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Mientras tantoLa escoba 9: Mamá Guerra

La escoba 9: Mamá Guerra


Puede que entre esta entrega y la anterior haya ocurrido algo que ignoramos, porque Sebastián suena hoy un poco demasiado tristón. O puede que sea el tenor de los libros que le ha tocado leer, que le han infundido una razonable melancolía. No siempre una lectura viene en el momento adecuado. Los estados de ánimo cambian los colores y el azar es cruel a veces, aunque carezca de intención.

Estoy confuso. Desde que Obama leyó mis cuartillas, ya no sé por qué escribo. Tampoco lo sabía antes, pero no me lo preguntaba. Ayer me sorprendí a mí mismo tachando y corrigiendo mi nota sobre los piratas en fuga. Puede que sea simple y vulgar vanidad. Nunca lo hubiera esperado de mí.
En Los girasoles ciegos, Alberto Méndez fabula la realidad más allá de la piel, tan por dentro de la herida que nos deja sin resuello. Fahrenheit, a quien últimamente le ha dado por seguirme a todas partes, no sé si por simpatía o por mandato divino, cuando me ve así, febril, se acerca y noto que frota su lomo contra mi pantorrilla, quizá por gusto sensual del calorcillo, quizá para consolarme.
El atentado, de Yasmina Khadra (pseudónimo de Mohamed Mulesehul, novelista argelino) es un texto no menos espeluznante: un joven cirujano palestino, que ejerce en Tel Aviv, perfectamente integrado en la sociedad israelí, atiende a los heridos supervivientes de una explosión. Con una estructura faulkneriana, atrás y adelante en el tiempo, iremos descubriendo, con él, que se trató de un atentado suicida, una mujer con una bomba pegada al cuerpo que entra en un restaurante abarrotado y… Esa mujer resulta ser su adorada, joven esposa, a quien creía de vacaciones con su familia. El libro se publicó en 2005. Los girasoles ciegos, única obra de su autor, se publicó póstumamente, en el malhadado año bisiesto de 2004.
Viacrucis. Inmolación. En Los girasoles estamos en España, en 1939, a pocos días de la rendición de Casado. Un oficial del ejército de Franco decide pasarse al enemigo. Quiere compartir la derrota, la muerte, con los vencidos. En El atentado, la joven suicida renuncia a la felicidad de su matrimonio, a la opulencia de su vida privilegiada, en nombre de su pueblo oprimido. Venganza: los dos, cada uno a su manera, morirán matando. En Los girasoles muere de un tajo la tranquilidad de un torturador inicuo, la tranquilidad de los vencedores. En El atentado, un gran número de inocentes, y con ellos, la indiferencia.
En la paz de la terraza, disfrutando de la brisa marina, los he leído. Con ser tan lejanos, tan ajenos el uno al otro, ¿no es verdad que son demasiadas coincidencias? Pienso, también, que es mucho azar éste, y que en ausencia de Manolo alguien puede haberme preparado el menú. Como si esperaran mi reacción. ¿Arcalaús? Lo cierto es que, desde que Manolo fue detenido por la brigada antitabaco, nada es lo mismo. En el mercadillo ya sólo venden frutas insípidas y verduras legales, en envases de plástico, y ahora los libros he de ir a buscarlos al Parque de la Constitución, una placita polvorienta con unos árboles raquíticos y unos bancos donde se sientan los viejos con sus ositos de peluche. En el medio, el monumento indescifrable, que parece levitar para que debajo puedan ponerle una bomba, un cartucho de dinamita. Y justo ahí, donde me dijo Enriqueta, fue donde me esperaban El atentado y Los girasoles ciegos
«Un cadáver, al cabo de tres días, es sólo soledad y ni siquiera tiene el don de la tristeza. Al niño se le está secando el cordón umbilical. Y llora.», escribe el protagonista de Méndez ante el cadáver de su mujer, muerta de hambre, muerta en el parto. «Ningún niño está del todo a salvo, si no tiene patria…», escribe a su marido Sihem, la suicida enamorada, en su nota de despedida.
No sé si me importa la intención política de los autores. La de Méndez es inequívoca, la de Khadra parece buscar una difícil ecuanimidad. Lo que me duele, imagino, es el torrente de la sangre corriendo por las venas, el amor que alimenta la tragedia, lo inverosímil elevado a realidad ineluctable. A falta de entendimiento, simplifico. Y me hago preguntas raras. El placer de leer: ¿por qué, para qué? En la elegía encontramos un consuelo…  Catarsis, pedagogía, lo que usted quiera, pero ¿no será que disfrutamos en el circo, viendo morir al gladiador?
Mamá Guerra. ¿Me lo anunciaba Corso, con las dos últimas palabras de su libro? Pienso en los Cuentos de Alicante y Albatera. En Jorge Campos y sus vivencias en el campo de concentración. Pienso. Pienso, señor Obama, que si por alguna razón caen estas cuartillas en sus manos, tendrá que perdonarme el laconismo.
La cabeza me da vueltas. Para colmo, hoy he cenado solo en el refectorio. Epicteto no ha venido. Sólo estaba el hombre que come de espaldas, mirando a la pared. Mejor dicho, a su huevo frito. He observado que siempre come lo mismo, lo cual no deja de ser rarísimo, porque los huevos están a un precio de oro, como si reclamaran justicia, justicia poética al menos. Además, que yo sepa, aquí no hay gallinas autorizadas. Un tipo raro, en cualquier caso.

 

         
 

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