cajón de la mesa del secretario particular del rey, comandante Hernández, fue abierto en extrañas circunstancias y el telegrama que aludía a la hombría de Silvestre desapareció para siempre. Se formó una comisión parlamentaria para esclarecer las responsabilidades políticas mientras la prensa republicana seguía señalando que Silvestre, ayudante de campo y gran amigo del rey, no podía haber actuado solo.

El pronunciamiento militar del general Miguel Primo de Rivera, en septiembre de 1923, acalló el clamor popular contra los mandos del ejército de África y, para algunos historiadores, fue propiciado, entre otras causas, para que se diese carpetazo definitivo al informe Picasso. Primo de Rivera, que había manifestado en varias ocasiones que España debía retirarse de África, cambió sin embargo de actitud tras su llegada al poder y el ejército volvió a avanzar, si bien con precaución. Pero Abd-El-Krim había consolidado una fuerza militar organizada y disciplinada de 60.000 hombres que, a partir de septiembre de 1924, forzó un nuevo repliegue español en la Yebala. Solo la retirada de Xauen costó dos mil bajas, y el pánico volvió a hacer mella en una tropa que aún no se había recuperado del desastre de Annual.

En abril de 1925, Abd-El-Krim, que había dado a las tribus rifeñas la apariencia de un Estado independiente y comenzaba a ganarse las simpatías de la izquierda europea, cometió el error de emprender hostilidades contra Francia e inició una ofensiva mediante la que llegó a las puertas de Fez y a punto estuvo de provocar un descalabro similar al de Annual. Los gobiernos español y francés coordinaron sus ejércitos y el 8 de septiembre se inició el desembarco de Alhucemas, dirigido personalmente por Primo de Rivera. España logró por fin dominar Alhucemas y el dictador obtuvo el más resonante éxito de su mandato.

Obligado a replegarse, Abd-El-Krim intentó lograr una paz separada con París, pero los franceses habían unido ya su destino colonial a España y rechazaron las pretensiones de Mohamed Azerkan, el Pajarito, ministro de Asuntos Extranjeros y cuñado de Abd-El-Krim, para que se reconociese un Gobierno autónomo del Rif. En abril de 1926 comenzó una nueva operación militar conjunta que permitió a las tropas españolas, tras vencer la tenaz resistencia enemiga, alcanzar Annual y el resto de los escenarios de la derrota de 1921. Abd-El-Krim fue deportado a la lejana isla de Reunión, y con él acabó el sueño de una república independiente del Rif.

A partir de 1927 pudo hablarse de la pacificación de la zona, pero en la memoria de los españoles habían quedado grabados los horrores de una guerra a la que solo fueron llamadas las clases desfavorecidas, ya que era moneda corriente eximirse del servicio militar a cambio del pago de una cuota. Mientras los veteranos repetían las atrocidades que habían vivido por los pueblos y aldeas de España, las organizaciones anarquistas y los partidos de izquierda llamaban a la resistencia y boicoteaban las movilizaciones. Servir en África era para los oficiales y jefes, sin embargo, la mejor forma de conseguir ascensos, condecoraciones y gloria. Apelando a su honor, los africanistas se organizaron, cerrados como una piña ante cualquier injerencia civil, y constituyeron una seria amenaza para el régimen parlamentario.

Estos oficiales, entre los que descolló Franco, fueron los que convencieron a Primo de Rivera para que modificara su inicial pretensión de abandonar el territorio. Cierta leyenda afirma que en un banquete en el que Franco exigió a Primo de Rivera la continuación de las campañas, se sirvió un menú confeccionado exclusivamente a base de huevos. El ejército de África consumía más de la tercera parte del presupuesto nacional y los oficiales se paseaban en automóvil por ciudades en las que imperaba el juego y la prostitución al tiempo que la enfermedad y la penuria diezmaban a las tropas del frente.

Exigencia unánime de la sociedad española fue esclarecer el confuso asunto de los prisioneros. A la hora de establecer el número de soldados que Silvestre había adentrado en zona enemiga, el informe Picasso se topó con un problema previo, ya que no era posible conocer siquiera el número de soldados destinados en África. En dos estadillos fechados el mismo día, 22 de julio de 1921, las fuerzas de la Comandancia de Melilla diferían en más de tres mil hombres, lo que venía a desenmascarar el floreciente negocio de algunos oficiales encargados de los suministros. A raíz de estas denuncias salieron a la luz casos de corrupción tan graves como el desfalco de más de un millón de pesetas en la Intendencia de Larache.

Si no era posible saber el número de soldados, mucho menos el de los muertos y desaparecidos. Silvestre dirigía un ejército de unos 20.000 hombres, de los que se perdieron entre 8.000 y 10.000 en la retirada de Annual y Monte Arruit, aunque algunos historiadores elevan esta cifra a 13.000. Los rifeños no enterraban a sus víctimas y cuando unas semanas más tarde esta última posición fue reconquistada, los soldados encontraron restos de cadáveres en putrefacción esparcidos por la zona. Nunca se determinó el número de bajas de esta acción; solo que los rifeños salvaron a los oficiales, sin duda más valiosos para el rescate, y pasaron a cuchillo a la tropa casi en su totalidad tras su rendición.

Restos de cadáveres de soldados españoles encontrados al regreso a Monte-Arruit

Se sabía, sin embargo, que había un pequeño grupo de prisioneros que eran trasladados de un lugar a otro en condiciones que estremecían a la opinión pública. Llegó a decirse que se les torturaba y vejaba a la vista de las posiciones españolas. La presión sobre el Gobierno fue tan fuerte que se entablaron enseguida conversaciones para lograr su liberación. Abd-El-Krim, en la cumbre de su anhelo independentista, vio una ocasión única para su reconocimiento internacional y exigió que fueran liberados a cambio todos los rifeños presos o detenidos en España.

Fracasados los intentos del franciscano padre Revilla y de más de un agiotista, los prisioneros fueron concentrados en Axdir, llamada a ser la capital de la nueva República del Rif. La primera noticia del número y estado de los prisioneros la dio en España el redactor de El Sol y capitán del ejército Antonio Got, que asistió a la entrega de un convoy de provisiones a finales de agosto o primeros de septiembre de 1921. El Gobierno intensificó las negociaciones al conocerse que además de los soldados había civiles, mujeres y niños. Abd-El-Krim pedía un rescate de cuatro millones de pesetas y exigía que no participara en el proceso ningún oficial español.

El ejército era partidario de rescatar a los cautivos por las armas y consideraba una humillación cualquier tipo de pacto. Las negociaciones se estancaron hasta tal punto que el general Weyler, el 27 de junio de 1922, afirmó a El Imparcial: “Mientras esté el general Berenguer en la Alta Comisaría, no hay probabilidad de realizar gestión ninguna para el rescate de los prisioneros”. Tras la sustitución de Berenguer, un nuevo Gobierno presidido por el liberal García Prieto encauzó las negociaciones por medio del industrial bilbaíno Horacio Echevarrieta, que estableció contacto en Axdir con Abd-El-Krim, antiguo compañero suyo en la escuela de minas. La indignación estalló en los cuarteles, como recoge Arturo Barea en La forja de un rebelde. Mientras en España aparecía como un salvador, los africanistas acusaron a Echevarrieta de connivencia económica con Abd-El-Krim y le presentaron como el auténtico dueño de algunas minas riquísimas del Rif, lo que negaba el industrial.

Horacio Echevarrieta con Abd-El-Krim

Tras varias demoras se llegó a un acuerdo y se pagaron 3.200.000 pesetas, aunque la negociación siguió abierta hasta el último momento y Abd-El-Krim logró sacar 270.000 pesetas más a Echevarrieta mientras el barco español esperaba en el puerto para repatriar a los prisioneros. Alfonso XIII, según varios testimonios, comentó que “era caro el precio que había que pagar por la carne de gallina”. Por fin, el 28 de enero de 1923 fueron liberados 45 jefes y oficiales, 274 individuos de tropa y 38 paisanos, entre ellos nueve mujeres y ocho niños, según recoge la prensa de aquellos días. Durante el cautiverio fallecieron 152 soldados y civiles.

Los relatos sobre un cautiverio en el que se establecían frecuentes comparaciones con la época de Cervantes conmovieron a los españoles. Entre ellos destacó el del sargento Francisco Basallo, verdadero héroe nacional, que era requerido en todas partes para rememorar su aventura. El sargento Basallo, que cayó prisionero el 25 de julio de 1921 en Dar Quebdani, fue el único que tuvo aliento para organizar los campamentos, conseguir agua y algo de comida e infundir ánimo a sus compatriotas. De su compañía de 120 hombres sólo sobrevivieron el capitán, un teniente y un soldado, además de Basallo. En sus Memorias del cautiverio narra la peripecia de unos militares exhaustos y maltratados que vagan por caminos plagados de cadáveres. El sargento se dedicó abnegadamente a la curación de los enfermos y, aunque no tenía formación previa, su fama le precedía en los lugares por los que pasaba y los nativos acudían a verle esperando una curación poco menos que milagrosa.

El sargento Basallo y su libro

Basallo logró mantener el contacto con el ejército español y asegura en su libro que tuvo ocasión de escapar, pero que no quiso abandonar a sus compañeros de infortunio. Al campamento llegaron algo más tarde veinte hombres, trece mujeres y diez niños a los que el avance de Abd-El-Krim sorprendió en la mina La Alicantina. La muerte y la desdicha hicieron mella en el grupo de cautivos. Especialmente estremecedor es el caso de Carmen Úbeda, una agraciada joven que trabajaba de mecanógrafa en la Relojería Alemana de Melilla y que había llegado a la zona minera para visitar a unos tíos suyos. Apetecida por todos los jefes rifeños, fue violada en varias ocasiones, e incluso expuesta y vendida en los zocos.

El sargento aporta también su testimonio sobre el destino del general Silvestre, al que el informe Picasso no daba por muerto sino que recomendaba que fuera procesado “si alguna vez era encontrado en vida”. En uno de los contactos para la entrega de víveres se pidió a Basallo, que había sido nombrado jefe del campamento, que investigara el destino de Silvestre e incluso se le entregó una caja de cinc para que depositara los restos. El sargento recordaba que sus guardianes le habían señalado en Annual el cadáver del general y que dejó en el lugar una piedra. Entre algunos restos dispersos, lo único que pudo distinguir al volver allí fue un cadáver al que le faltaba el labio superior. Abd-El-Krim había jurado cortar los bigotes de su enemigo. Basallo concluye que no pudo obtener la menor prueba del destino de Silvestre, por lo que en España siguió alimentándose la leyenda. Lo último que se sabía a ciencia cierta era que se despidió de su hijo y que entregó a su ordenanza un maletín con su fajín de general, su insignia de ayudante del rey y una cruz. Se le vio pistola en mano, solo, gritando desde lo alto de la fortaleza de Annual: “¡Corred, corred, soldaditos, que viene el coco!”.

Tal fue la popularidad y el reconocimiento público que alcanzó el sargento Basallo que su figura traspasó las gestas militares para consagrarse en la literatura. Don Ramón María del Valle Inclán publicó en la revista España en 1920 la primera versión de Luces de bohemia, obra que marca el inicio de la literatura esperpéntica. En la versión definitiva –que publicó en 1924, cuando estaba en auge el tema de los prisioneros– incluyó una mención al sargento Basallo. En la escena cuarta, el protagonista de la obra, Max Estrella, le propone para ocupar la plaza que acababa de dejar vacante “don Benito el Garbancero” [Pérez Galdós] en la Real Academia. Valle quiso sin duda caricaturizar la proporción existente entre un hecho heroico y el cúmulo de elogios, homenajes, galardones y charlatanerías con el que se acompañaba al sargento mientras cumplía con el encargo de llevar el último testimonio o recuerdo a los familiares de los muertos.

Feroz instigador de las miserias políticas y sociales de su tiempo, Valle da idea del grado de consagración al que fueron encumbrados algunos de los héroes de Marruecos. Después de Basallo llegaron las historias extraordinarias de prisioneros que habían logrado escapar y regresar a España sufriendo mil avatares. El soldado de la localidad malagueña de Coín llegó a ser habitual en las páginas de los periódicos menos escrupulosos, así como los relatos de relaciones amorosas con bellas mujeres musulmanas, de renegados que traicionaron a sus compañeros de armas para abrazar el lslam, de huidas a la luz de la luna ante las harcas de rifeños sanguinarios blandiendo sus cuchillos… Cada soldado que volvía a España tenía una historia que contar.

Del general Silvestre se dijo que seguía vivo y que encabezaba un ejército de algunos centenares de hombres que luchaban contra los franceses en las montañas del Atlas. Según estas versiones, se había convertido al islam, formado un harén y ocultado bajo un nombre árabe. Pero lo que más preocupaba a la opinión pública eran las frecuentes noticias de testigos que aseguraban haber visto caravanas de cautivos españoles conducidas por el desierto para ser probablemente vendidos como esclavos. Lo cierto es que no hubo más que algún pequeño intercambio de prisioneros después del repliegue de las tropas en la zona occidental en 1924. En el avance tras el desembarco de Alhucemas, que culminó con la derrota definitiva de Abd-El-Krim, solo se liberó a algunos presos que, según dijeron, no llevaban mucho tiempo en manos del enemigo ni habían visto ni oído hablar de las famosas caravanas.

Alimentados por la fantasía de los gacetilleros y ávidamente consumidos por los millares de familiares de los desaparecidos, que no perdían la esperanza, los relatos de los prisioneros traspasan la España republicana y las consecuencias del desastre de Annual fueron determinantes para el estallido de la Guerra Civil. Continuaron las declaraciones de personajes de todo tipo que les habían visto cubiertos de cadenas y andrajosos camino de su destino infernal. El ejército siguió recogiendo testimonios y se produjeron comparecencias ante comisiones y delegaciones, sin que nadie fuese capaz de confirmar o desmentir el destino de unos compatriotas que sobrellevaban la pesada carga de la derrota.

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Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.

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