La eficacia del culebrón

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Lugares para visitar en Barcelona que aparecen en la obra de Zafón

 

“Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventura­mos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas.”

La sombra del viento.

En el recorrido por los lugares en busca de Zafón para escribir el Diario de Barcelona había llegado a uno de los más representativos: la entrada al Cementerio de los libros olvidados.

La novela de Zafón continúa:

“La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en so­plos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Fi­nalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de ma­dera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad.

Motivado por la narración yo esperaba encontrar el sitio real, situado en la carrera del Arco del teatro. Allá me fui en su búsquda, mapa en mano. Esperaba detenerme frente a una puerta alta en mitad de muros. Esperaba que semejante biblioteca existiera escondida entre los pasadizos de las calles de Barcelona. Sin embargo, sentí lo mismo que los lectores de García Márquez cuando visitan Aracataca buscando la magia de Macondo. Desencanto. Para ser justos, era la primera vez que me ocurría durante el recorrido.

En la carrera del Arco del teatro, donde debía quedar esa maravillosa biblioteca, había una grua, una volqueta, en un tierrero amarillo, en una obra de construcción.

 

De todos modos, ya venía prevenido desde el principio del viaje. Desde antes me había dicho mil veces que es de ilusos pretender ver en la realidad lo que se describe en la ficción.

Otros sitios en la lista fueron Vía princesa, la carrera Flassaders y el hotel Colón, donde suceden episodios de las novelas de Zafón.

 

 

Visité la Plaza real, donde Daniel conoció a Gustavo Barceló:

Recordé de nuevo a Enrique Vila-Matas, héroe moral de este relato, cuando dice en El mal de Montano que tenía ganas de conocer “el Café Sport, mítico bar que aparece en Dama de Porto Pim, un libro de Antonio Tabucchi” y para ello viajó a las Azores. Qué despropósito el de mi héroe moral, intentando ver en la realidad lo que alguna vez leyó. Y, claro, qué atrevimiento de mi parte al contradecir a mi héroe bibliográfico. No importa.

Sigamos. Desde el principio del viaje había pensado en la trampa que los lugares novelados nos dejan en el camino: peregrinamos a los sitios de la ficción, buscándolos en la realidad, un camino directo al desencanto.

Es un despropósito ir de un país a otro buscando sitios novelados. Y a pesar del disparate toda la vida he deseado visita los lugares de mis autores favoritos.

Continuando con la novela, en la que papá e hijo van al Cementerio de los libros olvidados, Zafón hace uso de uno de los recursos más usados por la literatura de entretenimiento: confiar un secreto.

“Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y som­bras.

—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu amigo Tomás. A nadie”.

Carlos Ruiz Zafón es un gran escritor y también un copietas de los argumentos de los culebrones. La escena anterior, con un gran secreto entre papá e hijo, podría igualarse a otra escena muy famosa y rastrillada, aquella en la que, en una cama y lleno de cobijas, un anciano en su lecho de muerto le dice a su joven hija: “No te puedes casar con ese hombre, porque, y Dios me perdone, ese hombre es tu hermano.”

Escena de culebrón. Mejor sigamos adelante.

En La sombra del viento se comenta una novela homónima, una novela dentro de la novela que lleva como título La sombra del viento. Un relato dentro del relato, lo que los académicos dicen llamar metaficción.

Esta sombra del viento fue escrita por uno de los personajes, Julián Carax, una novela que el lector no puede leer entera sino por fragmentos, pero que mueve los motores de la historia de los Sempere.

“Pasaron otros tantos minutos y empecé a pensar que no debía de haber ya nadie en aquel lugar. Me acurruqué contra la puerta y saqué el libro de Carax del interior de la chaqueta. Lo abrí y leí de nuevo aquella primera frase que me había capturado años atrás.

Aquel verano llovió todos los días, y aunque muchos decían que era castigo de Dios porque habían abierto en el pueblo un ca­sino junto a la iglesia, yo sabía que la culpa era mía y sólo mía porque había aprendido a mentir…”

Una sombra del viento dentro de otra sombra del viento. Es decir, un pequeño laberinto. Uno tan pequeño y simple como el que se presenta en El infierno está vacío, una novela dentro de El corazón es un animal extraño, que a su vez está dentro del Diario de Barcelona. Un pequeño laberinto. Y copiado para acabar de ajustar.

En El juego del ángel se recrean otros libros. Uno llamado Los misterios de Barcelona y otro La ciudad de los malditos. Pero detengámonos en otro libro que se comenta en El juego del ángel, uno llamado Lux Aeterna, un libro encargado al escritor y protagonista David Martín, por el misterioso editor y patrón Andreas Corelli. Lux Aeterna es un relato de corte religioso. Un relato dentro del relato.

Repitamos la última frase de Carax y sigamos con nuestra película:

“… yo sabía que la culpa era mía y sólo mía porque había aprendido a mentir y guardaba todavía en los la­bios las últimas palabras de mi madre en su lecho de muerte: nunca quise al hombre con quien me casé, sino a otro que me di­jeron que había muerto en la guerra; búscale y dile que morí pen­sando en él, porque él es tu verdadero padre.”

Mejor sigamos adelante.

Escenas por el estilo se repiten en las telenovelas del medio día, telenovelas que ven oficinistas baratos y vigilantes de edificios. Y, aun así, amamos las novelas de Carlos Ruiz Zafón. En el fondo, todos somos oficinistas baratos y vigilantes de edificios.

En esas tardes, con Pia Nicoletta leíamos y ya cansado de literatura nos dedicábamos a interpretar una serie de roles en juegos que inventábamos. Éramos un par de niños jugando al sexo. Podía ser el caso de una cieguita que llegaba al hogar ignorando la espera de un violador. Simulábamos el clásico doctor que examina con morbo profesional a su paciente. En otras ocasiones apostábamos ¿quién danza más ridículo una bossa-nova? Desnudos y con apenas una toalla amarrada en la cintura. Quien perdía en la danza debía entregar su boca a las manipulaciones dictatoriales del ganador.

Yo aceptaba todo aquello y nunca me negué a sus propuestas inusuales y, por el contrario, la incentivaba para que se tragara el mundo entero. Cuando jugábamos lo de la danza yo no dejaba de pensar en ese verbo tan lujurioso que es “tragar”.

En alguna parte de la novela de El corazón es un animal extraño, la novela de MartínLimón, su personaje JuliánLaPerraGómez dice lo siguiente: “Yo estaba quebrado, sin miedo, con nada que perder. Mi sueño más que nada era convertirme en alguien más de lo que ya era”.

Cuando leí esto pensé en Roberto Bolaño cuando en su libro de poesía Los perros románticos dijo que: “En aquel tiempo yo tenía veinte años y estaba loco. Había perdido un país, pero había ganado un sueño”.

De alguna manera tenía que aplicar lo aprendido en esta lección narrativa. Tendría que confiarle a Nicoletta un secreto tipo culebrón.

Lo malo era que no quería romperle el corazón y más cuando me entretenía en sus ocurrencias y cuando se paraba de la cama, desnuda, y yo le veía esa cintura y ese culo en forma de durazno.

Entonces me quedaba en la cama pensando en las ocasiones cuando ella me hacía desaparecer delante de sus amigos ricachones, pensaba en todo lo que se avergonzaba de mí.

Una vez salió del baño, recién duchada, con una toalla en el torso y otra en el pelo.

―Te tengo que contar un secreto ―le dije.

Nicoletta abrió los ojos porque sabía que se venía un torrencial. “Vamos a ver si esto es verdad” pensé “yo llegué a España caminando”.

Nicoletta se sentó al borde de la cama con las toallas todavía puestas y la columna derechita, como toda preocupada por lo que se le venía encima.

Estuve a punto de arrepentirme.

―Tú no eres de verdad ―le dije.

―¿Ah, no? Y entonces.

Abriendo mi corazón, con toda la sinceridad que pude, recordando a Zafón y la eficacia del culebrón le dije:

―Eres producto de una ficción.

Pia Nicoletta soltó la carcajada.

 

El diario de Barcelona concluye con la siguiente entrada: Cuentos bizantinos de corte operístico

 

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