En este capítulo Sebastián, como si le hubieran llamado a capítulo -valga la redundancia- agarra la escoba y se sacude las telarañas, decidido a aplicar un método amoroso, filológico y científico al estudio de las obras que le caen entre manos. Tan es así que el doctor Obama bien pudiera, enterado de su proyecto académico, felicitarle o darle el visto bueno.
En primer lugar, bibliomancia. Abro al azar, con los ojos cerrados, Gasolina y otros poemas, y el dedo se me queda en el último de ellos: París.
Segundo paso, Las novelas ejemplares. Caigo en la página 109, en plena novela de Las dos doncellas, y me sale Barcelona.
Para Gregory Corso, París es «ciudad niña, ciudad abril». Para Cervantes, Barcelona es «honra de España», «amparo de los extranjeros», «ejemplo de lealtad» (con especial predilección por los «hidalgos castellanos», según confiesa don Sancho, el noble catalán que acoge a los viajeros).
Este amor a las ciudades, ¿no es propio de peregrinos, de piratas en fuga, expulsados del Paraíso? Por cierto, ¿a dónde iríamos nosotros, ahora que todos, todas las tribus sin excepción todos los días nos desayunamos en Máquina, homogeneizados, con un buen tazón de colacao?
Corso, en algunos momentos, arde en urbe: así en un poema donde «Mis manos son una ciudad, una lira / Y mis manos están ardiendo…». Como buen fugitivo, son muchas las ciudades que le habitan y devoran, ansiosas las unas de las otras: «Tú, México, tú no tienes ningún Chicago, ¡ninguna fulana rubio platino!», dice Ginsberg -en el prólogo- que dice en un poema inédito. Cambridge («desde una ventana no es demasiado horrible…»), Rotterdam («está muriendo nuevamente…») … y tantas otras no sólo ciudades, sino naciones o lugares, a veces quizá sólo eruditos o imaginarios, como ese Puente de Alcántara sobre el Tajo, en Toledo, a donde viene a caer un tal Bosco Tocobocho, patán o mafioso fulminado por una pedrada «toscana» cuando se creía a salvo en lo alto de la Columna Antonina, en Roma (así en el poema «Fragmento de la Decadencia»).
En cualquier caso la infanticida Nueva York, su cuna, y Roma, su tumba (allí quiso que llevaran sus cenizas, para enterrarse junto a Shelley y Keats) son sus ciudades totémicas. París es París, niña y abril, sí, pero también es «Ciudad sin Nueva York, Ciudad de alemanes muertos mucho tiempo ha / Casa de muñecas de Mamá Guerra».
Cervantes guarda más las distancias. «Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta / alma ciudad de Roma! …» Así comienza el soneto que le dedica en el Persiles, cuando el valiente batallón protagonista alcanza al fin el término de su peregrinaje. Pero yo no creo que sea Roma ciudad totémica de Cervantes, pese a todo.
– Ya me lo explicarás -susurra Telémaco, que está leyéndome por encima del hombro.
Ya se lo explicaré, si me da tiempo. De momento, no quisiera olvidar lo siguiente: así como El licenciado Vidriera, en cierta medida, prefigura el Quijote, Las dos doncellas prefigura Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Temática y conceptualmente. Viaje de amor, peregrinación, combates. Y por cierto, disfraz: Teodoro y Francisco resultarán ser Teodosia y Leocadia, al igual que Periandro aparece en la primera escena del Persiles en figura de doncella, y Auristela de mancebo «hermoso sobre todo encarecimiento». ¿Qué me dices a esto, Epicteto?
Epicteto, que ha venido a sentarse frente a mí, a la espera del desayuno, se encoge de hombros. Así que sigo: novela bizantina, novela de caballerías, cuento de Boccaccio… Cervantes, en cuanto se pone a escribir, revienta las costuras de los géneros. Corso, en cuanto abre la boca, aúlla y desbarata el número y la rima. ¿De dónde salen estos señores?
Corso siempre vuelve la mirada hacia su torturada niñez neoyorquina, mientras que Cervantes dejará su infancia en el misterio de las brumas gallegas, de sus «montes de León». Corso, el americano atormentado, va dejando miguitas para desandar el camino. Cervantes, el español feliz de serlo, va borrando huellas para que le dejen en paz (ya se sabe, España siempre madre, pero también madrastra).
Corso, el poeta visionario, mira en las tumbas y desentierra, vivifica el pasado: «poetas, gusanos en el pelo, maravillosos Baudelaire, Artaud, Rimbaud, Apollinaire…». Cervantes, prosista consecuente, sobrevuela el presente y le sonríe al futuro que sonreía: «Y los poetas de aquel tiempo -así finaliza su relato-, tuvieron ocasión donde emplear sus plumas, exagerando la hermosura y los sucesos de las dos tan atrevidas cuanto honestas doncellas, sujeto principal de este extraño suceso».
Antes, en esta última página, no se ha olvidado de Calvete, el mozo de mulas que acompaña a los viajeros en la triangulación de la Península (de Sevilla a Barcelona, y de Barcelona a Santiago de Compostela, y de ahí vuelta a la Andalucía). El bueno de Calvete, pícaro y alegre, alcanza una merecida recompensa… En el Persiles el mozo de mulas se llama Bartolomé, y Cervantes tampoco se olvida de él en la última página, donde se nos informa que Bartolomé el Manchego, junto con su amante, la castellana Luisa, «se fueron a Nápoles, donde acabaron mal, porque no vivieron bien». Corso, con su risotada bufonesca y su humor negro, bien podría haber sido un mozo de mulas moderno, aún más desengañado. Y Cervantes, con su humor sutil, bien podría habérselo encontrado amarrado a un árbol, azotado por un rufián, y habría corrido a liberarlo. Porque todo humor, sutil o frontal, es caritativo.
No hay que olvidar que Corso y Cervantes, más allá de tantas diferencias, comparten la experiencia de la cárcel. A partir de ahí, la experiencia, también, de la libertad, vital y creadora, y si se quiere también política, pues los dos pondrán en tela de juicio la justicia que les tocó vivir. Habría que estudiar esto con más detalle.
– Muy bien -comenta Telémaco- pero se te ha olvidado decir que Barcelona era el puerto a donde arribaban los barcos genoveses, repletitos de corsos. De Córcega, quiero decir.
– Claro, y también que en ese puerto se arma la gran trifulca, entre los de las galeras y los de tierra, y que en Igualada los bandidos asaltan a los viajeros, y…
Chitón. Se acerca Obama, con las galletas y el colacao. De pronto, Telémaco le tiende mis dos cuartillas:
– Doctor, ¿qué le parece esto?
Obama, sienes plateadas, terno oscuro, porte bien erguido, me impone un poco. Parece un personaje de El Roto, con esa cierta rigidez de autómata. Se ha calado las gafas. Echa un vistazo a mis notas, me las devuelve, carraspea y antes de dar media vuelta se lleva la mano al mentón. Según Epicteto, esto significa un aprobado.
¿Qué lío se traen estos dos entre manos? Empiezo a mosquearme.
– Dime, ¿y cuál era la ciudad totémica de Cervantes, y qué entiendes por totémica?
– Bueno, quiero decir que, como todo desarraigado, en algún lugar hubieran deseado echar raíces.
Digo esto, y no digo más. Que se fastidie.
– Vale, no me lo digas. Por cierto, exageras un poco con la Máquina, ¿no? Eso del colacao a todas horas… ¿No es esto café con leche, lo que te estás tomando?
– Será, pero a mí me sabe igual… Y vámonos a trabajar, que tengo que barrer y se hace tarde.
Se me pasa la irritación. La verdad es que Epicteto me inspira un poco de ternura, así apoyando el codo en la mesa y en la mano la barbilla, mirándome con guasa, con esa gracia suya. Me gusta. Qué le voy a hacer.







