La enseñanza según Gert Biesta, o el campo de lo imprevisto

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Gert Biesta es profesor de Educación pública en el Centre for Public Education and Pedagogy de la Maynooth University (Irlanda), profesor Teoría de la educación y de la Pedagogía en la University of Edinburgh (UK), donde también es director adjunto del Institute for Education, Teaching and Leadership. Biesta es uno de los pedagogos más influyentes hoy día, de sólida formación filosófica y teológica.

Tres libros recientes son Beyond learning, donde critica el lenguaje del aprendizaje; Good education in an Age of Measurament, donde analiza el impacto de la industria global de la medición educativa, y The beautiful risk of education, sobre el deseo de hacer de la educación una empresa libre de riesgos. The rediscovery of teaching (2017), el cuarto de la serie donde nos recuerda la importancia de la enseñanza y del profesor, fue publicado por el Ministerio de Educación y Formación Profesional y Ediciones Morata en 2022 con traducción y presentación de la pedagoga Bianca Thoilliez.

El prólogo nos lleva directo al núcleo del pensamiento de Biesta: la enseñanza es disenso, una ruptura en el tiempo de la experiencia cotidiana ocasionando lo imposible, lo no previsto “que abre un espacio donde el estudiante puede emerger como sujeto”. Es un planteamiento opuesto a la visión de la educación contemporánea predominante, basada en lo posible, lo visible, lo previsible, la evidencia, sin riesgo para sus profesores pero que bloquea el futuro del estudiante. Biesta habla del “salto de fe”, la necesaria confianza ilimitada del profesor en el estudiante.

Los cinco capítulos del libro contienen amplias reflexiones desde la filosofía de la educación, bebiendo sobre todo de Lévinas, Derrida y Rancière. La educación tiene la misión de despertar el deseo de existir en el mundo de una forma adulta, como sujetos, integrados en el mundo, pero sin ser su centro. Por lo tanto, la buena educación favorece un conflicto ordenado –por los profesores– entre el niño y el mundo en el que se integra, conflicto cuya única salida será el equilibrio del “espacio intermedio”, pues los extremos serían la destrucción del mundo o la destrucción del yo. El profesor, por lo tanto, tiene que “crear posibilidades de existencia a través de las cuales el estudiante encuentre su libertad”.

Para entender la diferencia entre enseñanza y aprendizaje, el autor pone un ejemplo divertido. Los robots aspiradores que limpian los suelos aprenden choque tras choque, corrigiendo su trayectoria y eficiencia: con el tiempo el robot conoce mejor la casa que limpia y choca menos. Son sistemas que aprenden, pero no pueden ser enseñados. ¿Eso es lo que esperamos que hagan los estudiantes cuando el profesor se limita a crear “entornos de aprendizaje”? ¿Que los alumnos aprendan solos? Biesta dice que el profesor tiene que abordar las tres dimensiones de la educación: que sus estudiantes adquieran conocimientos y habilidades, que ejerciten la socialización y que construyan subjetividad. El estudiante es un ser que crea sentido propio y colectivo en una cosmovisión hermenéutica: el mundo es “un objeto de nuestra creación, nuestro entendimiento y nuestra interpretación”.

Biesta comenta con lucidez las pedagogías que quieren la “emancipación” del niño. Una vía hacia la emancipación está centrada en el niño o psicología, y la otra vía está centrada en la sociedad o sociología. La primera es la de Rousseau, donde la sociedad corrompe las supuestas bondad y pureza del niño, un ser “dado” ajeno a la historia y la política, y para quien la pedagogía crea una burbuja protectora. La “educación progresiva”, la new education o la education nouvelle son evoluciones de esta vía. El autor me inquieta, por su acierto, cuando señala: “En el contexto alemán, las limitaciones de esta visión de la educación emancipadora se volvieron dolorosamente evidentes cuando se constató que las teorías y prácticas centradas exclusivamente en el niño podían insertarse fácilmente en una amplia gama de sistemas ideológicos diferentes, incluidos el nazismo y el fascismo”.

La vía emancipadora desde la sociología surge tras la Segunda Guerra Mundial con la Kritische Pädagogik, de Herwig Blankertz y Klaus Mollenhauer, centrados en el análisis de estructuras prácticas y teorías opresoras con el objeto de lograr la “desmitificación” y la “liberación del dogmatismo”. Es decir, necesitamos entender los hilos que nos manejan para cortarlos y tomar las tiendas de nuestro destino. George Counts, Michael Apple, Peter Mc Laren y Henry Giroux son algunos de los pensadores posteriores de esta vía, siempre en alerta ante la injusticia social, principalmente ante la ejercida por Estado hacia sus ciudadanos.

El libro propone una educación que interroga al estudiante interrumpiendo su experiencia del tiempo lineal, que demanda su habla –aunque sea un habla torpe–, que desvela manifestaciones de su inteligencia que estaban dormidas o rendidas. Defiende al maestro que lleva a los estudiantes por el bosque de signos que es toda sociedad, tal como dice Jacques Rancière en El Maestro Ignorante, un viaje de la voluntad por la naturaleza de los lenguajes donde el pensamiento nuevo nace a tientas, frágil y valiente. La buena educación está más allá de la enseñanza como control y de la libertad como aprendizaje. Maestros y estudiantes avanzamos juntos viendo lo que no es visible. Por eso la educación es un acto poético.

 

Redescubrir la enseñanza, de Gert Biesta. Ministerio de Educación y Formación Profesional y Ediciones Morata.

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