La dictadura de Michael Bloomberg, Penn Station y el tráfico en Newyópolis

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“El único problema de tomar el tren a Manhattan es que llegamos a Penn Station”, me dice el escritor. Estamos sentados a unas cuadras de la playa, en Long Island, disfrutando del calor del verano con vasos llenos de agua con limón. Ha mencionado las obras de Bloomberg, el alcalde que se va a fin de año después de 12 años en el cargo.


“Alguna vez mirarán hacia el pasado y lo recordarán, junto a Fiorello LaGuardia, como uno de los mejores alcaldes que ha tenido Nueva York”.  Hoy que se empieza a poner álgida la contienda para alcalde, los candidatos votan por renovar la estación de trenes que fuera derrumbada en 1963 para levantar el esperpento arquitectónico que se levanta hoy entre las avenidas Séptima y Octava.


Penn Station es un mercado con estaciones de tren y mega auditorio (el Madison Square Garden): tiene una galería de tiendas, casi todas angostas y de mal gusto, donde se pueden encontrar desde hot dogs hasta corbatas. “La vieja Penn Station era bonita, pero Grand Central Terminal siempre fue única en su clase”, dice el escritor. Le digo que mi experiencia de entrada a Manhattan siempre ha estado asociada con Grand Central y las dos puertas que se abrían al empujarlas y me dejaban respirar el aire de las mañanas de la calle 42. Desde allí caminaba cruzando Madison Avenue hasta llegar a la Quinta Avenida, avanzaba hasta la 34 y doblaba para caminar otras dos cuadras largas hasta el Hotel Pennsylvania.


En el segundo piso de aquel hotel, rentaban espacio los dueños de la academia de inglés a donde llegué cuando mi único apremio era quedarme a vivir una temporada en Nueva York. Desde las ventanas, cruzando la calle, se podían ver los anuncios de la pantalla electrónica, con los conciertos y partidos que se llevaban a cabo en el Madison Square Garden. Desde las ventanas del segundo piso del hotel, y en la callecita lateral a donde una checa, un serbio, una italiana y un peruano salían a fumarse dos cigarros en los intermedios de las clases de inglés, se presenciaba el espectáculo de las 600,000 personas que salen todos los días de las escaleras de Penn hacia la Séptima Avenida, desde New Jersey (New Jersey Transit) y Long Island (Long Island Rail Road); mezclados con los pasajeros del subterráneo y de las diversas líneas de trenes continentales que llegaban a Penn Station en el Amtrak.


Las juventudes suburbanas también usan los trenes de Penn Station para regresar a New Jersey después de las noches de fiesta de los fines de semana. Cuando los trenes de la noche ya han partido, las hordas de muchachos que esperan el primer tren de la mañana se acomodan a conversar y a dormir en los feos y fríos pasillos de la estación, mezclados con mendigos y gente sin hogar que hace sus camas en los rincones de Penn. Alguna vez, esperando el tren que me llevaría a un avión madrugador en el aeropuerto de Newark, he tenido que presenciar, sobrio, ese paisaje decadente. Es la resaca de una fiesta con muchachas bellas y pintarrajeadas de más, un espectáculo de piernas que se salen de las minifaldas y borrachas descalzas que gritan más de la cuenta. Es un retrato de la vulgaridad que –quienes hemos participado de juergas hasta el amanecer– recordamos con una combinación de horror y de nostalgia.


“¡Wiener!” dice con espanto el escritor, al ser mencionado el nombre del candidato Anthony Wiener que pareciera tener más opciones de reemplazar a Bloomberg en la alcaldía neoyorquina.Resulta escandaloso que este joven y carismático ex diputado judío, que renunciara a su cargo en 2011, al publicarse fotografías de sus intercambios morbosos por Internet, mostrándole el órgano sexual a una conquista ocasional, esté hoy a la cabeza de las preferencias demócratas. “Ninguno de ellos tiene lo que tiene Bloomberg” repite el escritor, mientras menciona que ha conocido al alcalde en persona en algún evento editorial, que es pequeño de estatura y que no tiene ningún carisma. “Pero lo que ves es lo que es, no es falso, no tiene otra cara”.



Uno de los temas que nos espanta a quienes participamos de esta conversación política de playa, es el tráfico neoyorquino: la imposibilidad de manejar en la ciudad. “Soy tan viejo que puedo recordar una época en que uno se podía estacionar en cualquier calle de Manhattan sin ningún problema”, dice el escritor. Hablamos sobre los intentos del alcalde para reorganizar el tráfico e imponer tarifas de peaje a los automóviles que ingresaban al  Bajo Manhattan, una medida similar a otra que ha funcionado en Londres. “Los dueños de los estacionamientos de Manhattan se levantaron a protestar y bloquearon la medida” dice la esposa del escritor. Asentimos: ya estamos acostumbrados a escuchar que soluciones inteligentes se frustran por la oposición de intereses económicos.


“¿Es cierto que van a renovar la Public Library?” pregunta Frances. Pensamos en el edificio en la Quinta Avenida, en los leones que reciben a quienes desean ir a leer en ese palacio llamado sala de lectura. “No, no. Lo han renovado, pero no van a hacer ningún cambio” dice el escritor, quien también guarda buenos recuerdos de aquella esquina donde se atesoran los libros que han llenado su vida  (entre otras maravillas: un ejemplar de la primera Biblia impresa por Gutemberg y el manuscrito de un cuento de Borges). 


Detrás de la Public Library está Bryant Park, el de los multitudinarios almuerzos de mediodía sobre la grama en Manhattan, una de las experiencias asombrosas de Newyópolis. “Bryant Park era el centro de la droga en Nueva York. Todo el suelo estaba cubierto de jeringas” dice la esposa del escritor. “Había una línea de prostitutas que llegaba hasta la Octava Avenida”. 


Menciono Taxi Driver, esa ciudad retratada por Scorsese, que quisieran resucitar quienes asocian el peligro con elverdadero Nueva York. “El crimen ha bajado 25% desde el último año” digo, citando un último informe de la NYPD. “Es que si a la gente le muestras un lugar ordenado, no las calles llenas de graffiti, está menos propensa a cometer un crimen”, dice el escritor. Su esposa lo mira, sopesando la idea. Es un concepto muy amplio, sin embargo, cuando se cuestionan las tácticas de la policía por detener y revisar a los sospechosos sin motivo alguno –siendo los sospechosos en su mayoría hispanos y afroamericanos–, las cifras parecen probar que el sistema de prevención ha funcionado. Una ciudad donde todos los días se mezclan a vivir 20 millones de personas de diferentes religiones y razas parece sinónimo de desastre, sin embargo, en los doce años de dictadura de Bloomberg las cifras parecen probar que, en materia de seguridad, algo se hizo bien.


“Van a extrañar a Bloomberg” dice el escritor, dando por concluída la conversación política. Hay una brisa fresca, hablamos sobre aprender idiomas, de Francia, de Budapest, de viajes a Latinoamérica. Él menciona una visita que hizo con su esposa, invitados a un evento literario en la ciudad de Parati, en el Brasil. “El tráfico es horrible en Sao Paulo” dice el escritor. “Para llegar al aeropuerto te puedes demorar entre 9 y 17 horas. Nunca volvemos a ir a Sao Paulo” dice. Mira a su esposa. Ella asiente.