La entrada en religión de Teodoro W. Adorno o los cuentos que se escapan de los libros en las noches de verano

0
243

Ayer estrenamos en Buenos Aires, en un departamento encantador del barrio de Boedo y
después de una tarde magnífica en la Costanera, nuestro nuevo y modesto círculo
literario. Quise leer un cuento de Cortázar que se me quedó grabado hace años,
en honor a mi devoción por el maestro y también en homenaje a la Maga, la gata
de Lorena, que nos miraba vigilante como una pantera negra. Viéndola era fácil
recordar, como dijo alguien, aquello de que Dios inventó al gato para que el
hombre pueda acariciar a un tigre. O a una pantera negra, me dije. El caso es
que aquel cuento, de repente, había desaparecido mágicamente de las páginas de Último round, porque, como dijo Luis Miguel, a veces pasa: los poemas y los cuentos desaparecen de los libros.
Teodoro W. Adorno no quería aparecer ayer, no quiso estrenar nuestra velada
literaria. Así que leí un par de fragmentos de los Diarios de Adán y Eva de Mark Twain.

Para desquitarme, y esperando no ofender a Teodoro, que ayer me rehuía, aquí os coloco aquel cuento a modo de regalonavideño. Que lo disfrutéis.

 

La entrada en religión de Teodoro W. Adorno

/ escrito casi nada sobre gatos, cosa más bien rara
porque gato y yo somos como los gusanitos del Yin y el Yang interenroscándose
(eso es el Tao) y no se me escapa que cada gato en español es amo de las tres
letras del Tao, con la g a manera del agujerito que dejan en los ponchos las
mujeres de los indios navajos para que no se les quede el alma prisionera en el
tejido; pero ya Kipling mostró que el gato walks by himself y
no hay Tao ni prosa mágica que lo retenga más allá de sus horas y sus ánimos /
W. Adorno no anduvo muchas veces por las páginas de Saignon, hay que explicar
que su Yin y mi Yang (o al revés, según las lunas y las hierbas) se fueron
amistando y entrelazando sin el menor contrato, sin eso de que te regalan un
gatito y vos le das la leche y entonces el animal desenvuelve reflejos
condicionados, arma su territorio y duerme en tus rodillas y te caza los
ratones, el triste pacto de las viejas con sus gatos, de las gatas con sus
viejos. Nada de eso, mi mujer y yo vimos llegar a Teodoro por el sendero que
baja al ranchito y era un gato sucio y canalla, negro debajo de la ceniza
polvorienta que mal le tapaba las mataduras, porque Teodoro con otros diez
gatos de Saignon vivía del vaciadero de basuras como cirujas de la quema, y
cada esqueleto de arenque era Austerlitz, los Campos Cataláunicos o Cancha
Rayada, pedazos de orejas arrancadas, colas sangrantes, la vida de un gato
libre. Ahora que este animal era más inteligente, se vio en seguida cuando nos
maulló desde la entrada, sin dejar que nos acercáramos pero dando a entender
que si le poníamos leche en una aceptable no cat’s land condescendería
a bebérsela. Nosotros cumplimos y él entendió que no éramos despreciables;
salvamos por mutuo acuerdo tácito la zona neutralizada, sin tanta Cruz Roja y
Naciones Unidas, una puerta quedó entornada con dignidad para no ofender
orgullos, y un rato después la mancha negra empezó a dibujar su espiral
cautelosa sobre las baldosas rojas del living, buscó una alfombrita cerca de la
chimenea, y yo que leía a Paco Urondo escuché por ahí el primer mensaje de la
alianza, un ronroneo confianzudo, entrega de cola estirada y sueño entre
amigos. A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las
mataduras con azufre y aceite; todo ese verano vino de mañana y de noche, jamás
aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés, y nosotros no insistimos porque
pronto nos volveríamos a París y no podíamos llevarlo con nosotros, los gitanos
y los traductores internacionales no tienen gatos, un gato es territorio fijo,
límite armonioso; un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una
mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es
pausado como el de Matisse, gato de la pintura, jamás Jackson Pollock o Appell
/ día que nos fuimos, sentimiento de culpabilidad inevitable: ¿y si se había
ablandado, si tanta leche y fideos y arrumacos lo dejaban en desventaja frente
a los duros de la quema, los machazos de orejas recortadas y costumbres de
tropas de asalto? Nos miró irnos, sentado en la parecita de piedra, limpio y
brillante, comprendiendo, aceptando. Ese invierno pensé tantas veces en él, lo
di por muerto, hablábamos de Teodoro con la voz de la elegía. Vino el verano,
vino Saignon, cuando fui a vaciar por primera vez la basura vi de nuevo el salto
vertiginoso de ocho gatos al mismo tiempo, barcinos y blancos y negros pero no
Teodoro, su corbatita blanca inconfundible en tanto azabache. Previsiones
confirmadas, selección natural, ley del más fuerte, pobre animalito. A los
cinco o seis días, cenando en la cocina, lo vimos sentado detrás del vidrio de
la ventana, fantasma lunar y Mizoguchi. Su boca dibujó un maullido que el
vidrio volvía cine mudo; a mí se me mojaron los ojos como a un imbécil, abrí la
ventana y le tendí prudentemente la mano, sabiendo lo que ocho meses de
ausencia liman y destruyen en una relación. Se dejó tomar en brazos, sucio y
enfermo, aunque ya en el suelo se vio que estaba huraño y distante, que
reclamaba su comida como un mero derecho; se fue casi en seguida con esa manera
suya de acercarse a la puerta y maullar como si le estuvieran aplastando el
alma. A la mañana siguiente ya jugaba por ahí, manso y alegre, pronto al
cepillo y al azufre. Al otro año fue lo mismo pero entonces tardó casi un mes
en reaparecer, castigándonos, haciéndonos sentir su muerte, remordiéndonos;
pero vino, más flaco y enfermo que nunca, y ése fue el tercero y último año de
la vida pagana y alegre de Teodoro W. Adorno, la época en que lo fotografié y
escribí sobre él y volví a curarlo de algo que parecía una indigestión de
pelos, aparte de que Teodoro se enamoró y eso lo tenía completamente estúpido,
se paseaba por la casa con la cabeza en alto y gimiendo, por la tarde cruzaba
el jardín como en un trance, flotando entre los tréboles, y una vez que lo seguí
discretamente lo vi descender el sendero que llevaba a una de las granjas del
valle y perderse en un atajo, gimiendo y llorando, Teodoro Werther, arrasado de
amor por alguna gata de escabroso acceso. ¿Qué destino tuvo ese idilio entre la
lavanda de Vaucluse? El de Juan de Mañara, no el de Werther: lo comprendí este
año, después de dos meses de Saignon con la ausencia irrefutable de Teodoro.
¿Muerto, esta vez sin duda decididamente muerto, la garganta abierta por alguno
de los taitas del vaciadero, pobrecito Teodoro tan débil y enamorado y esas
cosas? / once y media es la mejor hora para comprar el pan y de paso despachar
las cartas y vaciar la basura; subí el sendero sin pensar en nada, como casi
siempre en el momento de las revelaciones (a estudiar una vez más cómo toda
distracción profunda entreabre ciertas puertas, y cómo hay que distraerse si no
se es capaz de concentrarse) / por expreso y ésta por avión, allez, au
revoir monsieur Serre
, un pan redondo y caliente, charla con monsieur
Blanc, cambio de nociones meteorológicas con madame Amourdedieu, de golpe la
manchita de sombra bajo el derroche amarillo del mediodía, la puerta de
mademoiselle Sophie, la mancha de sombra ovillada delante de la puerta, no
puede ser, cómo va a ser, qué diablos va a ser, de día todos los gatos son
negros y además cómo es posible que el gran pagano esté tomando el sol delante
de la puerta de mademoiselle Sophie pequeñita y jibosa y señorita y sacristana
de Saignon, con anteojos y sombrero y una boca perdida entre una nariz que baja
y un mentón que sube, Teodoro, Teodoro! Le pasé al lado y no me miró, dije
despacito: Teodoro, Teodoro chat, y no me miró, Juan de Mañara
había entrado en religión, vi el platito de leche y el hueso de una costilla
tan frágil como las de mademoiselle Sophie, las raciones de una vida minúscula
de ratoncito de iglesia con olor a jabón barato y a cirios, Teodoro convertido,
bautizado, ignorándome, preparándose para la vida eterna, convencido de tener
un alma, quizá de nochedurmiendo en la casa, la última de las
humillaciones, la penitencia final, yo pecador él que jamás aceptaba una puerta
cerrada y ahora las rodillas puntuadas de mademoiselle Sophie, las carpetitas
bordadas, las oraciones y los ronroneos al mismo tiempo, la vida cristiana en
una aldea provenzal. ¿Y el Tao, y los amores, y esa manera de jugar con las
pelotas de papel que hacíamos con los suplementos dominicales de La
Nación
? / vuelto a ver dos o tres veces y nunca me reconociste y está bien
porque tampoco yo te reclamaré, con qué derecho podría, vos el más libre de los
gatos paganos y el más prisionero de los gatos católicos, tendido delante de la
puerta de tu sacristana como un perro que la defiende. Ah Teodoro, qué bonito
era verte bajar por el sendero, la cola al aire, gimiendo por tu gatita entre
la lavanda, qué dulce era encontrarte otra vez cada año, el día en que se te
antojaba, la noche de luna que elegías displicente para saltar a la ventana y
quedarte unas horas con nosotros antes de volver a tu libertad que como tantos
de nosotros has cambiado por una jubilación de gato, por el cielo que te tienen
prometido.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.