Aquí nuestro buen amigo, enfrentado a tal barahunda de sugestiones, debe pensar que bien le valdría abrazar a Escohotado y permitir que el caos se acomode y ronronee en el regazo del orden. Por lo pronto vemos que de momento, con cierto sosiego, se deja llevar por el meandro de los imprevistos. Con Miguel de Cervantes en el horizonte, ya veremos dónde acaba.
Anoche, Epicteto y yo dimos un paseo a la luz de la luna. Habíamos cenado juntos en el refectorio, donde esta vez, salvo ese tipo raro y solitario que come de espaldas, mirando a la pared, se juntaban muchas otras parejas a la luz de las velas. Yo le conté que ahora Manolo me había dado a leer a Cervantes y a Gregory Corso, y ella me confesó que no tenía ni idea de quién podía ser ese Manolo que yo dada por sabido.
Doña Enriqueta y Obama, desde la puerta, cuchicheaban y nos vigilaban. Era casi obligado, era nuestro papel escapar juntos hacia la playa. Durante la cena habíamos hablado ese poco, pero luego el paseo lo dimos en silencio, hasta que apareció Fahrenheit.
En el mar se veían las luces, las rápidas evoluciones de las narcolanchas y el torpe braceo de las pateras. También se adivinaban las sombras de los pedalos de la Guardia Civil y en general reinaba una gran calma, rielando con la luna. Pescadores no hay, desde que prohibieron las sardinas.
Yo pensaba en Corso y en Cervantes, pero no podía dejar de pensar en Cajal y en sor María Alacoque. Se me antojaba que podían haber sido buenos amigos, los unos y los otros, cada uno con su nombre propio bien plantado, no faltaba más. Porque en la amistad, en la más alta conquista de la naturaleza, ¿no es preciso que al menos existan dos yoes, dos egos, como diría un moderno (los modernos recurrimos siempre a las lenguas muertas, para revitalizar a las vivas)? Sí, a diferencia del amor, divino o humano, en donde el tú y el yo aspiran a fundirse y desaparecer en el Ello, la amistad es un apretón de manos sin segundas intenciones. En la amistad, además, caben terceros, y no para unirse a una categoría sino manteniendo la anécdota por sus fueros. Buen ejemplo Neuman, el monstruoso autista de Labatut: habría pasado buenos ratos con Cajal, poniendo a punto nuestras neuronas, pero también con la monja visitandina, una vez adoptada la juiciosa decisión de convertirse a la única religión verdadera.
—Filósofo estás…
—¿Qué?
—Se lo decía al gato.
Por un momento pensé que oía mis pensamientos, pero Epicteto le hablaba, en efecto, a Farenheit, a quien acariciaba suavemente al tiempo que perdía la mirada en el horizonte, con una extraña seriedad. Estábamos sentados sobre un tronco de árbol blanquecino, lamido y abandonado por las olas, y Fahrenheit se había enroscado en su regazo. Yo al principio no me había dado cuenta, puesto que es un gato algo singular, a causa de ser invisible. Me tranquilicé. En el bramido sordo del mar, en el ronroneo apacible de su enamorado, reinaba un maravilloso silencio. Me pareció, así de perfil… ¡la niña traviesa y vivaracha me pareció de pronto una mujer bellísima!
Claro que esto me ha ocurrido siempre: basta con observar atentamente a una dama para entender la grandeza del Universo. A la belleza sublime, detectada en la oscuridad, sucedió que ella se giró hacia mí, con una sonrisa casi dolorosa, y me encontré sumido en su mirada, en sus ojos negros, de mil colores, viajando hacia adentro y luego más adentro, y más adentro, como me ocurre con doña Enriqueta cuando se desnuda.
A lo mejor yo era Cervantes, a lo mejor yo era Gregory Corso, y por eso me pasaban esas cosas. Traté de salir del apuro:
—Oye, Epicteto… ¿O prefieres que te llame Telémaco?
—Son dos cosas muy distintas… –se quedó mirándome, risueña, y al cabo decidió–: no te preocupes, respondo por las dos.
Me di cuenta de que, por hoy, ya no teníamos que seguir hablando. Cuando las cosas se complican, hay que dejar que el silencio agarre la escoba y barra la casa. Regresamos tranquilamente a la Residencia, cada uno a sus quehaceres. No éramos novios, tampoco exactamente lo que se dice amigos, nos unía algo aún más determinante, invisible como Fahrenheit, pero real.
He releído mis notas anteriores, y veo que he cometido un error, a saber por qué. El libro de sor María es de 1926, no de 1935. No importa, puesto que nadie nunca leerá estas páginas. Por otra parte, he llegado a la conclusión de que Miguel de Cervantes y Gregory Corso, en la rueda de las reencarnaciones, en la corrección de los anacronismos, tuvieron que encontrarse alguna vez. A lo mejor jugaron al tute en alguna venta, o lucharon juntos en Lepanto. A lo mejor, huyendo de sus prisiones, los veo desembarcar un día en esta playa, saltando de un frágil esquife robado en un puerto lejano, harapientos, macilentos, felices, hambrientos de libertad.







