La desigualdad, Charlie Hebdo y los errores de diagnóstico

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El exceso de confianza en la bondad del capitalismo dejó que la desigualdad creciera hasta niveles inaceptables. El exceso de desconfianza en el diferente puede provocar tensiones incontrolables. 

 

En ciencias sociales se puede errar el tiro por muchas razones. Sobre todo, por tomar por verdaderos presupuestos falsos. Ahora que hablamos tanto de la desigualdad, de su terrible crecimiento en los últimos años (y no sólo en los de la crisis, sino en los inmediatamente anteriores), es necesario realizar un análisis de conciencia y descubrir los errores de interpretación en que incurrieron las ciencias sociales para permitir (o, al menos, para no denunciar) su ascenso. Vamos a aportar dos gráficos. En primer lugar, el que surge de la hipótesis de Simon Kuznets, expresada gráficamente de la siguiente manera:

 

Curva de Kuznets

 

De acuerdo con la hipótesis de Kuznets, según explica en su libro El capital en el siglo XXI Thomas Piketty, “La desigualdad en cualquier lugar estaría destinada a seguir una ‘curva en forma de campana’ –es decir, primer crecería y luego decrecería– a lo largo del proceso de industrialización y de desarrollo económico. Según Kuznets, a una fase de crecimiento natural de la desigualdad característica de las primeras etapas de la industrialización –y que en los Estados Unidos se correspondería grosso modo al siglo XIX–, seguiría una fase de fuerte disminución de la desigualdad –que en los Estados Unidos se habría iniciado durante la primera mitad del siglo XX–”. “La idea sería”, continúa Piketty, «que la desigualdad aumenta durante las primeras fases de la industrialización (sólo una minoría está en condiciones de sacar provecho de las nuevas riquezas producidas por la industrialización), antes de empezar a disminuir espontáneamente durante las fases avanzadas del desarrollo (cuando una fracción cada vez más importante de la población participa en los sectores más prometedores; de ahí una reducción espontánea de la desigualdad)”.

 

En resumen: a mayor renta per cápita, menor desigualdad. Una visión ciertamente optimista, dado que atribuye al sistema capitalista su capacidad de autorregularse, de corregir con el tiempo sus consecuencias negativas sobre la sociedad. “Para Kuznets basta con ser paciente y esperar un poco para que el desarrollo beneficie a todos”, escribe Piketty.

 

La evidencia empírica ha demostrado que Kuznets erró el tino. El capitalismo ha llegado a su punto de máximo desarrollo y no se han corregido las desigualdades. Al contrario, han aumentado. ¿Kuznets simplemente se equivocó o hay algo más oscuro en todo esto? Piketty apunta: “Al fin de cerciorarse de que todo el mundo había entendido bien de qué se trataba, se esforzó además por precisar que el objetivo de sus predicciones optimistas era simplemente mantener a los países subdesarrollados en ‘la órbita del mundo libre’. En gran medida, la teoría de la ‘curva de Kuznets’ es producto de la Guerra Fría”.

 

Efectivamente, el propio Piketty lo reconoce, entre 1914 y 1945 la desigualdad se redujo. Pero el economista francés lo atribuye a las guerras mundiales y a las consecuencias de éstas en las grandes fortunas más que a la presunta bondad del desarrollo capitalista. Después de la Segunda Guerra Mundial continuó la reducción de la desigualdad. En concreto, hasta los años setenta. Pero no fue algo espontáneo: se debió a los mecanismos de corrección de las inercias del capitalismo, es decir, al desarrollo del Estado del Bienestar fruto del consenso keynesiano, que comenzó a desmontarse a partir de la crisis del petróleo y, sobre todo, cuando Reagan y Thatcher llegaron al poder en Estados Unidos y el Reino Unido. Es la política económica aplicada la que aumenta o disminuye la desigualdad. 

 

De todas maneras, Kuznets, sobre todo su trabajo estadístico, sus primeras series históricas sobre la desigualdad, sus cuentas nacionales de Estados Unidos, son, de alguna manera, el punto del que Piketty parte para elaborar su magna obra.

 

Pero la de Kuznets no es la única curva al menos discutible sobre la evolución de la desigualdad. Tenemos, también, la de Gerhard Lenski:

 

Curva de Lenski

 

Leemos ahora al sociólogo José Félix Tezanos en su obra La sociedad dividida. Tezanos es el autor de la última parte del gráfico, la que muestra el último repunte de la desigualdad, contradiciendo, en cierto modo, a Lenski. “La tendencia experimentada hasta las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial habría conducido a un aumento de las desigualdades desde las primitivas sociedades cazadoras y recolectoras hasta las horticultoras y, sobre todo, hasta las agrarias. Esta evolución desigualitaria habría continuado en las primeras etapas de las sociedades industriales, para entrar en una fase de aminoración a medida que aumentaron los niveles de desarrollo económico y se implantaron las políticas propias del Estado de Bienestar”. Así explica Tezanos la curva de desigualdad propuesta por Lenski. Pero, a continuación, el sociólogo español comenta que, después de los estudios de Lenski, han tenido lugar una serie de fenómenos, fundamentalmente la génesis de las sociedades tecnológicas avanzadas, que hacen prever una mayor agudización de la desigualdad en un futuro inmediato (el libro de Tezanos es del año 2001).

 

Kuznets y Lenski se equivocaron en sus pronósticos. Quizás su influencia provocó que las autoridades no le prestaran demasiada atención a la cuestión de la desigualdad y su crecimiento. Además, el dominio de las teorías funcionalistas durante gran parte del siglo XX, que apuntaban los aspectos positivos de la existencia de niveles moderados de desigualdad, desincentivaba la lucha contra ella y desacreditaba a otros teóricos que tenían el objetivo de aniquilarla. 

 

 

Teorías que se quedan cortas para entender el ataque a Charlie Hebdo

 

Pero queríamos hablar aquí, además de la desigualdad, del ataque terrorista a Charlie Hebdo, Respecto a éste y, sobre todo, respecto a sus consecuencias, nos ha hecho reflexionar el profesor de la UNED Juan José Villalón. “Cuando nos enfrentamos al estudio de un fenómeno hay que tener en cuenta que partimos de una visión que es previa al propio hecho”, afirma el profesor. Analizamos los acontecimientos con prejuicios. Por ejemplo, con el que Samuel Huntington alimentó, el del choque de civilizaciones, de acuerdo con el que Occidente se enfrenta a un Oriente premoderno y reaccionario que nos quiere devolver a una época que ya superada. La postura política oficial y las reformas que quieren aplicarse tras los atentados parecen responder a las ideas de Huntington.

 

Podría haber también otro tipo de respuesta que partiría, lógicamente, de otro tipo de análisis que podría tener su origen en el análisis de la biografía de los terroristas. También, en el modo en que se ha transformado el terrorismo en los últimos veinte o treinta años. O en la forma en que las propias sociedades han cambiado en las últimas décadas. Y la cobertura que proporcionan los Estados a los más débiles. El marco teórico de Huntington se nos queda demasiado estrecho para entender la amplitud del problema. Y, por tanto, para resolverlo.

 

Entonces, hay que profundizar un poco más. Juan José Villalón nos descubre al sociólogo francés Michel Wieviorka, que hace unos días escribió un interesante artículo en La Vanguardia y que desde el año 2003 está estudiando todas estas cuestiones. En particular, la convivencia entre diferentes culturas, el individuo en el mundo contemporáneo, el racismo en la sociedad hipermoderna, la creación de identidades culturales nuevas, algunas apelando a un presunto pasado como medio de reafirmación en un entorno hostil. 

 

En las sociedades occidentales contemporáneas, éstas en las que el individuo ya no goza de ninguna protección, sobre todo los colectivos más débiles, especialmente quienes viajan al norte en busca de un futuro mejor, fundamentalmente sus hijos, que son los que sufren en carne propia la frustración de sus padres; en un contexto en el que cada quien tiene que definir por sus propios medios su existencia, al final tratamos de arroparnos con una identidad colectiva como forma de resistencia. Una identidad más férrea, más agresiva a la par que defensiva, cuanto más desprotegidos nos sintamos.

 

Los terroristas realizaron una elección personal por el islam. Pero su inadaptación, su no encontrar un hueco en que sentirse cómodo, su haberse quedado a la intemperie, el fracaso de las políticas francesas de asimilación del diferente han dado lugar a que les sea muy difícil gestionar su papel en el mundo. Es posible, también, que además de haberse acogido a una religión desvirtuada, hayan exacerbado, precisamente, ese aspecto de su identidad, el religioso, o el de radicalmente diferente, o el antisistema, que les ha llevado a cometer una docena de asesinatos.

 

Según el punto de vista que adoptemos, veremos la realidad de una manera o de otra. También, y más importante, se adoptarán unas políticas u otras para resolver los problemas. Quizás, tomando como paradigma el de Wieviorka en lugar del de Huntington las autoridades, además de tomar medidas policiales, adoptarán otras que intentarán cambiar un modelo basado en la asimilación de individuos diferentes a otro basado en la multiculturalidad, a otro en el que, además de reconocer a los individuos, se tengan en cuenta las comunidades a las que pertenecen, en el que la educación desempeñe un papel fundamental en la gestión de las identidades y en el que la desprotección social no genere situaciones de exclusión que obliguen a buscar los refugios más inadecuados y más peligrosos.

 

Los errores de diagnóstico sobre la relación entre la desigualdad y el capitalismo han provocado que la primera se haya disparado. Esperemos que los que se puedan producir respecto a los terribles atentados de Charlie Hebdo no inspiren una espiral de violencia étnica, religiosa, racial… El exceso de confianza en la bondad del capitalismo dejó que la desigualdad creciera hasta niveles inaceptables. El exceso de desconfianza hacia el diferente puede provocar tensiones incontrolables. 

 

 

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